Lecciones para una impostora: Oxford no admite señoritas 12
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Durante una semana entera, Eleanor había logrado lo que, en su opinión, merecía reconocimiento institucional inmediato. No había sido descubierta ni por los profesores.

Siete días. Siete días asistiendo a clases, sobreviviendo al hall , memorizando horarios, evitando errores catastróficos en lavabos compartidos y desarrollando la extraordinaria y agotadora habilidad de existir constantemente como Charles Pembroke sin sufrir un colapso nervioso perceptible.

Y lo más desconcertante de todo era que lo estaba disfrutando. No cada segundo, evidentemente; había momentos, particularmente los relacionados con botones, voces demasiado graves y la mera existencia de Anthony Ashford, en los que su esperanza de vida descendía de forma alarmante.

Pero el resto… las clases, los libros, las discusiones y la libertad escandalosa de poder aprender sin que nadie cuestionase si aquello dañaría sus perspectivas matrimoniales, lo estaba disfrutando muchísimo más de lo prudente.

Eso no significaba que estuviese relajada. Vivir una doble identidad seguía implicando una tensión constante tan integrada en su rutina que empezaba a sospechar que su estado natural sería, para siempre, una mezcla entre entusiasmo intelectual y terror moderado.

Por eso, cuando aquella mañana abrió los ojos, no reaccionó de inmediato. Estaba cálida, cómoda y, por primera vez en días, profundamente dormida.

Afuera aún parecía temprano, demasiado temprano para tragedias.

Se acomodó más entre las mantas, con esa peligrosa intención de “solo un minuto más” que históricamente había destruido imperios, reputaciones y probablemente varios estudiantes prometedores.

Fue entonces cuando los golpes firmes, rítmicos y decididos sonaron en su puerta.

Eleanor se quedó completamente inmóvil, no por sueño, sino por puro terror.

Oh, Dios.

No, no podía ser.

¿La habían descubierto? ¿Se incendiaba algo? ¿Había muerto alguien? ¿Oxford había decidido revisar identidades?

—Pembroke…

No, peor aún. Era Anthony.

Eleanor cerró los ojos con una mezcla compleja de alivio e impulsos homicidas.

—Pembroke —repitió la voz al otro lado, con esa claridad irritante de quien, al parecer, había nacido para resultar ofensivamente funcional por las mañanas—. Si no responde en los próximos diez segundos, asumiré fallecimiento y me veré obligado a entrar en calidad de vecino ejemplar.

Eleanor se incorporó de golpe.

—¡No se atreva!

Anthony amortiguó su risa con la manga de su brazo al otro lado de la puerta.

—Excelente —respondió Anthony—. Aún vive.

—Desgraciadamente para usted, sí.

—No sea dramático antes del desayuno —se burló Anthony.

Eleanor se pasó una mano por el rostro, todavía medio dormida, con el cabello parcialmente suelto y con la muy real certeza de que, si abrían aquella puerta estando ella en ese estado, terminaría protagonizando su propio desastre.

—¿Qué hora es? —preguntó, con voz aún espesa.

—Lo bastante tarde como para que, si no abandona esa cama inmediatamente, llegue tarde.

Aquello atravesó su cerebro con la velocidad de una tragedia griega.

Eleanor salió disparada de la cama con una energía completamente incompatible con su dignidad.

—¿Qué?

—Ah —dijo Anthony, y Eleanor pudo oír perfectamente el deleite en su voz—. Ya ha llegado el pánico. Buenos días —canturreó.

—¿Por qué no empezó por ahí? —se quejó.

—Porque observar cómo lo descubre usted solo era más divertido.

—Es usted horrible.

—Y útil… extremadamente útil para usted. Estoy asegurándome de que acude a su tutoría a la hora asignada. No todos los vecinos de habitación son tan considerados.

Maldito fuese.

Eleanor localizó la ropa y las botas.

—¿Cuánto tiempo tengo?

—Depende.

—¿De qué?

—De si aspira simplemente a llegar… o a parecer una persona respetable cuando lo haga.

—No tengo tiempo para respetabilidad.

—Una filosofía peligrosa en Oxford.

Ella logró, de algún modo, ponerse la camisa mientras intentaba no morir estrangulada por el cuello.

Durante unos segundos, solo hubo el sonido apresurado de Eleanor intentando convertirse en Charles Pembroke a una velocidad alarmante.

Botones, cabello, abrigo…

—¿Sigue vivo ahí dentro? —preguntó Anthony.

—Depende de este maldito botón —rugió—. Si continúa hablando, llegaré tarde únicamente para estrangularlo.

—Eso demostraría puntualidad en sus amenazas.

Eleanor, finalmente vestida, comprobó su reflejo en el espejo a toda velocidad.

Aceptable; no brillante, pero funcional.

Abrió la puerta y encontró a Anthony perfectamente vestido. Estaba apoyado junto al marco con esa expresión de insoportable serenidad que hacía pensar que jamás había conocido el caos, el sueño ni los botones traicioneros.

Él la recorrió con una mirada rápida y evaluadora.

—Bueno —dijo al fin—. Parece humano.

Eleanor resopló y cerró la puerta tras de sí. Empezó a caminar por el pasillo con toda la dignidad que pudo improvisar.

—Voy a arrepentirme profundamente de vivir junto a usted.

Anthony sonrió con esa sonrisa suya, la peligrosa.

—No antes de que llegue a tiempo a la tutoría —respondió—. Después, ya puede reconsiderarlo.

