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Si alguien le hubiese dicho a Eleanor, unas semanas atrás, que llegaría el día en que atravesaría los pasillos de Oxford con varios textos griegos bajo el brazo, la mente ardiendo de entusiasmo académico y una felicidad tan escandalosa que rozaría la euforia, probablemente habría asumido que aquella persona estaba delirando.
Y, sin embargo, allí estaba: pasando desapercibida.
Y, lo más extraordinario de todo, feliz.
Feliz de verdad. La clase de felicidad que nacía de pasar horas escuchando discusiones sobre lenguas clásicas, ideas, traducciones y pensamiento sin que una sola persona hubiera intentado casarla, corregirle la postura o insinuar que sonreír demasiado poco reducía sus posibilidades matrimoniales.
Oxford, concluyó mientras cruzaba el patio con paso ligero, era posiblemente el lugar más razonable que había conocido jamás.
Subió las escaleras hacia su habitación con más rapidez de la recomendable para alguien que aún pretendía parecer un joven caballero sobrio.
Pero, sinceramente… Aquiles había sobrevivido.
Homero también. Y ella, milagrosamente, había conseguido participar sin ser descubierta, expulsada ni reducida a cenizas por el pánico.
Además, le había gustado. Mucho.
Aquello era, probablemente, el detalle más peligroso de todos.
—Dios mío —murmuró mientras avanzaba por el pasillo de piedra con una sonrisa completamente impropia de alguien intentando pasar desapercibido—. Creo que me gusta aprender de verdad. Qué espanto.
Aquel pensamiento la acompañó hasta su puerta.
Se detuvo frente a ella, sujetó los libros con un brazo y empezó a buscar la llave con la concentración urgente de quien carga demasiados volúmenes, demasiadas emociones y una cantidad considerable de dignidad precaria.
Metió la mano en el bolsillo derecho… no, ahí no estaba. En el abrigo… no, tampoco.
Dios santo, ¿dónde…?
Escuchó el sonido de la puerta contigua abriéndose, no demasiado fuerte, solo lo bastante cerca.
Eleanor se quedó completamente quieta durante una fracción de segundo.
No mires, no hace falta, solo encuentra la llave. Eres un hombre perfectamente normal buscando una llave. Los hombres abren puertas constantemente. No hay nada sospechoso en…
Sintió la mirada, esa sensación inconfundible, casi física, de saberse observada y, contra todo instinto de supervivencia razonable, giró el cuello.
El universo, al parecer, decidió divertirse.
Se quedó totalmente de piedra y sintió cómo sus músculos entraban en tensión cuando se encontró con aquellos ojos claros que la observaban intrigados.
Aquello… aquello no podía ser…
Aquel cabello oscuro con algunos mechones cayendo sobre su frente, sus cejas pobladas, sus ojos claros, su nariz recta, aquella mandíbula tan masculina… No, no podía ser él. El universo se estaba burlando de ella en aquel preciso momento.
Anthony Ashford se encontraba cerrando la puerta con la mirada fija en ella y una ceja enarcada. No un joven cualquiera. No un estudiante irrelevante. No, Anthony Ashford, futuro duque, bailarín rechazado, conversador peligrosamente encantador y hombre absurdamente atractivo.
Anthony Ashford, allí, justo a su lado. Miró directamente la puerta que Anthony acababa de cerrar y tragó saliva. ¿Era su habitación?
Oh, no, no, no… No podía ser Anthony, no podía estar allí en Oxford, en aquel pasillo, junto a su puerta…
De todos los hombres de Inglaterra… ¿tenía que ser precisamente ese?
Su cerebro, en un acto de generosidad completamente inútil, consideró varias opciones: correr, morir o fingir. Sobre todo cuando sus ojos coincidieron con los de él, que la escudriñaba totalmente absorto.
Quizá también era una buena opción arrojarse por una ventana…
Anthony no decía nada. Simplemente permanecía allí, observándola, atento y silencioso, con esa expresión imposible de interpretar del todo, como si ella fuese algo genuinamente interesante. Lo cual, dadas las circunstancias, era muchísimo peor que una reacción evidente.
Eleanor volvió inmediatamente a la cerradura con intensidad teatral.
Llave, llave, llave… ¿dónde la había metido?
“Por el amor de Dios, abre la puerta, Eleanor”, pensó para sí misma.
—Buenas noches —dijo finalmente, porque al parecer su cuerpo había decidido que fingir absoluta normalidad era mejor opción que desintegrarse.
Anthony dio unos pasos hacia delante y se quedó quieto de nuevo, pero los suficientes para que Eleanor sintiese cómo cada decisión tomada desde Bath empezaba a cuestionarse.
—Buenas noches… —respondió él.
Aquella voz, maldita fuese, seguía siendo igual de irritantemente agradable.
Eleanor mantuvo la vista fija en la cerradura, como si de su dominio dependiese literalmente su supervivencia. Lo cual, quizá, no era del todo incorrecto.
La llave, traidora, seguía sin aparecer.
“Vamos”, pensó frenéticamente. “Has traducido a Homero. No puedes morir derrotada por un bolsillo”. Se fijó de reojo en cómo Anthony seguía observándola.
