Lecciones para una impostora: Oxford no admite señoritas 8 #2
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Por fortuna para ambas, el momento emocional fue interrumpido por una realidad mucho menos poética: el estado del equipaje.

—Bien —dijo Agatha, observando el baúl con expresión crítica—. Si vas a revolucionar silenciosamente tu futuro, al menos deberías empezar por ordenar todo esto.

La siguiente media hora resultó extrañamente doméstica y, precisamente por eso, maravillosa.

Doblaron camisas, ordenaron libros, discutieron sobre el lugar correcto para esconder correspondencia comprometedora… Agatha declaró que cualquier carta verdaderamente importante debía permanecer lejos de miradas curiosas y administradores excesivamente entusiastas.

—Tus padres —dijo mientras reorganizaba con autoridad el escritorio—, deben recibir cartas.

Eleanor alzó la vista.

—¿Cómo exactamente?

—Me escribirás a mí.

—¿A Bath?

—Sí, y yo las reenviaré desde allí. —Agatha colocó un pequeño estuche de papel y sellos sobre el escritorio—. Escribe a tu madre con frecuencia razonable, afecto creíble y detalles cuidadosamente aburridos.

—¿Detalles aburridos?

—Sí. Tu madre sospechará menos si cree que tu vida consiste en lecturas moderadas y aire limpio.

—Qué aburrido —bromeó.

—La correspondencia respetable suele serlo.

—¿Y a mi padre?

Agatha sonrió.

—A tu padre envíale ocasionalmente observaciones sobre disciplina, horarios y cualquier cosa que implique estructura. Le tranquilizará enormemente.

—Es aterrador lo bien que conoces a esta familia.

—Alguien debe hacerlo. —Cerró el último cajón con satisfacción—. Yo me alojaré unos días en The Mitre Inn, aquí cerca, hasta asegurarme de que no incendias accidentalmente ninguna institución histórica durante tu primera semana.

—Qué voto de confianza tan inspirador.

—Si ocurre cualquier problema… —Por primera vez, el tono fue completamente serio—. Cualquier problema, Eleanor… me escribes de inmediato.

—Sí.

—No importa cuán pequeño sea.

—Sí.

—Ni cuán absurdo.

—Tía…

—Lo digo en serio.

Eleanor sonrió entonces, más suave.

—Lo sé.

Agatha asintió, satisfecha solo a medias, como toda mujer inteligente dejando atrás a alguien a quien quiere.

Ya no quedó nada más que ordenar. La habitación parecía distinta ahora: menos desconocida y más habitada y, de pronto, la realidad de la despedida se instaló con una claridad tan silenciosa como brutal.

Agatha la miró largo y firme, con suficiente orgullo, miedo y amor como para romper cualquier corazón medianamente funcional.

—Ven aquí —dijo al fin.

Eleanor obedeció y, por segunda vez en su vida reciente, l ady Agatha Fairchild, mujer de ironía devastadora, inteligencia feroz y afecto peligrosamente preciso, la abrazó con una ternura tan absoluta que Eleanor comprendió de golpe cuánto de aquello habría sido imposible sin ella.

—Escúchame bien —murmuró Agatha junto a su cabello—. Puede que el mundo tarde en entender lo que eres capaz de hacer… —Su voz vaciló apenas—, pero jamás permitas que eso te convenza de dudarlo tú.

Las lágrimas llegaron de inmediato, completamente traicioneras.

—Tía…

—Y, pase lo que pase… —Se apartó solo lo justo para mirarla—, nunca olvides esto. Ya has sido lo bastante valiente como para llegar hasta aquí.

Los ojos de Eleanor ardían.

—Voy a echarte muchísimo de menos.

—Por supuesto que vas a hacerlo, tengo una personalidad excepcional.

Eleanor soltó una risa rota.

Agatha tomó sus guantes y se dirigió a la puerta, aunque antes de salir se volvió una última vez y miró a Eleanor, ahora Charlie.

—Procura que, cuando vuelva a verte, Oxford siga en pie.

Aquella frase fue la última que pronunció antes de salir por la puerta, provocando que Eleanor sonriese.

—Bonita frase de despedida, tía —susurró mirando la puerta cerrada.

Giró sobre sí misma, observando la que sería su habitación, completamente sola por primera vez en el lugar donde más había deseado estar toda su vida.

Se acercó de nuevo al escritorio con la intención razonable de no desmoronarse antes del anochecer, cuando descubrió que Oxford, en efecto, no tenía intención alguna de concederle demasiado tiempo para crisis existenciales prolongadas.

Sobre la superficie perfectamente ordenada descansaba un documento. No una simple nota improvisada, sino un pliego formal, doblado con precisión académica. Llevaba su nombre o, más exactamente, el nombre que ahora debía aprender a habitar:

Mr. Charles Pembroke.

Solo verlo allí, con tinta impecable y una naturalidad institucional tan insultante, bastó para que su corazón diese un pequeño vuelco.

Lo abrió y, de inmediato, Oxford empezó a parecer todavía más real.

Tutor: Dr. Edmund Wycliffe, miembro académico de Christ Church.

Presentación obligatoria: a las ocho en punto de la mañana siguiente.

Lugar: Escalera norte, segundo rellano, tercera puerta a la izquierda.

Capilla a primera hora.

Desayuno en el comedor principal.

Normas básicas de asistencia, conducta, vestimenta académica y una advertencia tan cortés como aterradora sobre puntualidad. No era excesivamente largo, pero sí extraordinariamente claro.

Oxford no esperaba caos; Oxford esperaba presencia.

Eleanor leyó cada línea dos veces, como si en la segunda lectura fuesen a aparecer de pronto palabras tranquilizadoras como “siéntase libre de entrar en pánico” o “comprendemos que esto pueda resultar abrumador para una joven que técnicamente está cometiendo fraude”.

No ocurrió.

Exhaló lentamente, dejó el documento sobre el escritorio y permaneció inmóvil un instante. Luego, giró la cabeza hacia el espejo.

Allí estaba otra vez: el reflejo.

—Bueno… —murmuró, observándose con una mezcla profundamente extraña de incredulidad, miedo y una pizca de emoción—, supongo que aquí comienza el juego.