Lecciones para una impostora: Oxford no admite señoritas 11
43%

11

El hall de Christ Church no había sido construido para tranquilizar absolutamente a nadie.

No era un simple comedor; era una declaración arquitectónica.

Amplio hasta el exceso, con techos altísimos de vigas oscuras, muros de piedra antigua y largas mesas de roble que se extendían bajo la luz temblorosa de innumerables velas.

El lugar parecía diseñado específicamente para recordar a cada estudiante, nuevo o veterano, que estaba cenando en una institución con más historia, tradición y expectativas de las que probablemente podría abarcar en una sola vida.

Retratos severos observaban desde las paredes con esa expresión tan característica de hombres fallecidos que, incluso después de muertos, parecían seguir juzgando discretamente.

El murmullo de voces masculinas llenaba el espacio: risas, debates, cubiertos contra los platos, bancos arrastrándose sobre el suelo; no era caos, pero tampoco silencio.

Eleanor caminó junto a Anthony con una compostura que esperaba que pareciese razonable en el lugar y tuvo la certeza inmediata de que aquello requeriría niveles altos de vigilancia.

—Procure no parecer tan aterrorizado —murmuró Anthony a su lado, sin dejar de avanzar.

Ella lo miró y apretó los labios mientras igualaba su paso.

—No estoy aterrorizado.

—Ah, excelente. Entonces esa expresión suya debe de ser completamente natural —ironizó.

Eleanor lo miró con la intensidad de quien, de haber estado menos ocupada sobreviviendo, habría considerado seriamente empujarlo al suelo.

—Es mi primera cena aquí —susurró.

—Lo sé.

—Y eso no es tranquilizador —se sinceró.

Naturalmente que no.

Anthony, sin embargo, no redujo el paso.

La condujo con aparente facilidad entre mesas, estudiantes y conversaciones, como si hubiese nacido con conocimiento innato de dónde sentarse, cómo moverse y saber qué rincones exactos de Oxford resultaban más tolerables.

Finalmente, se detuvo en una sección de una de las largas mesas, lo bastante concurrida para no llamar la atención y lo bastante selecta para no lanzarla directamente a una ejecución social.

Buena estrategia.

—Él es Pembroke, es nuevo —dijo Anthony, con esa calma insufrible de hombre perfectamente dueño de sí mismo, y se giró hacia ella—, permita que le presente a algunos de los compañeros. —Oh, qué considerado, pensó ella—. Lord Sebastian Fairfax —continuó, señalando al primero.

Sebastian Fairfax, sentado con una postura elegante aunque sospechosamente relajada, tenía el aspecto de alguien peligrosamente atractivo, perfectamente consciente de ello y demasiado entretenido por el mundo como para tomárselo completamente en serio.

De cabello claro y sonrisa rápida, con una energía de aristócrata encantador con tendencia probable a decisiones cuestionables.

Sebastian inclinó la cabeza.

—Lord Ashbourne —bromeó su amigo hacia Anthony, nombrando su título—, siempre dedicado a labores benéficas —rio y luego miró a Eleanor—. Pembroke —dijo Sebastian hacia ella con una sonrisa amistosa a modo de saludo—. Si sobrevive a su primera semana, las probabilidades mejoran notablemente.

Anthony señaló a otro joven, presentándoselo mientras se sentaba.

—Y este desastre moderadamente funcional es Theodore Blackwell.

Theodore alzó la vista desde un libro que, para sorpresa inmediata de Eleanor, parecía realmente estar leyendo en el hall .

Más reservado que Sebastian, Theodore poseía esa clase de inteligencia silenciosa que resultaba tranquilizadora. Oscuro, preciso y ligeramente seco.

—No le haga caso a Fairfax —dijo Theodore con calma—. Las probabilidades no mejoran, solo se desarrolla mayor resistencia.

Eleanor sintió, por primera vez desde que entró, deseos genuinos de reír mientras se sentaba.

—Encantado —dijo con toda la sobriedad masculina que pudo reunir.

