9 #2
Ya había varios estudiantes dentro y ese inconfundible murmullo masculino de jóvenes convencidos, en distintos grados, de su propia promesa.
Eleanor se detuvo en la entrada y suspiró. La gran cuestión era: ¿dónde sentarse? Delante sería demasiado visible; detrás, demasiado sospechoso si no oía nada. El centro ofrecía un riesgo moderado.
Se decantó por este último: lo bastante cerca para parecer aplicada y lo bastante lejos para no parecer desesperada.
—Excelente —murmuró mientras se acomodaba con toda la discreción posible—. Toda mi supervivencia académica depende ahora, aparentemente, de estrategia geográfica.
Colocó el libro, la pluma y respiró. Nadie le prestó especial atención. Un muchacho a su izquierda bostezó, otro, dos filas más adelante, discutía sobre caballos, y uno detrás olía vagamente a privilegio heredado y a decisiones cuestionables.
Seguía viva. ¡Milagro!
Entonces entró el profesor, el doctor Septimus Hale, nombre que, en opinión inmediata de Eleanor, sonaba exactamente como alguien que corregiría errores griegos con la misma compasión que un emperador romano decepcionado.
Era delgado, severo, de cabello entrecano y expresión tan precisa que daba la impresión de haber nacido desaprobando traducciones mediocres.
No perdió el tiempo.
—Homero —anunció, dejando varios textos sobre el escritorio con la energía de quien no consideraba necesario introducir nada cuando ya existía La Ilíada —.
Libro primero. Espero, por el bien de esta institución y de mi paciencia, que al menos algunos de ustedes hayan tenido la cortesía de prepararlo.
—Miró el aula con todos sus alumnos—. Bien, empezamos con esperanza limitada.
Eleanor, muy a su pesar, sintió un impulso inmediato de respeto.
—Míster Wentworth. —Un joven rubio, excesivamente confiado y con expresión de quien jamás había anticipado consecuencias reales, se incorporó—. Traduzca.
Wentworth leyó.
Y entonces… Oh, no… no… aquello no era griego. Aquello era una agresión lingüística.
Eleanor mantuvo el rostro inmóvil con un esfuerzo que merecía reconocimiento institucional.
—“La ira de Aquiles… eh… navegó valientemente…”.
No, no, no, no…
La ira no navegaba, Aquiles tampoco estaba haciendo eso.
Homero, probablemente, acababa de revolverse metafísicamente.
El doctor Hale cerró lentamente los ojos.
—Fascinante. —El aula quedó en silencio—. Míster Wentworth… me intriga profundamente saber qué texto ha decidido usted traducir, pero lamento informarle de que no parece ser este.
Una risa ahogada recorrió algunos bancos.
Eleanor bajó la vista rápidamente para ocultar el peligroso temblor de diversión.
—Si Aquiles empieza a navegar en mitad del primer verso, señor, temo por el resto de Grecia.
Aquello… Dios… Le gustaba aquel hombre.
Wentworth se hundió con dignidad limitada.
—Otra vez.
Segundo intento. Peor.
Eleanor empezó a comprender que el verdadero desafío de Oxford quizá no fuese infiltrarse, sino sobrevivir intelectualmente a ciertos compañeros.
El doctor Hale suspiró como un hombre que había visto demasiadas tragedias académicas para sorprenderse ya.
—¿Nadie?
Eleanor miró fijamente su libro.
No, no, no iba a hacerlo… Debía pasar desapercibida.
Recordaba el plan, la estrategia, la prudencia… Ser invisible. Ser discreta. Ser moderadamente competente. No convertirse en “el misterioso estudiante nuevo que corrige a Homero”.
—¿Nadie en esta sala desea evitarme una decepción prematura? —preguntó Hale, con una calma peligrosísima.
Eleanor sintió entonces esa sensación insoportable… de no poder soportarlo. Dios maldijera su educación.
Levantó una mano muy poco, lo justo, como quien quizá lamenta ya su propia existencia.
El doctor Hale arqueó una ceja.
—¿Sí…?
Oh, magnífico. Su apellido. Claro.
—Pembroke, sir .
Hubo varias miradas que luego se convirtieron en muchísimas.
Eleanor deseó evaporarse con dignidad.
—Bien, míster Pembroke.
Y, entonces, dado que aparentemente su supervivencia dependía ya de ello…
—“Canta, diosa, la ira del Pélida Aquiles…”.
Hubo un silencio impresionado.
Eleanor continuó, con voz cuidadosamente firme, procurando no sonar como alguien que había esperado años para decir aquello en un aula real.
Terminó de traducir y el aula quedó sumida en un silencio y una quietud absolutos.
El doctor Hale la observó unos segundos.
—Sí —dijo finalmente. Solo eso, pero, de alguna manera, sonó como si Homero mismo hubiese asentido desde el inframundo—. Bastante mejor. Al menos, Aquiles ha recuperado su dignidad territorial.
Hubo risas y Eleanor dejó de respirar, no por terror exactamente, sino por una mezcla alarmante de alivio y reconocimiento brutal de algo peor: lo había disfrutado.
Mientras algunas miradas curiosas se desviaban hacia ella y varios compañeros parecían descubrir por primera vez que existía, Eleanor comprendió una verdad todavía más escandalosa: no solo había logrado entrar; acababa de hablar de Homero…
En Oxford.
Vestida de hombre.
Y ninguno de ellos tenía la menor idea de que la joven debutante a la que probablemente habrían ignorado en un salón acababa de salvar a Aquiles de una traducción espantosa.