19 #2
—Constantemente.
—Eso es aún más preocupante —lo señaló con la mano. Anthony se acercó hasta el escritorio y apoyó una mano junto a ella. Eleanor se quedó mirándolo y, en ese momento, se dio cuenta de que su mirada era preocupada—. Anthony, nadie sospecha nada.
—Ya, pero... quiero decir que eres bonita, incluso vestida así. Si alguien presta un poco de atención, podría descubrirlo.
Eleanor dejó de respirar.
Anthony pareció darse cuenta un segundo tarde de que acababa de decir aquello en voz alta, pero ya era tarde. Eleanor seguía mirándolo completamente inmóvil mientras su cerebro colapsaba lentamente.
Anthony carraspeó.
—Además —murmuró—, si sigues sonrojándote así cada vez que te miro voy a terminar perdiendo la poca cordura que me queda.
—Tú ya no tienes cordura.
—Correcto, Eleanor, ya no la tengo —respondió, divertido.
La forma en que dijo su nombre… aquello debería ser ilegal.
Ella tragó saliva y apoyó las manos contra el escritorio, intentando ignorar el hecho de que Anthony parecía dispuesto a besarla otra vez a plena luz del día.
—Deberías irte —murmuró finalmente.
Anthony no se movió.
—No quiero.
Se quedó mirándolo fijamente, con el corazón totalmente acelerado y la respiración entrecortada.
—¿Y si entra alguien? Todo esto me pone muy nerviosa.
Anthony la observó unos segundos y entonces sonrió de esa forma peligrosa otra vez.
—Entonces tendrán una historia maravillosa que contar. —Miró sus labios de nuevo—. Al diablo con Oxford —pronunció, rodeando la mesa y dirigiéndose a ella.
Eleanor se quedó demasiado aturdida como para huir y, sinceramente, tampoco habría llegado muy lejos en los pocos segundos en los que Anthony se situó frente a ella.
Cuando quiso reaccionar, aquellos brazos la tenían rodeada y la estrechaban cada vez más, hasta hacerle sentir cada centímetro de su cuerpo.
En vez de indignarse y ponerse rígida, su cuerpo pareció fundirse con el de él.
Su mente intentó protestar, pero era demasiado tarde.
Eleanor cayó víctima de un lento beso, tan provocativamente dulce y sensual que la envolvió en un hechizo de maravillas imposible de quebrar.
Era un beso interminable, que iba haciendo su efecto poco a poco, sin que ella pudiera determinar con exactitud en qué momento esa sensación de placer se fue convirtiendo en ardiente deseo.
Anthony mordisqueó su labio y acarició su cintura. Sabía que aquello no era correcto, que no eran las normas para las que le habían instruido desde la cuna, pero su deseo por Eleanor superaba con creces cualquier intento de cordura.
Se separó de sus labios muy despacio, manteniendo una mano sobre su cintura mientras la otra le recorría la nuca con una lentitud casi reverente.
—¿Más tranquila?
—Mucho más —susurró ella con una sonrisa.
—Y yo que pensaba que no podría calmar ese mal humor matutino —bromeó él—. Sabes bien —dijo, acariciando su nariz con la suya.
Ella lo miró a los ojos.
—Tú sí que sabes bien… —susurró ella.
Anthony la estrechó con más fuerza.
—Con comentarios como ese obtendrás todo lo que quieras de mí…
—¿Y si solo te deseo a ti? —preguntó ella.
Anthony la sujetó con más fuerza por la cintura y la elevó. Ella rodeó la cadera de él con sus piernas mientras este la alzaba. Luego, se giró y dio unos pasos hasta la cama, tumbándose con ella, sin apartar sus labios de los de Eleanor.
Las manos de Anthony comenzaron a viajar por el cuerpo de ella, acariciando su cintura y su cadera por encima de la ropa mientras ella rodeaba con sus manos la nuca de él.
Eleanor respondió al beso con pasión hasta que escucharon las primeras voces por el pasillo.
—Oh, nooo… —susurró ella separándose de sus labios.
—¿Qué?
—Todos comienzan a salir de sus habitaciones.
—¿Y? Mientras no entren en esta… —respondió, inclinándose otra vez hacia ella hasta encontrar sus labios.
Eleanor respondió al beso unos segundos hasta que se apartó de nuevo.
—No, no… Anthony, tengo que acabar de vestirme, debemos ir a desayunar y luego… —El beso la interrumpió de nuevo—, luego tenemos que… —Otro beso la dejó muda. Ella lo separó y lo miró a los ojos—. ¿Puedes dejarme hablar?
