7
Los últimos días en Bath adquirieron una cualidad extraña. No frenética, no exactamente, pero sí peligrosamente parecida a la preparación de una campaña militar organizada por mujeres demasiado inteligentes para permitirse errores absurdos.
Eleanor lo descubrió la mañana en que la señorita Greaves entró en la habitación azul con una lista de varias páginas.
—¿Qué es eso? —preguntó Eleanor, todavía sentada frente al espejo mientras intentaba, con éxito moderado, recogerse el cabello de la nueva forma aprobada por la señora Baxter.
La señorita Greaves observó el cuarto y luego a ella.
—Su vida inmediata, organizada de forma competente.
—Qué aterrador —pronunció, con los ojos muy abiertos.
—Sí, milady .
—Creí que vendrías a ayudarme con el equipaje.
—Eso también —le sonrió.
Cogió la lista y cada vez abrió más los ojos.
—¿En qué momento exactamente dejó mi existencia de pertenecerme?
—Aproximadamente cuando lady Agatha decidió que usted iría a Oxford —bromeó la señorita Greaves.
Aquel mismo día, la casa entera pareció transformarse. Telas dobladas, prendas revisadas, camisas alineadas, cuellos, guantes, botas, libros seleccionados, papeles y baúles abiertos.
Eleanor observaba todo desde el borde de la cama con una mezcla de fascinación y alarma. Empezó a sospechar que “convertirse en Charles” implicaba considerablemente más organización textil de la que nadie había mencionado al principio.
—¿De verdad necesito tantas camisas? —preguntó mientras la señorita Greaves doblaba una más con pasmosa eficiencia.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Oxford no será más indulgente con la suciedad solo porque usted esté revolucionando el acceso femenino a la educación.
—Ese tono me sugiere que apruebas esto —bromeó Eleanor.
La señorita Greaves levantó una ceja.
—Apruebo cualquier plan que impida verla casada con un vizconde particularmente aburrido —acabó, sonriente.
Eleanor se quedó inmóvil.
—Señorita Greaves…
—No soy ciega, milady .
Al final, el equipaje quedó reducido, según Agatha, a “lo esencial”.
Un baúl principal con camisas, chalecos, pantalones, abrigo, ropa de dormir, corbatas y guantes. Un portmanteau menor con objetos personales, artículos de aseo, papeles y material de escritura y una caja cuidadosamente preparada con libros seleccionados por Agatha.
Cuando Eleanor abrió aquella caja, comprendió otra verdad: su tía, en secreto, había construido su propia educación durante años. Latín, griego, historia, filosofía, matemáticas básicas, diccionarios y ensayos anotados.
Algunos tenían marcas en los márgenes, comentarios, preguntas y observaciones afiladas.
Eleanor levantó uno de los volúmenes, hojeándolo lentamente.
—¿Tú leías todo esto?
Agatha, desde el otro lado del escritorio, ni siquiera fingió modestia.
—Claro que sí.
—¿Cuándo?
—Cuando hombres convencidos de mi inferioridad intelectual estaban demasiado ocupados felicitándose entre sí para notarlo.
Eleanor sonrió, profundamente conmovida.
—Esto es…
—Insuficiente comparado con lo que deberías haber tenido —respondió Agatha con calma—.
Pero suficiente para empezar. —Aquella frase se quedó con ella—.
De nuevo —dijo Agatha por quinta vez aquella tarde, sentada frente a Eleanor en el salón como una examinadora particularmente elegante—.
¿Por qué se incorpora tarde Charles Pembroke?
Eleanor, vestida como Charles y con expresión de quien empezaba a odiar su propia biografía falsa, respondió automáticamente.
—Asuntos familiares delicados, preparación privada prolongada y una salud algo inestable durante el último año.
—No lo digas tan melodramático.
—Mi salud fue decepcionante tras circunstancias familiares difíciles.
—Mejor —la felicitó su tía.
—No sabía que incluso mis tragedias inventadas requerían edición.
—Todo en sociedad requiere edición —apuntó su tía. Agatha no sonrió, aquello era demasiado importante—. Otra vez. ¿Por qué es tan reservado?
—Prefiero el estudio a la vida social excesiva.
—¿Por qué evita reuniones innecesarias?
—Duelo prolongado, naturaleza privada y clara conciencia de que demasiadas conversaciones sociales reducen significativamente mis ganas de vivir —acabó ironizando.
Agatha suspiró.
—La última parte no.
—Era la más sincera —respondió, encogiéndose de hombros.
—Precisamente por eso.
Hubo ensayo de firma otra vez, hasta que dejó de parecer completamente ajeno.
Tras toda la tarde ensayando, al anochecer acudieron al estudio, con el fuego encendido, y Agatha le entregó una carta a Eleanor.
