Lecciones para una impostora: Oxford no admite señoritas 6 #2
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—Escúcheme bien, no pretendemos destruir su apariencia, pretendemos impedir que parezca lista para un vals en cada esquina.

Aquello tenía lógica.

—Solo un poco —repitió Eleanor con desconfianza extrema.

—Solo lo necesario —confirmó Agatha.

El primer mechón cayó y Eleanor contuvo la respiración. No fue devastador ni terrible, pero sí extraño.

—Oh —dijo finalmente.

Agatha inclinó la cabeza.

Eleanor se observó en el espejo mientras la señora Baxter trabajaba. No iba despacio, seguía siendo Eleanor, pero menos “ lady Eleanor presentada en sociedad”.

Al final, su cabello quedó lo bastante reducido como para recogerse mejor, ocultarse y adaptarse. Seguía siendo hermoso, solo que ya no parecía diseñado por su madre.

—Bien —dictaminó la señora Baxter, dando un paso atrás—. Ahora, probemos.

Horas después, cuando por fin estuvo vestida de chico por primera vez, se hizo el silencio.

Camisa, chaleco, pantalones, abrigo, cabello recogido… Nada extravagante ni ridículo, solo… Charlie.

Eleanor se quedó inmóvil frente al espejo. Ya no era una broma, una teoría o una conversación imposible en mitad de la noche: ahora era real.

Algo dentro de ella se rompió al observarse en el reflejo del espejo.

No supo si fue la postura, la línea de los hombros o una sombra de expresión, pero, por un instante devastador, recordó a Charles.

No era una copia ni un disfraz; era un eco, como si una parte de él hubiese aparecido justo lo suficiente para recordarle por qué estaba allí.

Los ojos se le llenaron de lágrimas antes de poder impedirlo.

—Oh… —susurró.

Agatha, que había dejado de bromear por completo, se acercó despacio.

No dijo nada al principio, solo tomó su mano, firme y cálida.

—No estás sustituyéndolo, Eleanor.

Las lágrimas resbalaron por sus mejillas.

—Lo sé…

Agatha apretó su mano.

—Lo estás llevando contigo… justo donde él habría querido verte.

Eleanor cerró los ojos un segundo, incapaz de hablar.

Solo era una hermana amando lo bastante a alguien como para atreverse a cruzar la puerta que él ya no podía y, de alguna forma extraña, dolorosa y hermosa, aquello hizo que Charles pareciese un poco menos lejos.

Eleanor permaneció unos segundos más frente al espejo, respirando con dificultad contenida, como si cualquier movimiento brusco pudiese romper aquel instante extraño y delicado.

Agatha no soltó su mano. Quizá fue precisamente esa calma la que permitió que Eleanor acabara riendo entre lágrimas, con una risa temblorosa.

—Bueno —murmuró Eleanor, secándose las lágrimas con torpeza mientras observaba su reflejo otra vez—. Esto sería muchísimo más conmovedor si estos pantalones no fuesen ligeramente ofensivos para mi existencia.

El silencio se rompió.

La señora Baxter, que hasta aquel momento había mantenido una respetuosa solemnidad, se situó ante ella, observándola de la cabeza a los pies.

—Si puede quejarse, puede caminar.

Agatha sonrió con notoria satisfacción.

—Ah, ahí está mi sobrina.

Eleanor inspiró una última vez, recuperó una cantidad aceptable de dignidad y se giró.

—De acuerdo —dijo, alzando ligeramente el mentón—. Ya he tenido mi crisis emocional del día. ¿Qué sigue?

Agatha dio una palmada suave, claramente encantada.

—Excelente actitud. Ahora, empezamos a corregir todo lo demás.

La señora Baxter, completamente inmune a protestas, señaló el extremo opuesto del salón.

—Camine de un lado a otro.

—¿Eso es todo?

—Por ahora.

Eleanor, aún algo rígida por el peso desconocido de las prendas, cruzó la habitación o, más exactamente, intentó cruzarla.

