Lecciones para una impostora: Oxford no admite señoritas 6
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Bath apareció bajo un cielo gris perla y aire fresco, como si la ciudad entera hubiese sido diseñada específicamente para recibir a las personas cansadas de Londres.

Tras la larga noche en Marlborough, el resto del viaje había continuado entre caminos ondulados, colinas verdes y pueblos cada vez más pintorescos, hasta que, finalmente, el paisaje empezó a transformarse en algo distinto, más elegante y más sereno.

Bath no tenía el ritmo nervioso de la temporada londinense; no parecía una ciudad obsesionada con quién llegaba, con quién bailaba o por qué ella seguía soltera a finales de julio.

—Bueno —murmuró Agatha desde su asiento mientras el carruaje descendía por una amplia calle bordeada de arquitectura dorada—, intenta no parecer decepcionada.

Sé que abandonar Grosvenor Square por una ciudad entera de piedra georgiana, librerías, agua mineral y relativa cordura puede resultar traumático.

Eleanor, que observaba fascinada las elegantes fachadas color miel, las columnas, las plazas abiertas y aquella mezcla de sofisticación y tranquilidad, respondió sin apartar la vista de la ventana.

—Haré lo posible por sobrevivir a semejante tragedia.

Bath era hermosa, no con la teatral grandiosidad de ciertos rincones de Londres, sino con una belleza más ordenada.

Las casas adosadas se alineaban con armonía impecable, las calles estaban llenas de visitantes distinguidos, damas paseando, oficiales retirados, comerciantes y viudas con excelente criterio, pero todo parecía moverse con una dignidad menos frenética.

—Aquí —anunció Agatha finalmente.

El carruaje se detuvo frente a una elegante casa adosada, en una calle tranquila cerca de The Circus.

Era lo bastante distinguida como para satisfacer cualquier estándar social respetable, pero tenía un aire ligeramente más personal que las residencias londinenses, concebidas casi exclusivamente para impresionar a las visitas.

Eleanor descendió del carruaje con curiosidad inmediata.

La fachada era de piedra cálida, con ventanas altas, jardineras discretas y una puerta azul profundo cuya elección, sospechó, probablemente había irritado en algún momento a varias personas más convencionales.

—Es… preciosa —admitió.

Agatha bajó tras ella, observando su hogar con la aprobación de quien aprecia tanto la independencia como el buen gusto.

—Sí, bueno, intento mantener una reputación respetable sin parecer aburrida. Es un equilibrio delicado.

La puerta se abrió casi de inmediato.

— Lady Agatha.

Una mujer de unos cincuenta años, impecablemente vestida, con expresión eficiente y esa energía inconfundible de quien lleva años administrando con éxito la vida de alguien, inclinó ligeramente la cabeza.

—Señorita Greaves —dijo Agatha—. Seguimos vivas.

—Como confiaba, milady . —Sus ojos se desplazaron entonces hacia Eleanor, suavizándose—. Lady Eleanor, bienvenida.

—Gracias.

—Le he preparado la habitación azul.

Agatha dejó escapar un pequeño sonido aprobatorio.

—Excelente, si no la has convertido en una celda decorativa como la última vez.

— Milady , aquello fue una elección floral desafortunada, no encarcelamiento.

Dentro, todo resultó incluso mejor.

La casa de Agatha era refinada, sí… pero vívida. Había libros por todas partes, no solo decorativos, sino libros leídos, apilados y abandonados sobre mesas con imprudencia intelectual.

El vestíbulo daba paso a un salón luminoso, con paredes en tonos suaves, retratos familiares, alfombras elegantes y una biblioteca peligrosamente prometedora.

Había, además, suficientes indicios de personalidad para que Eleanor comprendiera de inmediato algo importante: aquella no era la casa de una mujer resignada; era la casa de una mujer que había construido, dentro de sus límites, un reino propio.

—Creo —dijo Eleanor lentamente, mientras observaba una estantería entera dedicada a historia, filosofía y poesía— que podrías ser oficialmente mi pariente favorita.

—Por supuesto —respondió Agatha, entregando guantes y sombrero a una criada—. Aunque sugiero no anunciarlo por carta a tu madre.

La habitación azul resultó, sencillamente, perfecta: más acogedora que la de Londres, menos ostentosa y más íntima.

Las paredes tenían un tono azul grisáceo sereno, había una cama amplia, escritorio junto a la ventana, una pequeña chimenea, flores frescas, una estantería modesta… y una paz que Eleanor no recordaba haber sentido en meses.

—Aquí estarás a salvo de propuestas matrimoniales —dijo Agatha desde la puerta.

—Tu generosidad me conmueve —contestó su sobrina.

—No abuses, aún pienso hacerte trabajar.

Eleanor se giró.

—¿Hoy?

—No seas absurda. Hoy has viajado, sobrevivido emocionalmente y descubierto que tu tía es más peligrosa e imprudente de lo esperado. Hoy solo te instalarás.

—Qué alivio —dijo mirando de nuevo la habitación.

—Mañana —añadió Agatha con una calma casual—. Mañana empezaremos.

Y, dicho esto, se marchó, dejándola sola por primera vez desde la noche anterior.

Eleanor inspiró aire lentamente y luego recorrió el cuarto. Tocó el respaldo de la silla, el borde del escritorio, la colcha y, finalmente, se arrojó sobre el colchón con los brazos extendidos. Era cómodo, muy cómodo.

