Lecciones para una impostora: Oxford no admite señoritas 13
49%

13

La segunda semana en Oxford estaba enseñándole a Eleanor dos verdades fundamentales.

La primera, que aprender resultaba aún más maravilloso de lo que había imaginado.

La segunda, que intentar hacerlo mientras Anthony Ashford existía en su radio cercano empezaba a parecer una forma de sabotaje institucional.

Aquella mañana le tocaba lógica. Era una asignatura profundamente satisfactoria, ya que consistía, esencialmente, en demostrar por qué ciertas personas estaban equivocadas.

Francamente… le parecía un concepto brillante.

El aula, más estrecha que la de griego, pero igual de sobria, estaba ya medio llena cuando entró. Bancos de madera, tinta, papeles y estudiantes acomodándose con distintos grados de interés genuino o resignación social.

Eleanor eligió asiento con la estrategia que ya empezaba a perfeccionar: prudente, en el centro. Lo bastante visible para parecer normal. Lo bastante discreto para evitar tragedias.

Perfecto.

Se sentó, sacó sus notas y, durante aproximadamente tres minutos gloriosos, logró concentrarse por completo en su propia existencia académica. Hasta que ocurrió esa sensación, la inequívoca y profunda sensación de estar siendo observada.

Eleanor mantuvo la vista fija al frente durante unos segundos heroicos antes de cometer el error universal de toda persona nerviosa: mirar.

Por supuesto, allí estaba Anthony, unos asientos más allá, sentado con esa postura relajada de hombre que parecía completamente ajeno al caos emocional de otra persona.

La observaba, no descaradamente, sino con una calma divertida, como si simplemente hubiese encontrado algo bastante más interesante que la clase.

Y, entonces, tuvo la absoluta desfachatez de inclinar la cabeza a modo de saludo, como si nada, como si no fuese perfectamente consciente de que aquello acababa de hacer que Eleanor olvidase brevemente cómo funcionaba el concepto de respiración.

Eleanor, en un acto de supervivencia social desesperada, respondió con el gesto más pequeño, rígido y cuidadosamente neutro de la historia humana y volvió al frente inmediatamente.

“No mires más, no lo hagas”, se decía a sí misma. “Es solo un hombre. Un hombre insoportable, peligrosamente atractivo y socialmente devastador… pero solo un hombre”.

Durante unos segundos, su mente decidió, además, traicionarla con una idea espantosa: ¿qué harían todos si supieran quién era?

No solo Anthony… todos. El aula, Oxford, los profesores, los estudiantes.

¿Seguirían mirándola así? ¿Se escandalizarían?

¿La expulsarían? ¿Pensarían que era monstruosa…

o ridícula? ¿Verían a una impostora? O peor…

¿dejarían de verla como una mente antes de verla como una mujer?

La sola idea le produjo una punzada tan incómoda que tuvo que enderezar la espalda aún más.

No, no estaba allí para pensar eso; estaba allí para aprender lógica, aunque, siendo justos, gran parte de la sociedad ya parecía fallar en ella.

Por fortuna, el profesor entró entonces, el doctor Bartholomew Pierce, un hombre delgado, de voz afilada y expresión de quien claramente consideraba los argumentos emocionales una ofensa personal.

—Si alguno de ustedes ha venido esperando inspiración —anunció sin preámbulo—, lamento informar que hoy trabajaremos con razonamiento.

Eleanor lo adoró de inmediato.

La clase comenzó. Premisas, argumentos, falacias y, durante casi una hora, logró concentrarse de verdad. Casi, porque, de vez en cuando, sentía esa mirada otra vez. No era constante, solo lo suficiente para resultar consciente.

Cada vez que, sin querer, alzaba apenas la vista… ahí estaba, Anthony. Escuchando, escribiendo y, ocasionalmente, mirándola como si estuviese comprobando cuánto tardaría en perder definitivamente la paciencia.

Finalmente, la clase terminó.

Los estudiantes empezaron a levantarse, recoger papeles, comentar observaciones y abandonar el aula con esa mezcla habitual de prisa, ego y alivio.

Eleanor también.

Ahora tocaba historia natural, al otro lado del patio, y si algo había aprendido de Oxford era que la puntualidad parecía ser la única virtud universalmente menospreciada… hasta que faltaba.

Recogió sus cosas y salió con rapidez. Tan concentraba iba en llegar al otro lado del edificio que al doblar el corredor chocó de lleno con Cedric Montague. Lo reconoció de inmediato.

Durante aquellas últimas semanas había tenido la gran fortuna de no toparse con él, pero parecía que el universo le tenía reservada una sorpresa.

—Pembroke —dijo él, ajustándose el abrigo con teatralidad, como si hubiese sobrevivido a una colisión militar—. Qué agresividad —se quejó—. ¿Siempre avanza así?

Cedric la observaba enfadado y molesto por el choque.

Eleanor abrió la boca, pero no llegó a responder.

—Montague —pronunció Anthony, acercándose de inmediato.

Cedric se giró. Anthony ya estaba allí, unos pasos por detrás, con libros bajo el brazo y esa expresión tan serena que casi resultaba peor—.

Si Pembroke hubiese querido atropellarlo de verdad…

—dijo Anthony con suavidad letal—, sospecho que todos lo habríamos notado. Así que tranquilo.

Cedric Montague forzó una sonrisa.