—Nuevo estudiante en Oxford —añadió Anthony, como quien ofrece contexto útil—, y para su desgracia, mi vecino de habitación.

Sebastian apoyó un codo en la mesa.

—Dios se apiade de usted, Pembroke.

—Ya ha empezado a hacerlo —murmuró Eleanor antes de poder evitarlo.

Sebastian soltó una carcajada y Theodore alzó una ceja. Anthony, muy lentamente, giró el cuello hacia ella.

Oh, no. ¿Había hablado demasiado?

Anthony sonrió con auténtica sorpresa.

—Vaya —murmuró Sebastian—. Tiene voluntad de vivir, qué refrescante.

Antes de que Eleanor pudiese analizar cuánto acababa de arriesgar socialmente, la cena comenzó a servirse y, gracias al cielo, Oxford no exigía decisiones culinarias complejas.

Los sirvientes recorrían las mesas con eficiencia práctica, distribuyendo platos y fuentes comunes con una precisión ensayada.

Sopa de primero, pan, después carne asada, verduras y acompañamientos varios.

Eleanor observó discretamente quién cogía qué, cuándo, cómo…

Todo iba razonablemente bien hasta que casi tomó un utensilio incorrecto. Anthony, sin mirarla directamente, movió apenas su propia mano hacia el correcto, sutil y natural, invisible para cualquiera que no estuviese genuinamente atento, y Eleanor corrigió el gesto a tiempo.

Dios santo. ¿La estaba… ayudando?

Anthony, mientras tanto, mantuvo una conversación perfectamente normal con Sebastian sobre una observación absurda del profesor de historia, como si no estuviese, simultáneamente, supervisando discretamente la supervivencia social de una mujer disfrazada sentada a su lado.

Anthony había llegado a una conclusión muy simple aproximadamente siete minutos antes: o intervenía discretamente o Eleanor sería descubierta antes del postre por culpa de un tenedor, una pausa social o un exceso de elegancia.

Su disfraz era extraordinario; su inteligencia, evidente; su valor, admirable. Pero también era una mujer en una mesa llena de hombres educados bajo costumbres distintas, y ciertos pequeños detalles podían convertirse en catástrofe.

—Fairfax sostiene que… —dijo Theodore con voz seca—, el latín debería enseñarse con menos sufrimiento.

—No dije eso —protestó Sebastian—. Dije que debería enseñarse con más vino.

—Lo cual explica muchas cosas —murmuró Anthony.

—Yo simplemente considero que una lengua muerta debería al menos tener la cortesía de resultar más alegre —continuó Sebastian.

Eleanor se mantenía callada mientras cenaba, escuchando la conversación mientras tragaba la sopa poco a poco, sin querer llamar la atención. Jamás había escuchado las conversaciones de los hombres.

—Pembroke —dijo Anthony lentamente, girándose hacia ella—, creo que quizá empiece a lamentar no haberlo conocido antes —pronunció ante la conversación de sus dos amigos—, ya ve qué clase de amistades tengo aquí.

—No dramatices —dijo Sebastian con total confianza, llevándose una mano al pecho con fingida solemnidad—, me tienes a mí.

Theodore ni siquiera alzó la vista del plato.

—Sí. Y ese ha sido precisamente su problema desde hace años, tenerte a ti —bromeó.

—Qué ambiente tan hostil —murmuró Sebastian—. Uno intenta aportar encanto, ligereza y presencia estética…

—Y, sin embargo —interrumpió Anthony con calma impecable—, aquí seguimos, esperando el intelecto.

Eleanor bajó la vista hacia su sopa con toda la dignidad posible. No había dejado de escuchar; simplemente, mirar a Sebastian Fairfax fingiendo una ofensa mortal era un riesgo demasiado grande para su compostura de joven caballero reservado.

—Me sorprende profundamente —declaró Sebastian— la facilidad con la que mi círculo íntimo insiste en maltratarme.

—“Círculo íntimo” —repitió Theodore—. Qué manera tan optimista de describir a los que ya hemos perdido toda esperanza de evitarte —rio.

