20
Oxford celebraba aquella noche una de esas recepciones académicas que, en teoría, existían para fomentar conversaciones intelectuales entre familias influyentes y profesores respetables, pero que en realidad servían, principalmente, para que la aristocracia inglesa pudiese admirarse mutuamente mientras fingía interés por la educación.
El gran salón estaba iluminado con decenas de lámparas, el murmullo elegante de conversaciones llenaba el ambiente y grupos de estudiantes especialmente privilegiados se mezclaban con invitados llegados desde Londres para la ocasión.
Eleanor odiaba absolutamente todo, especialmente el cuello de la camisa.
—Voy a morir asfixiada antes de que termine la noche —murmuró mientras ajustaba discretamente la corbata.
Anthony, a su lado, ni siquiera tuvo la decencia de parecer preocupado.
—Intenta hacerlo lejos de la mesa de postres, arruinaría el ambiente.
Eleanor le lanzó una mirada asesina y Anthony sonrió.
Sebastian apareció entonces con una copa en la mano.
—Pembroke, tienes expresión de hombre obligado a asistir a su propio funeral.
—Porque prácticamente lo es —pronunció ella.
—Vamos, no está tan mal.
—Hay al menos cuarenta aristócratas en esta sala, Sebastian. He contado tres conversaciones sobre caballos y una señora acaba de preguntar si Grecia sigue existiendo.
Sebastian soltó una carcajada.
Anthony seguía observándola con esa expresión demasiado entretenida y se acercó disimuladamente a ella aprovechando que Sebastian se giraba para observar lo que ella acababa de comentarle.
—Estás preciosa cuando amenazas verbalmente a la nobleza.
Eleanor lo miró horrorizada.
—Para de decir estas cosas aquí —le susurró enfadada.
Él enarcó una ceja.
—¿Amenazando a la nobleza de nuevo? —ironizó él.
Ella apretó los labios.
—No, a ti.
—Olvidas que soy el actual marqués de Ashbourne y futuro duque de Ravensmere… y tú, la futura duquesa —le guiñó el ojo—. También pertenecerás a la nobleza.
Ella hizo un gesto incómodo, como si aquella idea no le gustase demasiado.
Antes de que pudiera responder, varias personas comenzaron a apartarse ligeramente cerca de la entrada principal.
La mirada de Eleanor se posó directamente sobre aquella mujer joven, alta, elegante, con un vestido azul oscuro impecable y el cabello perfectamente recogido. Era peligrosamente hermosa.
La joven avanzó por el salón saludando personas con esa naturalidad aristocrática que solo desarrollan quienes llevan toda la vida moviéndose entre recepciones y temporadas sociales.
Anthony la vio inmediatamente y sonrió. En ese momento, Eleanor sintió algo incómodo instalarse en el pecho, sobre todo cuando la muchacha giró su cuello hacia Anthony y abrió mucho los ojos, sorprendida.
Tuvo dos palabras más con quien hablaba y se dirigió directamente hacia ellos o, más bien, hacia Anthony.
—Lord Ashbourne —dijo ella con una sonrisa preciosa—. Empiezo a pensar que Oxford te ha secuestrado definitivamente.
Anthony tomó su mano con familiaridad.
— Lady Helen Harrington.
Oh, perfecto, una lady , exactamente lo que Eleanor necesitaba esa noche.
Helen lo observó divertida.
—Sigues igual.
—Eso dicen —sonrió Anthony.
—Aunque un poco más arrogante, quizá.
—Eso también lo dicen.
Ella soltó una pequeña risa y entonces apoyó la mano brevemente sobre el brazo de Anthony mientras hablaba.
Eleanor dejó de respirar un segundo porque Anthony no apartó la mano.
—Hace siglos que no coincidimos —continuó Helen—. Desde la temporada del año pasado en Londres, creo.
Anthony asintió.
—Donde intentaste convencerme de bailar contigo tres veces seguidas.
—Y tú me rechazaste las tres —pronunció ella con fingida tristeza.
—Sigo pensando que fue una decisión sensata.
Helen sonrió aún más.
—Mentiroso —dijo arrastrando las letras.
Eleanor permanecía completamente quieta al lado de ellos mientras su cerebro empezaba a deteriorarse lentamente.
Londres, temporadas, bailes… Claro, aquel era el mundo de Anthony.
Mujeres elegantes, perfectas y adecuadas, mujeres que podían caminar junto a él sin esconderse detrás de una identidad falsa, y lady Helen Harrington era exactamente el tipo de mujer que cualquiera esperaría ver junto al futuro duque.
Hermosa, inteligente y aristocrática, no una muchacha disfrazada de estudiante masculino sobreviviendo gracias al caos y las mentiras.
—¿Y tú? —preguntó Anthony—. ¿Qué haces aquí?
—Mi padre financia parte del nuevo ala de la biblioteca. Estoy condenada a fingir interés por textos académicos durante toda la noche.
—Mis condolencias.
Helen volvió a reír demasiado cómoda y cercana.
Sebastian apareció justo entonces y observó la escena un segundo, luego miró a Eleanor y sonrió lentamente.
— Lady Helen —saludó él—. Siempre es un placer.
—Sebastian —pronunció ella tendiéndole la mano.
Anthony giró ligeramente la cabeza hacia Eleanor.
—Pembroke, ¿te encuentras bien?
Sí, perfectamente, solo sentía deseos repentinos de empujar aristócratas al río.
—Claro —respondió ella demasiado rápido.
