14
A la mañana siguiente, Eleanor cometió el error de creer que el verdadero peligro había terminado con el humo, ¡qué ingenua!
Si bien había sobrevivido a la asfixia, al caos, a la humillación práctica y a la visión profundamente perturbadora de Anthony Ashford entrando en su habitación solo con pantalones…
Oxford, cruel institución, aún exigía una prueba considerablemente peor: el desayuno.
Bajó al hall con la firme determinación de comportarse como una persona completamente normal.
Una persona serena y digna, que no había pasado parte de la noche anterior al borde de un colapso respiratorio mientras su vecino semidesnudo solucionaba sus errores domésticos con una competencia físicamente ofensiva.
Podía hacerlo, solo tenía que sentarse, comer y, preferiblemente, no recordar hombres.
En apariencia era sencillo; en la práctica, no.
Naturalmente, Anthony ya estaba allí, sentado con absoluta normalidad, perfectamente vestido, impecable, como si no hubiese irrumpido horas antes en una nube de humo, resuelto una catástrofe y destruido de paso gran parte de la estabilidad emocional de Eleanor.
Tenía el cabello ordenado, la corbata correctamente colocada y la expresión tranquila.
Sebastian también estaba allí, desayunando con energía junto a sus amigos.
—Pembroke —dijo en cuanto la vio acercarse—. Buenos días.
—Buenos días —murmuró Eleanor.
Anthony la miró con autosuficiencia.
—Qué alivio —intervino Anthony, tomando su taza con total serenidad—. Empezaba a preocuparme que su relación con el fuego hubiese terminado peor.
Aquella frase se llevó una mirada suspicaz por parte de los amigos que lo rodeaban.
Eleanor tomó asiento con la dignidad de una mujer atrapada en una identidad falsa y una conversación criminalmente específica.
—Buenos días para usted también.
—Lo son —respondió Anthony con absoluta calma—. El edificio sigue en pie.
Sebastian frunció el ceño.
—Siento que me he perdido algo.
—Nada importante —dijo Eleanor demasiado rápido.
Anthony tomó pan.
—Solo una breve crisis entre Pembroke… y elementos básicos.
Theodore, que acababa de sentarse con su habitual expresión de hombre intelectualmente cansado antes del mediodía, alzó apenas una ceja.
—Eso suena preocupante.
—Fue una chimenea —dijo Eleanor, porque claramente el universo había decidido humillarla del todo.
Hubo silencio y luego Sebastian parpadeó.
—¿Una chimenea?
Anthony untó mantequilla con una tranquilidad que debería haber sido ilegal.
—Pembroke decidió, al parecer, experimentar con la combustión sin suficiente respeto por las leyes naturales.
—No experimenté.
—El humo parecía opinar distinto.
—Sobreviví.
—Sí —dijo Anthony, observándola con esa insoportable calma divertida—. Aunque técnicamente también sobrevivió el pasillo, lo cual considero un triunfo colectivo.
Eleanor apretó los labios.
Sebastian ya estaba peligrosamente entretenido.
—Un momento —dijo—. ¿Ese era el olor?
No, ¿qué?
—¿Qué olor? —preguntó Eleanor con demasiada rigidez.
Y, como si el universo no hubiese terminado aún, dos estudiantes pasaron justo por detrás.
—¿Sabéis qué pasó anoche en North Stair?
—Solo olí humo —respondió el otro.
—Yo pensé que alguien se había muerto.
Sebastian dejó lentamente su taza y Theodore cerró los ojos un segundo, como si agradeciera internamente aquella oportunidad social.
Anthony, por supuesto, ni se inmutó. Ni una sola reacción, simplemente tomó un sorbo de té como si aquello no tuviese absolutamente nada que ver con la persona sentada a su lado.
“Traidor”, rugió para sus adentros.
Eleanor, comprendiendo de inmediato que el silencio era su única posibilidad de supervivencia, se concentró con intensidad heroica en su desayuno.
No hablar, no morir y no incendiar nada más.
—Bueno —dijo Sebastian finalmente, con una solemnidad que no engañó a nadie—, me alegra confirmar que nuestra mesa incluye ahora no solo talento académico… sino también riesgo comedido.
—Qué honor —murmuró Eleanor.
Anthony, sin mirarla, deslizó el plato de pan hacia ella.
—Procure no incendiar esto también.
Theodore soltó una risa y Sebastian casi se atragantó.
Eleanor lo miró con una expresión que, de haber sido un arma, habría acabado con su linaje al completo.
Anthony, satisfecho, siguió desayunando como si nada. Evidentemente, no era como si nada.
—Por cierto —dijo Anthony de pronto, como quien menciona trivialidades meteorológicas—, esta tarde he pedido una bañera privada.
Eleanor giró lentamente la cabeza.
Sebastian levantó la vista con interés inmediato y Theodore parecía preparado para presenciar consecuencias.
—¿Perdón? —preguntó Eleanor.
Anthony siguió cortando su desayuno con absoluta serenidad.
—Después de su… enfrentamiento reciente con el fuego, pensé que quizá preferiría una experiencia menos hostil con elementos básicos.
Oh, Dios.
Sebastian ya sonreía con malicia.
Eleanor, completamente incapaz de impedirlo, lo miró con genuina sospecha.
—¿Está invitándome a bañarme?
Anthony alzó por fin la vista y, para horror absoluto de Eleanor, pareció disfrutar muchísimo más de lo debido.
