20 #3
—Así me gusta más —murmuró contra su piel y descendió lentamente hacia su cuello.
Los labios de Anthony rozaron primero su garganta de forma suave, casi paciente, mientras la mano que no sujetaba la de ella acariciaba despacio su cintura bajo las mantas.
Eleanor cerró los ojos inmediatamente al sentir cómo él besaba su cuello una y otra vez, lento, disfrutando claramente de cada reacción que conseguía arrancarle.
—Anthony… —susurró ella casi sin aire.
—¿Sí, Eleanor?
Aquella maldita voz grave junto a su cuello debería ser ilegal.
Eleanor intentó responder algo coherente, pero no pudo. Anthony acababa de reír suavemente contra su piel antes de volver a besarla y, sinceramente, en aquellas circunstancias pensar era una expectativa poco realista.
Él levantó la cabeza para mirarla otra vez, con el cabello oscuro cayéndole ligeramente sobre la frente y los ojos clavados en ella como si fuese lo único importante de la habitación.
Aflojó la mano que seguía sosteniendo la de Eleanor sobre la almohada para entrelazar lentamente sus dedos con los de ella.
El gesto fue tan inesperadamente tierno que Eleanor sintió un nudo en el pecho.
—Empiezo a pensar seriamente en secuestrarte y llevarte lejos de Oxford.
Eleanor sonrió.
—Eso sería un escándalo.
—Sí —susurró él—. Uno excelente.
Dicho esto, se incorporó levemente para subir la camisola de ella hasta su cintura. Volvió a situarse sobre Eleanor, sin cargarla con su peso, y se bajó él mismo los pantalones. Luego se incorporó lentamente entre sus piernas mientras ella lo rodeaba.
Ella sabía que aquello no estaba bien, que era una actividad prohibida hasta el matrimonio, pero el deseo que sentía por Anthony era demasiado fuerte y le hacía perder toda lógica.
Los labios de Anthony se posaron sobre los suyos, más posesivos, y comenzó a entrar en ella lentamente.
A Eleanor se le escapó un gemido de su garganta que fue rápidamente acallado por los labios de él y, cuando este entró por completo en su interior, se quedó quieto mientras apartaba sus labios y los conducía hasta su oído.
—Debemos ser silenciosos… —le susurró.
—Es… es difícil… —gimió ella acariciando su cuello. Él volvió a besarla, tomó de nuevo su mano entrelazando sus dedos y comenzó a moverse lentamente—. Vamos a ir al infierno.
—Probablemente sí —pronunció él divertido, situando su frente sobre la de ella—, pero iremos juntos.
Ella le sonrió y cerró los ojos mientras él aumentaba el ritmo y ella tenía que apretar los labios para que ningún gemido se escapase de su boca, lo cual era muy difícil, dado que el placer iba aumentando hasta ser casi inaguantable.
Debía admitir que cada encuentro con Anthony superaba al anterior. Se abrazó fuerte a él. Podía sentir el aliento de Anthony cerca de su oreja: un ritmo acompasado, pero cada vez más frenético.
Si Oxford supiese lo que estaba ocurriendo entre aquellas paredes, los expulsarían a los dos de inmediato.
El placer fue aumentando hasta que ella se obligó a apretarlo con los brazos y juntó su frente a su hombro, apretando los dientes.
Él llevó su mano hasta la nuca de ella, apretándola contra su hombro mientras daba sus últimas embestidas y, finalmente, se quedaba quieto, presionando contra ella con la respiración acelerada.
Anthony situó su frente contra la de ella y besó su nariz, luego la miró a los ojos. Ella tenía los ojos entornados por el placer y la respiración acelerada.
Eleanor acarició su hombro y lo besó delicadamente. Aquella muestra de ternura volvió a cogerlo de improviso. Acarició su cabello y luego la besó suavemente en sus labios.
—Podría quedarme en esta habitación, contigo, eternamente —susurró él.
Ella lo miró a los ojos y, en aquel momento, fue consciente realmente de lo que Anthony representaba para ella.
Ya no era solo el muchacho arrogante y peligrosamente encantador que había comenzado a seguirla por los pasillos de Oxford, provocándola constantemente, ni el futuro duque insoportable que parecía decidido a volverla loca desde el primer día.
Anthony se había convertido, sin que ella se diese cuenta, en el único lugar donde se sentía completamente segura.
Con él podía dejar de fingir por unos minutos, dejar atrás a Charles Pembroke, las mentiras, el miedo constante a ser descubierta y la presión insoportable de sostener una vida que jamás había sido diseñada para una mujer.
Nunca había necesitado a nadie de aquella manera, nunca había imaginado que alguien pudiera mirarla como él lo hacía, como si fuese extraordinaria, incluso cuando se encontraba despeinada, agotada y escondiéndose del mundo entero bajo ropa masculina demasiado grande.
Anthony la hacía sentirse deseada, protegida y comprendida al mismo tiempo.
Y el problema más peligroso de todos era que Eleanor empezaba a imaginar un futuro en el que aquello no terminaba en Oxford; un futuro en el que seguía despertando junto a él después del invierno, después del escándalo, después del miedo.
Un futuro imposible… y, aun así, por primera vez en su vida, deseó creer en él.