15
El agua caliente debía ser considerada como una de las mayores contribuciones de la civilización a la felicidad humana.
No se le ocurría ninguna teoría filosófica, avance académico o tradición aristocrática que, en aquel preciso instante, resultase superior.
Estaba hundida hasta los hombros, con el cabello parcialmente húmedo, los músculos por fin relajados y una sensación tan placentera de paz que, por primera vez en días, no estaba tensa.
No vigilaba cómo se sentaba, cómo respiraba o si su voz sonaba demasiado grave o demasiado suave; ni siquiera si alguien sospechaba. Solo sentía el calor del agua y la paz que la inundaba.
Cerró los ojos mientras suspiraba.
—Podría quedarme aquí para siempre… —murmuró, deslizándose un poco más en el agua, como si pensara fusionarse con ella.
Afuera, en algún lugar más allá de la puerta, sonó la voz de Anthony.
—Pembroke.
Eleanor abrió un ojo.
Oh, sí, claro, la realidad.
—¿Sí?
—Le quedan quince minutos.
Qué tragedia.
—Qué crueldad.
—Lo consideraré como que lo está disfrutando.
Eleanor resopló, aunque una sonrisa traidora terminó por asomar.
—No sabía que el paraíso funcionaba con horario limitado.
—En Oxford, todo lo bueno suele hacerlo.
—Qué institución tan hostil.
—Y, aun así, sigue aquí dentro.
Eleanor sonrió para sí misma, pero empezó a incorporarse porque, lamentablemente, incluso el lujo tenía límites.
Salió del agua y tomó la toalla gruesa, limpia y considerablemente más digna que cualquiera de sus recientes experiencias higiénicas. Se secó con calma, con esa mezcla casi olvidada de comodidad física y alivio. Después, vino la parte menos relajante: volver a convertirse en Charles Pembroke.
Camisa, vendajes, pantalones, chaleco… cada capa devolvía estructura.
Finalmente, comenzó a recoger de nuevo su cabello con toda la precisión adquirida en aquellas semanas frente al espejo.
—Bien —murmuró—. Adiós a la paz.
Terminó y se observó un segundo. Estaba correcto y masculino y, pese a todo, sonreía, una sonrisa real, amplia y completamente traidora.
Fue hacia la puerta y abrió.
Anthony seguía allí, sentado en el pasillo, exactamente como había prometido, libro en mano y espalda apoyada en el respaldo, completamente tranquilo.
Al oírla, se puso en pie y, durante una fracción de segundo, sus ojos fueron directamente a su rostro, más concretamente a sus labios, a esa sonrisa imposible de ocultar.
Anthony arqueó una ceja.
—Por esa expresión —dijo—, deduzco que el baño ha cumplido con altos estándares.
Eleanor, todavía peligrosamente cerca de una felicidad ridícula, respondió sin pensar demasiado.
—Si me hubiesen dejado otra media hora, quizá habría abandonado toda responsabilidad y me habría convertido en criatura acuática.
Anthony soltó una risa.
—Lo sospechaba.
—De hecho —añadió ella, ajustándose una manga—, he considerado seriamente no salir jamás.
—Qué inconveniente habría sido explicar su desaparición.
—Podría haber dicho que me perdí buscando conocimiento superior.
—En una bañera.
—No descarte su potencial filosófico.
Anthony inclinó la cabeza, como si estuviese reconsiderando por completo la profundidad intelectual del agua caliente.
—Lo tendré presente.
Eleanor recogió sus cosas, todavía absurdamente satisfecha.
—En cualquier caso… gracias.
Y esta vez lo dijo de verdad, no por cortesía o por obligación, sino porque también había sido algo más: privacidad, facilidad y un respiro muy ansiado.
Anthony le restó importancia con naturalidad.
—No dramatice. Solo he evitado que Oxford lo convierta en leyenda por olor a humo.
—Su modestia es conmovedora.
Luego, con esa calma suya de quien dice cosas razonables, entró en su habitación.
—Lo esperaré para cenar —pronunció.
Eleanor parpadeó.
—¿Perdón?
—Hay que ir a cenar al hall —aclaró Anthony, como si ella fuese el problema evidente en aquella conversación—. A menos que prefiera perderse, llegar tarde o incendiar algo entre aquí y allí.
—No iba a incendiar… —Anthony la miró y Eleanor cerró la boca—. Bien —dijo ella—, solo dejaré esto en mi habitación.
—Claro.
Anthony se apoyó contra la pared como si esperar fuera lo más normal del mundo.
Eleanor regresó a su cuarto, dejó la ropa, ordenó rápidamente sus cosas y cerró la puerta tras de sí.
Se quedó quieta, pensativa. Objetivamente, si Anthony no creyera firmemente que era un hombre, empezaría a sospechar que estaba siendo extraordinariamente amable. Demasiado amable. Y, para colmo, estaba aquel “Lo esperaré para cenar”.
Eso… eso sonaba, bueno, no exactamente a una cita, porque aquello no funcionaba así, pero sí a acompañarla, esperarla e ir juntos. Socialmente resultaba parecido a algo.
—No seas ridícula —murmuró, alisándose el chaleco frente al espejo—. Cree que eres un hombre, un hombre muy agotador y particularmente tímido, pero un hombre.
Se aseguró de que todo estaba en orden: el cabello, el cuello, los botones de la camisa… y, solo entonces, respiró hondo.
Abrió la puerta y ahí estaba Anthony, esperando, de pie, con las manos a la espalda y perfectamente tranquilo, como si acompañarla fuese simplemente lo lógico.
