8
Eleanor. No. Charles. Se corrigió con una violencia casi refleja y permaneció inmóvil junto a la ventanilla, observando cómo aquella ciudad dejaba de parecer una fantasía académica para convertirse en calles por las que tendría que caminar, edificios en los que tendría que entrar…
y hombres a los que tendría que convencer.
Oxford no se parecía a Londres. No tenía su teatralidad social, ni su ritmo nervioso, ni aquella obsesión constante por matrimonios, apariencias y posicionamiento.
Oxford parecía… más severa, como si cada piedra hubiese sido colocada con la firme intención de recordar, a cualquiera que entrase, cuánto conocimiento había existido antes que él… y cuánto se esperaba que estuviese a la altura.
Era hermosa de una forma ofensiva. Doradas fachadas de piedra, arcos, patios, campanarios, jóvenes con libros bajo el brazo, académicos, túnicas negras, bicornios, criaturas evidentemente demasiado seguras de su derecho a estar allí…
El corazón de Eleanor empezó a golpear con fuerza suficiente para resultar francamente molesto.
—Respira —dijo Agatha sin mirarla.
—Estoy respirando.
—No correctamente.
—No me critiques ahora, por favor, me pone más nerviosa.
El carruaje avanzó por calles cada vez más concurridas. Eleanor apenas lograba decidir hacia dónde mirar. Todo parecía importante, histórico… todo parecía exactamente el lugar con el que Charles había soñado y, ahora, ella estaba allí. No como espectadora, sino como Charles Pembroke.
Aquella idea fue tan inmensa que casi resultó imposible sostenerla sin vértigo.
—Bien —dijo Agatha, ajustándose los guantes con la calma insultante de quien no estaba al borde de un colapso identitario—. Último repaso.
—¿Ahora?
—Especialmente ahora. —Ella resopló—. Charles.
Eleanor cerró brevemente los ojos.
—¿Sí?
—Venga, tu nombre…
—Charles Pembroke.
—¿Motivo del retraso?
—Circunstancias familiares delicadas, preparación privada y salud inestable.
—Que no parezca que lo recitas.
—Estoy haciéndolo lo mejor que puedo —dijo antes de inspirar hondo.
—Lo sé —intentó calmarla.
Eleanor habría respondido algo brillante si no estuviese demasiado ocupada intentando no fallecer de nervios.
Finalmente, el carruaje se detuvo frente a Christ Church y, durante un instante, todo pensamiento coherente abandonó su cuerpo.
Aquello no era simplemente impresionante; era abrumador.
La gran puerta, la arquitectura monumental, las escalinatas, la piedra, los patios visibles más allá, el peso insoportable de siglos enteros de hombres entrando convencidos de que pertenecían allí…
—Oh, esto es muy intimidante —murmuró antes de poder evitarlo.
Agatha observó la fachada con aprobación serena.
—Sí. Magnífico, ¿verdad?
—No sé si “magnífico” es la palabra exacta que usaría alguien a punto de desintegrarse.
—Charles.
—Sí, claro, por supuesto… —la miró mordiéndose el labio inferior—. Estoy masculinamente aterrorizado.
Agatha negó con la cabeza y descendió primero del carruaje.
Eleanor tardó aproximadamente dos segundos más en reunir el valor suficiente para seguirla. Inspiró hondo y descendió. Cuando sus botas tocaron finalmente el suelo de Oxford, sintió el vértigo absoluto de haber llegado por fin a una puerta que siempre creyó cerrada.
Un portero del college se aproximó con expresión de hombre que había visto generaciones enteras de estudiantes entrar creyéndose excepcionales.
— Lady Agatha Fairchild —la saludó.
—Buenos días —respondió Agatha con total normalidad.
—La esperan.
Aquello hizo que Eleanor sintiese deseos inmediatos de desmayarse. La esperaban junto a Charles. Su tía ya se había encargado por sí sola de todo el papeleo administrativo.
Agatha, sin embargo, sonrió con impecable compostura social.
—Excelente. Permítame presentarle a mi sobrino… —Entonces, ocurrió. Eleanor sintió el mundo detenerse—, míster Charles Pembroke.
El portero inclinó la cabeza.
—Míster Pembroke.
Eso fue todo. Nada explotó, nadie gritó y no cayó el cielo. Solo un hombre… y lo creyó.
Aquello era casi peor, porque significaba que ahora tenía que seguir haciéndolo.
—Sí —respondió Eleanor y, gracias a todos los santos posibles, su voz no se quebró—. Gracias.
Agatha no mostró reacción alguna, pero, mientras avanzaban, rozó apenas su mano enguantada. Una presión breve, la miró y vio el orgullo reflejado en sus ojos.
El despacho al que fueron conducidas era amplio, solemne y profundamente masculino, revestido de madera oscura que ascendía por las paredes hasta encontrarse con estanterías repletas de volúmenes encuadernados en cuero, tan numerosos y ordenados que imponían respeto incluso antes de abrir uno solo.
Un gran escritorio de roble dominaba la habitación, como una declaración de autoridad tranquila, pulido por años de uso meticuloso, con papeles perfectamente alineados, tinteros, sellos y correspondencia organizada con una precisión intimidante.
Las altas ventanas dejaban entrar una luz sobria, filtrada por cristales antiguos, suficiente para iluminar motas de polvo suspendidas, como si incluso el aire allí hubiese sido educado para comportarse con dignidad.
