12 #2
—Míster Pembroke —la llamó su tutor.
Eleanor se giró.
—¿ Sir ?
—Buen trabajo, siga así.
Eleanor no pudo evitar que una sonrisa inundase su rostro mientras cerraba la puerta tras de sí. ¿La había felicitado el tutor de la universidad de Oxford? No podía creerlo.
Tras cerrar la puerta, dio unos pasos adelante y se detuvo para recrearse en aquella sensación de plenitud y alegría que la invadía.
Aquella felicitación significaba tanto para ella que sentía que el pecho iba a explotarle de felicidad.
—Bien, Eleanor… —susurró ella antes de comenzar a avanzar—, muy bien —se dijo a sí misma, emocionada.
Salir de la tutoría del doctor Edmund Wycliffe producía en Eleanor un efecto muy concreto y, en cierto modo, desconcertante. Era una experiencia extraña descubrir que podía sentirse simultáneamente corregida, desafiada y absurdamente feliz.
Aquella mañana, además, llevaba consigo una nueva carga de textos, anotaciones y responsabilidades académicas suficientes como para hundir moralmente a una persona menos motivada.
Ella, sin embargo, estaba eufórica. No de forma evidente, por supuesto; no iba sonriendo como una lunática por los pasillos de Oxford.
Eso habría resultado sospechoso y, probablemente, alarmante.
Pero sí sentía ese entusiasmo feroz y peligrosamente nuevo que aparecía cada vez que alguien esperaba realmente que pensara.
Dios santo, aquel lugar era extraordinario, tan extraordinario que, durante varios segundos, Eleanor cometió el error de relajarse lo suficiente como para salir del despacho con los brazos llenos de libros, la mente repasando todavía una observación sobre estructura griega y una expresión demasiado viva para alguien que pretendía ser simplemente un joven caballero moderadamente aplicado.
Giró la esquina del corredor y allí estaba, Anthony Ashford, apoyado contra el muro de piedra, con una tranquilidad que, por un instante, Eleanor sintió deseos de arrojarle uno de sus textos académicos.
No parecía tener prisa ni preocupación, solo… estaba allí, como si esperarla fuera una actividad razonable.
Anthony alzó la vista al verla. Echó un vistazo a los libros, después a su expresión, y una leve sonrisa asomó a sus labios.
—Vaya —dijo con calma exquisita—. Por esa cara diría que ha sobrevivido.
Eleanor redujo inmediatamente su entusiasmo.
—Apenas.
Anthony se incorporó y metió las manos en los bolsillos.
—Qué alivio. Empezaba a preocuparme que Wycliffe hubiese decidido reducirlo a cenizas antes del almuerzo.
—Ha estado cerca.
—Sí, suele hacerlo.
Eleanor ajustó mejor los libros entre sus brazos. Al parecer, Oxford consideraba insuficiente poner a prueba su intelecto sin añadir además desafíos logísticos.
Anthony observó la maniobra durante unos segundos.
—Eso parece incómodo.
—Lo tengo controlado —pronunció con los dientes apretados.
Anthony reaccionó antes de que la tragedia se consumase y atrapó unos cuantos. Eleanor cerró los ojos un instante, aliviada, mientras él cargaba con parte de los libros.
—Su concepto de “controlado” resulta optimista —observó Anthony.
—Estoy teniendo una mañana exigente.
—Ya lo veo.
—Gracias —respondió al final.
—De nada. Aunque empiezo a sospechar que debería cobrar por servicios de emergencia —se burló.
Ambos se miraron unos segundos y luego ella tomó de forma repentina los textos con algo parecido a dignidad recuperada.
—Su generosidad me conmueve.
—No confunda entretenimiento con generosidad. ¿Seguro que no quiere un poco de ayuda?
Ella comenzó a avanzar cargando todos los libros de nuevo.
—No, gracias.
Comenzaron a caminar por el corredor con Anthony observándola de reojo.
—Entonces —preguntó Anthony, con las manos tranquilamente a la espalda—, ¿qué dictaminó nuestro querido Wycliffe? ¿Promesa académica… o decepción temprana?
—Creo que, de momento, sigo siendo una decepción en desarrollo.
Anthony soltó una breve risa.
—Excelente. La modestia suele resultar más prometedora que la estupidez confiada.
—Qué consuelo.
—Además —continuó él—, si ya lo hubiese impresionado por completo en una semana, sospecharía brujería.
—Quizá solo fuese eficiencia.
Anthony giró la cabeza hacia ella.
—No. En Oxford preferimos sufrir un poco antes de considerar a alguien verdaderamente educado.
—Qué sistema tan alentador —ironizó.
—Lo es. Construye carácter… o neurosis —acabó riendo.
—Empiezo a temer ambas posibilidades.
—Muy sensato.
Descendieron una escalera y Eleanor, todavía distraída por el eco persistente de la tutoría, calculó mal un peldaño.
No cayó, pero sí tuvo ese brevísimo y traicionero desequilibrio que podía transformarse en humillación si alguien lo presenciaba.
Anthony, sin dramatismo, le sujetó el brazo. Fue un solo instante, pero fue firme y natural. Luego, la soltó como si nada.
—Oxford también pone a prueba la relación de sus estudiantes con la gravedad —dijo.
Eleanor se detuvo un segundo para intentar recuperar la compostura, situó su espalda recta e inició la marcha.
—Estoy empezando a notarlo.
—No se preocupe. Las escaleras suelen cobrarse algunas víctimas al principio.
—Qué institución tan acogedora.
—Ya ve por qué nos forja el carácter —bromeó.
Llegaron al patio y el aire era fresco, el cielo gris claro y Oxford seguía teniendo ese aspecto insoportable de lugar que sabía perfectamente lo impresionante que era.
—¿Y ahora qué va a hacer? —preguntó Anthony.
—Lectura.
—Claro —asintió.
—¿Qué significa eso?
—Que su respuesta confirma que aún conserva voluntad de vivir —bromeó Anthony.
—¿Y cuál habría sido la respuesta preocupante? —preguntó, sorprendida.
Anthony fingió pensarlo.
—Algo parecido a “he decidido abandonar toda esperanza y dedicarme al ocio”.
—Es tentador —acabó sonriendo.
—No lo recomiendo. Fairfax ya ocupa ese puesto social con demasiada dedicación.
Eleanor soltó una risa imposible de evitar.
Anthony la oyó y pareció satisfecho.
—Bien —dijo finalmente, deteniéndose cuando sus caminos empezaban a separarse—. Intente no declararle la guerra a ninguna escalera antes de la cena.
—Haré lo posible.
—No pido perfección, solo supervivencia básica.
Eleanor negó con la cabeza, incapaz de decidir si Anthony Ashford era una bendición logística o una prueba diseñada para acabar con su paciencia.
Probablemente era ambas cosas.
—Hasta luego, Ashbourne.
Anthony inclinó la cabeza.
—Pembroke.
Y, mientras se alejaba, Eleanor tuvo una certeza tan incómoda como inevitable: Oxford ya habría sido extraordinario por sí solo, pero, claramente, el universo había decidido complicarlo aún más.