Él le sonrió y negó con la cabeza.
—No. —Sus labios se encontraron de nuevo con una pasión desmedida hasta que, finalmente, fue él quien se separó de sus labios—. Está bien —susurró con cariño—, dejaré que te arregles.
Ella suspiró como si fuese un alivio. Anthony se levantó y le tendió la mano. Ella se la tomó y él la ayudó con un impulso a ponerse de pie, aunque chocó con su pecho.
—Ups… perdón.
Él sonrió y negó con la cabeza, aunque luego borró la sonrisa de sus labios.
—No vuelvas a bromear sobre que no vas a casarte conmigo.
Ella soltó su mano e hizo una mueca graciosa con la lengua.
—¿Y lo divertido que es? —Anthony enarcó una ceja—. No voy a casarme contigo, Anthony —comentó encogiéndose de hombros.
Anthony la rodeó por la cintura y la besó de nuevo apasionadamente. Pocos segundos después, ella le devolvía el beso y lo rodeaba con sus brazos.
Él se separó un poco.
—Sí lo harás —le sonrió antes de soltarla, haciendo que perdiera ligeramente el equilibrio.
Eleanor chasqueó la lengua. Él se dio media vuelta y se dirigió hacia la puerta, mientras ella se apartaba a un lado para que no la vieran cuando la abriese.
—. No tardes —pronunció antes de salir de la habitación.
Cerró la puerta rápidamente tras él y miró de un lado a otro antes de dirigirse a su habitación para coger los libros.
La clase de historia clásica estaba terminando cuando Anthony decidió empezar a comportarse de forma sospechosa.
El profesor seguía hablando sobre Roma mientras los alumnos comenzaban a guardar libros lentamente y Eleanor intentaba concentrarse en algo que no fuese el hecho de que Anthony llevaba observándola aproximadamente veinte minutos seguidos sin el más mínimo esfuerzo por disimular.
Ella cerró el cuaderno y se puso en pie. Anthony hizo exactamente lo mismo.
—Ve a mi habitación cuando termines —murmuró él mientras comenzaban a salir del aula.
Eleanor giró inmediatamente la cabeza.
—¿Qué?
—Has oído perfectamente. Dentro de diez minutos —comentó, caminando por el pasillo como si acabara de pedirle algo razonable.
Eleanor se quedó quieta unos segundos, mirándolo de arriba abajo.
—Voy a acabar en prisión por tu culpa… —murmuró para sí misma.
Sebastian, que pasaba justo por detrás, la oyó.
—Oh, definitivamente —le dio la razón.
Eleanor cerró los ojos un instante.
Diez minutos después, estaba frente a la puerta de Anthony cuestionando seriamente todas las decisiones de su vida.
Llamó dos veces.
—Adelante.
Entró poco a poco, pues no se fiaba lo más mínimo de que Anthony se echase sobre ella.
Cerró la puerta y lo primero que vio fue a Anthony sentado sobre el borde del escritorio, observándola con expresión satisfecha.
Aquello nunca era buena señal.
—¿Por qué me has hecho venir aquí?
Anthony señaló la cama.
—Tengo algo para ti.
Aquella frase sonaba peligrosa, así que Eleanor entornó los ojos. Anthony se separó del escritorio con calma y fue hacia una caja apoyada sobre la silla, la levantó y se la entregó.
—¿Qué es esto?
—Ábrela.
Aquello era una trampa, sin duda, una trampa aristocrática muy bien vestida. Aun así, Eleanor dejó los libros sobre una silla y abrió la caja lentamente.
Miró en el interior y se quedó completamente inmóvil.
Él sonrió al ver su reacción.
Dentro había una pequeña botella de perfume, unos guantes claros increíblemente suaves, una cinta azul oscura para el cabello y chocolate, muchísimo chocolate.
Eleanor levantó muy despacio la vista hacia él.
—¿Te has vuelto loco?
Anthony apoyó una mano sobre el respaldo de la silla.
—Posiblemente.
—¿Qué demonios es esto?
—Regalos.
—¡Ya veo que son regalos!
Anthony arqueó una ceja.
—Entonces el concepto ha quedado claro —pronunció él tan tranquilo.
Eleanor sacó la cinta lentamente y la miró, luego volvió a mirarlo a él.
—¿Me has comprado una cinta para el pelo?
—Sí.