9
Eleanor despertó antes de que sonaran las campanas.
Durante un instante gloriosamente breve, suspendido entre el sueño y la conciencia, no recordó dónde estaba.
Ni Oxford, ni Christ Church, ni Charles Pembroke, ni siquiera conspiraciones educativas organizadas por mujeres inteligentes.
Solo hubo una cama desconocida, una habitación silenciosa y esa agradable confusión de quien aún no ha sido alcanzado por las consecuencias de sus decisiones.
Luego abrió los ojos y vio el techo, la chimenea, el escritorio, la ropa cuidadosamente preparada… y recordó todo.
—Oh, Dios —murmuró mirando al techo.
El techo, por desgracia, siguió sin aportar ninguna solución. Lo sorprendente era otra cosa: había dormido bien. No perfectamente, porque ni siquiera su imaginación era tan benévola, pero sí mejor de lo que habría apostado la noche anterior.
El agotamiento, concluyó mientras se incorporaba, era probablemente una bendición subestimada.
Además, para su sorpresa, seguía allí. No había sido descubierta durante la noche. Nadie había irrumpido acusándola de fraude académico monumental. Oxford continuaba en pie. Todo eso parecía prometedor.
La mañana, en cambio, comenzó a complicarse en cuanto intentó vestirse sola con rapidez respetable.
—Esto tiene demasiados botones —murmuró, luchando con el cuello de la camisa.
Finalmente, tras una batalla humillante con capas, chaleco y cabello, logró una versión aceptable de Charles.
Se miró en el espejo y, una vez más, esa extraña punzada de sorpresa, miedo y determinación la sobresaltó.
—Bien —susurró—. No arruinemos esto antes del desayuno.
Las campanas comenzaron a sonar poco después. Oxford no sonaba como Londres, con sus bailes y sus cenas. Sonaba antigua, solemne, como si cada campanada llevara siglos recordando a generaciones enteras que allí se venía a aprender… o a fracasar.
Lo encontró profundamente intimidante.
La capilla fue… toda una experiencia. No fue catastrófica, pero sí una sucesión de órdenes silenciosas: “No mires demasiado. No hables demasiado. Siéntate como te enseñaron. No tropieces. Y, por el amor de Dios, no parezcas fascinada por el mero hecho de existir aquí”.
Después, vino el desayuno en hall y aquello… aquello merecía su propia categoría de terror. El gran comedor, los estudiantes, el murmullo, la aparente facilidad con la que todos parecían saber exactamente dónde sentarse y cómo comportarse sin colapsar en el intento.
Sobrevivió gracias a una estrategia bastante sofisticada: observar, imitar y no morir. Resultó sorprendentemente eficaz.
Y entonces vino la tutoría. Escalera norte, segundo rellano, tercera puerta a la izquierda.
En teoría, era sencillo; en la práctica…
Oxford, descubrió con rapidez creciente, había sido claramente diseñado por personas con una preocupante afición a la confusión arquitectónica.
Tras girar donde no debía, subir una escalera equivocada, encontrarse en un patio que definitivamente no figuraba en sus planes y experimentar un momento de pánico tan puro que estuvo a segundos de considerar una nueva identidad en Francia… finalmente, encontró el camino correcto.
—Perfecto —murmuró, apresurando el paso mientras las campanas parecían juzgar cada segundo—. Qué manera tan gloriosa de ser expulsada el primer día. No por fraude, sino por incompetencia para ubicarme.
Llegó no con elegante serenidad, pero sí antes de las ocho, lo cual, dadas las circunstancias, consideró un triunfo histórico.
Respiró hondo, se alisó el abrigo y llamó a la puerta.
—Entre.
La voz no fue cruel ni cálida, fue académicamente sobria.
El despacho del doctor Edmund Wycliffe era menos grandioso que ciertas oficinas administrativas.
Había libros por todas partes, un fuego discreto y un escritorio sólido con la luz matinal entrando por ventanas altas.
Detrás de este, se encontraba el doctor Edmund Wycliffe, el cual no sonrió inmediatamente.
Tenía alrededor de cincuenta años, rasgos precisos y una expresión que parecía permanentemente situada entre la inteligencia, la paciencia selectiva y la capacidad de detectar tonterías con eficiencia devastadora.
No era severo, no exactamente, pero sí parecía el tipo de hombre cuya decepción resultaría considerablemente peor que su enfado.
—Míster Pembroke.
—Doctor Wycliffe.
Bien, la voz no se le rompió. Excelente comienzo.
—Tome asiento —le ofreció. Eleanor obedeció con toda la compostura cuidadosamente ensayada que pudo reunir. Wycliffe observó unos papeles—. Circunstancias familiares difíciles —dijo finalmente, no con curiosidad morbosa, sino con sobriedad profesional.
—Sí, sir .
—Lamento lo que le haya podido ocurrir a su familia.
Aquello fue extraño porque el dolor era real.
—Gracias, sir .
Wycliffe asintió una sola vez, como hombre que no se regocijaba en tragedias ajenas innecesariamente.
—Bien. Ya que la vida ha tenido la “cortesía” de retrasar su incorporación, procuraremos al menos que no arruine también su educación.
Eleanor parpadeó. Oh, vaya, había sarcasmo y cierto grado de humor.
