Lecciones para una impostora: Oxford no admite señoritas 10 #3
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—Podría hacerlo —admitió él, situando sus manos en los bolsillos—. Aunque, dado que es su primer día, no conoce a nadie y Oxford parece disfrutar confundiendo personas con voluntad de vivir… resulta considerablemente más sensato bajar acompañado.

Dios santo, todo lo que decía tenía lógica. ¡Qué espanto!

Eleanor estuvo a punto de negarse por pura supervivencia emocional. Así que, tras un resoplido casi imperceptible, asintió.

—De acuerdo —dijo al fin, con una sonrisa tan educada que probablemente merecía reconocimiento diplomático—. Es muy amable. Un segundo.

Y, antes de que Anthony pudiese añadir una sola palabra más capaz de acortar su esperanza de vida, entró y cerró la puerta.

Dos segundos completos de absoluto silencio, de analizar lo que realmente había ocurrido y, entonces…

—¡Dios mío! —susurró ferozmente, dejando los libros sobre el escritorio como si acabara de sobrevivir a una emboscada social.

Se quedó inmóvil e intentó modular su respiración.

—Estoy bien… —susurró con los ojos cerrados e intentando calmar la respiración y los latidos de su corazón—. Estoy perfectamente bien… —se dijo a sí misma—. No pasa nada… inspira… espira… todo está bien.

Anthony Ashford, futuro duque, vecino de pared, conversador profesionalmente insoportable…

no parecía haberla reconocido. Sí, su corazón seguía comportándose como si pretendiera abandonar el cuerpo, pero debía ser razonable.

Si Anthony hubiese sabido que era Eleanor…

¿No habría dicho algo? Sí, sin lugar a dudas.

Un hombre, y más de su reputación, no se arriesgaría a que un escándalo así le salpicase.

Eso tenía sentido… Todo estaba bien… No había razón para entrar en crisis o pensar que algo iba mal.

—Todo va bien… —susurró de nuevo.

Abrió los ojos y se miró rápidamente en el espejo.

Tenía el cabello bien recogido, el cuello alto bien puesto, el abrigo en orden… Nada en absoluto sugería “debutante infiltrada al borde de una crisis nerviosa”.

Excelente.

—Muy bien —murmuró, ajustándose por quinta vez el cuello—. Solo es una cena. Una cena académica… con hombres y con Anthony Ashford. ¿Qué podría salir mal?

“No respondas a eso”, pensó inmediatamente después.

No lo pensó más.

Suspiró, abrió la puerta y allí estaba él, tal y como lo había dejado: apoyado con insultante tranquilidad junto a su puerta, como si esperar a estudiantes nerviosos fuese una actividad perfectamente razonable para futuros duques.

Anthony alzó la vista y sonrió lo justo para empeorarle la estabilidad emocional.

—¿Preparado para su primera cena aquí?

Eleanor sostuvo su mirada con todo el valor que pudo reunir, que no era tanto como habría deseado, pero sí suficiente para evitar desmayarse.

—Claro —respondió con toda la seguridad de la que fue capaz.

Comenzaron a caminar por el pasillo de piedra con esa clase de cordialidad correcta que, vista desde fuera, habría parecido perfectamente normal. Dos estudiantes dirigiéndose al hall para una cena, nada especialmente notable.

Sin embargo, Anthony Ashford la miraba de reojo, totalmente asombrado a su lado, con la expresión cuidadosamente contenida, pasos medidos y una tensión que probablemente solo alguien observador habría notado…

Lady Eleanor Pembroke, la única mujer que había logrado intrigarle de verdad durante toda una temporada…

y que, aparentemente insatisfecha con limitarse a desconcertarlo en salones de baile, había decidido infiltrarse en una de las instituciones académicas más masculinas y absurdamente tradicionales de Inglaterra.

Dios santo, aquello no solo era audaz, sino extraordinario.

Anthony la observó de reojo, con la cautela suficiente para no delatar la magnitud real de su fascinación, y sintió algo inesperado bajo toda aquella diversión inmediata: un respeto profundo y sincero, porque, por muy divertido que resultase el espectáculo, comprendía lo que significaba.

Ella no estaba allí por capricho, ni por frivolidad, ni siquiera por una simple travesura. Estaba allí arriesgándolo todo: su reputación, su futuro, su familia e incluso su seguridad por aprender.

Aquella idea, más que cualquier vestido, baile o conversación ingeniosa previa, lo impresionó de verdad.

Mientras tantos hombres presentes en Oxford habían llegado allí por derecho, apellido o expectativa, Eleanor había tenido que construir una identidad entera para cruzar la misma puerta, y eso requería una clase de valor que Anthony no estaba seguro de haber visto antes.

Anthony reprimió una sonrisa mientras descendían una escalera y ella parecía concentrada en no tropezar, no parecer nerviosa y, probablemente, estaría pensando en no morir socialmente antes del primer plato.

Oh, sí, esto iba a ser extraordinario.

No tenía intención alguna de perjudicarla ni de delatarla… pero observar… Ah, eso era otra cuestión.

Si Eleanor Pembroke pensaba llevar a cabo una empresa tan escandalosamente valiente como esta, Anthony no podía negar que sentía una curiosidad irresistible por descubrir hasta dónde estaba dispuesta a llegar.

Sí, definitivamente, Oxford acababa de mejorar de forma drástica.