—Disculpe… —preguntó la voz grave de Anthony.
No, no, gracias.
—¿Sí? —respondió ella, con una compostura que, honestamente, merecía premios.
Anthony inclinó la cabeza, observándola con esa atención peligrosa, casi divertida, que ya había sido profundamente problemática en Londres.
—¿Nos conocemos?
Anthony Ashford llevaba aproximadamente tres minutos intentando ordenar un libro que, en realidad, no necesitaba ser ordenado. Aquello, por sí solo, ya resultaba preocupante.
No porque fuese incapaz de colocar correctamente a Tucídides, Dios sabía que aún conservaba ciertos estándares intelectuales, sino porque era perfectamente consciente de que no estaba reorganizando absolutamente nada.
Estaba posponiendo.
¿El qué, exactamente? Una cena, la socialización habitual, las inevitables conversaciones sobre política mal entendida, caballos sobrevalorados o jóvenes aristócratas convencidos de que heredar propiedades equivalía misteriosamente a haber desarrollado profundidad.
Normalmente, Anthony navegaba todo aquello con una facilidad elegante y una cantidad razonable de ironía privada.
Era futuro duque, después de todo. Había sido educado desde la infancia para sobrevivir tanto a cenas como a idiotas y, sin embargo…
Quizá porque, aunque Oxford solía resultarle considerablemente más tolerable que la temporada social londinense, el inicio del trimestre traía consigo una nueva oleada de estudiantes, expectativas familiares y madres con una alarmante tendencia a seguir creyendo que un título nobiliario implicaba disponibilidad romántica constante.
Anthony, sinceramente, aún seguía recuperándose de aquello.
Si bien Londres había ofrecido incontables mujeres hermosas, adecuadas o socialmente impecables… solo una había conseguido que la idea de conversar con otras se volviese notablemente menos interesante.
La única debutante de toda la temporada que había logrado, en una sola conversación, rechazarlo con una educación impecable, una inteligencia irritantemente encantadora y una honestidad tan poco habitual que, desde entonces, Anthony había cometido el error estratégico de seguir buscándola.
La había visto después, por supuesto, en bailes, salones y eventos varios. Siempre huyendo o esquivando pretendientes con una habilidad que rozaba el arte táctico.
Gracias a Dios, al menos allí las probabilidades de encontrar mujeres extraordinarias disfrazadas de frustración matrimonial parecían considerablemente menores, o eso creyó hasta que abrió la puerta de su habitación.
El universo, claramente, decidió que aún no había terminado con él.
Al principio solo vio a un joven, delgado, cabello recogido, ropa correcta, libros… Demasiada tensión en los hombros para alguien que simplemente buscaba una llave. Luego lo vio bien y el tiempo, en un gesto profundamente inconveniente, pareció detenerse.
No, no podía ser.
Anthony permaneció completamente inmóvil en el umbral, con una mano aún en el pomo de la puerta, mientras su mente intentaba decidir si había sufrido un colapso nervioso.
¿Aquella era Eleanor Pembroke? ¿ Lady Eleanor Pembroke vestida de hombre? ¿En Oxford? ¿En serio?
Anthony contempló aquella visión durante un segundo entero, quizá dos, mientras su cerebro atravesaba varias fases perfectamente razonables: confusión, incredulidad, fascinación, diversión y, finalmente, una especie de admiración peligrosa.
¿Qué demonios…? No podía ser ella.
¿Qué narices estaba haciendo ella allí?
No había forma posible de confundir aquellos ojos, ni su boca, ni aquella expresión de concentración ligeramente feroz mientras luchaba por encontrar una llave, como si la cerradura hubiese desarrollado intenciones criminales.
Era ella… Dios santo. Era ella.
Y, lo que resultaba todavía más alarmante, que incluso vestida así, seguía siendo, de forma absolutamente ofensiva, una de las personas más atractivas que había visto jamás.
Anthony, que se consideraba hombre difícil de sorprender, descubrió con cierta indignación que estaba realmente impresionado. No solo porque Eleanor estuviese allí, sino porque, aparentemente, había hecho lo impensable, lo escandaloso y lo completamente absurdo para estar allí.
Ella giró entonces el rostro y lo vio.
Oh, esto mejoraba.
Anthony reconocería aquella expresión en cualquier parte: pánico social refinado, magnífico…
y pudo identificar perfectamente cómo tuvo que hacer un esfuerzo real y profundamente heroico para no sonreír de inmediato como un completo lunático al ver los ojos de Eleanor abiertos, sorprendidos al dar con él.
Sinceramente, aquello era demasiado extraordinario como para precipitarse.
—Buenas noches —dijo ella.
Y lo dijo con una voz que, aunque admirablemente controlada, no iba a engañarlo.
Anthony cerró su puerta con calma exquisita.
—Buenas noches… —respondió.
Se acercó un poco, mirándola de la cabeza a los pies, sin poder dar crédito aún a lo que veían sus ojos.
—Disculpe…
—¿Sí?
—¿Nos conocemos? —preguntó él con una ligera sonrisa de soslayo.