Lecciones para una impostora: Oxford no admite señoritas 16
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El patio estaba húmedo. Ya no llovía, pero la piedra conservaba ese brillo tenue de la tarde anterior, como si Oxford no terminara nunca de secarse del todo.

Eleanor cruzaba con paso ligero, los libros sujetos contra el pecho, repasando mentalmente la próxima lectura, como si concentrarse en Aristóteles fuese suficiente para mantener a raya todo lo demás.

—Pembroke.

Eleanor no necesitó girarse para saber quién era.

Cedric Montague la llamaba a su espalda.

—No —susurró, caminando un par de pasos más, como si no hubiese oído nada.

Fue un error porque, en cuestión de segundos, él ya estaba a su lado, acompañando su paso con esa seguridad irritante de quien nunca ha dudado de su derecho a ocupar espacio.

—Le estoy hablando —insistió.

Eleanor se detuvo por fin y giró la cabeza.

—Montague —lo saludó.

—Vaya —sonrió él, cortándole el paso—. Al final sí que responde.

—A veces —respondió ella.

—Depende de la compañía, imagino.

—Sin duda —dijo rápidamente.

Cedric inclinó ligeramente la cabeza, observándola con una mezcla de interés y algo más áspero.

—Empieza usted a resultar… visible. —Eleanor no respondió—. No era así al principio —continuó él—. Era más discreto y más… adecuado.

—Me esforzaré por decepcionarlo —susurró esta vez mirando alrededor.

Cedric soltó una risa breve.

—Eso ya lo hace bastante bien. —Luego se acercó un poco más—. Aunque debo admitir que tiene mérito.

Eleanor frunció el ceño.

—¿Mérito?

—Sí —dijo—. No todos consiguen, en tan poco tiempo, sentarse con Ashford como si fuese lo más natural del mundo.

Ella lo miró sin comprender.

—No sabía que eso fuese un logro.

—Lo es —replicó Cedric—. El próximo duque no suele repartir su tiempo con tanta… generosidad.

Eleanor parpadeó. ¿Próximo duque? Ni siquiera lo recordaba y, por alguna razón, aquello le resultó completamente irrelevante.

Cedric sonrió, pero había algo tenso en ese gesto.

—Quizá debería preguntarle por qué él sí.

—¿Por qué él sí… qué?

—Por qué le presta atención a usted.

Eleanor sostuvo su mirada.

—Tal vez porque soy interesante —se burló.

Cedric dejó escapar una risa corta, sin humor.

—Eso sería nuevo.

—Para usted, quizá.

Cedric dio un paso más cerca.

—Empieza usted a creerse importante —dijo más bajo—. Por responder bien en clase… por compartir mesa con Ashbourne…

Eleanor notó algo incómodo en el pecho. No era miedo. Todavía no. Pero empezaba a parecerse demasiado.

—No me creo nada —respondió—. Solo estoy aquí, igual que usted.

—Sí —murmuró él—. Eso es lo que me intriga, porque usted no encaja mucho.

Eleanor sintió cómo algo se tensaba en su espalda.

—¿Perdón?

—No encaja —repitió Cedric—. No habla como los demás, no se comporta como los demás. Y, aun así, pretende que nadie lo note. Sin embargo, el futuro duque parece que se ha hecho muy amigo suyo.

Cedric se situó demasiado cerca y Eleanor dio un pequeño paso atrás, casi por instinto.

—¿Le da envidia? —ironizó ella.

—¿Yo le incomodo? —preguntó Cedric sin responder su pregunta, pero sorprendido al ver su gesto.

—No.

—Entonces no retroceda.

Eleanor giró ligeramente el cuerpo.

—Tengo clase —pronunció queriendo rodearlo.

—¿Es un cobarde, Pembroke?

—No —respondió Eleanor—. Simplemente no estoy aquí para ocasionar problemas.

Cedric apoyó su mano contra la pared, bloqueando su paso, y el corazón le dio un golpe más fuerte.