—Esta —dijo Agatha mostrándole una carta, colocándola en sus manos— es la última puerta que conservé abierta.
No le entregó la carta como si fuese simple correspondencia, lo hizo como quien deposita un arma, una reliquia o una oración en sus manos. Eleanor la tomó con una reverencia casi involuntaria.
El sello, el nombre, Oxford… Charles Pembroke.
Sus dedos temblaron.
—No la guardé porque supiera con certeza que ocurriría esto —dijo Agatha con voz más suave de lo habitual—. La guardé porque no soportaba la idea de destruir una posibilidad antes de tiempo. —Eleanor no habló—. Quizá jamás hubiese servido, pero ahora sí.
Aquello pesaba más que el papel. Era duelo, esperanza, desobediencia y amor.
—Tía…
Agatha tomó su mentón con una ternura ferozmente contenida.
—No entres allí como alguien que ruega permiso, Eleanor. —Sus ojos brillaban—. Entra como alguien que siempre debió haber tenido derecho a aprender.
El silencio se volvió demasiado grande para soportarlo sin emoción. Por fortuna, la señorita Greaves apareció en la puerta.
— Lady Agatha, con el debido respeto, si desea enviar mañana a Oxford a un joven caballero creíble, sería recomendable que dicho joven duerma antes del amanecer.
Agatha exhaló.
—Qué mujer tan insoportablemente razonable.
—Soy una carga constante, milady —pronunció. Luego, guiñó un ojo hacia Eleanor.
Ella, todavía con la carta entre las manos, soltó una risa temblorosa.
Su tía le dio las buenas noches poco después y se quedó sola en la habitación.
Aquella noche, la última en Bath, no pudo dormir fácilmente. No solamente por miedo o nervios, sino porque, por primera vez, el plan entero dejó de parecer una idea extraordinaria y empezó a tener fecha, nombre, equipaje y destino.
Al día siguiente abandonaría Bath, dejaría de prepararse y Oxford dejaría de ser una mera fantasía.
Cuando amaneciese un nuevo día, viajaría hacia la vida que jamás había podido reclamar en voz alta.
El amanecer en Bath llegó envuelto en una neblina suave, como si incluso el cielo hubiese decidido no imponerse demasiado en una mañana semejante.
La casa de Agatha despertó antes de que el sol terminara de instalarse del todo sobre los tejados color miel.
La señorita Greaves, naturalmente, llevaba horas funcionando.
Cuando Eleanor bajó al vestíbulo vestida como Charles, tal y como había aprendido aquellos últimos días, descubrió que gran parte de su futuro inmediato ya estaba perfectamente empaquetado.
Baúles cerrados, correas ajustadas, portmanteau preparado, caja de libros asegurada… Todo parecía mucho más organizado de lo que ella se sentía.
—No entiendo cómo mi vida puede estar tan bien doblada cuando yo aún no he decidido si estoy teniendo una crisis nerviosa o una revelación histórica.
La señorita Greaves, que se encontraba cerca supervisando a dos mozos, la miró.
—Ambas cosas pueden coexistir, señor.
Eleanor se quedó quieta. Señor, ahhh…
Agatha apareció en ese preciso instante, ajustándose los guantes con impecable puntualidad. Sonrió con satisfacción al verla.
—Excelente —dijo, mirándola de la cabeza a los pies.
—No ha sido intencional —protestó Eleanor, aunque quizá no con toda la convicción posible.
—Eso lo hace aún mejor.
El desayuno fue sorprendentemente breve. No por tensión, más bien porque aquella mañana parecía construida de otra materia: menos doméstica y más decisiva.
Agatha repasó horarios mientras la señorita Greaves corregía un cuello. La señora Baxter apareció solo para declarar que, si Eleanor sobrevivía al trayecto sentándose como había aprendido, aún habría esperanza para Inglaterra.
Y, entonces, llegó el momento.
Eleanor se detuvo en la puerta principal, con el pelo ya recogido, abrigo oscuro, guantes, botas y sombrero.
Durante un segundo absurdo, observó el reflejo tenue en el cristal lateral. Seguía siendo ella y, al mismo tiempo, no lo era.
—Bien —dijo Agatha a su lado, con voz práctica, pero con unos ojos demasiado atentos para fingir completa indiferencia—. Última oportunidad para huir a Escocia y convertirte en pastora.
—¿Hay libros en Escocia?
—Es posible que sí.
—Tentador, pero no.
Agatha asintió.
—Eso esperaba.
El trayecto comenzó poco después.
Bath fue quedando atrás con una elegancia ofensiva: sus fachadas doradas, sus calles ordenadas…
Eleanor observó por la ventanilla mientras la ciudad se alejaba y sintió una punzada inesperada. No de arrepentimiento, sino más bien de reconocimiento. Bath había sido, en muy pocos días, el lugar donde había dejado de imaginar y había empezado a actuar.
