15 #2
Eleanor se quedó completamente inmóvil.
Aquello no era deliberado. No podía serlo.
—Se lo agradezco, pero no hace falta. Estoy perfectamente.
—Eso dijo la última vez —escuchó desde el otro lado de la pared.
—Y sobreviví —le recordó.
—Por intervención externa —respondió la voz más grave de Anthony—. Es decir, por mí.
Eleanor se apartó un poco de la pared, cruzándose de brazos.
—¿No tiene nada mejor que hacer?
—Estoy leyendo.
—Entonces lea.
—Lo hago —respondió rápidamente.
—En silencio —pronunció ella.
—No, es más divertido así.
Eleanor negó con la cabeza, aunque sabía perfectamente que él no podía verla. Aunque había un muro de por medio, sabía que Anthony en ese momento estaba sonriendo.
—Ashbourne …
—¿Sí?
—¿Está usted bien?
Hubo silencio durante varios segundos.
—Sí, un poco aburrido, pero bien.
Eleanor no respondió inmediatamente porque, por alguna razón difícil de explicar, aquello sonó distinto: más tranquilo y más real.
—Bien —respondió ella.
Eleanor volvió lentamente a su escritorio, se sentó, tomó la pluma y, tras unos segundos, añadió una última línea a la carta.
“No estoy sola” .
Se quedó mirando esas palabras y sonrió. Aquellas palabras no le parecieron una mentira.
Anthony Ashford no volvió a golpear, pero, de algún modo, seguía estando ahí.
Eleanor dejó la pluma con cuidado con la carta casi terminada y la vela consumiéndose lentamente.
Sus ojos se desviaron hacia la chimenea apagada y fría. La miró unos segundos y frunció ligeramente el ceño.
Podría… no. Ni siquiera iba a terminar ese pensamiento.
¿Llamarlo para que encendiese el fuego? Absolutamente no. Eso ya no sería de “vecinos”, eso sería invitar directamente al caos. Además, llamaría demasiado la atención. Era innecesario y, sobre todo, completamente imprudente.
Eleanor suspiró.
Se levantó, tomó la manta y se la echó sobre los hombros, ajustándola con firmeza.
—Con esto ya es suficiente —murmuró, regresando al escritorio.
Se sentó e intentó volver a escribir e ignorar el frío que se filtraba por la habitación e intentó, sobre todo, no pensar en lo fácil que sería golpear la pared y decir: “¿Ashford?”
Sería ridículo… no, no lo haría.
Otro golpe provocó que Eleanor levantase la cabeza de inmediato.
—¿Qué ocurre ahora?
—Nada —respondió la voz al otro lado—. Estaba pensando.
—Qué peligro —ironizó ella mientras apoyaba un codo en la mesa, girándose ligeramente hacia la pared—. ¿Y bien?
—Empiezo a sospechar que su chimenea ha sobrevivido más que su voluntad de encenderla.
Maldito.
Miró la chimenea otra vez y luego negó con la cabeza.
—No voy a tocarla.
—Sabia decisión.
—Estoy aprendiendo.
—Muy alentador. —Hubo unos segundos más de silencio—. Hace mucho frío… ¿Tiene frío? —insistió él.
Eleanor dudó un segundo.
—No —respondió directamente.
—Eso no suena convincente.
—Estoy perfectamente bien.
—Claro —respondió como quien le da la razón a un loco.
Eleanor rodó los ojos.
—No necesito fuego.
—Podría…
—No —sentenció ella.
—De acuerdo.
Hubo silencio de nuevo al otro lado y Eleanor se recostó ligeramente en la silla.
—¿Siempre golpea paredes por la noche?
—Solo cuando sospecho que mi vecino está tomando malas decisiones.
—Eso implica que pasa demasiado tiempo pensando en mí —bromeó.
—Es un riesgo profesional.
—¿De qué profesión hablamos?
—De evitar que muera por incompetencia doméstica.
Eleanor sonrió.
—Qué dedicación tan conmovedora.
—Hago lo que puedo. —Anthony permanecía de pie al otro lado de la pared, apoyado contra esta con los brazos cruzados—. ¿Qué hará cuando acabe?
