Lecciones para una impostora: Oxford no admite señoritas 14 #2
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Anthony giró la cabeza hacia ella.

—Más bajo, podrían sentirse ofendidos.

Sebastian, que no había escuchado nada, siguió avanzando con Theodore.

Anthony redujo el paso otra vez para situarse de nuevo al lado de ella.

—Por cierto —volvió a susurrarle.

—¿Qué?

—Le recomiendo traer ropa limpia.

Eleanor se quedó absolutamente quieta de nuevo. A este paso, no iba a llegar a clase.

—¿Qué?

Anthony siguió caminando como si nada.

—Para después del baño.

Eleanor lo miró de reojo, pero Anthony ya había vuelto a esa expresión suya que destilaba serenidad.

Llegaron a la escalera y Anthony puso un pie en el primer peldaño, luego se volvió.

—A las seis, Pembroke.

—Ya lo he oído.

—Bien.

—No soy idiota.

Anthony sonrió con esa sonrisa problemática.

—No —dijo con una calma extrañamente precisa—. Eso lo tengo bastante claro.

Dicho esto, se marchó escaleras arriba, dejando a Eleanor inmóvil, ligeramente confundida y cada vez más consciente de algo que empezaba a resultar peligrosamente evidente: Anthony Ashford era una amenaza. No para su identidad, sino para su paz mental.

Llegó a su habitación a las cinco y treinta y ocho minutos literalmente cargada de libros de griego, lógica, historia natural… notas y una cantidad ofensiva de papel.

Eleanor cerró la puerta con el pie, avanzó como pudo hasta el escritorio y dejó caer toda la carga de golpe.

Los libros aterrizaron con un fuerte ruido sobre el escritorio.

—Por Dios…

Se quedó quieta unos segundos, frotándose una sien.

Oxford era un lugar extraordinario, pero también agotador.

Miró la hora y entonces recordó. La bañera.

Oh, bendito fuese cualquier sistema social, académico o moral, que hubiese permitido la existencia de agua caliente privada.

Si bien Oxford había resultado glorioso en términos intelectuales, su relación con la higiene cotidiana era bastante menos romántica.

Hasta el momento, su rutina de aseo había consistido principalmente en lo habitual: jofaina, jarra de agua, paño, lavado por partes, rapidez y un frío existencial.

Es decir, rostro, cuello, brazos y lo imprescindible, todo con la mayor eficiencia posible e intentando ignorar que aquello jamás equivaldría a sumergirse en una bañera de verdad.

Echaba de menos una bañera con una intensidad casi espiritual.

—No voy a desperdiciar esto —murmuró.

Abrió el pequeño armario, buscó ropa limpia, una camisa fresca, ropa interior, paño, cepillo y todo lo que pudiese necesitar, organizándolo con la precisión práctica de quien estaba a punto de participar en un acto de lujo escandaloso.

Una vez lista, tomó sus cosas, respiró hondo y salió al pasillo.

Llamó a la puerta de Anthony y, al otro lado, escuchó unos pasos antes de que la puerta se abriera.

Eleanor olvidó por completo cuál era su nombre durante aproximadamente cinco segundos.

Oh, no. Aquello era completamente innecesario.

Anthony acababa, evidentemente, de bañarse.

Tenía el cabello húmedo y ligeramente revuelto, camisa limpia medio abrochada o, más bien, no abrochada, pudiendo ver varias pulgadas de cuello y bastante más de lo que Eleanor consideraba razonable para la estabilidad emocional, como si aquel hombre hubiese decidido vestirse solo parcialmente por puro entretenimiento.

Además, olía bien: a agua limpia, jabón y a esa frescura peligrosamente masculina.

Anthony se apoyó con naturalidad en el marco de la puerta y sonrió.

Oh, magnífico.

—Qué puntual, Pembroke —dijo.

—Me dijeron que había agua caliente —respondió Eleanor, porque claramente su cerebro había optado por supervivencia mínima.

Anthony pareció aprobar aquella prioridad.

—Y veo que sabe distinguir una emergencia real.

Eleanor levantó ligeramente el paquete de ropa.

—He venido preparado.

—Eso parece.

Y ahí estaba otra vez, esa forma suya de apoyarse, de inclinar la cabeza, de ocupar espacio como si no fuese consciente de que parecía sacado de una conspiración femenina.

