18
Llegó finalmente a su puerta y buscó la llave demasiado deprisa, pero estaba tan nerviosa que sus manos fallaron dos veces.
—Perfecto, Eleanor, magnífico, muere aquí mismo en el pasillo —murmuró, nerviosa.
Consiguió abrir y entró rápidamente.
Cerró la puerta tras de sí y se apoyó inmediatamente contra ella.
Eleanor dejó caer la cabeza hacia atrás y soltó un largo suspiro.
Su corazón seguía completamente fuera de control, podía oírlo, literalmente, como si estuviera intentando escapar de su cuerpo para ir a humillarse por separado.
Se apartó de la puerta y caminó hacia el espejo. Ahí fue donde el problema empeoró: parecía nerviosa, muy nerviosa. Tenía las mejillas sonrojadas, los ojos demasiado brillantes, el cabello ligeramente desordenado después de huir escaleras arriba como una fugitiva…
—Esto es horrible… —murmuró.
Quizá debería marcharse de Oxford.
La idea apareció de golpe, real y peligrosa.
Si la descubrían… el escándalo sería mayúsculo.
Podrían expulsarla inmediatamente, su apellido quedaría marcado, la sociedad la despedazaría viva y las señoras de la aristocracia hablarían de ella durante veinte años mientras fingían horror y disfrutaban cada segundo del cotilleo.
“¿Has oído lo de la señorita Pembroke? Entró disfrazada de hombre a Oxford. Qué indecente”. Eleanor se cubrió el rostro un instante.
Aquello era una locura, toda su vida se había convertido en una locura y el peor problema de todos era que Anthony Ashford estaba en el centro exacto de esa locura, sonriendo como si nada.
Se miró otra vez en el espejo y entonces formuló la pregunta que llevaba semanas persiguiéndola.
“¿Anthony lo sabe?”.
Había demasiadas cosas raras, demasiadas miradas, demasiados silencios, demasiadas veces invadiendo su espacio personal con la tranquilidad de un hombre completamente cómodo minando su estabilidad emocional.
Eleanor frunció el ceño lentamente, aunque… también existía otra posibilidad.
Quizá ella estaba perdiendo completamente la razón. Sí, eso también parecía bastante probable.
Llevaba semanas fingiendo ser un hombre, escondiéndose de media universidad y pensando demasiado en los ojos de Anthony Ashford. Francamente, la locura empezaba a parecer una consecuencia bastante plausible.
Se dejó caer sobre la silla del escritorio y enterró la cara entre las manos.
—Voy a volverme loca… —murmuró.
Si Anthony realmente lo sabía… entonces nada tenía sentido.
Un hombre como él, un marqués y futuro duque, alguien criado entre normas, reputaciones y expectativas sociales desde prácticamente la cuna, debería haberla denunciado el primer día o, como mínimo, debería haberse apartado de ella inmediatamente.
Lo lógico habría sido advertir al rector, escandalizarse un poco y actuar como cualquier aristócrata británico decente.
Al fin y al cabo, su universidad acababa de ser infiltrada por una mujer con demasiados libros y un sentido de la prudencia francamente cuestionable.
Y, sin embargo, allí estaba él, anudándole corbatas como si aquello fuese perfectamente normal, limpiando la tinta de su rostro…
Eleanor se acercó a la silla y se dejó caer sobre ella mirando al vacío con expresión de absoluta derrota emocional.
¿Por qué no le decía nada? ¿Por qué no parecía enfadado?
Peor aún… ¿por qué parecía disfrutar de toda aquella situación como si observarla fingir ser Charles Pembroke fuese el entretenimiento más fascinante de Oxford?
Aquello era completamente absurdo y nadie en su sano juicio actuaría así.
El problema más preocupante de todos era que Anthony Ashford siempre había parecido peligrosamente inteligente, lo que solo dejaba dos opciones posibles: o él estaba tan loco como ella…
o Eleanor llevaba semanas enamorándose de un hombre que conocía perfectamente su secreto mientras la veía entrar en pánico tres veces al día, como mínimo.
Sí, definitivamente iba a terminar perdiendo la razón antes de Navidad.
Anthony subió las escaleras demasiado rápido. Podía notar todavía la aceleración incómoda en su respiración, la tensión instalada en los hombros y aquella mezcla profundamente irritante de frustración y deseo golpeándole el pecho desde que Eleanor había salido prácticamente huyendo por el pasillo.
Y, maldición, no era para menos, pues había estado a punto de besarla en mitad de Oxford como un completo imbécil incapaz de controlar un impulso tan básico de supervivencia social.
Aquello empezaba a convertirse en un problema serio.
Ya no era solo que perdiese el juicio cuando ella estaba demasiado cerca o que cada vez le costara más recordar que el resto del mundo seguía viendo a Charles Pembroke mientras él veía a Eleanor en absolutamente todo; era peor, mucho peor, estaba perdiendo por completo el control de su cabeza, de su cuerpo y de su paciencia.
Cerró la mandíbula mientras seguía subiendo escalones.
Aquello era ridículo e insostenible. Tenía que ponerle remedio antes de terminar completamente loco. Estaba enamorado de ella de una forma que ya no podía ocultarse ni a sí mismo, y empezaba a sospechar que Eleanor también se había dado cuenta.
Eso era peligroso, muy peligroso, y solo existían dos soluciones razonables.