—Haré todo lo posible por evitarlo, sir .
—Espero que sí. —Abrió otro documento—. Dígame, míster Pembroke, durante este tiempo de preparación privada, ¿ha mantenido sus estudios?
El momento.
—Sí, sir .
—¿En qué áreas se considera más sólido?
Cuidado.
—Clásicos, principalmente. Latín con más seguridad que griego… aunque este último me interesa particularmente. También he procurado no abandonar las matemáticas.
Wycliffe alzó la vista. Aquello pareció interesarle.
—“Me interesa particularmente” suele ser una frase más prometedora que frecuente.
—Eleanor se mantuvo en silencio—. En Christ Church, míster Pembroke…
suele ser ambas cosas. —La miró un segundo y volvió a los documentos—.
Encontrará sus horarios organizados con suficiente claridad como para no tener excusa razonable —dijo el doctor Wycliffe, deslizando varios documentos hacia él con precisión impecable—.
Capilla, hall , tutorías, lecturas y obligaciones varias.
Le aconsejo encarecidamente que aprenda pronto dónde debe estar… y a qué hora.
Eleanor bajó la vista hacia el papel.
—Sí, sir .
—La rutina aquí no existe para entretenerlo, míster Pembroke.
—Lo suponía.
—Me alegra oírlo. Oxford recompensa el esfuerzo, la disciplina y, en ocasiones excepcionales, el pensamiento original.
Eleanor alzó apenas una ceja.
—¿Solo en ocasiones excepcionales, sir ?
Wycliffe apoyó la espalda en la silla, observándolo por encima de los documentos.
—El pensamiento original resulta admirable únicamente cuando va acompañado de trabajo suficiente como para sostenerlo.
Aquello era profundamente razonable. Su tutor le caía bien; era un hombre inteligente y esperaba no decepcionarlo.
—Entonces procuraré no limitarme a parecer prometedor.
—Una intención sensata —lo señaló. Wycliffe entrelazó las manos sobre el escritorio—.
Permítame evitarle una decepción temprana: Christ Church ha visto pasar una cantidad considerable de jóvenes caballeros convencidos de que una buena familia, un apellido antiguo y una confianza ofensiva constituían una educación.
Eleanor sospechó que aquello provenía de observación repetida.
—¿Y me atrevo a preguntar cuántos sobrevivieron académicamente a esa teoría?
—Menos de los que sus madres esperaban.
Eso casi la hizo sonreír.
—Comprendo, sir .
—Espero sinceramente que sí. Ser un Pembroke puede abrir ciertas puertas, míster Pembroke… pero, una vez dentro, será su mente, o su falta de ella, lo que determine cuánto tiempo merece permanecer.
Hubo un silencio directo y claro, imposible de malinterpretar.
—Procuraré asegurarme de que mi presencia aquí dependa de algo más sólido que mi apellido.
Wycliffe sostuvo su mirada un instante y asintió una sola vez.
—Sí —dijo con calma seca—. Esa sería, con diferencia, la estrategia menos humillante. Una última observación —dijo cuando la tutoría terminaba.
Eleanor contuvo discretamente la respiración.
—Sí, sir .
Wycliffe la observó un instante más largo.
—Procure no volver a perderse camino a mi despacho… —Ella tragó saliva—. No sería usted el primero. Oxford parece disfrutar confundiendo incluso a mentes prometedoras.
—Haré todo lo posible por desarrollar una relación menos conflictiva con la arquitectura, sir .
Esta vez sí hubo una sonrisa breve y real por parte de su tutor.
—Hágalo. Le ahorrará tiempo.
Cuando salió del despacho, seguía viva. Seguía siendo Charles Pembroke. Y, milagrosamente, Oxford seguía en pie.
La primera clase de griego de Eleanor comenzó con una certeza profundamente incómoda: era completamente posible morir de nervios antes de llegar al aula y, lo que resultaba aún más humillante, hacerlo además por culpa de unas escaleras.
—Escalera este, gira a la derecha, segundo corredor —murmuró para sí misma mientras avanzaba con paso contenido, libro bajo el brazo y una expresión que esperaba que transmitiera “joven caballero razonablemente orientado” en lugar de “intrusa académica al borde del colapso”.
No ayudaba que, cuanto más se acercaba, más estudiantes aparecían.
Jóvenes de distintas edades; algunos impecablemente compuestos, otros claramente convencidos de que el apellido familiar bastaba como sustituto de la inteligencia.
Todos se movían con esa insufrible tranquilidad de quienes, al parecer, llevaban toda la vida teniendo permitido estar allí.
Y nadie, absolutamente nadie, la miraba dos veces.
Al parecer, bastaban un abrigo sobrio, una postura distinta y una cantidad razonable de tela masculina para que la sociedad entera aceptase: “Sí, es claramente un hombre”.
Extraordinario.
Años de educación femenina, normas, corsés, bailes, vigilancia social… vencidos por un chaleco.
Finalmente encontró el aula. Era amplia, de piedra, sobria, con bancos de madera dispuestos en filas escalonadas y ventanas altas por las que entraba una luz fría y elegante, como si incluso el sol en Oxford hubiese sido instruido para comportarse con disciplina clásica.