Si no supiera con absoluta certeza que Anthony creía estar hablando con otro hombre… habría jurado que estaba coqueteando. Lo cual, sinceramente, era absurdo. ¿Verdad?

—Gracias por… esto —dijo, haciendo un vago gesto hacia el baño para evitar señalar, más concretamente, su camisa abierta.

—No me lo agradezca todavía —respondió él—. He tenido que sobornar a la institución de Oxford.

—Qué heroico.

Anthony se apartó para dejarla pasar.

—Han traído agua caliente hace poco. Me he permitido llenarla primero, porque me pareció un poco cruel ofrecerle una bañera… vacía.

—Su capacidad para prever tragedias empieza a ser inquietante —bromeó ella con una gran sonrisa.

—Después del incidente con la chimenea, me pareció prudente.

Eleanor entró.

La habitación de Anthony era parecida a la suya y, al mismo tiempo, profundamente distinta: más ordenada y sencilla.

Libros, ropa, botas, una silla y, tras un biombo y una puerta lateral, el pequeño cuarto privado habilitado para el baño.

Vapor suave, calor… Oh, Dios, podría haber llorado.

—Tiene una hora —dijo Anthony—. Nadie vendrá a molestarlo.

Eleanor se quedó observando la bañera escondida tras el biombo como quien ve un milagro divino, hasta que oyó movimiento detrás.

Se volvió y observó a Anthony coger una silla y un libro.

—¿Qué hace?

—Salir.

—¿Con una silla?

—Sí.

—¿Por qué?

Anthony la miró como si aquello fuese obvio.

—Porque, dado que es usted absurdamente tímido —la señaló—, he considerado que mi mera existencia en la habitación podría incomodarlo.

Oh, no podía ser real.

—No soy absurdamente tímido.

—Claro.

—No lo soy —insistió ella.

Anthony abrió la puerta, colocó la silla justo fuera, en el pasillo, y alzó el libro.

—Entonces finjamos que esto lo hago por pura nobleza.

—¿Va a quedarse ahí sentado?

—Sí.

—¿En el pasillo?

—Sí.

—Eso es ridículo —dijo, sorprendida.

Anthony sonrió.

—Y, sin embargo, efectivo. Si alguien intenta entrar o molestar, tendrá primero que explicármelo a mí.

Maldito… Eso… eso era irritantemente considerado por su parte.

—No hace falta.

—Quizá —dijo él con total calma—, pero después de rescatarlo del humo, preferiría evitar nuevas tragedias por interrupción.

Eleanor apretó los labios para no sonreír demasiado.

—Está completamente loco.

—Probablemente.

Se sentó en la silla con una tranquilidad escandalosa y abrió el libro.

—Relájese, Pembroke. Nadie lo molestará, ni siquiera yo. —Por alguna razón profundamente incómoda, aquello sonó más tranquilizador de lo esperado—. Disfrute de su hora —añadió—. Intente no declararle la guerra al agua.

—No prometo nada.

—Lo suponía.

Finalmente, la dejó sola.

Eleanor cerró la puerta del aseo y luego se quedó completamente quieta unos segundos.

Miró la bañera, el vapor, el agua caliente y, aunque Anthony estuviese fuera y todo aquello fuese perfectamente seguro, no era idiota. Así pues, por pura precaución, arrastró una silla y la encajó bajo el pomo.

—No es personal —murmuró, aunque, dada su vida reciente, toda precaución parecía razonable.

Fue a toda prisa tras el biombo, empezó a desvestirse con rapidez práctica, alivio creciente y la sensación absurda de estar abandonando, capa por capa, no solo ropa, sino la tensión.

Cuando finalmente se deslizó dentro del agua caliente…

Oh, aquello… aquello era felicidad, pura delicia.

El calor la envolvió de inmediato, aflojando músculos, agotamiento y parte de esa vigilancia constante que llevaba días tensándole hasta los pensamientos.

Eleanor dejó escapar un suspiro tan profundo y satisfecho que, de haber sido una persona menos educada, quizá habría querido escribir poesía sobre bañeras.

—Dios bendiga el agua caliente… —murmuró, hundiéndose un poco más.

Por primera vez en días no pensó en Oxford, ni en Charles, ni en las normas o el humor… ni siquiera en Anthony. Se permitió, por fin, cerrar los ojos y relajarse en la bañera.