Llegaron a la tutoría con exactamente cuarenta y tres segundos de margen, lo cual, en opinión de Eleanor, seguía contando como victoria. No una victoria gloriosa, pero sí una lo bastante digna como para evitar morir académicamente en el segundo lunes de su nueva identidad.

—Respire —murmuró Anthony mientras se detenían frente a la ya familiar puerta del doctor Edmund Wycliffe.

—Estoy respirando.

—De forma discutible.

—Váyase —le susurró más molesta.

Anthony, para absoluta irritación de Eleanor, pareció encontrar aquello profundamente entretenido.

—Con gusto —bromeó. Anthony inclinó la cabeza, con esa mezcla suya de burla y cortesía perfectamente diseñada para resultar insoportable—. Buen día tenga, Pembroke.

Y, con toda la tranquilidad del mundo, se alejó.

Eleanor lo vio marcharse un segundo antes de recomponerse, alisarse el abrigo y recordar algo importante: Oxford, tutoría, Charles.

Llamó con unos golpes a la puerta.

—Entre.

El despacho del doctor Wycliffe seguía teniendo exactamente el mismo efecto que la primera vez: no imponía por exceso, sino por precisión. Libros, orden, fuego discreto, papeles, silencio y, por supuesto, el doctor Edmund Wycliffe.

Aquel hombre poseía una capacidad verdaderamente extraordinaria para parecer, incluso sentado, más disciplinado que la mayoría de la población en pie.

Alzó la vista.

—Míster Pembroke.

—Doctor Wycliffe.

—Ha llegado.

Qué observación tan innecesaria.

—Sí, sir .

—Siempre considero prometedor cuando mis alumnos localizan el lugar correcto en días consecutivos.

Eleanor empezaba a sospechar que, si sobrevivía suficiente tiempo, incluso podría llegar a apreciarlo.

—He descubierto que la arquitectura resulta menos hostil cuando uno no se queda dormido, sir .

Hubo una pausa breve en la que Wycliffe la observó.

—Un progreso admirable —dijo. Eleanor tomó asiento con toda la dignidad que pudo reunir—. Bien —continuó Wycliffe, revisando unos textos—. Veamos si esa mejora logística se extiende también a Grecia.

Siempre decía “Grecia” como si fuese una amenaza potencial.

Durante la siguiente hora, Eleanor descubrió dos cosas fundamentales: la primera, que el doctor Wycliffe no desperdiciaba el tiempo; la segunda, que su mente era aún más rápida de lo que había temido.

No enseñaba como ciertos profesores que buscaban únicamente errores. No, era peor. Pensaba y esperaba que sus alumnos hicieran lo mismo.

—Traducción literal —dijo en un momento dado, señalando el texto—. Después, intención.

Eleanor leyó y respondió correcto.

—Aceptable —dijo Wycliffe.

Lo cual, empezaba a sospechar, equivalía aproximadamente a una ovación emocional.

—Ahora, explíqueme por qué la construcción importa.

Eleanor vaciló un instante, reorganizó el pensamiento y respondió con cuidado.

—Porque… el significado exacto no depende solo de las palabras, sir , sino de cómo se relacionan. Una traducción puede ser técnicamente correcta y, aun así, perder la intención.

Wycliffe entrelazó las manos.

—Sí.

Solo eso, aunque aquello resultaba absurdamente satisfactorio.

—La mayoría de los jóvenes llegan aquí convencidos de que memorizar vocabulario constituye educación clásica —dijo él con calma—. Agradezco, al menos, la evidencia ocasional de pensamiento.

Aquello, viniendo de cualquier otra persona, habría sonado casi ofensivo; de él, sonaba a algo cercano a un cumplido.

Eleanor hizo lo imposible por no parecer tan complacida como se sintió.

—Gracias, sir .

—No me lo agradezca todavía. Aún hay tiempo de decepcionarme.

La sesión continuó con griego, construcción e historia, preguntas que exigían atención real y, de forma progresiva, Eleanor empezó a olvidar parte del miedo.

No del todo, nunca del todo, pero lo suficiente para que, durante algunos momentos, no se considerase una impostora, solo una mente aprendiendo.

Aquello fue tan nuevo, tan profundamente deseado, que casi resultó doloroso.

—Míster Pembroke.

Eleanor alzó la vista inmediatamente.

—Sí, sir .

Wycliffe dejó la pluma.

—Su ensayo de la semana pasada…

Ella tragó saliva.

—¿Sí, sir ?

—Tiende usted a pensar con más amplitud de la que escribe. —Perdón, ¿qué?—. Eso puede convertirse en virtud… o en una forma particularmente sofisticada de pereza intelectual.

Ah, claro, por supuesto, Oxford jamás regalaría satisfacción completa.

—Entiendo, sir .

—¿Sí?

—Sí, sir .

Wycliffe se reclinó.

—Entonces, en su próximo trabajo, procure no limitarse a tener ideas interesantes, desarróllelas.

Allí estaba, la expectativa, como si creyese que podía hacerlo mejor, como si valiese la pena exigirlo.

Eleanor sintió algo parecido a emoción.

—Lo haré, sir .

Wycliffe sostuvo su mirada un instante y asintió.

—Bien.

La tutoría terminó poco después, con nuevas lecturas, más trabajo del humanamente razonable y una cantidad ofensiva de responsabilidad intelectual.

Eleanor recogió sus libros, todavía asimilando aquella mezcla de agotamiento mental y satisfacción feroz que empezaba a asociar con aquellas sesiones.

Se levantó y fue hacia la puerta.