19 #3
—Anthony… estoy disfrazada de hombre —rio.
—Detalles técnicos.
Ella soltó una risa, incrédula.
—¿Y qué se supone que quieres que haga con esto?
Anthony se encogió de hombros.
—Existir siendo bonita, imagino.
Eleanor cogió uno de los guantes muy suaves y, probablemente, carísimos.
—No puedes traerme estas cosas aquí. ¿Y si alguien las encuentra? —preguntó, nerviosa.
Anthony se acercó un poco más.
—Entonces mataré a quien las encuentre —le susurró.
—Eso no me tranquiliza nada.
—A mí sí.
Eleanor intentó no sonreír, aunque fracasó miserablemente.
Anthony la observó unos segundos en silencio y se acercó a ella.
—Te echo de menos cuando tienes que fingir todo el tiempo.
Aquello la desarmó porque ya no sonaba divertido ni arrogante, solo sincero.
Eleanor bajó lentamente la mirada hacia la caja otra vez.
—No hacía falta que me compraras nada.
Anthony se acercó un paso más.
—Ya lo sé, pero quería verte sonreír.
Maldición, aquellas palabras eran muchísimo peor que los regalos.
Eleanor levantó lentamente la vista hacia él. Anthony seguía demasiado cerca otra vez y el problema era que ahora ella ya sabía perfectamente lo que ocurría cuando Anthony se acercaba demasiado.
El aire cambiaba, la habitación se volvía más pequeña y su capacidad de pensar desaparecía lentamente.
Eleanor terminó riéndose y Anthony se quedó mirándola. Era aquella mirada otra vez, la peligrosa.
Ella lo notó inmediatamente cuando él dejó de mirar la caja, los regalos, los guantes y volvió a mirarla a ella, como si todo lo demás hubiese dejado de importar hacía rato.
Anthony levantó una mano lentamente y le apartó un mechón de cabello que se había soltado junto a la sien.
—Eres preciosa —murmuró él.
Aquello boicoteaba cualquier posibilidad de pensamiento racional.
—Anthony…
Pero él ya estaba demasiado cerca y, esta vez, Eleanor no retrocedió cuando él la besó.
El beso empezó suave, demasiado suave para alguien como Anthony, y quizá por eso fue todavía peor.
Eleanor ya conocía perfectamente su forma de hablar, de provocar, de ocupar cualquier habitación como si le perteneciera… pero aquello era distinto, más lento, más cuidado, como si besarla fuese algo que llevaba demasiado tiempo queriendo hacer.
Anthony le sostuvo el rostro con una mano mientras la otra terminaba apoyándola en su cintura, acercándola más hacia él.
Eleanor sintió el corazón completamente fuera de control y el problema más grave de todos era que empezaba a gustarle perderlo así.
Anthony sonrió contra sus labios.
—Estás pensando demasiado otra vez —le susurró él.
—No estoy pensando.
—Entonces eso es aún más preocupante.
Eleanor soltó una pequeña risa nerviosa mientras él volvía a besarla brevemente.
—Esto sigue siendo una locura.
—Sí —confirmó él antes de volver a besarla más despacio esta vez, disfrutando enormemente del hecho de que Eleanor ya no huyese cuando él se acercaba.
Cuando se separaron apenas unos centímetros, él siguió mirándola con esa expresión satisfecha que empezaba a ponerla nerviosa por motivos completamente distintos—. ¿Te han gustado los regalos? —murmuró.
Eleanor apoyó ambas manos contra su pecho, intentando recuperar algo parecido a la estabilidad mental.
—No deberías haber gastado dinero en mí.
Anthony pareció genuinamente confundido.
—Eres literalmente la mujer con la que voy a casarme. Además, el chocolate ya justifica la inversión.
Ella terminó riéndose otra vez.
—Yo no te he comprado nada.
Anthony inclinó la cabeza.
—Curioso —dijo, pensativo.
Ella enarcó una ceja.
—¿Qué tiene eso de curioso?
Anthony se acercó un poco más.
—Porque hace unos minutos estabas besándome y, sinceramente, considero eso un regalo excelente.
Eleanor abrió mucho los ojos.
—¡No puedes decir esas cosas con tanta tranquilidad!
—¿Por qué? Son verdad. —Él sonrió lentamente—. Aunque, si quieres compensarme, aceptaré más besos.
Eleanor lo miró horrorizada.
—Qué descaro —exageró golpeando su pecho.
—Muchísimo.
—Eres imposible —rio ella.
Cuando regresó finalmente a su habitación aquella noche, Eleanor comprendió con una claridad inquietante cuánto habían cambiado las cosas en apenas unas semanas.
Al principio, la idea de que Anthony hablase de matrimonio con aquella seguridad arrogante la había desquiciado por completo, le había parecido propia de un hombre insoportable, excesivamente seguro de sí mismo y peligrosamente acostumbrado a conseguir todo cuanto deseaba.
Pero el problema era que ahora conocía también todo lo demás: la forma en que la observaba, como si fuese lo más importante de Oxford, cómo se preocupaba constantemente por ella, la paciencia que escondía bajo el sarcasmo y aquella absurda capacidad de hacerla reír incluso en mitad del caos.
Y, mientras deshacía lentamente la cinta azul que él le había regalado, Eleanor tuvo que admitir algo todavía más peligroso que cualquier escándalo universitario: cada día estaba más enamorada de Anthony Ashford y, peor aún, empezaba a pensar que quizá la idea de pertenecerle para siempre no sonaba tan terrible como debería.