—Apártese.

—¿Y perderme esto?

—¿Esto qué?

—A un niño cobarde que va haciendo amigos que no le tocan por su posición social… Dígame —se acercó más, rozando su oído—, ¿se va a mear en los pantalones, Pembroke?

Eleanor intentó moverse al otro lado, pero Cedric la sujetó por el brazo demasiado fuerte. El dolor fue inmediato.

—Suélteme —ordenó ella.

—Mire cómo cambia el tono —murmuró él—. Interesante.

Eleanor tiró del brazo.

—He dicho que me suelte.

Cedric la empujó contra la pared directamente.

El golpe no fue fuerte, pero sí lo suficiente para que el aire se le escapase de los pulmones.

Sintió un dolor seco en la espalda y, por primera vez, miedo real. Aquello ya no era una conversación, si Cedric insistía lo suficiente, podría empezar a ver demasiado.

—No encaja —repitió Cedric, más cerca—. Y eso suele significar que hay algo que ocultar.

—Apártese —dijo ella, más bajo.

—O… ¿qué? —Eleanor no respondió—. Es usted un cobarde…

—¿De verdad cree que es buena idea? —los interrumpió una voz masculina a su lado.

La voz llegó antes que el movimiento. Anthony apareció entre ambos sin pedir permiso y sin anunciarse y, con un solo gesto, empujó a Cedric hacia atrás con más fuerza de la necesaria.

Cedric chocó contra la pared opuesta con un golpe seco.

—¿Qué demonios…?

—Lo que estás haciendo —dijo Anthony, avanzando un paso hacia Cedric—, es estúpido.

La voz no era altanera, pero sí dura, fría y muy distinta a lo que ella estaba acostumbrada.

—No es asunto tuyo, Ashbourne.

—Ahora lo es —dijo, mirándolo fijamente.

Cedric se incorporó, molesto.

—¿Desde cuándo te dedicas a escoltar a tus… amigos?

Anthony no respondió a eso, solo dio un paso más.

—Métete con alguien de tu tamaño, o mejor aún, aprende a no meterte con nadie —pronunció sin apartar la mirada de él.

Cedric soltó una risa tensa.

—¿Quién te crees que eres?

Mala pregunta, porque Anthony no sonrió.

—Alguien que no necesita demostrarlo empujando a otros contra una pared.

Cedric dio un paso adelante, pero Anthony no retrocedió.

Se midieron un instante hasta que Cedric lo empujó levemente, pero Anthony no respondió, se quedó ahí quieto, demostrando quién tenía realmente el control de la situación.

—Lárgate de aquí, Cedric —ordenó Anthony con el mismo tono frío y grave.

Cedric inspiró hondo y apretó los labios. Luego, se giró para alejarse.

—Esto no ha terminado.

—No empieces algo que no sabes terminar —replicó Anthony un poco más fuerte mientras él se alejaba, aunque se dio cuenta de que Cedric miraba luego a Eleanor.

Cuando finalmente Cedric abandonó el patio y este se volvió un lugar más silencioso, Anthony exhaló despacio y se giró hacia ella.

—¿Estás…?

No terminó la frase y miró de un lado a otro. ¿Dónde estaba?

Hacía unos segundos se encontraba apoyada contra la pared.

Anthony frunció el ceño y miró alrededor.

La encontró dirigiéndose a toda prisa hacia las escaleras que la llevarían a la planta alta.

—Maldición —murmuró, saliendo tras ella a toda prisa.

Anthony subió los escalones de dos en dos.

—¡Pembroke! —Ella no se detuvo, sino que aceleró el paso, como si huir pudiese arreglar lo que acababa de pasar—. ¡Pembroke, espera!

La alcanzó justo antes del rellano. Se adelantó y le cortó el paso.

Eleanor se detuvo en seco con la respiración agitada y los libros aún apretados contra el pecho, sin embargo, no lo miró.

Anthony la observó un segundo, suficiente para notar demasiado.