Eleanor se quedó mirándolo un segundo más de lo razonable y, por desgracia, su cerebro decidió traicionarla.
Anthony Ashford era absurdamente atractivo, no de una forma teatral ni exagerada; era peor, de esa forma peligrosa en la que alguien resulta atractivo, incluso esperando con una paciencia divertida y con esa expresión tan suya que dice: “sé algo que usted aún no”.
Además, era simpático, divertido, inteligente, atento… ¡Qué horror!
—No pienses en eso —se ordenó en un susurro apenas audible—. No aquí.
—¿Pembroke? —preguntó Anthony, observándola con ligera curiosidad—. ¿Planea quedarse ahí toda la noche o vamos a cenar?
—Voy.
Anthony la recorrió con una mirada rápida, evaluando si parecía razonablemente presentable, y asintió.
—Excelente.
—¿Qué?
—Nada.
—Ashbourne —dijo ella más seria.
Él ladeó su cuello, observándola de la cabeza a los pies.
—Simplemente confirmaba que el baño lo ha vuelto escandalosamente hermoso.
Oxford quizá no esté preparado. Tiene unos rasgos muy dulces para ser un hombre.
—Ella enderezó la espalda por completo—.
Aunque, bueno, es normal si aún no le ha salido la barba ni el bigote —dijo, acercándose a su rostro hasta conseguir que ella ni siquiera pestañeara—.
Sí —murmuró, más cerca de ella—. Ni un solo vello en su rostro.
Ella tragó saliva y carraspeó, dando un paso atrás.
Dios santo.
Dicho esto, y sin darle mayor importancia, se giró y comenzó a caminar.
Eleanor se quedó totalmente quieta, sin poder dar un paso. ¿Había dicho lo que había dicho?
Lo observó dar unos pasos hacia delante, sin poder reaccionar, hasta que Anthony se detuvo y se giró para observarla sin ninguna expresión delatora en su rostro.
—Vamos o no seremos puntuales.
Eleanor asintió y decidió hacer como si no hubiese escuchado nada.
La noche en Oxford tenía una cualidad muy distinta al día. Durante el día, todo era ruido contenido: pasos, clases, voces, disciplina… Pero, por la noche, la piedra respiraba de otra manera: con más silencio, más ecos y más soledad.
Eleanor estaba sentada en su escritorio, con una vela encendida, el cuaderno abierto y la pluma en la mano, mirando la hoja como si aquello fuese una confesión.
En cierto modo, lo era.
Había tardado más de lo que esperaba en empezar, no por falta de cosas que contar, sino porque no sabía cómo hacerlo. Finalmente, suspiró y comenzó. No era la primera vez que le escribía, pero esta vez era distinto.
“Querida tía Agatha” .
La tinta se deslizó con facilidad.
“Oxford es exactamente como imaginaba… y completamente distinta” .
Mordió apenas el extremo de la pluma, pensativa.
“Las clases son exigentes, los profesores no parecen tener intención alguna de tratar a nadie con delicadeza y, por primera vez en mi vida, siento que se espera de mí algo más que comportarme correctamente” .
Se detuvo y miró hacia la pared unos segundos.
“Me paso los días entre libros, discusiones y la constante sensación de estar a punto de cometer un error que lo arruine todo… lo cual, curiosamente, resulta bastante estimulante” .
Sonrió levemente y bajó la vista hacia la carta.
La pluma dudó un instante antes de continuar.
“Hay… algunas personas interesantes” .
Arrugó ligeramente la nariz y volvió a empezar esa línea.
“Mi vecino es insoportable” .
Eso estaba mejor, mucho mejor.
“Extraordinariamente observador, incómodamente útil y, en ocasiones, sospecho que ha sido enviado expresamente para poner a prueba mi paciencia” .
Se detuvo y se quedó pensativa unos segundos.
“También ha evitado que muera en más de una ocasión, lo cual complica considerablemente mi decisión de si debería estrangularlo o agradecerle su existencia” .
Eleanor dejó la pluma un segundo y se reclinó ligeramente.
Aquello sí era sincero, demasiado, quizá, pero Agatha lo entendería, siempre lo hacía.
Tomó aire y volvió a inclinarse sobre el papel.
“No se preocupe. Estoy bien” .
Eleanor bajó la mirada otra vez, preparada para seguir escribiendo, cuando un golpe en la pared le hizo dar un respingo sobre su silla y correr la tinta de la carta.
—¡Dios!
Se quedó completamente quieta y miró ofuscada hacia la pared.
Un segundo golpe, más suave esta vez.
—¿Pembroke?
Eleanor exhaló, mitad aliviada, mitad incrédula.
Se levantó, caminó hacia la pared y apoyó ligeramente la mano contra la madera.
—¿Qué ocurre?
—Nada —respondió él desde el otro lado—. Solo comprobaba si sigue vivo.
Eleanor cerró los ojos un segundo.
—Sí.
—Qué alivio.
—Empiezo a sospechar que disfruta de esto —ironizó ella.
—No se lo voy a negar, inmensamente.
Eleanor apoyó la frente un segundo contra la pared, incapaz de evitar una sonrisa.
—Estoy intentando escribir.
—Eso es productivo. —Se quedó unos segundos en silencio—. ¿Está bien? —preguntó con ese tono entre burla y algo más.
Eleanor parpadeó.
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí, Ashbourne.
Hubo un breve silencio.
—¿Necesita fuego?
Eleanor cerró los ojos lentamente.
—No necesito fuego.
—Podría venir a encendérselo, hace frío.