Eso fue el súmmum. Eleanor soltó una risa, no demasiado alta ni escandalosa, pero sí real.

Oh, no.

Durante una fracción de segundo se quedó inmóvil, cuchara en mano, con la súbita certeza de haber cometido algún crimen social irreparable.

Sin embargo… nadie pareció horrorizado. De hecho, Sebastian sonrió con renovado entusiasmo.

—Excelente —dijo—. Se ríe, ya me cae mejor.

—Se ríe por cortesía —replicó Anthony tomando su copa e hizo un gesto gracioso.

—No, no… es por mi encanto, es una nueva habilidad adquirida —contraatacó Sebastian.

—Eso es imposible —murmuró Theodore—, ¿encanto, tú?

Eleanor volvió a bajar la cabeza.

Dios bendijera Oxford porque, por primera vez desde que se sentó, empezó a comprender algo absolutamente extraordinario: los hombres, al menos ciertos hombres, también podían ser ridículos.

No siempre solemnes ni intimidantes; a veces, simplemente se insultaban con sorprendente creatividad mientras cenaban.

Aquello resultó tan inesperadamente tranquilizador que casi olvidó el pequeño detalle de que estaba, técnicamente, cometiendo una infiltración social de proporciones bíblicas.

—Entonces, Pembroke… —dijo Sebastian de pronto.

—¿Sí?

—Pregunta importante. —Eso jamás precedía nada bueno—. ¿Debemos asumir que su incorporación tardía se debe a alguna tragedia romántica particularmente devastadora… o simplemente a una aversión admirable por la institución?

Oh, Dios, no.

Eleanor se quedó completamente quieta. Por supuesto, Sebastian lo decía en broma, pero seguía siendo peligrosamente cercano a terreno delicado.

Anthony, de inmediato, notó la pausa y, por primera vez desde que se sentaron, estuvo genuinamente preparado para intervenir.

Sebastian, aunque encantador, poseía el talento natural de un hombre privilegiado para tropezar accidentalmente con minas sociales sin darse cuenta.

—Me temo —dijo con calma impecable—, que mi vida ha sido menos novelesca de lo que esperan.

Sebastian pareció teatralmente decepcionado.

—Qué lástima.

—Siento decepcionarlo.

Sebastian se quedó observándola dos segundos enteros.

—Ashbourne.

—¿Sí? —respondió Anthony.

—Creo que me han traído competencia.

Anthony no respondió de inmediato, estaba demasiado ocupado observándola. No solo por la respuesta, ni siquiera por la habilidad, sino por cómo había esquivado la pregunta y protegido su historia.

—No se preocupe, Fairfax —dijo Anthony al fin, con esa calma deliciosa—. Su posición como mayor amenaza social de esta mesa sigue asegurada.

—Qué alivio —respondió Sebastian, llevándose una mano al corazón.

Pero Anthony apenas lo oyó del todo porque, mientras el resto retomaba la conversación, él seguía pensando exactamente lo mismo que llevaba sospechando desde el pasillo, que lady Eleanor Pembroke, al parecer, no solo había logrado entrar en Oxford, sino que podía ser, perfectamente, una de las personas más interesantes de toda la maldita mesa.

Un sirviente avanzó con eficiencia impecable, rellenando discretamente vasos con una naturalidad institucional que sugería que aquello era una rutina sencilla, cotidiana y perfectamente asumible.

Eleanor miró de refilón al sirviente cómo iba llenando las copas. Ahora, además de infiltrarse en Oxford, asistir a clases, sobrevivir al hall y no delatar accidentalmente su sexo por culpa de la postura, también debía parecer un joven caballero razonablemente competente con el alcohol.

Magnífico.

Anthony, con toda la sutileza de quien ya había decidido que prefería mantenerla viva socialmente al menos hasta el postre, tomó su propia copa con absoluta naturalidad.

