Lecciones para una impostora: Oxford no admite señoritas 16 #2
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Anthony inclinó ligeramente la cabeza.

—¿Aquí?

—Sí.

—¿Ahora?

—Sí.

—¿En mi habitación o en la tuya?

Eleanor cruzó los brazos.

—No empieces.

Anthony suspiró, como si estuviese siendo profundamente incomprendido por el mundo.

—Está bien.

Entró y cerró la puerta con una tranquilidad absolutamente injustificada, luego empezó a desabrocharse el resto de la camisa.

Eleanor se giró inmediatamente.

—No era necesario hacerlo tan… rápido.

—Has pedido la camisa —dijo, encogiéndose de hombros.

—Podría habérsela quitado con algo más de… dignidad.

—No sabía que tenía un protocolo.

—Tiene varios.

—Tomo nota —comentó él—. Ah, por cierto… deja de hablar de usted —la riñó de nuevo.

Eleanor respiró hondo y se giró dándole la espalda para no verlo desnudarse.

—¿Ya?

—Casi. ¿Por qué eres tan tímido? —preguntó. Eleanor no fue consciente de cómo Anthony sonreía ante aquel divertimento—. Ya te lo he dicho, no me importa que otro hombre me vea desnudo —apuntó, sonriendo maliciosamente.

Eleanor resopló.

—Avísame cuando pueda volver a existir.

—Ya puedes.

Eleanor se giró y, por supuesto, aquello no ayudó en absoluto.

Anthony estaba de pie, con la camisa en la mano y el torso descubierto, completamente tranquilo, como si no hubiese nada remotamente problemático en la situación.

—Gracias —dijo, tendiéndosela.

Eleanor la tomó sin mirarlo demasiado, solo un segundo, lo suficiente para suspirar.

—Siéntese —ordenó, girándose rápidamente hacia el escritorio.

Anthony obedeció rápido y dispuesto.

—Empiezo a sospechar que disfrutas mandándome.

—No disfruto nada de esto.

—Claro —comentó mirando la habitación de ella.

Eleanor sacó aguja e hilo, se sentó frente a él y empezó a trabajar con precisión y naturalidad.

Anthony la observó en silencio.

—Eres muy eficiente con la aguja y el hilo.

—No es complicado —respondió ella encogiéndose de hombros.

—Está claro que para ti no.

Eleanor no respondió, pues estaba concentrada, ajustando y recolocando la tela y enhebrando con destreza.

Anthony apoyó los codos en las rodillas, inclinándose un poco, acercándose.

—No te pinches.

Ella lo miró.

—No me pincho.

—Confío en ti —asintió Anthony dando una palmada.

Eleanor siguió cosiendo.

Notaba su mirada fija sobre ella. No era constante, pues miraba también su habitación, pero de vez en cuando la sentía.

Anthony la observó. Así, sin duda, con una aguja y el hilo entre los dedos, no podía engañar a nadie: aquella delicadeza solo la podía tener una mujer.

—¿Dónde aprendiste a coser?

Ella lo miró y se removió sobre su silla.

—Mi madre me enseñó —carraspeó—. De pequeño no paraba de romperme los pantalones y al final mi madre me dijo que me los cosiese yo —acabó con voz más grave.

Anthony chasqueó la lengua.

—Qué madre tan dura… —ironizó.

Eleanor acabó de dar unas puntadas y cortó el hilo.

—Ya está.

Anthony miró la camisa y luego a ella.

—Impresionante. Deberías dedicarte a esto.

Eleanor resopló suavemente.

—No es una opción.

—Lástima.

Anthony se puso en pie y se colocó la camisa, la abrochó sin prisa y, cómo no, Eleanor apartó la mirada por pura supervivencia.

—Gracias —dijo él.

—No es nada.

—Lo es.

Eleanor recogió el hilo, la aguja y se levantó.

—Procura no romperla otra vez.

—Haré un esfuerzo.

—Uno real —acabó diciendo ella.

—Lo consideraré —bromeó encogiéndose de hombros mientras se abrochaba una de las mangas.

Eleanor lo miró y sonrió un poco. Anthony lo notó y le sonrió también mientras situaba una mano en el pomo.

—Anthony.

Él se detuvo y se giró.

—¿Sí?

Eleanor dudó un segundo.

—¿Qué quería?

Anthony parpadeó.

—¿Qué?

—Sí —añadió ella, cruzándose ligeramente de brazos—. ¿A qué ha venido exactamente? ¿O era solo para enseñarme la camisa rota?

Anthony inclinó la cabeza, como si estuviese considerando la pregunta con una seriedad que no correspondía en absoluto.

—Ahora que lo mencionas… —dijo—, sí, es que era un desfile textil bastante específico.

Eleanor lo miró.

—No es gracioso —se quejó ella.

—Un poco sí —bromeó, riéndose él mismo.

—No.

—Lo es —insistió, señalándola con la mano.

Ella negó con la cabeza.

—Podía haberla cosido usted.

—Podía —admitió él—. Pero no habría sido ni la mitad de interesante. Y no, por favor, tuteémonos… me resulta agotador hablar contigo y…

Eleanor apartó la mirada.

—La próxima vez, inténtelo y cósala usted mismo.

Anthony resopló.

—Lo consideraré. —Anthony la escudriñó con la mirada y, finalmente, asintió—. Buenas noches, Charles.

Eleanor levantó la vista otra vez. Estaba claro que Anthony esperaba nervioso su respuesta.

—Buenas noches, Anthony.

Anthony giró el pomo con una leve sonrisa en sus labios porque hubiese pronunciado su nombre.

Abrió la puerta, pero no salió; se quedó ahí, mirándola.

Un mechón de cabello rubio oscuro sobresalía de su recogido, sus ojos brillaban como si aquel intercambio de palabras también la divirtiese, sus mejillas estaban sonrosadas y sus labios…

eran unos labios totalmente apetecibles.

Era una mujer realmente hermosa, pero no era solo eso lo que llamaba su atención, también su valentía, su coraje…

Eleanor dio un pequeño paso hacia él.

—¿Ocurre algo?

Anthony parpadeó como si hubiese tardado un segundo en volver.

—¿Qué?

—Se ha quedado ahí parado, mirando.

Anthony la observó un instante más y entonces sonrió de esa forma suya, despreocupada y perfectamente controlada.

—Estoy considerando —dijo—, si felicitarte por tu habilidad con la aguja… o si preocuparme seriamente por mi futuro vestuario. Está claro que la tela no es muy buena.

Eleanor soltó una carcajada.

—Preocúpate mejor.

—Lo haré, entonces.

Anthony asintió y, esta vez sí, salió.

—Hasta mañana, Charles.

—Hasta mañana… Anthony.

La puerta se cerró y se hizo el silencio de nuevo en la habitación.

Eleanor se quedó quieta unos segundos, sin moverse, sin siquiera pensar. Su corazón iba desbocado y en su mente no paraban de circular demasiado rápido imágenes del torso de Anthony.

Se llevó una mano al pecho, como si eso pudiera ayudar.

—Esto es absurdo… —murmuró.

Su voz no sonó convencida porque, por mucho que intentara ignorarlo o explicarlo, había algo que ya no podía negar, algo que había crecido sin permiso, sin control y sin solución fácil.

Eleanor cerró los ojos un instante y se permitió, al fin, pensarlo con claridad: Anthony le atraía, le gustaba y eso… eso sí que era un problema.