Lecciones para una impostora: Oxford no admite señoritas 17 #2
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Él sonrió. Lo cual era un problema. Un problema enorme. Porque, cuando sonreía, ocurrían cosas terribles, como mirarlo más de la cuenta u olvidar, momentáneamente, que estaba fingiendo ser un hombre en una universidad llena de aristócratas con demasiado tiempo libre.

Anthony seguía hablando de algo relacionado con Whitcombe y su odio irracional hacia los alumnos felices cuando, de pronto, se quedó callado.

Eleanor dio dos pasos más antes de darse cuenta y giró la cabeza.

—¿Qué?

Anthony no respondió inmediatamente, pero la estaba mirando otra vez de aquella forma peligrosa.

—No te muevas —pronunció.

Oh, no.

Eleanor frunció el ceño.

—¿Qué ocurre?

Anthony dio un paso hacia ella, situándose demasiado cerca.

—Tienes tinta.

—¿Qué?

—Aquí. —Señaló su rostro vagamente.

Eleanor intentó limpiarse rápidamente con la manga, aunque Anthony no pudo evitar reír al ver que la tinta se expandía más por su rostro.

—Eso solo ha empeorado la situación —pronunció, intentando contener la risa.

—Perfecto.

—Muchísimo —le susurró.

Ella intentó limpiarse de nuevo, aunque Anthony le sujetó suavemente la muñeca.

—Quieto.

Eleanor se quedó inmóvil mientras él levantaba la otra mano hacia su rostro, muy lentamente.

Su pulgar rozó apenas la piel de su mejilla y, por un instante, el cerebro de Eleanor dejó de funcionar correctamente.

Anthony estaba muy cerca, demasiado. Podía notar el calor de su mano, su respiración, la forma en que la observaba mientras limpiaba con cuidado la pequeña mancha de tinta negra junto a su mandíbula.

—No sabía que escribir fuese una actividad tan peligrosa —murmuró él.

Eleanor tragó saliva.

—Normalmente sobrevivo mejor.

—No lo parece.

Su pulgar, ligero y suave, volvió a rozar su piel, y ahí fue donde todo empezó a ir terriblemente mal.

Anthony dejó de mover la mano. La tinta ya había desaparecido, pero él seguía allí, mirándola directamente.

Eleanor tuvo la horrible sensación de que el pasillo entero acababa de quedarse demasiado silencioso.

Sin poder evitarlo, Anthony dejó que la mirada descendiera de nuevo hasta sus labios. Ni siquiera pareció ser consciente de ello. Después, casi sin pensarlo, inclinó ligeramente la cabeza hacia ella, como si el siguiente paso natural fuera besarla.

El corazón de Eleanor se detuvo durante un segundo completo.

¿Qué demonios? —gritó su cerebro mientras el resto de ella permanecía completamente inmóvil y, entonces, entró en pánico.

Dio un paso atrás de golpe y Anthony parpadeó de inmediato, como si despertara de algo. Alzó los ojos hacia los de ella, que lo observaba con evidente nerviosismo. Un instante después apartó la vista hacia un lado.

Anthony se removió ligeramente, intentando mantener la compostura.

—Sí —dijo demasiado rápido, apartando la mano—. Visto así de cerca… ya está todo limpio. —Eleanor lo miró fijamente y apretó los labios mientras Anthony carraspeaba—. Tenías muchísima tinta.

—¿Muchísima? —preguntó ella, enarcando una ceja.

—No te haces una idea.

—Claro —acabó dándole la razón.

—Una exageración de tinta —continuó Anthony.

Eleanor entornó los ojos.

¿Anthony había hecho ademán de besarla? ¿O solo se había acercado como decía para observarla de cerca?

Si era la primera opción… ¿sabía que era una mujer? ¿O se había enamorado de un hombre?

Eleanor tragó saliva, con los libros aún pegados al pecho, mientras lanzaba miradas fugaces a su alrededor para asegurarse de que nadie los observaba.

—Bien… mmm… pues gracias por… mmm… quitarme la tinta —acabó alzando un poco más la voz para intentar disimular.

—De nada —respondió Anthony con un gesto que esta vez no pudo disimular que era nervioso.

Eleanor se giró y siguió caminando ya sin esperarlo, con la espalda totalmente recta y los ojos abiertos como platos.

—Madre mía… —gimió mientras avanzaba, sin poder creer lo que acababa de pasar.

Anthony Ashford, el hombre más seguro de sí mismo de todo Oxford, acababa de estar a punto de besarla en mitad de un pasillo —o, al menos, esa había sido la impresión de Eleanor— y ahora parecía empeñado en convencer al universo entero de que aquello no había sido más que una inspección académica de tinta extraordinariamente profesional.

Eleanor siguió caminando por el pasillo con una dignidad admirable teniendo en cuenta que, apenas unos segundos antes, Anthony Ashford había estado peligrosamente cerca de besarla en mitad de Christ Church.

Su cerebro intentaba reorganizar los hechos con cierta lógica y, no obstante, estaba fracasando estrepitosamente.

Había ocurrido. Definitivamente había ocurrido. Su mente no la engañaba. Él había mirado sus labios, había inclinado la cabeza y ella conocía perfectamente la diferencia entre alguien que quitaba tinta… y alguien a punto de cometer un escándalo social de dimensiones bíblicas. O eso creía.

Lo cual entrañaba varios problemas considerables.

El primero: quizá Anthony sabía quién era realmente, y aquello explicaba demasiadas cosas.

El segundo: quizá no lo sabía y, en ese caso, Anthony Ashford estaba sintiendo impulsos románticos hacia Charles Pembroke, lo cual complicaba enormemente la situación y probablemente exigiría conversaciones muy incómodas sobre identidades falsas, preferencias masculinas y el posible colapso emocional de la aristocracia inglesa.

Y el tercero, posiblemente el peor de todos: quizá sí sabía quién era, le gustaba igualmente y, además, estaba disfrutando viendo cómo ella llevaba semanas al borde de un infarto cada vez que él se acercaba demasiado.

Eleanor cerró los ojos mientras seguía caminando.

Sí, honestamente, aquella última opción sonaba peligrosamente propia de Anthony. Sintió cómo su respiración se aceleraba y sus manos temblaban.

—Está loco… muy loco —susurró, incrementando el paso hacia su habitación.

Sí, podía ser eso, o podía ser que la situación se estuviese volviendo demasiado peligrosa para ella. Aquel comportamiento no era propio de un hombre al mirar a otro hombre… o eso creía ella.

Por Dios, ¿por qué comenzaba a costarle respirar?

Aceleró más el paso, derrapando por los pasillos.