—Mañana —susurró.

Al día siguiente, todo comenzaría de verdad: las preguntas, los planes, la ropa, las mentiras y el miedo.

Debería sentirse aterrada y, en cierto modo, lo estaba, pero bajo aquellos nervios, latiendo con más fuerza de la razonable, había algo más: entusiasmo.

Por primera vez en muchísimo tiempo, no avanzaba hacia un futuro decidido por otros, sino hacia uno escogido por ella y, eso, era liberador.

Probablemente fuera una locura, pero ya había tomado una determinación y, ahora que lo había hecho, no recordaba la última vez que algo imposible le había parecido tan emocionante.

A la mañana siguiente, Eleanor descubrió tres verdades fundamentales antes siquiera del desayuno.

La primera: lady Agatha consideraba que cambiar el destino de una sobrina requería puntualidad militar.

La segunda: la señorita Greaves, pese a su apariencia impecablemente serena, podía organizar una conspiración doméstica con la eficiencia de un pequeño ejército. Y la tercera…

—No pienso beber eso.

Eleanor observó con profundo recelo el contenido de la taza que su tía había depositado frente a ella en la mesa del desayuno.

—Es té —respondió Agatha, untando mermelada con absoluta tranquilidad.

—Eso no es té. Tiene un aspecto medicinal.

—Tiene vitaminas.

—Eso confirma mis sospechas.

—Eleanor, si vamos a convertirte en un joven universitario convincente, conviene que no te desmayes en mitad del proceso.

—No planeaba hacerlo.

—Excelente. Entonces, bébetelo —la animó con la mano.

La señorita Greaves, que claramente había decidido mantenerse neutral en cuestiones de resistencia matinal, colocó el resto del desayuno con expresión profesionalmente inescrutable.

—¿Siempre eres así por las mañanas? —preguntó Eleanor, resignándose al fin a probar el brebaje.

Agatha alzó una ceja.

—No, a veces soy peor.

Una hora después, Eleanor empezaba a sospechar que aquello era completamente cierto. A las diez en punto, la campanilla sonó.

—Ah… —dijo Agatha, dejando su taza con una satisfacción alarmante—. Ya está aquí.

—¿Ya está aquí quién?

Agatha sonrió.

—Tu futuro, probablemente… con alfileres.

La señora Baxter resultó ser mucho más intimidante de lo que Eleanor había imaginado, no porque fuese severa, sino porque poseía esa clase de autoridad práctica, silenciosa y absoluta que solo tienen ciertas mujeres que llevan décadas resolviendo problemas ajenos sin paciencia para tonterías.

Era viuda, menuda, de espalda recta, manos expertas y mirada tan precisa que Eleanor tuvo la inmediata sensación de que podría calcular sus medidas, sus inseguridades y sus probabilidades de éxito en menos de treinta segundos.

— Lady Agatha.

—Señora Baxter.

Hubo una pausa y luego la señora Baxter miró a Eleanor directamente.

—Así que esta es la muchacha. —La señora Baxter la rodeó como un estratega ante un mapa de guerra—. He vestido a parlamentarios con peores hombros.

Eleanor prefirió mantenerse callada ante el escrutinio.

Agatha, traidora absoluta, estaba disfrutando visiblemente.

—Señora Baxter —dijo con peligrosa calma—, necesitamos discreción.

—Naturalmente.

—Ingenio.

—Por supuesto.

—Y un milagro moderado.

La señora Baxter se detuvo frente a Eleanor y la observó otra vez. Llevó su mano hasta su mentón y se lo levantó.

—No hará falta tanto. Tiene buena estructura ósea.

Eleanor se quedó inmóvil.

En las siguientes dos horas, la salita se llenó de telas, ideas y medidas que la modista iba apuntando tras tomarlas con la cinta métrica.

—Levante los brazos.

—¿Así?

—No, como alguien que no lleva corsé desde hace años. —Eleanor apretó los labios—. Gire.

—¿Hacia dónde?

—Hacia una vida académicamente fraudulenta, si todo sale bien —bromeó la modista.

Agatha tuvo que sentarse dos veces por culpa de la risa.

Al final, seleccionaron telas oscuras, sobrias y prácticas. Nada que gritase “aristócrata extravagante”. Todo cuidadosamente diseñado para “joven de buena familia, ligeramente reservado y académicamente plausible”.

—¿Cómo ve a mi sobrina, de momento? —se interesó lady Agatha.

—No puede parecer demasiado atractivo —murmuró la señora Baxter, anotando medidas—. Los muchachos excesivamente hermosos generan observación.

Agatha asintió.

—Excelente punto.

La señora Baxter la rodeó de nuevo y tomó un mechón de su cabello rubio oscuro entre sus dedos. Eleanor detectó de nuevo lo que pretendía hacer.

—No —dijo Eleanor inmediatamente, retrocediendo un paso cuando la señora Baxter extrajo unas tijeras con una serenidad escalofriante.

— Lady Eleanor…

—No.

—Solo un poco.

—Eso dicen siempre las personas con tijeras.

Agatha suspiró.

—Nadie va a sacrificarte en nombre de Oxford —bromeó alzando los brazos.

—No, no me convence.

La señora Baxter habló entonces con la autoridad inapelable de una mujer que claramente no repetía argumentos.