La primera: distancia, que uno de los dos abandonase Oxford, mantuviese las distancias y recuperase algo parecido a la cordura.
Ni siquiera se molestó en considerar seriamente aquella opción, no iba a apartarse de ella, no después de encontrarla allí y de verla feliz por primera vez haciendo aquello que siempre había querido.
La segunda opción era bastante peor: enfrentarse a ella.
Decir algo. Hacer algo. Romper aquella tensión absurda antes de que terminara explotando por sí sola porque, al ritmo que avanzaban las cosas, acabaría besándola contra una pared cualquier día, simplemente porque ella alzara hacia él esos ojos claros.
Llegó al pasillo superior y lo recorrió rápido hasta detenerse frente a la puerta de Eleanor.
Se quedó quieto apenas un segundo y tomó aire.
—Charles —dijo golpeando la puerta un par de veces, todavía algo acelerado—. ¿Estás ahí? —Anthony apoyó una mano contra la puerta—. Abre. Tenemos que hablar —susurró esta vez.
Eleanor caminaba de un lado a otro de la habitación como una persona claramente al borde de un colapso nervioso.
Aquello era el fin, definitivamente el fin.
Quizá debería marcharse. Sí, eso tenía sentido.
Podía abandonar Oxford esa misma noche, desaparecer discretamente y exiliarse en algún lugar remoto donde Anthony Ashford no existiese, nadie intentase besarla en los pasillos y los hombres no desarrollasen ataques de celos homicidas cada vez que otro ser humano le hablaba durante más de treinta segundos.
Francia, quizá, aunque los franceses parecían agotadores. Quizá Escocia. Sí, Escocia sonaba bien. Frío, ovejas y probablemente menos aristócratas emocionalmente perturbadores.
Estaba considerando seriamente su futuro como fugitiva internacional cuando llamaron a la puerta.
Eleanor dio un brinco.
¿Quién…?
La voz de Anthony llegó desde el otro lado.
—Charles, ¿estás ahí? Abre. Tenemos que hablar.
Oh, no. ¡No! ¡Definitivamente no!
¿Hablar? ¿De qué exactamente? ¿Del hecho de que casi la había besado en los pasillos? ¿De su extraño comportamiento posesivo? ¿De que probablemente ambos estaban perdiendo la razón simultáneamente?
Eleanor giró rápidamente hacia la ventana.
Quizá podía huir por ahí. Aquello parecía una excelente idea impulsiva.
Se acercó un paso y miró hacia abajo.
Aquello no era buena idea, se encontraba en una segunda planta. Seguramente, en el supuesto de que sobreviviese al golpe, tendrían que llamar a los médicos y, entonces, alguien descubriría que Charles Pembroke poseía una cantidad extremadamente sospechosa de anatomía femenina.
No, definitivamente no funcionaría.
Anthony volvió a llamar más fuerte esta vez.
—Vamos, Charles, sé que estás ahí. Abre.
Eleanor gimió desesperada y miró alrededor buscando algún escondite, como si aquello fuese una obra de teatro ridícula y no su vida real.
Debajo de la cama, no. En el armario, peor. Miró la ventana otra vez, muerte inmediata, probablemente. Perfecto.
Anthony volvió a insistir.
—Abre o entraré.
—¡No! —gritó ella inmediatamente—. ¡No entre! ¡No quiero hablar con usted!
Hubo un silencio al otro lado.
Finalmente, la voz de Anthony llegó más baja y firme.
—No me importa lo que quieras ahora. Tenemos que hablar.
Eleanor abrió mucho los ojos.
—Anthony…
—Voy a entrar.
La puerta se abrió y Anthony apenas tuvo tiempo de agacharse cuando un cojín salió disparado directamente hacia su cabeza.
—¡Dios santo! —exclamó él, esquivándolo por centímetros.
Cerró rápidamente la puerta tras de sí y se quedó quieto, mirándola.
Eleanor estaba al otro lado de la habitación con expresión salvaje, respirando acelerada y claramente preparada para cometer actos criminales.
Anthony levantó una mano inmediatamente.
—Ni se te ocurra lanzarme nada más.
—¡Salga de mi habitación!
—Charles…
—¡No me llames Charles!
Anthony entornó los ojos.
—Eso ha sido muy específico —ironizó.
Grave error, porque Eleanor abrió la boca, la cerró y se giró rápidamente hacia el escritorio cogiendo el grueso libro de griego.
Anthony palideció un poco.
—No. El libro de griego no —intentó detenerla con una mano.
—¡Lárguese!
—Charles, ese libro podría matar a un hombre.
—Perfecto —rugió ella antes de lanzárselo.
Anthony reaccionó por puro instinto.
Lo atrapó al vuelo y lo miró horrorizado un segundo. Luego la miró directamente a ella.
—Estás completamente loca.
—¡Fuera!
Anthony dejó cuidadosamente el libro sobre la mesita cercana.
—No pienso irme.
—¡Pues deberías!
—No.
—¡Anthony! —gritó ella.
—Vamos a hablar —dijo, señalándola con la mano.
Eleanor gruñó frustrada, gruñó literalmente.
Anthony la señaló.
—Baja la voz o acabará enterándose todo Oxford y, créeme, a ninguno de los dos nos conviene eso.
Eleanor se quedó quieta porque aquello… aquello había sonado rarísimo otra vez.