5 #2
Podía verlo, Charles riendo, diciendo algo completamente imprudente como: “Bueno, Eleanor, si vas a escandalizar a Inglaterra, al menos hazlo correctamente”.
La imagen fue tan vívida que, por un segundo, casi lo sintió allí, y eso… eso terminó de romperla.
Se cubrió la boca, riendo y llorando al mismo tiempo, completamente indefensa ante la mezcla brutal de duelo, amor y esperanza.
Agatha no dijo nada, solo la abrazó, como si entendiera perfectamente que algunas decisiones, antes de poder pensarse, primero debían llorarse.
—Lo echo muchísimo de menos —susurró Eleanor contra su hombro.
—Lo sé.
—Siento que… que si hago esto…
—¿Sí?
—Será como llevar una parte de él conmigo.
Agatha cerró los ojos.
—Eso es exactamente lo que sería.
Hubo un silencio largo, tierno y devastador, hasta que, finalmente, Eleanor se apartó secándose el rostro con una dignidad algo impostada.
—Sigue siendo una idea espantosa.
—Por supuesto.
—Peligrosa.
—Muchísimo —arrastró la palabra haciéndola más larga.
—Probablemente ilegal en algún sentido.
—Sin duda.
Eleanor inspiró hondo y miró la lluvia a través de la ventana.
Aquella era la mayor locura que alguien le había propuesto nunca, pero ¿acaso no era lo que más deseaba en el mundo? Tenía una oportunidad, una sola… ¿sería lo suficientemente valiente como para tomarla, como para tomar lo que el mundo le negaba?
Eleanor recuperó la compostura y miró a su tía con determinación.
—¿Qué tendría que hacer?
Agatha sonrió, pero no como si fuese un triunfo, sino con orgullo.
—Primero —dijo con calma exquisita—, llegar a Bath. Después, veremos cuánto de Charles puede prestarte el mundo.
—¿Y cuánto de Eleanor tendría que ocultar?
Agatha sostuvo su mirada.
—Solo lo suficiente para entrar.
Eleanor respiró hondo, sintiendo el peso absoluto de lo que aún no comprendía del todo.
—Mi madre, tu hermana —enfatizó—, se desmayaría.
—Probablemente. —Se encogió de hombros.
—Mi padre podría matarte.
—Eso dependerá enteramente de tu éxito. —Situó las manos sobre los brazos de su sobrina, con firmeza—. Tu vida quizá acaba de empezar a parecerse, por fin, a algo que realmente podría pertenecerte.
Lady Eleanor Pembroke contempló por primera vez la posibilidad de convertirse en algo que jamás se le había permitido imaginar. No sería una debutante, sino una muchacha lo bastante valiente como para intentar entrar donde nunca había sido invitada.
Durante un largo momento, ninguna de las dos habló, no porque ya no quedase nada importante por decir, sino porque, a veces, las ideas verdaderamente enormes necesitaban asentarse.
Eleanor se sentó lentamente en el borde de la cama, como si sus piernas hubiesen decidido por su cuenta que toda aquella conversación exigía apoyo estructural inmediato.
—Esto es una idea terrible —murmuró por fin.
Agatha, que seguía de pie junto al fuego, asintió.
—Las mejores suelen empezar así.
—Hablo en serio. Es terrible, de verdad.
—Yo también —contestó su tía.
—Podrían descubrirlo en un día.
—Podrían —le dio la razón.
—En una hora, probablemente.
—Eleanor —la cortó.
—¿Qué?
—Tu tendencia al dramatismo empieza a parecerme hereditaria.
Eleanor apretó los labios y se removió nerviosa sobre el colchón.
—No sé comportarme como Charles.
Aquello sí era real, el miedo a ser descubierta y al escándalo posterior.
—No —dijo Agatha con calma—. Y no deberías.
Eleanor alzó la vista.
—¿Cómo?
Agatha se acercó despacio.
—No se trata de convertirte en una copia absurda de tu hermano, querida. No necesito otro Charles. —Su voz se suavizó—. Lo quería demasiado como para pretender reemplazarlo.
Eleanor sintió algo estremecerse dentro de ella.
—Entonces, ¿qué?
Agatha sonrió.
—Charles te abre la puerta. Tú decides qué clase de hombre debe cruzarla.
Eleanor negó con la cabeza, medio horrorizada y medio fascinada.
—No podría parecer suficientemente convincente.
Agatha arqueó una ceja.
—Eres alta —le recordó.
—Bueno...
—Más que muchas mujeres —enfatizó su tía.
—Eso no me convierte en un estudiante universitario.
—Tienes inteligencia. —La señaló con la mano.
—Eso tampoco suele bastar.
—Tienes disciplina cuando algo te importa.
—Eso… eso sí es cierto —le dio la razón.
—Y, además… —Agatha hizo una pausa calculada—, posees la fortuna genética de parecer considerablemente más joven cuando estás enfadada.
—¿Perdón?
—Podría ser útil.
—No puedo creer que estés evaluando mis rasgos faciales para un fraude académico.
—Créeme, yo tampoco esperaba pasar esta noche aquí, pero una debe adaptarse a las circunstancias.
—Eleanor suspiró con la mirada perdida, debatiéndose aún entre dos opciones: aceptar aquella locura o dejarla pasar—.
Te vi llorar el día que llegó la carta de Oxford —le susurró su tía.
Aquello la atravesó, porque había creído durante años que nadie había comprendido realmente por qué lloró tanto aquel día—.
Te vi feliz por él —dijo Agatha suavemente—.
Pero también vi esa otra parte, la que intentaste ocultar incluso entonces.
—Eleanor no podía hablar—. Y cuando él falleció, encontré la carta y pensé… qué desperdicio tan monstruoso.