—No —dijeron Agatha y la señora Baxter al unísono.

Eleanor se detuvo.

—Estáis muy sincronizadas —se burló.

—Demasiada gracia —dictaminó la señora Baxter.

—Exceso de sociedad —añadió Agatha.

—No sabía que caminar correctamente fuese ahora un defecto —se quejó Eleanor.

—No es caminar correctamente —respondió su tía—.

Es caminar como si fueses perfectamente consciente de cada músculo, cada mirada y cada centímetro de falda inexistente.

—Eleanor parpadeó. Agatha se levantó y caminó ella misma unos pasos, exagerando un poco su deambular por el salón—.

Menos delicadeza, menos “he sido educada para sobrevivir en salones.” Más “existo y probablemente no he pensado en ello demasiado”.

Lo intentó de nuevo y, esta vez, fue mejor.

—Menos manos —dijo Agatha.

—¿Qué tienen mis manos? —preguntó, mirándoselas.

—Parecen escribir cartas ingeniosas.

Una hora después, Eleanor había aprendido varias lecciones profundamente humillantes: que sentarse “como un hombre” ocupaba una cantidad innecesaria de espacio, que inclinar demasiado la cabeza parecía femenino, que responder demasiado deprisa también y que, aparentemente, llevaba toda su vida sosteniendo tazas con “sospechosa elegancia”.

—No puedo creer que exista una forma masculina de beber té.

—Créeme —dijo Agatha—, gran parte de la civilización británica se sostiene sobre absurdos mucho mayores.

Finalmente, tras caminar, sentarse, levantarse, girar, saludar y aprender a no recolocarse el cabello cada tres minutos… llegó el escritorio.

—Ah —dijo Eleanor, observando la pluma con recelo inmediato—. Esto parece más peligroso.

—Sin duda —respondió Agatha, colocando varios papeles ante ella—. Bienvenida a la falsificación familiar.

—Cada vez suenas más criminal —pronunció ella con los dientes apretados.

—Cada vez escuchas mejor.

Agatha colocó frente a ella varias cartas antiguas de Charles que había guardado.

La respiración de Eleanor vaciló. Reconocería aquella letra en cualquier lugar: ligeramente inclinada, segura y rápida.

—No pretendemos perfección absoluta —dijo Agatha con suavidad, notando el cambio inmediato en su expresión—. Solo familiaridad convincente. —Eleanor tomó la pluma y sus dedos temblaron—. Empieza con su nombre.

Miró el papel.

Charles Pembroke.

Tan sencillo y tan imposible.

Escribió y las tres hicieron una mueca de desagrado.

La señora Baxter hizo un ruido que sonó peligrosamente parecido al dolor físico.

—Dios misericordioso.

—Gracias por el apoyo —ironizó Eleanor.

—Eso parece escrito por alguien secuestrado.

Agatha, traidora, se rio.

—Otra vez.

Eleanor lo intentó otra vez, y otra, y otra…

Durante la siguiente hora, Charles Pembroke murió caligráficamente al menos diecisiete veces.

—Tu “h” parece culpable —comentó Agatha.

—No sabía que las letras pudiesen delinquir.

—Las tuyas claramente sí.

Poco a poco, mejoró. No era Charles, nunca lo sería, pero empezó a parecer plausible.

—Muy bien —dijo Agatha finalmente, observando el último intento con aprobación genuina—. Aún no convencerías a un banquero especialmente sobrio…

—Qué consuelo.

—Pero podrías engañar a un administrador cansado, que es prácticamente lo mismo.

Eleanor dejó caer la pluma con gesto que denotaba agotamiento.

—Hoy he perdido parte de mi cabello, mi dignidad postural y probablemente varios principios legales.

Agatha sonrió.

—Sí.

—Y, sin embargo… —Miró su firma y luego sus propias manos—, no pienso detenerme.

Agatha no sonrió esta vez.

—Bien —dijo simplemente.

Y, por primera vez, aquella locura no sonó como una broma, sino como el inicio de algo grande.