13 #2
Regresó al escritorio, abrió el libro, se acomodó y empezó a leer.
“La naturaleza del deber…”.
En pocos minutos estaría bien calentita y podría dejar de temblar al fin.
Dos minutos después, dejó de leer y frunció el ceño. Algo olía raro y no era a un fuego acogedor; era algo más denso.
Levantó la vista lentamente y abrió los ojos como platos.
—No.
El humo no subía, se estaba acumulando alrededor del hogar y se elevaba por la habitación. Luego, con una eficacia verdaderamente insultante, se expandió por la habitación como si hubiese decidido conquistar territorio.
—No, no, no…
Eleanor se puso en pie de golpe y tosió, llevándose la mano a la boca.
Se acercó a la chimenea y observó asustada. El aire no circulaba bien y su habitación estaba empezando a convertirse en una elegante trampa de asfixia académica.
—Sube —ordenó absurdamente al fuego, como si el humo respetara autoridad verbal—. Se supone que debes subir —gimió.
No subió y tosió otra vez.
El pánico, tan poco útil como inevitable, comenzó a abrirse paso.
Abrió más la rejilla y una bocanada aún peor de humo salió directamente hacia ella.
—¡Dios mío!
Retrocedió tosiendo, con lágrimas involuntarias en los ojos.
Abrió la ventana y la corriente cambió violentamente. Ahora, el humo no solo no escapaba bien, sino que además parecía haberse ofendido personalmente.
—Esto no puede estar pasando —sollozó.
Agitó un libro delante del hogar, consiguiendo empeorar el caos.
Comenzó a toser con más violencia. Dios mío, ¿iba a incendiar Oxford? Comenzó a sentir miedo, no un “qué vergüenza” o “qué desastre”; no, miedo de verdad.
El humo era cada vez más espeso y respirar empezaba a costarle.
Tosió con fuerza y, justo entonces, le pareció escuchar unos golpes en la puerta.
—¡Pembroke!
¡Anthony! Gracias al cielo, aunque se sentía totalmente ridícula mientras movía las manos hacia los lados intentando detener el humo que emanaba del hogar.
—Estoy… perfectamente… —La tos arruinó por completo cualquier credibilidad.
—Eso suena falso.
La puerta se abrió de golpe y Anthony entró rápido y directo, sin ceremonia, y solo vestido con unos pantalones oscuros.
No llevaba nada más, ni camisa ni zapatos.
Llevaba el cabello revuelto, como si hubiese salido corriendo de la cama o de algún momento razonablemente pacífico para enfrentarse, en cambio, a aquella catástrofe.
Eleanor, medio cegada por el humo y luchando por seguir respirando, se llevó las manos a la boca cuando un acceso de tos la sacudió.
Anthony cruzó la habitación como una exhalación enviada por Dios.
—¿Qué demonios ha hecho?
—Intenté… encender… el fuego…
—¿Con ambición homicida?—se burló él—. El humo se está filtrando al pasillo.
Fue hasta el hogar y abrió más el tiro, movió el carbón y tomó el atizador ajustando la leña con rapidez experta.
—Atrás —le indicó con la mano.
Eleanor obedeció sin discutir, principalmente porque discutir requería oxígeno.
Anthony abrió más la ventana, cambió corriente, reorganizó el fuego y, con una competencia casi ofensiva, empezó a solucionar en segundos lo que Eleanor había convertido en una tragedia en minutos.
Poco a poco el humo empezó a corregirse, el aire mejoró y la tos disminuyó.
La muerte dejó de parecer inminente.
Eleanor resopló, recuperando dignidad y funciones básicas, y se pasó los dedos por los ojos. Le picaban mucho.
Tras unos segundos, alzó por fin la vista y lo vio. En ese momento, fue consciente de que Anthony solo vestía con los pantalones, sin nada más, y estaba allí, en su habitación, en mitad de la noche… y con un atizador en la mano.
El hecho de no haberse asfixiado dejó de parecer su problema más urgente.
Su cabello oscuro estaba algo revuelto, como si hubiese salido sin pensar, su pecho subía y bajaba aún con la respiración ligeramente acelerada, sus hombros…
Dios santo… eran amplios, y sus brazos, marcados con esa fuerza natural de quien no necesitaba anunciar capacidad para que resultara evidente.
La luz del fuego trazaba sombras cálidas sobre músculos que Eleanor estaba absolutamente segura de no tener ninguna razón para observar y, sin embargo… los observó.
Oh, cielo santo, ¿por qué tenía exactamente ese aspecto? Aquello era profundamente injusto.
Sintió el calor subirle al rostro con una violencia que ninguna chimenea habría logrado sola y se giró de inmediato, demasiado rápido.
Anthony, que estaba cerrando parcialmente la ventana, se detuvo y se giró a verla.
Eleanor se encontraba dándole la espalda, con todos los músculos en tensión, no solo por lo ocurrido con el fuego.
