17
La mañana empezó con una traición, una pequeña y ridícula, pero traición al fin y al cabo.
Eleanor estaba frente al espejo, con la camisa perfectamente abrochada, el cabello recogido con cuidado… y la corbata completamente deshecha entre los dedos.
La miró, la giró e intentó recordar cómo se hacía el nudo, pero no funcionó.
—Esto es absurdo —murmuró.
Había visto a otros hacerlo. Parecía sencillo, un movimiento, dos, un ajuste…
Volvió a intentarlo y… nada.
—Perfecto —dijo quitándosela del cuello.
La deshizo otra vez y respiró hondo.
—Concéntrate, vamos.
Lo intentó de nuevo, pero el resultado fue peor.
Eleanor cerró los ojos un segundo.
No iba a pedir ayuda, no. No iba a hacerlo, podía con esto… ¡era solo una corbata!
Cinco minutos después, la corbata seguía siendo un desastre.
Eleanor miró la puerta, luego la corbata y luego la puerta otra vez.
—No —susurró, respirando profundo—. Sí —acabó diciéndose—. No, no… Sí —gimió.
Dos minutos después, estaba frente a la habitación de Anthony.
Llamó un par de veces, bastante nerviosa. Al principio hubo silencio, aunque poco después escuchó unos pasos detrás de la puerta.
—¿Quién es?
—Charles —pronunció ella dando golpes con el pie en el suelo.
Hubo un silencio.
—Adelante.
Eleanor abrió.
Anthony estaba de pie, abrochándose la chaqueta, completamente tranquilo, como si las mañanas no incluyeran conflictos textiles.
Levantó la vista y la miró. Por supuesto, sonrió.
—Esto promete —pronunció mirándose en el espejo.
Eleanor cerró la puerta tras de sí.
—Necesito ayuda.
—¿No me digas?
Ella alzó la corbata.
—Esto no funciona.
Anthony la miró, luego observó la corbata y luego a ella otra vez. Finalmente, comenzó a sonreír.
—No es gracioso —se quejó ella.
—Un poco sí.
Eleanor suspiró.
—¿Puedes ayudarme o no?
Anthony dio un paso hacia ella.
—Depende.
—¿De qué?
—De si admites que lo necesitas.
Eleanor lo miró.
—Lo necesito —reaccionó directamente.
—Mucho mejor.
Se acercó demasiado y, aunque Eleanor sintió el deseo de alejarse, no lo hizo. No podía si quería que él le arreglase la corbata.
Anthony tomó la corbata con naturalidad de su cuello, situándose frente a ella. Hasta ese momento, Eleanor no había sido consciente de la altura de él. Le sacaba una cabeza entera.
Sus dedos rozaron su cuello y ella tragó saliva, apartándolos.
—Es sencillo —dijo.
—No lo es.
La respuesta provocó una sonrisa en los labios de él.
Anthony colocó correctamente la corbata alrededor de su cuello mientras sus manos se movían con precisión.
—No te muevas.
Ella apretó los labios.
—No me estoy moviendo.
—Te estás moviendo —dijo mirándola a los ojos.
Eleanor tragó saliva e intentó quedarse quieta sin prestar atención a su cercanía, el calor que irradiaba su cuerpo y la forma en que él ocupaba el espacio, como si fuese lo más natural del mundo.
Anthony ajustó el nudo, tiró suavemente y sus dedos rozaron la piel de su cuello.
Eleanor se tensó.
—Relájate —le susurró.
Ella miró hacia un lado, intentando distraerse con algo. Tenerlo tan cerca le alteraba el ritmo cardíaco.
Anthony terminó el nudo y lo situó en medio de su camisa, perfecto, aunque no se separó.
—Ya está.
Ella llevó sus dedos hacia el nudo de la corbata y asintió.
—Muchas gracias —dijo mirándolo, aunque en un determinado momento coincidió con los ojos de él.
Aquella mirada la dejó completamente paralizada. ¿Cómo podía alguien mirar así? Anthony la observaba fijamente, sin parpadear siquiera, con una intensidad capaz de derretir todo el hielo de la Antártida… y probablemente de media Inglaterra, ya de paso.
Eleanor parpadeó varias veces, intentando recuperar el funcionamiento normal de su cerebro.
Aquello empezaba a ser profundamente sospechoso, muy sospechoso.
Ella era Charles… ¡Charles! ¡Un hombre! Al menos, técnicamente. Bueno… visualmente… más o menos.
Entonces… ¿a quién estaba mirando exactamente Anthony con tanta intensidad?
¿A Charles? ¿Estaba teniendo una crisis existencial?
¿Se sentía atraído por los hombres? Porque, sinceramente, aquello complicaba mucho las cosas y abría preguntas para las que Eleanor no estaba preparada a las ocho de la mañana.
Frunció ligeramente el ceño.
No, no, no… algo no encajaba allí.
Enarcó una ceja hacia él, lentamente, y dio un pequeño paso atrás, mirándolo como si estuviese intentando decidir si Anthony Ashford necesitaba ayuda… o un exorcismo.
Anthony no apartó la mirada de ella mientras retrocedía un paso, al contrario, el tiempo se detuvo y Anthony descendió, durante un leve segundo, sus ojos hacia sus labios. ¿Qué estaba ocurriendo ahí?
Eleanor sintió el calor subirle al rostro y se apartó de golpe.
—Gracias —dijo demasiado brusco.