—No conmigo, Pembroke, aunque agradezco su rapidez imaginativa.
Sebastian se atragantó de verdad esta vez y Theodore dejó la taza con demasiada calma.
Eleanor sintió que quizá debería abandonar el país.
—No era eso lo que…
Anthony la interrumpió misericordiosamente.
—La desnudez entre hombres puede carecer de importancia, pero incluso yo tengo límites.
—Sebastian estaba peligrosamente cerca de morir de risa—.
Además —continuó Anthony, perfectamente sereno—, valoro profundamente mi privacidad.
—Oh, qué osadía—. Lo que intento decir —añadió, ya con algo más de humanidad—, es que he reservado el horario.
Si quiere, puedo pedirle uno después. Agua caliente, privacidad sin interrupciones…
—Su voz se suavizó un poco—. Nadie lo molestará. Ni siquiera yo.
Y, de pronto, bajo toda aquella provocación insoportable, había algo más: Anthony estaba siendo extrañamente considerado.
Eleanor lo observó un segundo y, pese a todo, se sintió absurdamente agradecida.
Ciertas cosas, como los baños compartidos, la logística corporal y la paranoia constante, seguían siendo agotadoras, y Anthony acababa de hacer desaparecer una de ellas sin que pareciera compasión, solo una cortesía tan natural que casi pasaba inadvertida.
—Gracias —dijo, con más sinceridad de lo previsto.
Anthony inclinó la cabeza.
—No lo convierta en un incendio.
Sebastian dejó caer la frente sobre una mano con gesto teatral.
—Juro solemnemente que jamás volveré a desayunar con ustedes sin esperar un desastre.
Eleanor, mientras ocultaba una sonrisa traidora tras su taza, tuvo que admitir algo profundamente incómodo: Oxford seguía siendo agotador, Anthony Ashford seguía siendo insoportable y, sin embargo, no le importaba tanto como debería.
El resto del desayuno transcurrió con una normalidad aparente.
Sebastian siguió hablando, Theodore corrigió a Sebastian y otros estudiantes entraban y salían del hall .
El comedor continuaba con su rutina de ruido, vajilla y conversaciones. Eleanor logró mantener una compostura razonablemente humana, aunque por dentro estaba mucho más ilusionada de lo que habría considerado prudente.
Anthony Ashford acababa de resolver, con absoluta naturalidad, uno de sus problemas más incómodos mientras conseguía también que la sola idea de volver a mirarlo resultase peligrosamente complicada.
Aun así, la perspectiva de una bañera privada era tan tentadora que Eleanor sospechaba que habría aceptado incluso si el propio Satanás hubiese gestionado la reserva.
La mañana avanzó, el desayuno terminó y los estudiantes empezaron a levantarse.
Sebastian fue el primero en ponerse en pie.
—Si alguno de ustedes provoca hoy otro incidente, ruego que al menos ocurra después del almuerzo. Tengo compromisos.
—Tus compromisos suelen consistir en evitar cualquier forma de esfuerzo —dijo Theodore.
—Y, sin embargo, sigo sobreviviendo.
Eleanor se levantó también, ajustándose los libros bajo el brazo. Su plan era simple: marcharse con dignidad, asistir a clase y sobrevivir, aunque Anthony decidió que aquello era excesivamente fácil.
Esperó a que Sebastian y Theodore les sacaran unos pasos de ventaja. Entonces, mientras atravesaban el vestíbulo, se inclinó hacia Eleanor lo suficiente para que solo ella lo oyera.
—Pembroke.
Oh, no.
—¿Qué?
—Después de clases. —Eleanor mantuvo la vista al frente con heroico esfuerzo—. A las seis.
—¿A las seis… qué?
—En mi habitación.
Eleanor giró la cabeza tan rápido que casi perdió la dignidad.
—¿Perdón?
Anthony la miró y, para absoluto horror de Eleanor, parecía perfectamente consciente de cómo sonaba aquello.
—La bañera, Pembroke, no una propuesta indecente.
Eleanor dejó de respirar un segundo.
—Yo no he dicho que…
—No hacía falta. —Miró al frente—. Empiezo a preocuparme seriamente por la dirección de sus conclusiones.
—Mis conclusiones son perfectamente razonables.
—¿Lo son?
—Sí.
Anthony abrió la puerta del hall para dejar salir a un grupo delante de ellos, con una calma tan exasperante que Eleanor empezaba a sospechar que había nacido simplemente para arruinarle la estabilidad emocional.
—Curioso —dijo mientras reanudaban el paso—. Porque, desde mi perspectiva, solo le estoy ofreciendo higiene… y usted parece vivir cada conversación como si caminara hacia un escándalo nacional.
—Tal vez porque con usted esa posibilidad nunca parece del todo descartable.
Anthony soltó una risa baja.
—A las seis —repitió—. Y procure no llegar oliendo a humo.
Ella abrió la boca y se detuvo, aunque él siguió caminando como si nada.
—No huelo a humo —le susurró, aunque cogió el cuello de su camisa y lo llevó hasta su nariz, olisqueando.
Sí, bueno, quizá un poco sí.
Sebastian, unos pasos más adelante, se volvió.
—¿Vienen o están resolviendo asuntos internacionales?
—Pembroke está aprendiendo a seguir instrucciones básicas —respondió Anthony sin pestañear.
—Qué inspirador —dijo Sebastian.
—Estoy rodeado de idiotas —murmuró Eleanor.