En ese momento, cayó en la cuenta de que iba prácticamente desnudo.
Lejos de ofuscarlo, le hizo sonreír con esa clase de diversión peligrosa que indicaba que acababa de comprender algo.
—¿Pembroke?
—¿Sí?
—¿Está bien?
—Sí, sí, gracias… —respondió ella mirando al frente.
Anthony ladeó su cuello.
—¿Le ocurre algo? —preguntó con una sonrisa, mirando su espalda.
Pudo ver cómo ella movía los pies con saltitos, nerviosa.
—No, nada…
—¿Seguro?
—Sí…
—¿Y por qué me da la espalda? —preguntó, encogiéndose de hombros, aumentando más la sonrisa.
Ella tragó saliva y negó con la cabeza.
—No… es… es que me pican los ojos, es solo eso.
—¿Necesita ayuda? —preguntó sonriente, consciente de lo que realmente le ocurría a ella.
—¡No! —dijo tirando su mano hacia atrás—. Ya… ya está —dijo girándose lentamente, intentando aparentar normalidad.
Anthony se dio cuenta de que ella ni siquiera se atrevía a mirarlo fijamente.
—Oh, vamos… entre hombres la desnudez no tiene importancia —comentó, extendiendo los brazos hacia los lados con una ligera sonrisa.
—Ya, claro… —carraspeó Eleanor.
—No es motivo de alarma —dijo dando un paso hacia ella.
—No estoy alarmado.
—Claro —dijo, deteniéndose. Chasqueó la lengua.
Anthony, lejos de intimidarse lo más mínimo por su propio estado de semidesnudez, pareció encontrar toda la situación profundamente entretenida.
Se paseó por la habitación como si aquello fuese perfectamente normal.
Fue hacia la ventana y abrió más una cortina.
—¿No ha visto nunca a su padre o a un primo sin camisa?
Ella negó con la cabeza, nerviosa.
—No, en mi casa somos muy… decorosos.
—Ah, ahora entiendo ciertas cosas —susurró mientras revisaba el fuego otra vez.
Ella lo miró, ofuscada.
—¿Qué cosas?
—Pues que entre en estado de pánico por… —dejó la frase inconclusa.
—¿Por qué?
—Por esto —se señaló a sí mismo, a su pecho desnudo. Directamente, se giró y se inclinó para recoger un libro caído.
Desgraciadamente, Eleanor descubrió que “inclinarse” tampoco mejoraba en absoluto la situación.
—Creo —dijo Anthony, sin volverse— que su chimenea me preocupa menos que su capacidad para entrar en pánico.
—No entré en pánico.
—Ha intentado combatir el humo con filosofía moral —dijo, mostrándole el libro.
Maldito.
—Fue una decisión táctica.
Anthony soltó una risa baja.
—Ya, claro.
Se incorporó y caminó hacia la otra ventana descalzó, con una calma tan insultante como innecesariamente atractiva. ¿Por qué caminaba tan lento por su habitación? Ella lo miró de reojo.
—Además —añadió mientras ajustaba el cierre—, cierta falta de ropa no constituye tragedia entre caballeros, ¿no es cierto?
Eleanor pensó, con una claridad aterradora, que no, que quizá entre caballeros no, pero, lamentablemente, ella no era exactamente un caballero.
—Lo tendré en cuenta —respondió, con voz sospechosamente tensa.
Anthony se giró.
—¿Seguro? Porque empieza a parecerme que mi presencia física le ofende más que el humo.
—No me ofende —respondió rápidamente.
—Ah. Entonces solo le incomoda —dijo colocando las manos en su cintura desnuda.
—Yo no he dicho eso.
—No hace falta. —Anthony observó el fuego unos segundos más, hasta quedar conforme—. La próxima vez —dijo con insoportable calma—, si decide librar una batalla doméstica… avíseme antes de estar a punto de morir.
—No estuve a punto de morir.
Anthony arqueó una ceja.
—Pembroke, su habitación parecía el infierno de un bibliotecario —dijo, situando la mano sobre la gran cantidad de libros que tenía sobre la mesa.
Ella resopló.
Finalmente, tras asegurarse de que el fuego ya no representaba una amenaza nacional, Anthony se dirigió a la puerta. Sin embargo, antes de salir, se volvió y la recorrió con una mirada rápida, divertida y peligrosamente consciente de su incomodidad.
—Buenas noches, y procure no sentirse tan escandalizado. Le prometo que sobrevivirá a mi torso.
Se giró, salió sin decir nada más y la puerta se cerró tras él.
Eleanor permaneció inmóvil varios segundos y luego dejó caer lentamente la cabeza sobre ambas manos.
La chimenea había sido un problema, pero Anthony Ashford semidesnudo, paseándose por su habitación como si la modestia fuese una sugerencia opcional… eso… eso era una catástrofe completamente distinta.