Lecciones para una impostora: Oxford no admite señoritas 5 #3
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—Idealmente, rodeada de paredes.

—Agatha…

—Habitación privada o con mínima interacción. Charles, según registros, siempre fue más reservado que particularmente sociable. Eso juega a tu favor.

—¿Y si esperan… que conviva?

—Entonces estudias con intensidad ofensiva, alegas migrañas, modestia o una inclinación preocupante por la soledad. Los hombres excéntricos resultan sorprendentemente tolerables para la sociedad si parecen estudiosos.

—Eso… tiene sentido.

—Gracias.

Eleanor se quedó quieta un instante.

—¿Y comer?

Agatha parpadeó.

—¿Comer?

—Sí, comer. No puedo simplemente dejar de hacerlo por razones estratégicas.

—Pues vas al comedor en tu horario, coges una bandeja y comes.

—¿Con gente?

—A veces.

—Eso es muy arriesgado.

—Pues hablas poco y masticas —alegó su tía como si fuese lógico—. No debería serte imposible.

Eleanor abrió mucho los ojos de repente.

—¿Y bañarme?

Por primera vez en toda la noche, Agatha se quedó callada.

—Ah —dijo.

—“Ah” no es una respuesta tranquilizadora.

Su tía tardó unos segundos en responder.

—Te puedes bañar en tu propia habitación cuando sea posible, puedes bañarte en horarios extraños, poner excusas por enfermedad leve… Créeme, nadie observa tanto como imaginas a un joven aparentemente reservado… especialmente si parece ligeramente incómodo por naturaleza.

—Esto es muy complicado.

—Sí.

—Y humillante…

—Muchísimo.

—Y podría salir terriblemente mal.

—Oh, sin duda, pero ¿y si sale bien? —Agatha la miró entonces con una ternura tan feroz que casi dolió—. Entonces, querida niña… —sonrió—, Oxford no solo recordará a Charles Pembroke, también conocerá a la mente más brillante de su familia.

Eleanor frunció ligeramente el ceño.

—¿Y la firma?

—La aprenderás.

—¿Y si alguien recuerda algo?

—Charles nunca llegó a instalarse. Las expectativas existen más en cartas que en memorias, y el mundo presta menos atención de la que imaginas. Además, cuando Charles fue admitido —siguió Agatha—, tu padre hizo exactamente lo que cualquier padre de su posición habría hecho.

—¿Qué significa eso?

—Preparó recursos financieros.

—¿Ya había pagado? —preguntó, sorprendida.

—No del todo como imaginas. Oxford no funciona como comprar un sombrero y marcharse con él. Había cartas, previsiones, ciertos depósitos, conexiones… y, sobre todo, dinero reservado para cuando Charles se incorporase plenamente.

Eleanor parpadeó.

—¿Reservado?

—Sí.

—¿Y qué ocurrió cuando murió?

Aquello suavizó a Agatha, aunque solo un poco.

—Tu padre dejó de pensar en Oxford. —La respuesta fue tan simple que dolió más—.

No porque no importara —continuó Agatha con suavidad—, sino porque le importaba demasiado.

Era más fácil cerrar el tema que enfrentarlo.

—Eleanor guardó silencio—. Tu madre no podía soportar revisar nada relacionado con ello, así que muchas cuestiones prácticas… quedaron en manos más funcionales.

Eleanor la miró lentamente.

—Tú.

—Sí. No todo el dinero desapareció, Eleanor. Gran parte, simplemente, permaneció como lo que siempre fue: fondos destinados a educar a un Pembroke.

Aquello aterrizó despacio.

—¿Quieres decir…?

Agatha inclinó ligeramente la cabeza.

—Quiero decir que tu padre apartó dinero para enviar a su hijo a Oxford.

Eleanor tragó saliva.

—Pero Charles…

—Charles era Charles —interrumpió Agatha con una ternura feroz—, y murió, pero el dinero no murió con él.

La habitación quedó en silencio.

—¿No sería robar? —dijo Eleanor finalmente, en voz muy baja.

Agatha pareció casi ofendida.

—Por supuesto que no.

—Sería…

—Usarlo exactamente para aquello para lo que fue destinado: educar, precisamente, a un Pembroke.

