Lecciones para una impostora: Oxford no admite señoritas 21
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Anthony acababa de salir de la habitación de Eleanor unos minutos antes y todavía lucía una sonrisa de idiota mientras atravesaba el pasillo hacia su cuarto.

Definitivamente, estaba enamorado, perdidamente, y empezaba a asumir que probablemente ya no tenía remedio alguno.

Entró en su habitación, cerró la puerta y dejó el libro que llevaba bajo el brazo sobre el escritorio. Todavía podía sentir el perfume de Eleanor en la camisa. Aquello tampoco ayudaba a su estabilidad mental.

Mientras tanto, al otro lado de la pared, Eleanor apoyó lentamente la espalda contra ella y cerró los ojos. Por fin sola.

Y, de golpe, toda la tensión regresó: el cansancio, el miedo, la presión constante de fingir.

Se llevó una mano temblorosa al cabello y soltó lentamente el recogido. Los mechones rubios oscuros fueron deslizándose sobre sus hombros mientras caminaba lentamente hacia el espejo.

La habitación estaba todavía cálida gracias al fuego, pero en ese momento se sentía totalmente agotada.

Se quedó quieta frente al espejo, observando las marcas que las vendas imprimían sobre su piel al comprimirle el pecho cada día.

Las lágrimas resbalaron sin que pudiera contenerlas.

No nacían del dolor físico, sino del cansancio de fingir, de ocultarse, de vivir con el temor instalado en el pecho. No era justo.

—Dios… —susurró, cubriéndose el rostro un instante.

No podía seguir así eternamente. Tarde o temprano alguien la descubriría y todo acabaría. Entonces, no solo se destruiría ella, también a Anthony.

El futuro duque de Ravensmere quedaría arruinado por culpa de una mujer disfrazada en Oxford. Aquello era demasiado cruel.

Eleanor respiró hondo, intentando serenarse, y entonces lo vio, un reflejo detrás de ella, quieto, paralizado junto a la puerta entreabierta.

Lo reconoció al momento, Cedric Montague. ¿Qué hacía la puerta entreabierta? Anthony había salido con tanta prisa que no se había asegurado de cerrarla bien.

El aire abandonó completamente sus pulmones, pero no gritó, ni siquiera pudo moverse, y Cedric tampoco. Se había quedado absolutamente inmóvil mirando el reflejo del espejo, como si acabara de ver algo imposible.

El cabello suelto, las vendas en sus manos, las lágrimas todavía brillando en su rostro y, de golpe, todo encajó.

Anthony, los celos, la protección constante, las miradas, la obsesión…

Cielo santo.

Cedric tragó saliva lentamente.

—Ashbourne … —murmuró casi sin voz.

Eleanor reaccionó de golpe y retrocedió inmediatamente, agarrando la camisa contra su pecho mientras el terror le atravesaba el cuerpo entero.

—No… —susurró ella.

Cedric seguía completamente quieto, impactado, más blanco que hacía unos segundos.

—Dios mío…

Y fue precisamente ese silencio extraño lo que provocó que Anthony levantara la cabeza al otro lado de la pared.

Frunció ligeramente el ceño al sentir que algo no iba bien. Había escuchado susurros.

Salió de su habitación inmediatamente y cruzó el pasillo todo lo rápido que pudo.

—Eleanor…

Abrió la puerta y se detuvo.

La escena quedó congelada en el instante exacto en que Anthony comprendió lo ocurrido.

Eleanor se encontraba junto al espejo, sujetándose la camisa con manos temblorosas. Frente a la puerta, Cedric la observaba. En los ojos de ella brillaba un pánico absoluto; en los de él, un horror silencioso.

Anthony reaccionó sin dudar un segundo.

Cruzó la habitación inmediatamente y se interpuso entre ellos, ocultando a Eleanor de la mirada de Cedric con un gesto tan instintivo como protector.

Cedric levantó lentamente la vista hacia él, muy impactado.

—Tú lo sabías…

Anthony sostuvo su mirada sin apartarse ni avergonzarse.

—Desde el primer día —corroboró él.

Aquello pareció golpear todavía más fuerte a Cedric. Ahora ya no era un accidente ni una locura improvisada: Anthony había protegido deliberadamente aquel secreto todo ese tiempo.

Cedric soltó una risa incrédula.

—Estás completamente loco.

Anthony ni siquiera pestañeó.

—Sí.

La lluvia seguía golpeando las ventanas suavemente mientras Eleanor respiraba demasiado rápido detrás de Anthony y él podía sentir perfectamente cómo le temblaban las manos. Aquello le destrozó algo por dentro.

Cedric volvió a mirarla apenas un segundo y entendió inmediatamente. Vio el miedo en sus ojos, un miedo real, porque aquello podía arruinarla. A ella. A los dos.

Anthony dio apenas medio paso más delante de Eleanor, sutil, pero con gesto peligroso, como una advertencia.

Cedric lo vio y entonces comprendió algo todavía peor: Anthony Ashford, futuro duque de Ravensmere, estaba enamorado de ella de verdad.

Cedric se quedó mirándolo fijamente varios segundos, como si todavía estuviese intentando decidir si aquello era real o si acababa de perder completamente la razón.

Cedric pasó una mano lentamente por su rostro.

—No puede ser… —murmuró todavía consternado—. Tú… ¿desde el primer día?

Anthony no apartó la mirada.

—Sí.

—¿Y decidiste ocultarlo?

—Sí.

—¿Sabes lo que significa esto?

Anthony dio otro paso adelante, protector, mientras ella seguía refugiándose tras su espalda.

—Perfectamente.

Cedric soltó una risa socarrona.

