10 #2
Eleanor se quedó quieta apenas un instante, no demasiado, solo lo bastante para confirmar que, o bien era una actriz excepcional o estaba debatiéndose entre negarlo, huir o asesinarlo discretamente en el pasillo.
—No lo creo —respondió ella sin mirarlo.
Ah, claro, por supuesto…
Anthony logró, por puro milagro, no echarse a reír allí mismo.
Extraordinario. Fascinante.
—Curioso —dijo con calma deliciosa—. Tiene usted una expresión en el rostro que me resulta familiar.
Ella, para su inmenso disfrute, pareció tensarse más.
—Imagino que muchas personas tienen rostro —respondió acelerada.
Dios mío, incluso disfrazada seguía respondiendo así.
Anthony sintió una peligrosa oleada de satisfacción.
Oxford acababa de pasar de ser un aburrimiento a algo mucho más divertido.
Vio cómo ella dudaba unos segundos—. Charles Pembroke —dijo finalmente, tendiéndole la mano con una compostura admirable—. Acabo de incorporarme.
Anthony miró aquella mano, luego a ella y luego la mano otra vez.
No, no iba a sobrevivir a esto con la dignidad intacta porque, cuando la tomó, la verdad resultó inmediata. Su piel era suave, demasiado suave. Aquella no era la mano de un joven caballero cualquiera.
Aquello, sumado a todo lo demás, bastó para que Anthony tuviese que desplegar niveles avanzados de autocontrol para no alzar una ceja como un idiota triunfante.
Oh, Eleanor. ¿Qué locura extraordinaria había hecho?
—Anthony Ashford —respondió, estrechándola con absoluta formalidad, como si no estuviese internamente reconsiderando el universo entero—. Encantado. —Y realmente lo estaba, muchísimo más de lo recomendable—. ¿Su nueva habitación? —preguntó, soltando su mano con una lentitud cuestionable.
—Sí.
—Qué conveniente, somos compañeros de pasillo… y de pared —acabó, sonriente.
Ella parpadeó e intentó formar una sonrisa, aunque la borró de su rostro cuando detectó un tic nervioso en su labio.
—Me incorporé tarde —dijo ella, claramente aferrándose a terreno seguro.
—Sí, ya veo.
Eleanor carraspeó, intentando que su voz no sonase aguda.
—Circunstancias familiares.
Ah, muy bien, así que esa era la historia…
Interesante.
—Lamento oírlo —dijo. Y esta vez, para su propia sorpresa, lo decía completamente en serio.
—Gracias.
Hubo un pequeño silencio, no incómodo, más bien peligrosamente propicio para que Anthony Ashford siguiese hablando. Lo cual, como Eleanor descubrió de inmediato, era una amenaza considerablemente más real de lo que debería haber sido legalmente permitido.
—Así que… ¿su primer día aquí? —preguntó él, con esa facilidad irritante de quien parece incapaz de sonar torpe incluso cuando claramente está investigando.
—Sí.
Respuesta breve, correcta y sobria… perfecta, si Anthony hubiese tenido la decencia de detenerse, pero no la tuvo.
—¿Y bien?
Eleanor, que seguía sosteniendo libros, dignidad y una identidad falsa con niveles decrecientes de estabilidad, parpadeó.
—¿Y bien… qué?
Anthony inclinó la cabeza, como si aquello fuese obvio.
—¿Qué le parece su primer día en Oxford? ¿Ha sido de su gusto?
Ah, eso, Oxford. No la pregunta de: “¿Por qué está usted aquí disfrazada de hombre y viviendo junto a mi habitación?”.
Oxford, bien, excelente.
—Es… impresionante.
—¿Solo impresionante?
¿Por qué seguía hablando?
—Bueno… —dijo ella mientras, por fin, gracias a todos los santos posibles, sus dedos localizaron la llave—, también resulta más complicado arquitectónicamente de lo necesario.
Anthony soltó una risa, una real.
Oh, estupendo, ahora además lo estaba divirtiendo.
—Sí —admitió—. Oxford parece asumir que, si uno no puede encontrar un aula por sí solo, probablemente no merece llegar a ella.
Eso… era bastante gracioso y todo un inconveniente porque Eleanor estaba peligrosamente cerca de sonreírle cuando, en el preciso instante en que intentó sujetar mejor los libros con un brazo para abrir la puerta, todo se desmoronó y el volumen que llevaba más arriba resbaló.
Por puro reflejo y con una rapidez francamente ofensiva, Anthony lo atrapó antes de que se estrellara contra el suelo y sujetó también el siguiente que iba en esa misma dirección.
Eleanor se quedó inmóvil, no porque un libro casi cayese, sino porque Anthony Ashford sostenía ahora, con absoluta naturalidad, varios de sus textos académicos en sus manos.
Eleanor cerró brevemente los ojos.
Tierra, trágame.
—Gracias —consiguió decir al fin, tomando los libros de vuelta con toda la dignidad que pudo reunir.
—No ha sido nada —respondió él, y Eleanor no supo qué le irritó más: la amabilidad, la sonrisa o el hecho de que siguiese pareciendo perfectamente tranquilo mientras ella estaba a segundos de convertirse en una anécdota trágica.
Finalmente, la llave giró.
¡Por fin! Victoria, supervivencia… escape.
—Buenas noches —dijo ella con una rapidez sospechosa, ya prácticamente entrando.
Anthony, sin embargo, había decidido que el universo no le permitiera tanta facilidad.
—¿No baja a cenar?
Eleanor se quedó congelada.
Permanecía con una mano aún en el pomo, la otra sosteniendo libros, un pie medio dentro de la habitación… casi a salvo… y, sin embargo…
Giró la cabeza hacia él.
—¿Perdón?
Anthony arqueó una ceja con expresión divertida.
—A menos que Christ Church haya empezado a permitir que sus estudiantes sobrevivan exclusivamente de literatura clásica… debería cenar algo. Comida —enfatizó.
—Sí. Claro. Sí, por supuesto —respondió ella demasiado deprisa—. Ahora bajaré.
—Bien —dijo él, como si aquello resolviese algo—. Lo espero aquí.
Ella lo miró fijamente. Anthony ladeó la cabeza, se apoyó contra la pared y se cruzó de brazos, haciendo exactamente lo que había dicho que haría: esperarlo.
—Oh, no hace falta —pronunció demasiado nerviosa.
Anthony, naturalmente, pareció divertirse aún más.
—¿No?
—No.
—¿Sabe dónde está el hall para cenar?
Maldición.
Eleanor abrió la boca y la cerró.
—No exactamente.
—Ya.
Aquello fue un “ya” peligrosamente elocuente.
—Lo buscaré —pronunció, como si aquello no fuese ningún problema.