Lecciones para una impostora: Oxford no admite señoritas 19
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El problema de que Anthony Ashford hubiese decidido, aparentemente, comportarse como un hombre enamorado era que Oxford estaba lleno de hombres, todos respirando alrededor de Eleanor con una tranquilidad que empezaba a resultarle profundamente ofensiva.

Ella lo descubrió exactamente tres minutos después de entrar al hall .

—No mires ahora —murmuró Anthony mientras caminaban entre las mesas—, pero Whitmore lleva observándote desde que hemos entrado.

Eleanor siguió andando.

—¿Quién demonios es Whitmore?

—El alto —lo señaló con un movimiento de cabeza.

—Todos son altos.

—El rubio —enfatizó.

—La mitad son rubios.

Anthony soltó aire por la nariz.

—El que claramente quiere hablar contigo.

Eleanor giró la cabeza y, efectivamente, un estudiante rubio al fondo acababa de levantar la mano, saludándola ligeramente.

Ella parpadeó.

—Creo que solo está siendo educado.

Anthony la miró como si acabara de decir la estupidez más grande pronunciada jamás por un ser humano.

—Charles...

—¿Qué?

—Es un hombre.

—Sí.

—En Oxford.

—Anthony, eso no significa nada —rio ella como si hablase con un loco.

Eleanor siguió caminando hacia la mesa mientras intentaba ignorar el hecho de que Anthony iba prácticamente pegado a ella desde hacía diez minutos, como si temiera que alguien intentase secuestrarla.

Se sentaron y, por supuesto, Anthony escogió el asiento justo a su lado. No enfrente, como una persona normal y civilizada. A su lado, demasiado cerca, como una amenaza territorial envuelta en un traje perfectamente cortado.

Eleanor dejó los libros sobre la mesa lentamente.

—¿Por qué estás actuando raro?

Anthony la miró con total serenidad.

—No estoy actuando raro.

—Estás mirando a todos los hombres de esta sala como si quisieras retarlos a un duelo.

—Eso es absurdo. —Miró de un lado a otro—. Bueno… no a todos —acabó admitiendo.

Eleanor cerró los ojos un segundo.

—Dios mío.

Anthony se inclinó apenas hacia ella.

—El de allí también lleva diez minutos mirándote.

—Está mirando la silla.

—Está mirándote a ti —resopló—. Tengo miedo de que… de que te descubran —se sinceró.

Eleanor suspiró. No sabía si estamparle un libro contra la cara o abrazarlo.

—Anthony…

—Eleanor…. —susurró él.

Ella giró la cabeza inmediatamente hacia él.

—No hagas eso aquí.

Anthony sonrió.

—¿El qué?

—Llamarme así.

—Es tu nombre.

—No en público —lo riñó ella.

—Lástima. Me gusta más —se quejó cruzándose de brazos. Miró su plato—. ¿Has acabado de cenar? —Eleanor asintió—. Vámonos de aquí.

Eleanor no sabía si reírse o echarse a llorar.

—Vale, vale… —le susurró—, pero cálmate.

Cedric Montague no confiaba en Anthony Ashford.

Aquello, en realidad, no era ninguna novedad.

Llevaban años soportándose dentro de esa especie de guerra elegante y perfectamente educada que la aristocracia británica consideraba amistad masculina.

Sonrisas tensas, comentarios afilados y una competencia constante por absolutamente todo.

Pero aquello…aquello era distinto.

Cedric lo notó tres días después y lo notó por culpa de la mirada. No de Pembroke, sino de Ashford: Anthony Ashford jamás miraba a nadie así.

Cedric lo observó desde el otro lado del patio mientras los estudiantes salían de tutoría. Pembroke hablaba de algo con Sebastian Fairfax y Anthony estaba a su lado, aparentemente relajado, pero demasiado pendiente, demasiado atento y demasiado cerca, como si el resto del colegio no existiera.

Cedric frunció ligeramente el ceño. Aquello no tenía sentido.

Ashford no era afectuoso ni paciente, ni siquiera se mostraba particularmente interesado en otros seres humanos, salvo que pudiesen discutir de política, boxear o entretenerlo cinco minutos.

Sin embargo, llevaba semanas prácticamente orbitando alrededor de Charles Pembroke. Aquello era ridículo.

Cedric apoyó una mano contra la piedra del arco mientras seguía observando.

Pembroke se rio de algo que dijo Sebastian y Anthony giró inmediatamente la cabeza hacia él.

Entonces fue cuando ocurrió. Ashford le apartó algo del hombro a Pembroke con demasiada suavidad, como si el gesto le saliera natural o ya lo hubiese hecho antes.

Cedric entornó lentamente los ojos… la situación era sospechosa y rara.

Anthony Ashford trataba normalmente a otros hombres como si fueran muebles ligeramente molestos. Y ahora estaba ahí, recolocándole la ropa a Pembroke con la paciencia de una esposa victoriana.

Charles dijo algo entonces. Cedric no logró oírlo desde la distancia, pero sí vio la reacción de Anthony. Una sonrisa pequeña y real, no una sonrisa arrogante ni irónica; era una sonrisa auténtica.

Cedric sintió una incomodidad inmediata, no porque sospechase aún nada concreto, sino porque aquello parecía íntimo y eso era imposible.

Ashford no hacía nada íntimo, él solo se movía entre el sarcasmo, amenazas elegantes, escándalos ocasionales y responsabilidad aristocrática cuidadosamente vestida, pero no en aquello, no en miradas largas o atención constante.

Cedric observó cómo Pembroke decía algo rápido y seguía caminando hacia el edificio principal. Anthony lo siguió inmediatamente como un maldito perro faldero elegante.