—Ashbourne —lo saludó.

—Montague —repitió Anthony, esta vez con gesto más serio—. Le recomiendo que no convierta cada pasillo en una oportunidad para crear un conflicto —añadió.

Eleanor no estaba segura de qué acababa de ocurrir exactamente, solo sabía dos cosas claras: que Montague parecía menos encantado consigo mismo y que Anthony Ashford daba miedo cuando quería.

Cedric murmuró algo vagamente y se marchó.

Eleanor lo observó desaparecer y luego miró de reojo a Anthony, que permanecía a su lado. Apretó ligeramente los labios y decidió retirarse antes de que aquella situación se volviese aún más complicada.

Giró y se dirigió hacia la salida, aunque se detuvo en seco.

—No —susurró al ver la lluvia. No era una tormenta devastadora, era esa lluvia constante, fría y perfectamente británica que convertía cruzar un patio con libros en una experiencia miserable—. Qué traición —murmuró.

—Coincido —dijo Anthony a su lado. Ella giró su cuello, sobresaltada, pues no lo esperaba allí. Resopló y miró de nuevo hacia el patio—. ¿Qué le toca ahora?

—Historia natural —contestó mirando al frente, hacia la lluvia.

Anthony arqueó una ceja.

—Qué coincidencia.

—No —susurró ella, cerrando los ojos unos segundos.

¿Acaso no podía asistir a una clase sin él?

—No, ¿qué? —Ella negó con la cabeza y luego miró de nuevo la lluvia—. Relájese—respondió Anthony, empezando a avanzar—, solo es agua.

Sí, agua que podía provocar que su cabello se despeinase y que la ropa se ajustase a su cuerpo más de lo debido.

Ella inspiró hondo y, sin esperar a que él dijese nada más, cruzó el patio con paso apresurado.

Anthony se quedó con la boca abierta, pues iba a seguir hablando, pero ella había decidido salir corriendo. Directamente salió tras ella, esquivando charcos.

—Por cierto —dijo Anthony situándose a su lado—, ¿acudirá luego a esgrima?

Eleanor estuvo a punto de resbalar.

—No.

—¿No?

—No —confirmó ella.

Anthony la miró confundido.

—Pues debería.

—¿Por qué?

—Porque prácticamente todos van. —Oh, ahí estaba. No era por obligación, era mucho peor; era por masculinidad social—. Es útil. Mejora la postura, los reflejos, la disciplina…

—No necesito una clase de esgrima —contestó ella dando un salto sobre un charco.

—¿Está evitando el esgrima? —ironizó.

—No estoy evitando nada —contestó con voz más grave.

Anthony sonrió.

Oh, qué horror, ¿por qué tenía una sonrisa tan hermosa?

—Excelente. Entonces lo consideraré una negativa temporal.

—Considérelo como quiera.

—Lo haré.

Llegaron justo cuando el profesor de historia natural abría la puerta.

—Dense prisa o estudien la lluvia por su cuenta —pronunció el profesor dejándolos entrar primero.

Eleanor inspiró hondo, recuperando el aliento, y avanzó hasta la mitad de la sala, sentándose como siempre por el medio.

Se sorprendió cuando vio a Anthony a su lado. De todos los asientos disponibles en Oxford, Anthony se sentó a su lado.

—Qué oportuno —murmuró Eleanor sacando su cuaderno.

Anthony abrió el suyo.

—¿El qué? —preguntó con inocencia.

Resultaba francamente complicado pensar con claridad sobre estructuras botánicas cuando Anthony Ashford estaba sentado tan cerca que cada comentario ocasional y cada movimiento casual empezaban a parecer un ataque personal a su capacidad de concentración.

Oxford, concluyó mientras fingía tomar notas, iba a acabar con ella.

Aquella noche estaba estudiando filosofía moral.

La lluvia más fuerte había comenzado bien entrada la tarde, refrescando todo el ambiente, y ahora, tras pasar horas con el cuerpo medio empapado, pero con el estómago lleno, no conseguía dejar de tiritar, pese a que situaba sus dedos frente a la llama de la vela que tenía en el escritorio.

Miró la chimenea apagada y tuvo una firme convicción: iba a encenderla, aunque fuese sola, o moriría congelada. Francamente, no podía ser tan difícil.

Aquella pregunta, de haber sido formulada por una persona sabia, habría quedado inmediatamente descartada como preludio de desastre.

Eleanor dejó sus libros sobre el escritorio y se arrodilló frente al hogar con decisión, dispuesta a librar una guerra personal contra el fuego, el carbón y las leyes más elementales de la física.

—Bien —murmuró, remangándose ligeramente—. Charles habría podido hacerlo. Aunque Charles probablemente habría preguntado antes.

Organizó la leña, añadió carbón y encendió una yesca.

Durante un glorioso minuto, aquello funcionó.

—Sí —exclamó, echando los brazos hacia el techo y dando unos saltitos, como si hubiese logrado algo maravilloso—. Dormiré calentita. —Dio unas palmadas de felicidad y se quedó observando el baile hipnótico del fuego.

Las llamas comenzaron tímidas, crecieron un poco y una calidez modesta empezó a extenderse.

Eleanor sonrió con auténtica satisfacción.

—Ja.

Oxford podía conservar su griego, su lógica y sus escaleras mortales, pero aquello…

aquello era una victoria.