Las palabras quedaron suspendidas entre ambas con una fuerza casi insoportable.

—¿Y mis padres?

—Tus padres creerán, al menos inicialmente, que Bath requiere ciertos gastos: preparación, vestuario razonable… y quizá algunos asuntos complementarios.

—Eso es muy ambiguo.

—La ambigüedad bien administrada sostiene gran parte de la sociedad británica. —Agatha prosiguió, implacable—. Además, tengo mis propios recursos.

Eleanor alzó la vista.

—¿Tus propios recursos?

—Querida, ser viuda independiente tiene pocas ventajas deliciosas, pero una de ellas es no necesitar permiso para gastar mi dinero de maneras escandalosamente satisfactorias.

—¿Me estás diciendo que financiarías este disparate?

—Te estoy diciendo —corrigió Agatha— que, si hiciese falta, contribuiría encantada a la mayor inversión intelectual de esta familia.

Eleanor se quedó mirándola.

—¿Por qué? —preguntó, emocionada.

Agatha suspiró y, por primera vez, su voz fue menos aguda y más sincera.

—Porque muy pocas veces en esta vida una mujer tiene la oportunidad de empujar a otra hacia la puerta que le negaron a ella. Yo no pude ir, Eleanor. —Aquello cayó como un jarro de agua fría—, pero si tú puedes…

—Entonces —dijo Eleanor, intentando recomponer el pensamiento lógico antes de llorar otra vez, lo cual empezaba a resultar agotador—, ¿la idea sería usar el fondo previsto para Charles… con ayuda tuya si hace falta…? —Agatha asintió—. ¿Y si mi padre revisa las cuentas?

—Tu padre rara vez revisa minucias administrativas cuando algo le resulta emocionalmente doloroso.

Eleanor suspiró lento, abrumada.

—Has pensado en todo esto de verdad —susurró.

Agatha sonrió con serenidad devastadora.

—No, querida. —Se inclinó hacia ella—. He pensado en esto…

desde el momento en que comprendí que el mayor desperdicio de esta familia no fue perder a Charles.

—Eleanor dejó de respirar—. Fue casi perderte a ti también.

—Eleanor se quedó callada durante cerca de un minuto, pensativa, hasta que Agatha tomó el candelabro y caminó hacia la puerta—. Duerme un poco, Eleanor.

—¿Te vas? —preguntó, despertando de sus pensamientos.

—Hay que descansar. Duerme —le ordenó.

—No creo que eso vuelva a ser posible.

—Oh, sí lo será. Estás agotada, solo tardarás más de lo habitual en dejar de pensar. —Abrió la puerta mientras la lluvia seguía cayendo y, antes de salir, se volvió una vez más—. Charles te habría ayudado a falsificar la firma encantado.

Eleanor soltó una risa inesperada, rota y tierna al mismo tiempo.

—Sí.

—Buenas noches, querida.

—Buenas noches, tía.

Se quedó sola otra vez, si bien ya no era exactamente el mismo tipo de soledad.

La puerta se cerró con suavidad y el fuego crepitó.

Eleanor permaneció inmóvil en mitad de aquella pequeña habitación, con el corazón latiéndole como si su vida hubiese cambiado mientras el mundo dormía.

Oxford. La palabra sonaba distinta ahora: ya no como un sueño hermoso y cruelmente lejano, sino como una posibilidad difícil y arriesgada, pero real.

Y, cuanto más pensaba en ello, más insoportable le resultaba la idea contraria: envejecer preguntándose siempre qué habría pasado si hubiese sido lo bastante valiente. Aquello sí sería una condena.

Miró hacia la lluvia, hacia la oscuridad, hacia ese futuro incierto que acababa de abrirse como una grieta luminosa en mitad de todo lo que conocía, y pensó en Charles, en cómo habría sonreído antes de decirle que dejase de dudar tanto.

—Ayúdame a ser lo bastante valiente —susurró al vacío, como si de algún modo su hermano aún pudiese escucharla.

La lluvia respondió golpeando suavemente la ventana y, por primera vez desde su muerte, Eleanor no pensó únicamente en lo que había perdido, también pensó en lo que, quizá gracias a él, aún podría llegar a alcanzar.