Eleanor parpadeó.
—¿Perdón?
—Oxford —aclaró él—. ¿Qué espera hacer después?
La pregunta se quedó flotando unos segundos y Eleanor bajó la mirada.
—Aprender —respondió, con una sinceridad cuidadosamente medida—. Todo lo que pueda.
—Eso no es una respuesta —dijo Anthony.
—Es la única que tengo.
—¿Nada más?
Ella apretó los labios y se removió nerviosa.
—¿Y usted? —desvió ella la atención hacia él.
—Depende.
—¿De qué?
—De si encuentro algo que merezca la pena. —Anthony suspiró y se apartó de la pared mientras hacía un gesto gracioso—. Aunque supongo que, en algún momento, debería casarme.
Eleanor se quedó inmóvil.
—Claro —dijo, con una calma que no sentía del todo—. Una decisión práctica.
—Terriblemente práctica.
—¿Buscará una señorita adecuada?
—Probablemente.
—Qué romántico.
—No lo soy.
Eleanor tiró suavemente de la manta para cubrirse más.
—Se nota.
Anthony soltó una breve risa.
—¿Y usted, Pembroke? ¿Qué? —preguntó, enarcando una ceja hacia la pared e intentando contener la risa—. ¿Buscará una esposa?
Eleanor cerró los ojos un segundo.
—No lo he considerado aún.
—Pues debería.
—¿Por qué?
—Porque parece una de esas cosas que la sociedad espera de un hombre —respondió encogiéndose de hombros.
—La sociedad espera muchas cosas.
—Justo. —Anthony inspiró hondo y tragó saliva poniéndose totalmente firme, ladeó su cuello hacia la pared y una leve sonrisa inundó su rostro—. Aunque —añadió él, más bajo—, yo solo me casaría con una.
Eleanor frunció el ceño.
—Oh, vaya —respondió Eleanor divertida—. ¿Y cómo sería?
Anthony no respondió de inmediato.
—Inteligente —dijo—. De las que no necesitan demostrarlo constantemente. —Eleanor dejó de moverse—. Valiente —continuó—. Aunque no siempre se note a primera vista. —La manta resbaló un poco de su hombro—. Y… obstinada.
Eleanor se puso en pie sin darse cuenta.
—Una mujer problemática.
—Mucho, pero interesante.
Eleanor no respiraba del todo normal.
—¿La conoce? —preguntó demasiado rápido.
—La vi una vez.
—¿Una vez?
—Una solo, y ya bastó para llamar mi atención.
Eleanor dio un paso hacia la pared.
—¿Y eso le basta?
—Parece que sí.
—Qué absurdo.
—Lo es. Rubia oscura… ojos claros enormes… habladora sin ser cargante… Pero bastante escurridiza, ¿sabe a lo que me refiero?
Ella parpadeó varias veces un poco nerviosa, recordaba su encuentro en el baile, su único encuentro, y aquella descripción… Se le aceleró un poco el corazón.
—¿Cómo se llama?
Anthony rio al otro lado de la pared.
—Oh, no.
Eleanor frunció el ceño.
—¿Qué?
—No voy a decirle su nombre.
—¿Por qué no?
—Porque entonces dejaría de ser un caballero.
—Eso no tiene sentido —extendió ella los brazos hacia la pared.
—Tiene todo el sentido del mundo.
—Ashbourne —rugió ella.
—Pembroke —la imitó él y se encogió de hombros—. Hay misterios que deben conservarse.
Eleanor cruzó los brazos.
—Qué ridículo.
Anthony se quedó mirando la pared sonriente hasta que dio un paso atrás.
—Buenas noches, Pembroke.
¿Ahora que se ponía interesante la conversación se quería ir a dormir?
Suspiró y asintió.
—Buenas noches, Ashbourne.
No hubo más golpes ni más palabras, pero Eleanor se quedó un rato más de pie, mirando la pared, con una sensación nueva, extraña… y peligrosamente cálida.
Y, por primera vez en toda la noche, el frío dejó de importarle.