Lecciones para una impostora: Oxford no admite señoritas 18 #2
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En ese momento cayó en la cuenta. ¿Había dicho que estaba completamente loca? ¿En femenino?

Pero antes de que pudiera pensar demasiado en ello, volvió a señalar la puerta.

—Váyase de mi habitación ahora mismo.

—No.

—¡No puede entrar aquí y decidir quedarse!

—Parece que sí puedo —dijo, encogiéndose de hombros.

Eleanor miró alrededor, buscando algo más que lanzarle. ¿La vela? ¿La silla? ¿La Biblia?

Anthony la vio girarse hacia el escritorio y reaccionó de inmediato.

—Oh, no, ni hablar…

Cruzó la habitación rápidamente y le sujetó ambos brazos antes de que pudiera alcanzar nada más.

—Para de arrojarme objetos —dijo entre dientes—. Eso no va a solucionar nada.

Eleanor forcejeó un poco.

—¡Suélteme!

—No hasta que dejes de intentar asesinarme con literatura clásica.

—¡Anthony!

—Charles…

Cuando pronunció su nombre masculino ambos se miraron a los ojos, como si fuesen conscientes de que algo ahí no estaba bien.

Anthony seguía sujetándole los brazos demasiado cerca y Eleanor dejó de moverse poco a poco.

—¿Qué hay que solucionar? —preguntó ella, ofuscada, sin querer admitir lo que ya era evidente entre ambos.

Anthony la miró fijamente y, otra vez, el mundo entero pareció quedarse demasiado quieto.

Eleanor sintió el corazón golpeándole el pecho con fuerza, sobre todo cuando Anthony volvió a mirar directamente sus labios.

Esta vez ella lo vio perfectamente. No había confusión posible ni excusas sobre la tinta. Solo aquella mirada peligrosa que llevaba semanas destruyéndole lentamente la cordura.

Anthony tragó saliva, como si estuviese luchando consigo mismo y… perdió. No pudo contenerse más y la atrajo hacia él en busca de sus labios.

Los labios de Anthony se unieron a los de ella, cubriéndolos, abriéndolos, quemando como el fuego. Se sintió arrastrada por un torbellino del que ya no era capaz de salir. Cada latido la hundía un poco más en aquella marea de sensaciones.

Jamás sabría cuánto tiempo pasó, pero poco a poco volvió a tomar conciencia de lo que estaba ocurriendo.

Anthony la estaba besando con toda la pasión que un hombre podía volcar en un beso, y ella le correspondía como si le fuera la vida en ello.

Durante un instante, aquello le pareció perfectamente bien.

¿Estaba bien? No. Había algo profundamente equivocado en todo aquello.

Porque Anthony estaba besando... a Charles.

Del calor pasó al frío del horror e instintivamente intentó apartarse, pero él la retuvo con fuerza. Solo consiguió romper el beso, aunque eso fue suficiente.

—¡Anthony! ¡Basta! ¿Te has vuelto loco?

—Calla, ya no puedo seguir adelante con este juego.

—¿Qué juego? ¡Te has vuelto loco! ¡No… espera…!

Se sintió arrastrada hacia la pared, comprimida entre el cuerpo de él y la fría piedra, con su peso cubriéndola e inmovilizándola en parte.

Por un momento no pudo pensar, pero, de pronto, se dio cuenta.

—¡Lo sabes! —jadeó, empujándole los hombros para mirarlo a la cara, acusándolo debidamente—. Lo has sabido desde el principio, ¿no?

Anthony estaba apresado en las garras de la lujuria más poderosa que nunca hubiera experimentado. Llevaba demasiado tiempo conteniéndose y teniéndola cerca.

—Sí —admitió—. Imagínate cuando vi que mi vecino de habitación no era Charles como decía —pronunció mientras le quitaba el abrigo lentamente—. Tendrás que darme explicaciones, no lo dudes.

—Oh —dijo ella antes de que él volviese a besarla con intensidad y el abrigo cayese al suelo—. Y, entonces… ¿por qué?... ohhh —dijo cuando le hizo inclinar la cabeza a un lado y besó su cuello, paseando su lengua delicadamente.

Ella cerró los ojos y llevó su mano hasta la nuca de él, acariciándola.

En realidad debería estar asustada por haber sido descubierta bajo su disfraz, pero aquella boca se lo impedía.

Debería resistirse, pero aquella boca era como un imán.

No tenía una pizca de fuerza ni de voluntad para intentarlo siquiera, pero contuvo el aliento cuando él, con un solo tirón, le quitó la goma con la que mantenía su cabello recogido, esparciendo su dorada mata de pelo sobre sus hombros y sobre su pecho, desenmascarándola por completo.

Sin embargo, su aprensión era totalmente femenina y rogaba porque él no se sintiera desilusionado con lo que veía.

Anthony llevó sus manos hasta la camisa de ella y comenzó a desabrocharla muy despacio, hasta el último botón, dejándola caer al suelo. Sus ojos claros se encontraron con los de ella y refulgían otra vez de pura pasión.

—Debería azotarte por haberme ocultado todo esto durante tanto tiempo —le susurró antes de fundirse con sus labios de nuevo.

Esas palabras no la asustaron. El modo en que la miraba desmentía cualquier intención de azotarla.

Por el contrario, el significado oculto de esas palabras le provocó un agradable escalofrío que la recorrió hasta la punta de los pies.