—No parece un juicio moral, Pembroke —murmuró apenas, lo bastante bajo para que solo ella lo oyese—. Solo beba como si no pretendiera impresionar ni a un sacerdote ni a un pirata.

Dios santo.

Eleanor, muy lentamente, giró la cabeza hacia él.

No sabía qué le resultaba más insoportable: que estuviese ayudándola, que lo hiciese tan bien o que, maldito fuese, el consejo tuviese sentido.

Lo que tenía claro es que Anthony era bastante considerado con los recién llegados, lo cual era de agradecer.

—Qué extraordinaria comparación —murmuró ella.

Sebastian, completamente ajeno a aquella intervención de rescate discretamente heroica, levantó su copa.

—Brindo por eso. Y por cualquier circunstancia que obligue a Ashbourne a revelar sabiduría útil. Son momentos escasos.

Theodore bebió con calma.

—Y brindo por el día en que aprenda a hacerlo en silencio —acabó bromeando.

Eleanor, siguiendo exactamente el ritmo adecuado, ni demasiado cauta, ni peligrosamente incorrecta, tomó un sorbo.

Bien, seguía viva, excelente.

—Ashbourne —dijo una voz masculina a sus espaldas.

Anthony reconoció aquella voz antes de girarse y resopló.

Cedric Montague, rico, ruidoso y moderadamente insoportable. Dotado de esa desafortunada combinación entre privilegio, confianza excesiva y una convicción persistente de resultar más ingenioso de lo que en realidad era.

Montague apareció junto a la mesa con una sonrisa demasiado segura.

—Fairfax, Blackwell… —saludó al resto y su mirada recayó finalmente en Eleanor—. Y bien… ¿quién es este?

Anthony se reclinó en el banco.

—Pembroke. Nuevo este trimestre —respondió sin darle importancia.

Montague observó a Eleanor con esa clase de escrutinio social que Anthony ya detestaba.

—¿Pembroke? —preguntó—. Incorporación tardía, ¿no? Curioso.

Ah, sí… ese tono.

Anthony lo conocía bien: el de quien confunde curiosidad con derecho.

Eleanor mantuvo la compostura admirablemente.

—Las circunstancias no siempre consultan calendarios académicos —pronunció ella.

Sebastian bajó la vista para ocultar una sonrisa, Theodore dejó de fingir que no escuchaba y Montague parpadeó.

Bien, punto para ella.

—Ya veo —dijo, claramente poco acostumbrado a respuestas que no facilitasen su superioridad automática—. Y dígame, Pembroke… ¿ha llegado para estudiar o simplemente para descubrir que Oxford decepciona a todos por igual?

Oh, excelente.

Anthony ya estaba decidiendo cuánto tardaría en intervenir.

—Aún no llevo suficiente tiempo aquí para decepcionarme del todo —respondió Eleanor con calma impecable—, aunque admito que ciertas conversaciones empiezan a acelerar el proceso.

Sebastian se atragantó con el vino, Theodore, directamente, dejó escapar una risa y Anthony tuvo que bajar la copa para ocultar el hecho de que estaba peligrosamente cerca de sonreír como un completo imbécil.

Montague, por su parte, tardó varios segundos en comprender que acababan de insultarlo.

—Encantador —murmuró al fin.

—Lo intento —respondió Eleanor.

Anthony decidió, en ese preciso instante, que probablemente habría valido la pena traerla solo por aquello.

—Montague —dijo entonces con exquisita suavidad—, estoy seguro de que puede encontrar otra mesa menos arriesgada para su autoestima.

Sebastian soltó una carcajada completamente indecorosa y Montague, tras una mirada algo más rígida de lo deseable, optó finalmente por retirarse.

—Ashbourne —murmuró Theodore una vez desapareció—. Su vecino empieza a parecerme valioso.

—Yo también estoy empezando a sospecharlo —admitió Anthony, mirándola.

Anthony la miraba de reojo con una gran sonrisa de soslayo. Eleanor lo observó, aunque intentó ignorarlo volviendo a su plato rápidamente.

¿Por qué Anthony no dejaba de sonreír?