Helen la observó entonces por primera vez y por fin esta retiró la mano de Anthony.
—¿Amigo tuyo?
Anthony respondió inmediatamente.
—Sí.
Y el tono con el que lo dijo no ayudó nada, fue demasiado rápido, demasiado firme.
Helen arqueó una ceja y eso empeoró todavía más las cosas.
—Un jovencito prometedor —comentó lady Helen mirándola de la cabeza a los pies.
—Eso espero, milady —contestó Eleanor.
—Desde luego, fascinante —corroboró lady Helen.
Anthony carraspeó suavemente al notar el tono de desdén de aquella mujer.
—¿Fascinante? —repitió Eleanor intentando sonar normal y no como una persona a punto de cometer un crimen.
Helen sonrió inocentemente.
Eleanor empezaba a sentirse extraña. Anthony estaba demasiado cómodo con aquella mujer: compartían recuerdos, bromas privadas y esa familiaridad elegante propia de personas pertenecientes exactamente al mismo mundo.
Y ella…ella no pertenecía allí. La sensación apareció de golpe, incómoda y silenciosa.
Anthony debía estar junto a alguien como lady Helen Harrington, no escondiendo a una mujer disfrazada de hombre en una universidad masculina mientras amenazaba a estudiantes solo por acercarse demasiado a ella.
Helen volvió a tocar el brazo de Anthony ligeramente mientras hablaba.
—¿Vendrás a Londres estas Navidades?
Eleanor apartó la mirada un instante.
—Probablemente.
—Perfecto. Mi madre sigue insistiendo en organizar otra cena y creo que todavía no ha superado tu ausencia del año pasado.
—Eso es porque tu madre considera una tragedia cualquier evento social donde falte alcohol caro o drama familiar.
—Y normalmente tiene razón —rio ella.
Anthony sonrió de nuevo.
Eleanor sintió algo desagradable apretándole el pecho.
Aquello era fácil para él, natural, ese mundo le pertenecía: las temporadas, los bailes, las mujeres como Helen…
y, por primera vez, sintió miedo, un miedo real.
Quizá aquello que tenían nunca podría durar fuera de esos muros. ¿Estaba sintiendo celos?
Anthony notó el cambio inmediatamente y giró apenas la cabeza hacia ella. Dio unos pasos en su dirección y miró hacia los lados, asegurándose de que no había nadie cerca.
—¿Eleanor?
Ella lo fusiló con la mirada y decidió alejarse. Aquel era el mundo de Anthony, no el suyo.
Anthony se quedó petrificado al verla alejarse tan rápidamente.
Eleanor esquivó a unos cuantos estudiantes a los que reconoció y salió fuera del salón, donde el clima era mucho más frío y húmedo. Necesitaba tranquilizarse.
Suspiró y cerró los ojos. Con la puerta cerrada, el ruido llegaba amortiguado, lo que resultaba mucho más tranquilizador.
No le gustaba ver a Anthony coquetear con otras mujeres, pero era lo que cabía esperar. Él aún era un hombre soltero, y muchas mujeres lo adoraban no solo por su atractivo y su porte, sino también por sus títulos.
Sin embargo, allí estaba ella, una muchacha disfrazada de hombre en Oxford que recibía palabras bonitas por parte del futuro duque sobre matrimonio, pero ¿realmente creía que era una competencia real contra todas aquellas mujeres?
Anthony salió fuera y encontró a Eleanor unos metros por delante. Se acercó despacio, sin bromas ni sarcasmo a la vista.
—Eleanor —murmuró—, ¿qué haces aquí?
Ella lo miró de reojo y negó.
—Es solo que no me apetece estar dentro —respondió sin girarse.
No podía engañarlo, sabía perfectamente lo que le ocurría. La rodeó situándose frente a ella.
—¿Crees que me importan esas mujeres?
Ella cruzó los brazos, intentando ignorar el hecho de que seguía guapísimo incluso cuando hablaba seriamente.
—Pues claramente les gustas bastante.
—Eso no significa nada.
—Claro que significa algo.
Anthony negó suavemente con la cabeza.
—No, porque no son tú. —El corazón de Eleanor dio un golpe brutal—.
¿Sabes qué me importa realmente? —No respondió porque, honestamente, había dejado de confiar en la estabilidad de sus propias piernas—.
Me importa una mujer lo bastante inteligente como para engañar a medio Oxford durante semanas, lo bastante valiente como para arriesgarlo todo por estudiar aquí, lo bastante insoportable como para discutir conmigo desde el desayuno hasta la cena y, aun así, conseguir que quiera verla constantemente.
—Anthony dio el último paso que quedaba entre ambos y bajó ligeramente la voz—.
Me importa alguien hermosa como tú. No me interesa lady Helen Harrington.
Ni ninguna otra mujer de Londres. Me interesas tú.
El pasillo entero parecía demasiado pequeño y silencioso.
Eleanor lo miró fijamente y entonces Anthony sonrió, completamente incapaz de mantenerse serio más de treinta segundos seguidos.
—Aunque, si quieres, podemos subir a mi habitación y puedo demostrártelo con métodos mucho más convincentes.
Eleanor puso los ojos como platos.
—¡Anthony!
—¿Qué? Creo que es una propuesta bastante convincente.
—¡Estamos en mitad de un pasillo!
—Técnicamente estamos en un rincón bastante discreto del pasillo.
—¡No!
Anthony sonrió lentamente.
—Cobarde.
Eleanor soltó una risa incrédula.
—No soy una cobarde.