El beso que le siguió hizo que el escalofrío se extendiese por todo el resto de su cuerpo.

Pasó algún tiempo antes de que pudiera volver a respirar, pero ¿a quién le hacía falta seguir respirando?

A ella, desde luego, no. Y la verdad, lo que hacía era jadear mientras esos labios experimentados le recorrían los labios y el cuello.

Apenas se daba cuenta de que Anthony descendía sus labios hasta la zona de sus pechos y tiraba con los dientes de sus vendajes, hasta abrir un desgarrón que las manos completaron con prontitud.

—Mmm… —susurró ella mientras pasaba la mano por su cabello, totalmente hipnotizada por aquel placer.

Eleanor no había previsto eso, pero a fin de cuentas todo lo que estaba pasando quedaba tan lejos de su experiencia que no hubiera tenido modo de prever nada.

En su mente confusa existía la idea de que, si él la desvestía, era como consecuencia de su engaño, de que lo hacía solo para tener la completa seguridad de que era ella, pero, si así era, ¿por qué tantos besos?

De cualquier modo, no podía concentrarse en esa idea con la mirada de ese hombre clavada en sus pechos.

—¡Qué crimen maltratar estas bellezas!

Podía hacerla ruborizar con una mirada, pero con sus palabras la hacía arder.

Anthony llevó sus manos hasta sus pechos y los masajeó con cuidado. Ella suspiró. Por la noche siempre se aflojaba los vendajes, pero tras tantos días de ir comprimida tenía la zona dolorida. Aquellas caricias parecieron calmar cada rincón de su piel.

Anthony empezó a seguir con su lengua las marcas rojas y los surcos dejados por el vendaje mientras seguía masajeándola, como si tratase de aquella forma de expresar su lástima por tan largo encarcelamiento.

Un momento después, Anthony descendió sus labios hasta su pecho y, para ella, ya no hubo más pensamientos, solo sensaciones.

A diferencia de ella, Anthony había puesto en funcionamiento todas sus facultades.

El único problema era que no resultaban muy manejables, pero no era necesario concentrarse, como en cualquier otra seducción, pues ella cooperaba con gran entusiasmo.

En realidad, cabía preguntar quién estaba seduciendo a quién en ese momento, aunque a esas alturas carecía totalmente de importancia.

Por Dios, Eleanor era mucho más exquisita de lo que recordaba y de lo que él esperaba.

Esas delicadas facciones que había llegado a conocer tan bien, se realzaban con aquella increíble cabellera dorada que enmarcaba su pequeño rostro.

Ni en sus fantasías hubiera podido adivinar la sensualidad de su pequeño cuerpo, la generosidad de sus pechos y lo estrecho de su cintura.

Sin embargo, sí esperaba desde un principio que ese bonito trasero, el que tanto lo había intrigado, tuviera la forma y firmeza perfectas. Sus ilusiones no se vieron frustradas.

Anthony se quitó rápidamente la camisa y Eleanor suspiró al sentir su piel contra la de él, el calor que irradiaba su cuerpo envolviéndola. Aquello era delicioso, capaz de anular cualquier pensamiento.

Anthony llevó las manos hasta los pantalones de ella y los desabrochó, dejándolos caer.

Eleanor no ignoraba del todo en qué consistía el acto amoroso, pero nunca lo había asociado a lo que estaba viviendo en aquel instante: sentir el cuerpo de Anthony fundido con el suyo, piel contra piel, mientras un fuego avivaba el otro.

Eleanor se quitó los pantalones y su ropa interior, arrastrándolos con el pie para alejarlos de ella. Él hizo lo mismo y luego la condujo hacia la cama, rodeándole la cintura con un brazo mientras la guiaba hasta el mullido colchón.

Se inclinaron sobre él y, solo en ese momento, ella pareció tomar consciencia de lo que ocurría, aunque ni siquiera se preguntó cómo ni cuándo había terminado de desvestirla.

Sabía que ahora estaba tan desnuda como él, pero al mismo tiempo experimentaba demasiadas sensaciones como para avergonzarse.

Lo tenía sobre ella, oprimiéndola, rodeándola de una manera puramente dominante.

Pensó, con vaguedad, que debería sentirse aplastada bajo él.

Sin embargo, ocurría justo lo contrario.

Era como si aquel peso la sostuviera en lugar de inmovilizarla.

Él le sujetaba la cara con sus manos para besarla con lentitud, con ternura, y luego con ardiente intensidad.

Su lengua se demoraba en su boca, degustándola, y haciéndole sentir su propio sabor.

No quería que aquello cesara, lo que él hacía, lo que estaba sintiendo, sin embargo, ¿no se hacía preciso interrumpirlo o por lo menos hacer el esfuerzo?

Sabía cuál sería el final de todo aquello, pero ¿quería aceptar de verdad? ¿Cómo saberlo con certeza si apenas podía hilvanar dos pensamientos? Quizá a tres metros de aquel hombre… a seis mejor, pudiese haberlo decidido, pero no allí, cuando no deseaba distanciarse de él ni un solo centímetro.

—¿Anthony? —logro intercalar entre dos besos.

—¿Mmm?

—¿Estás… estás haciéndome el amor? —preguntó ella.

—Oh, sí… —susurró.

—¿Y… te parece correcto?

—Sin ninguna duda, al fin y al cabo, tu eres una mujer y yo un hombre. Te deseo más que a nada —dijo en su oído—. ¿Acaso quieres parar?