Anthony parpadeó como si volviera en sí.
—Ya, de nada —respondió mirando hacia el lado, intentando disimular lo que había expresado sin ser del todo consciente.
Eleanor evitó mirarlo y se ajustó la chaqueta.
—Creo que podré hacerlo solo la próxima vez.
—Lo dudo —bromeó él.
—Aprendo rápido. —Eleanor lo miró—. Lo haré. Tengo clase.
—Yo también —dijo Anthony.
—Entonces no llegues tarde.
—Intentaré no hacerlo.
Eleanor abrió la puerta y se detuvo un segundo.
—Gracias… Anthony —pronunció sin girarse—. Hasta luego.
La puerta se cerró suavemente y Eleanor avanzó por el pasillo.
Se detuvo y se llevó una mano al cuello, al nudo perfectamente hecho, y cerró los ojos un instante.
—Esto es un problema… —susurró.
El problema no era la corbata; nunca había sido la corbata y, eso… eso era lo verdaderamente peligroso.
Anthony no se movió al principio, seguía de pie en mitad de su habitación, con las manos quietas, mirando hacia la puerta por la que Eleanor acababa de desaparecer, como si una parte de él todavía esperase que volviera a abrirla.
Podía imaginarla perfectamente al otro lado, andando rápido, intentando recuperar la compostura y probablemente convenciéndose a sí misma de que aquello no había significado nada.
Anthony soltó aire despacio, se pasó una mano por la nuca y terminó de coger los libros que había dejado sobre la mesa, aunque apenas los sostuvo un segundo antes de quedarse quieto otra vez.
Pensó en ella, no en Charles, sino en Eleanor y, como siempre ocurría cuando se permitía recordarla de verdad, volvió a aquel maldito baile de temporada.
La luz, la música, los vestidos moviéndose entre risas y conversaciones vacías.
Y ella. La recordaba perfectamente. Aquella noche había sido imposible no verla.
No por escándalo ni por exhibición; todo lo contrario.
Había algo en Eleanor Pembroke que obligaba a mirarla, aunque permaneciese callada al fondo de un salón. Algo elegante, inteligente, peligrosamente sereno… como si estuviese observando el mundo entero desde una distancia que nadie más entendía.
Él había quedado prendado desde el primer momento, completamente.
Recordaba haber intentado volver a verla durante el resto de la temporada. Bailes, cenas, reuniones absurdamente aristocráticas llenas de personas insoportables… pero Eleanor siempre desaparecía.
Era escurridiza, inalcanzable… casi como si evitara deliberadamente que alguien pudiera acercarse demasiado.
Y, ahora, vivía pared con pared con ella.
Discutía con ella todos los días, la hacía reír, le anudaba la corbata por las mañanas mientras intentaba fingir que su corazón no se detenía cada vez que ella levantaba esos ojos claros hacia él.
Anthony cerró los ojos un instante.
Tenía que controlarse mejor porque empezaba a notársele y, eso, era peligroso. No por él, sino por ella.
Oxford estaba lleno de hombres incapaces de mirar más allá de sí mismos, pero también lleno de ojos curiosos, rumores y estupidez social. Bastaba un error, un gesto demasiado evidente, una mirada demasiado larga… y él llevaba semanas mirándola demasiado.
Lo peor era que no entendía cómo el resto no lo veía. Aquellos ojos, aquella boca, la forma en que se movía intentando parecer un muchacho.
¿Cómo demonios conseguía pasar desapercibida rodeada de tantos hombres? Y aun así… lo hacía porque nadie la observaba como él.
Anthony apoyó los libros contra el pecho y soltó una risa baja, casi incrédulo consigo mismo. Estaba profundamente enamorado de ella. La idea ya no le sorprendía. Lo preocupante era otra cosa: cada vez le costaba más disimularlo.
Ese mechón rubio escapándose constantemente de su recogido, como si el universo entero conspirase activamente contra su autocontrol, y, ahora, aquella mirada en su habitación…
Maldición.
Tenía que hacer un esfuerzo, sobre todo por ella. Si alguien empezaba a sospechar, todo podía derrumbarse.
Anthony tomó aire y salió finalmente al pasillo. Miró hacia ambos lados y no la encontró. El pasillo estaba lleno de estudiantes, pero Eleanor ya no estaba.
Aun así, se quedó allí unos segundos más, quieto, con la absurda sensación de que acababa de dejar marchar algo que deseaba seguir mirando un poco más.
Debía ser fuerte, el problema era que empezaba a no saber cuánto tiempo más podría seguir siéndolo.
El problema de discutir con Anthony Ashford mientras uno caminaba con los brazos cargados de libros era que resultaba peligrosamente fácil distraerse.
Especialmente cuando él avanzaba a su lado con aquella calma irritante, las manos a la espalda y la absurda capacidad de parecer dueño de cualquier lugar por el que pasara.
—No entiendo cómo alguien puede escribir tantas notas para una sola clase —comentó él mientras cruzaban el pasillo después de la tutoría.
Eleanor ajustó los libros contra su pecho.
—Eso se llama estudiar.
—Eso se llama intentar impresionar a los profesores —bromeó.
—No necesito impresionarlos.
Anthony la miró de reojo.
—No. Solo los corriges ocasionalmente para divertirte —rio.
—Eso ocurrió solo una vez —respondió ella, quedándose quieta.
—Tres —la rectificó Anthony.
—Dos —contraatacó ella.