—Dios santo… Ashbourne, esto no es una aventura romántica de temporada, es un escándalo monstruoso. Si alguien descubre esto…

—Lo sé.

—Entonces, ¡¿qué demonios estás haciendo?! —gritó, amenazando con despertar a medio Oxford.

La voz de Cedric resonó más fuerte en la habitación y Eleanor dio un pequeño respingo detrás de Anthony.

Anthony lo notó inmediatamente y su expresión cambió, tornándose más peligrosa.

—Baja la voz —le advirtió.

Cedric lo miró fijamente.

—¿Todavía pretendes protegerla?

Anthony entornó los ojos.

—Sí.

—¿Incluso ahora?

—Especialmente ahora.

Cedric soltó aire lentamente e intentó recuperar algo parecido a la calma.

Estaba furioso, aquello desafiaba cualquier lógica.

Anthony Ashford, el futuro duque de Ravensmere, estaba arriesgando su apellido, su reputación y probablemente su futuro entero por una mujer escondida en Oxford disfrazada de hombre.

Aquello era una locura.

—Has perdido la cabeza —murmuró Cedric.

Anthony respondió sin vacilar.

—Probablemente.

—¿Y eso es todo? ¿Esa es tu brillante explicación?

Anthony sostuvo su mirada con absoluta calma.

—La amo.

Eleanor dejó de respirar detrás de él y Cedric también se quedó quieto. Anthony lo había dicho sin vergüenza, como una verdad evidente.

Cedric soltó una carcajada, incrédulo.

—Oh, Dios mío… realmente estás enamorado.

Anthony no respondió esta vez, no hacía falta.

Cedric pasó la lengua lentamente por sus dientes mientras intentaba procesarlo todo.

—¿Sabes qué ocurrirá si esto sale a la luz? —preguntó finalmente—. ¿Lo has pensado siquiera?

—Cada día —confirmó.

—La expulsarán inmediatamente.

Anthony permaneció inmóvil.

—Lo sé.

—La prensa hablará de esto durante años.

—Soy consciente.

—Y tu familia intentará separaros.

Anthony sonrió apenas. Y aquello fue peor. Mucho peor. Porque no parecía preocupado. Parecía decidido.

—Buena suerte intentándolo.

Cedric lo miró completamente atónito.

—¿Qué demonios te ha hecho esta mujer?

Anthony tardó un segundo en responder.

—Existir —dijo él.

Cedric giró lentamente la cabeza hacia Eleanor, que seguía detrás de Anthony, todavía pálida, vulnerable y claramente aterrorizada y, aun así, también miraba a Ashford como si confiara completamente en él.

Cedric entendió entonces lo profundo que era aquello.

Anthony notó cómo Eleanor se aferraba ligeramente a la tela de su camisa desde detrás, un pequeño gesto, instintivo, y algo en él se endureció inmediatamente. Ella estaba asustada de verdad. Cedric vio también ese gesto y suspiró lentamente.

—Esto va a acabar fatal.

Anthony respondió sin apartar la vista de él.

—No pienso dejar que nadie le haga daño.

Cedric soltó otra pequeña risa sin humor.

—¿Nadie? Ashbourne, literalmente estás desafiando a Oxford entero, incluso a Inglaterra.

—Entonces Oxford e Inglaterra tendrán un problema conmigo.

El silencio volvió a caer sobre la habitación.

Hasta que Cedric volvió a hablar más bajo esta vez.

—¿Ella quería esto?

Anthony frunció el ceño.

—¿Qué insinúas?

Cedric sostuvo su mirada.

—Que quizá estaba desesperada. Que quizá tú… aprovechaste…

Anthony se movió tan rápido que incluso Eleanor se sobresaltó.

Cedric acabó empujado violentamente contra la pared más cercana antes de reaccionar.

El golpe resonó seco en la habitación.

Anthony lo sujetó del cuello de la camisa con una expresión que Eleanor jamás le había visto antes, peligrosa de verdad.

—No vuelvas a insinuar algo así sobre ella —dijo entre dientes. Cedric abrió un poco más los ojos, ahora sí veía claramente al hombre capaz de destruir a cualquiera que intentase tocar a Eleanor. Anthony se inclinó hacia él—. Ni una sola vez más. ¿Entendido?

Cedric sostuvo su mirada unos segundos y, finalmente, respondió.

—Sí, entendido.

Anthony tardó un instante más en soltarlo y, cuando finalmente lo hizo, Cedric comprendió algo con absoluta claridad: el verdadero peligro de aquella historia no era Eleanor disfrazándose de hombre; era Anthony Ashford enamorado de ella.

Cedric se recolocó lentamente la chaqueta después de que Anthony lo soltara. El ambiente de la habitación seguía cargado de tensión.

Eleanor apenas se movía detrás de Anthony, todavía intentando serenarse mientras observaba a ambos hombres con el corazón completamente desbocado.

Cedric respiró hondo, pero cuando volvió a mirar a Anthony, la incredulidad inicial había desaparecido casi por completo. En su lugar solo quedaban la rigidez, el orgullo y algo que se parecía mucho a la determinación.

—Esto no puede continuar —dijo finalmente.

Anthony sostuvo su mirada sin moverse.

—Va a continuar.

—Ashbourne…

—No voy a apartarme de ella —sentenció.

Cedric soltó una risa seca.

—¿Y crees que eso depende únicamente de ti?

Anthony dio un paso hacia él.

—Sí.

Cedric negó lentamente con la cabeza.

—No entiendes la magnitud del problema.

—La entiendo perfectamente.

—No, no piensas con claridad. Has perdido totalmente la cabeza.

Anthony ni siquiera pestañeó.

—Eso ya me lo habías dicho.