Cedric soltó aire por la nariz. No entendía qué estaba sucediendo allí, pero era evidente que algo pasaba, y empezaba a molestarlo profundamente.

Anthony Ashford jamás perdía el control sobre nada, jamás. Sin embargo, él llevaba días viendo pequeñas grietas, miradas demasiado largas e interrupciones absurdas, incluso celos ridículamente evidentes cada vez que alguien se acercaba a Pembroke.

Aquello no era amistad, ni siquiera camaradería masculina de internado aristocrático.

Cedric apoyó la mandíbula ligeramente tensa mientras los veía desaparecer por el pasillo.

—Llevas cinco minutos mirando a Ashbourne como si quisieras matarlo —comentó Theodore Whitcombe.

Cedric ni siquiera apartó la vista de inmediato.

—¿No te parece extraño?

Whitcombe siguió su mirada.

—¿Qué cosa?

—Pembroke —comentó Cedric.

—¿Qué pasa con él?

Cedric tardó un segundo en responder porque ese era exactamente el problema, no sabía qué pasaba con él. Solo sabía que Ashford se comportaba como un hombre completamente trastornado desde que Charles Pembroke había llegado a Oxford. Eso no podía ser buena señal.

Whitcombe soltó una pequeña risa.

—Oh, ya entiendo. Estás celoso porque Ashbourne ha encontrado un nuevo estudiante al que atormentar.

Cedric no sonrió y siguió mirando el pasillo vacío, pensativo.

—No —dijo finalmente, más bajo—. No creo que sea eso.

Whitcombe arqueó una ceja.

—Entonces, ¿qué?

Cedric se encogió de hombros y miró de reojo a Whitcombe.

—Aún no tengo ni idea… —susurró.

Eleanor descubrió que tener una relación secreta con Anthony Ashford era agotador a eso de las nueve de la mañana. Anthony había perdido por completo el sentido común.

—No puedes entrar así.

Anthony, que acababa de atravesar la puerta de su habitación sin llamar siquiera, levantó una ceja.

—Buenos días para ti también.

Eleanor cerró demasiado rápido el cajón que acababa de abrir.

Anthony lo notó inmediatamente.

—Has entrado en mi habitación como un criminal.

Anthony cerró la puerta tras de sí con absoluta tranquilidad.

—Voy a casarme contigo. Técnicamente ya hemos superado la fase de llamar antes de entrar.

Eleanor abrió mucho los ojos.

—¡No puedes ir diciendo eso por ahí!

—No lo he dicho por ahí… todavía.

—Además, yo no he aceptado esa proposición, Anthony… —rugió lentamente.

—Eleanor —la imitó.

Ella cruzó la habitación rápidamente hacia él.

—¿Te has vuelto completamente loco?

Anthony la observó acercarse con una calma profundamente irritante.

—Un poco.

—¡Esto es serio!

—Lo sé.

—Pues no lo parece.

—Porque tú estás entrando en pánico por los dos y alguien debe conservar la compostura.

Eleanor soltó una risa incrédula.

—¿La compostura? Tú acabas de irrumpir en mi habitación sin llamar.

Anthony inclinó ligeramente la cabeza.

—La puerta estaba cerrada, no protegida por militares.

—¡Eso no es una invitación!

—Parecía una sugerencia… ¿sueles estar de tan mal humor por las mañanas? —preguntó con curiosidad.

Ella se quedó mirándolo fijamente y suspiró mientras agachaba la cabeza.

—¿Crees que estoy de mal humor? No tengo la menor idea de por qué puede ser —ironizó ella—. ¿Y tú?

—Ah, ¿no? —Enarcó una ceja, luego ladeó su cuello—. Ven aquí, Eleanor.

Ella movió con fuerza la cabeza.

—Ah, no.

—Solo quiero cambiar el humor que tienes, me sé un buen remedio.

—Te creo, no hace falta que me lo demuestres.

—Eleanor…

—¡No!

Él se encogió de hombros.

—En ese caso, ya me acerco yo.

Ella se levantó de un brinco de la silla.

—Protesto, Anthony —dijo mientras se situaba al otro lado de la cama.

—Yo también —manifestó él rodeando la cama, aunque al verla brincar sobre el colchón e ir hacia el otro lado, se detuvo—. ¿No confías en mí, Charles?

—No.

—Muchacha inteligente —bromeó él.

Eleanor se pasó ambas manos por el rostro, aquello no podía estar sucediéndole.

Anthony dio un paso más hacia el otro lado de la cama y entonces se detuvo, mirándola.

Eleanor llevaba solo la camisa y los pantalones parcialmente puestos, el cabello medio recogido y la expresión de absoluto agotamiento emocional.

Anthony tardó demasiado en apartar la mirada.

—¿Qué? —preguntó ella inmediatamente.

—Nada.

Eleanor entornó los ojos.

—Estás haciendo esa cara otra vez.

—¿Qué cara?

—La cara de “voy a hacerme el encantador y arruinarte la estabilidad mental”.

Anthony sonrió lentamente.

—Esa es una descripción muy específica.

—Porque ya la conozco.

Eleanor se dirigió lentamente hacia el escritorio, intentando recuperar algo parecido a la normalidad, como si no terminara de fiarse de que él no fuera a saltarle encima.

Anthony la siguió con la mirada.

—No deberías cambiarte con la ventana abierta. —Ella se quedó quieta y giró lentamente la cabeza. Anthony señaló vagamente hacia la ventana—. Oxford está lleno de hombres idiotas.

—Oxford cree que soy un hombre —le recordó.

—Y aun así no pienso arriesgarme.

Aquello volvió a sonar absurdamente posesivo.

Eleanor lo miró fijamente.

—¿Tú te escuchas cuando hablas?