Había retratos de académicos severos observando desde marcos dorados, una chimenea de piedra cuya presencia sugería inviernos largos y conversaciones aún más largas, y ese inconfundible aroma a pergamino, cera y libros antiguos que parecía susurrar, con aterradora cortesía, que muchos hombres brillantes habían pasado por allí…
y que se esperaba, silenciosamente, que quien entrase estuviese dispuesto a demostrar por qué merecía hacerlo también.
El rector parecía exactamente la clase de persona capaz de destruir vidas con tinta ordenada. Canoso, preciso y correcto.
—Míster Pembroke —pronunció. Eleanor sintió el impulso irracional de mirar detrás por si hablaba con otro—. Lamentamos profundamente las circunstancias familiares.
Eleanor bajó la vista justo lo suficiente.
—Gracias, sir .
—Su tutor recibió noticia de ciertos retrasos, comprendemos que el último tiempo no ha sido sencillo.
Agatha habló con elegancia impecable.
—La familia ha atravesado dificultades considerables. Consideré prudente supervisar personalmente su incorporación.
—Naturalmente.
El hombre tendió un documento y le entregó la pluma mientras indicaba dónde debía estampar su firma. La pluma rozó sus dedos y, por un segundo, recordó cada práctica en Bath.
Escribió el nombre de Charles Pembroke mientras el administrador observaba.
El administrador asintió y siguió adelante. No hubo alarma, ni sospecha ni un desastre inmediato… solo burocracia.
Nunca en su vida Eleanor había amado tanto la burocracia.
—Muy bien, míster Pembroke. Su habitación ya está preparada.
Las piernas dejaron de pertenecerle por completo.
Un joven empleado condujo el equipaje por las escaleras. Caminaron por los pasillos mientras se escuchaban voces lejanas y puertas abrirse y cerrarse hasta que, finalmente, llegaron a la suya.
No era enorme ni lujosa, pero era privada.
Entraron al interior, observando.
Disponía de una cama en el centro, un escritorio, un lavabo, una jarra con palangana, estanterías, ventana y chimenea.
Tuvo que tragar saliva e intentar que no escuchasen los rápidos latidos de su corazón. Aquello ya no era una fantasía ni una preparación, era su habitación en Oxford.
Agatha entró detrás de ella, observándolo todo con mirada crítica y aprobación práctica.
—He visto lugares peores.
—Eso no me ayuda —le susurró Eleanor.
—No pretendía hacerlo.
El empleado se marchó y la puerta se cerró.
Por primera vez, estuvieron a solas de verdad.
Eleanor se giró lentamente hacia su tía.
—He entrado —dijo, incrédula.
Agatha la observó y entonces, por fin, sonrió como solo sonreía cuando estaba profundamente emocionada.
—Sí —dijo suavemente. Luego se acercó, le ajustó el cuello como había hecho tantas veces en Bath y tomó su rostro entre sus manos—. Muy bien, querida… ahora deja de parecer mi sobrina.
Eleanor soltó una risa nerviosa y rota.
—Estoy un poco asustada —se sinceró.
—Lo superarás.
—¿Y si no?
Agatha sostuvo su mirada.
—Entonces, recuerda por qué has venido… incluso cuando tengas miedo. No estás aquí para engañar al mundo, Eleanor. —Su voz se suavizó—. Estás aquí para impedir que te nieguen el derecho a estudiar.
El silencio que siguió no fue incómodo, fue de esos silencios extraños, casi sagrados, que parecen asentarse entre dos personas justo cuando una verdad importante termina de encontrar su lugar.
—Espero poder soportarlo —murmuró al final, con una sonrisa nerviosa que no logró ocultar del todo la emoción.
—Oh, querida… si creyese que no puedes soportarlo, jamás te habría traído.
Aquello le hizo más bien del que pensaba admitir jamás.
—¿De verdad crees que podré hacerlo?
Agatha dejó escapar ese suspiro pequeño, profundamente afectuoso, reservado exclusivamente para las ocasiones en que Eleanor olvidaba temporalmente quién era.
—Eleanor —Se acercó y le apartó con suavidad un mechón rebelde que amenazaba con arruinar la estructura cuidadosamente aprobada por la señora Baxter—, creo que eres, con diferencia, una de las personas más capaces, obstinadas y escandalosamente inteligentes que he conocido en toda mi vida.
—Eleanor parpadeó—. Lo harás bien. Y no solo eso…
creo sinceramente que podrías llegar a ser feliz aquí.
Eleanor dejó de respirar durante un segundo.
¿Feliz? La palabra resultó tan inesperada que casi dolió. Entre el miedo, la estrategia, el riesgo, el disfraz… no había pensado realmente en eso, en disfrutarlo.
Agatha, por supuesto, volvió a leerle el pensamiento, como si llevase años haciéndolo.
—Sí, disfrútalo —dijo con firmeza suave—. Aprende, lee cosas que te hagan enfadarte, discute, haz preguntas inconvenientes, descubre todo lo que puedas… No sobrevivas a Oxford, Eleanor —Le tomó una mano entre las suyas—, vívelo, no solo por ti, por mí también.
Eso casi fue el final de su compostura.
—No puedes decir cosas así cuando estoy intentando parecer un hombre.
—Entonces será una lección excelente de autocontrol.