—No pongas esa cara —dijo Agatha desde enfrente.
—¿Qué cara?
—La de heroína literaria abandonando una ciudad para cumplir un destino improbable.
—No estaba poniendo ninguna cara —se defendió.
—Querida, llevas dos minutos mirando por la ventanilla como si esperases que el paisaje citara poesía.
La mañana avanzó entre caminos verdes, colinas suaves y pueblos dispersos. A ratos hablaron, a ratos se refugiaron en un sueño reparador. Hubo largos silencios, pero no incómodos, más bien concentrados.
A media mañana, Agatha comenzó la fase que Eleanor pasó a considerar “tortura psicológica aplicada”.
—Muy bien —dijo de pronto, cerrando el libro que había estado fingiendo leer—. A partir de este momento…
Eleanor alzó la vista.
—No —susurró como si aquello la asustase.
—Sí.
—Ni siquiera sé qué vas a decir, pero no.
—A partir de este momento, responderás solo al nombre de Charles. —Eleanor se quedó callada y tragó saliva—. Entrenamiento necesario —concluyó Agatha.
—Tía…
—Charles —canturreó ella.
Eleanor cerró los ojos.
—Esto va a ser insoportable.
—Charles…
—Sí, maldición, ¿qué? —preguntó más nerviosa.
—Mejor.
Eleanor resopló nerviosa.
—¿Y si simplemente digo la verdad y admito que deseo morir discretamente?
—Demasiado expresivo —la señaló con la mano.
—Empiezo a entender por qué tantos hombres parecen emocionalmente limitados —respondió, frotándose las manos nerviosa.
—Concéntrate.
Pararon al mediodía en una posada respetable, donde Eleanor, perdón… Charles, recibió su primera experiencia verdaderamente alarmante: comer en público siendo observada como joven caballero. Nadie sospechó nada, lo cual, lejos de tranquilizarla por completo, le resultó ligeramente insultante.
—¿Así de fácil? —murmuró una vez de vuelta al carruaje.
—¿Esperabas trompetas? —preguntó Agatha.
—No, pero quizá más dificultad.
—Oh, llegará. No te preocupes.
—Qué alivio —ironizó.
La tarde avanzó.
El paisaje empezó a cambiar a más campos amplios, más piedra antigua y más sensación de historia y, entonces, finalmente, aparecieron las primeras torres, lejanas aún, pero inconfundibles.
—Oxford —susurró Eleanor, que dejó de respirar durante un segundo. Ninguna imaginación había logrado captar del todo lo que significaba contemplar, por fin, el lugar donde tantas mentes habían aprendido y comprender que ella estaba a punto de entrar en él.
—Ah —dijo Agatha suavemente, observándola.
Eleanor no respondió, no podía. Oxford emergía poco a poco: agujas, cúpulas, piedra dorada, tejados y torres. Totalmente majestuosa y antigua, seria y brillante. No parecía una ciudad, parecía una institución construida en piedra.
—Bueno —murmuró Agatha finalmente, rompiendo el hechizo justo antes de que Eleanor colapsara emocionalmente—. Sería un momento profundamente inconveniente para desmayarte.
Eleanor la miró con los labios apretados.
—No pensaba hacerlo.
—Mejor.
El carruaje avanzó, cada vez más cerca de su destino, y mientras Oxford se alzaba ante ella como la promesa más imposible de toda su vida, Eleanor comprendió algo con una claridad tan feroz que casi dolió: ya no había vuelta atrás y, por primera vez, no estaba segura de quererla.
A medida que el carruaje avanzaba y aquellas torres dejaban de ser una visión lejana para transformarse en piedra real, calles reales y puertas reales… el miedo llegó.
No era el nerviosismo ligero de un baile, ni la incomodidad habitual de una conversación social, ni siquiera el temor abstracto que había acompañado el plan mientras aún era solo una teoría.
No; aquella sensación era distinta. Con cada vuelta de las ruedas, dejaba atrás una idea emocionante para acercarse a una prueba verdadera: hombres que harían preguntas, edificios donde no bastaría con parecer correcta, sino convincente; un mundo que nunca había sido construido para ella y que, si cometía un solo error, podría expulsarla con la misma facilidad con la que ahora se atrevía a entrar en él.
Por primera vez desde Bath, Eleanor sintió el peso completo de lo que estaba haciendo.
Las manos, ocultas bajo los guantes, se le enfriaron pese al viaje, y tuvo que entrelazarlas con fuerza sobre el regazo para evitar que el temblor se hiciera visible.
De pronto, Oxford ya no parecía solo una oportunidad extraordinaria… también podía convertirse en el lugar exacto donde todo podría derrumbarse si daba un paso en falso.