—¿Estás bien? —Ella no respondió—. Charles.

El nombre quedó suspendido entre ellos, sin el refugio de un “usted” ni de la distancia; solo un trato directo, despojado de toda formalidad.

Eleanor alzó la vista y, por un instante, se quedó completamente quieta.

—Estoy bien —dijo al fin, con un tono más bajo de lo habitual—. Gracias.

Una respuesta demasiado rápida y contenida.

Anthony no se movió, no parecía convencido y, entonces, vio su mano. En ella había un rasguño fino, rojo, en el dorso.

—Eso no es “estar bien”. —Eleanor reaccionó tarde, demasiado tarde, porque él ya se había acercado un poco más—. Déjame ver.

Le tomó la muñeca suave, pero firme.

Eleanor sintió el contacto como una descarga y la apartó directamente.

—No es nada.

Anthony frunció el ceño.

—Tienes una herida.

—No pasa nada.

—Te ha hecho daño.

—Casi no duele.

Anthony la miró fijamente, pero, al menos, no insistió.

Luego exhaló despacio.

—Montague es un idiota.

Eleanor bajó la vista un instante.

—Sí.

—No le hagas caso.

—No lo hago.

El silencio entre ellos ya no era el mismo, parecía que había tensión.

Anthony inclinó ligeramente la cabeza.

—Deberías aprender a defenderte.

Eleanor levantó la mirada.

—¿Qué?

—No puedo estar todo el día detrás de ti.

Eleanor frunció el ceño.

—¿Aprender a defenderme?

—Sí.

—¿Cómo?

—Con boxeo, por ejemplo.

Eleanor parpadeó.

—¿Boxeo?

Anthony asintió con total naturalidad.

—Nunca has luchado.

No era una pregunta, era una afirmación y, peor aún, la sonrisa que apareció en su boca no ayudó en absoluto, porque claramente lo sabía.

—Nunca me ha hecho falta —respondió ella.

—Hasta ahora.

Ella apretó los labios.

—No voy a empezar a pelearme con gente en los pasillos.

—No —dijo él—. Pero sí podrías evitar que alguien te empuje contra una pared.

Ella enarcó una ceja.

—Estoy aquí para estudiar —dijo ya rodeándole—. No para aprender boxeo… —Anthony se giró hacia ella y chasqueó la lengua—. Pero gracias igualmente.

Él resopló mientras la veía alejarse.

Bueno, no le extrañaba nada que no quisiera aprender a boxear, así que no le quedaría otra que seguir vigilándola de cerca.

Anthony llamó una sola vez.

Eleanor, que estaba sentada en el escritorio con los libros abiertos y la mente a medio camino entre el latín y el cansancio, levantó la vista con el ceño fruncido.

—Adelante.

La puerta se abrió y, durante un segundo, Eleanor parpadeó.

Anthony estaba apoyado en el marco con una calma irritante y la camisa abierta en el costado, con un botón arrancado y la tela ligeramente rasgada.

—No —dijo ella automáticamente.

Anthony arqueó una ceja.

—¿No qué?

—No puede entrar así en ningún sitio.

—Curiosamente, acabo de hacerlo.

Eleanor dejó la pluma, se levantó y lo miró mejor.

—Eso está fatal.

Anthony bajó la vista hacia su propia camisa, como si no lo hubiese considerado hasta ese momento.

—Ha sido un accidente.

—¿Qué tipo de accidente? —preguntó ella.

—Uno que implicaba a otro estudiante… y una falta de coordinación notable.

Eleanor negó con la cabeza.

—Está roto.

—Lo había notado.

—Se ve todo.

—No todo —sonrió él.

Eleanor le lanzó una mirada.

—Anthony —lo riñó ella con resignada paciencia.

Ella misma fue consciente de haber pronunciado su nombre. Anthony también lo advirtió, pero ninguno dijo nada. Él solo sonrió.

—Charles…

Eleanor dio un paso más cerca.

—Dámela.

—¿Qué?

—La camisa.