Las lágrimas volvieron.
—Tía…
—No sabía si alguna vez existiría una posibilidad real —continuó Agatha—. Quizá nunca. Quizá solo era una fantasía impropia de una mujer demasiado testaruda. Pero si existe una mínima oportunidad de que puedas tener algo parecido a lo que Charles habría querido para ti…
—¿Para mí?
—Por supuesto que para ti. —Agatha pareció casi ofendida—. ¿De verdad crees que tu hermano, con lo devoto que era contigo, habría preferido sus libros cerrados a que tú pudieras usarlos?
Eleanor soltó una risa rota. No, claro que no. Charles probablemente habría falsificado documentos por media Inglaterra él mismo si eso hubiese significado verla entrar.
Eleanor respiró hondo.
—De acuerdo —dijo por fin, cruzándose de brazos con una dignidad considerable para alguien a quien acababan de arrancar del sueño para proponerle un fraude académico—. Supongamos, solo por pura locura temporal, que aceptase siquiera contemplar esto.
Agatha alzó una ceja.
—Excelente. Tu tono ya empieza a sonar imprudente.
—No bromees, todavía estoy intentando decidir si esto es brillante o absolutamente descabellado.
—Las dos cosas pueden coexistir.
—Tía…
—Sí, sí, continúa.
Eleanor respiró hondo.
—¿Qué necesitaría?
Agatha parpadeó.
—¿Cómo?
—Si… —hizo una pausa—, si tuviese que parecerme a Charles. ¿Qué necesitaría para no parecer… —bajó la voz— una chica?
Por primera vez desde que había comenzado aquella conversación, Agatha sonrió con la satisfacción serena de una mujer que, en efecto, ya llevaba demasiado tiempo pensando en ello.
—Ah —dijo, acomodándose mejor en la silla—. Por fin has llegado a la parte verdaderamente interesante.
Eleanor la miró fijamente.
—Eso significa que tienes un plan.
—Naturalmente —se encogió de hombros—. Además… te va a entusiasmar —dijo alzando las manos, lo que provocó que Eleanor pusiese los ojos en blanco. Agatha cruzó una pierna con calma exquisita, como si en realidad no estuviese a punto de diseñar una infiltración social—. Primero, llegamos a Bath.
—Sí —confirmó ella.
—Bath significa tiempo, privacidad razonable y, lo más importante, la señora Baxter.
—¿Quién es la señora Baxter?
—Una viuda, costurera, modista excelente, discreta por vocación y absolutamente incapaz de escandalizarse a estas alturas de la vida. —Eleanor la miró con interés—. Le confeccionó a un coronel una chaqueta mientras huía de una amante furiosa en 1809. Créeme, sabrá manejarte.
Eleanor se quedó mirándola.
—No sé qué parte de esa historia me preocupa más.
—Lo importante es que puede adaptar ropa y hacerla a tu medida.
—¿Ropa de hombre?
—Ropa de joven estudiante: chalecos, camisas, pantalones, abrigos…
Eleanor bajó la vista hacia sí misma, evaluando de repente la totalidad de su existencia física.
—No tengo exactamente… forma de joven estudiante.
—Tienes menos problema del que imaginas. Capas, estructura, postura, vendajes moderados y la ropa bien cortada hacen milagros, querida.
—Eso de “vendajes moderados” no suena nada bien, tía —se quejó Eleanor.
—No tienen por qué ser cómodos, solo eficaces. —Agatha señaló su cabeza—. Segundo, el cabello.
Eleanor se llevó inmediatamente una mano a la cabeza.
—No.
—Eleanor.
—No.
—Ni siquiera he terminado.
—No necesito más detalles. No.
Agatha suspiró con paciencia.
—Nadie ha dicho que debamos afeitarte la cabeza. Pero, querida, tu cabello actualmente anuncia “debutante distinguida” incluso en la penumbra.
—No pienso quedarme calva.
—No he sugerido semejante tragedia. Solo… reducir.
—¿Cuánto?
Agatha la observó, calculando.
—Lo suficiente para ocultarlo bien. Hasta una longitud más práctica. Podrá recogerse, sujetarse, esconderse bajo gorros o peinados masculinos.
—¿Y seguiré pareciendo yo?
Lo dijo con un tono más vulnerable de lo que Eleanor pretendía.
Agatha suavizó el gesto.
—Sí. No quiero borrarte, Eleanor, solo ayudarte a atravesar una puerta que no se abrirá si vas vestida como para un vals.
—De acuerdo, cortaremos un poco —concedió finalmente, como quien firma un tratado bajo presión—. Solo un poco.
—Maravilloso, ya negocias como una Pembroke. —Eleanor suspiró—. Bien. Ropa, cabello… ¿qué más?
—¿Voz? —dijo Eleanor más agudo de lo que pretendía.
—No necesitas sonar como un barítono enfadado. Solo menos… tú cuando estás en sociedad. Más breve, más contenida, menos musical… Los hombres interrumpen más y explican peor; con observarlos bastará. —Eleanor soltó una risa y Agatha levantó otro dedo—. La postura, el paso… todo con menos gracia.
—¿Menos gracia?
—Sí, caminas demasiado bien.
—Jamás imaginé que eso pudiese ser una desventaja.
—Para una mujer, no; para un muchacho de dieciocho años, quizá sí.
Eleanor se puso en pie y empezó a pasear por la habitación.
—De acuerdo… supongamos que milagrosamente no me descubren al entrar. —Se giró de golpe—. ¿Y la habitación?
Agatha parpadeó.
—¿Qué pasa con ella?
—Tendría una habitación.
—Sí.
—En una universidad.
—Sí.
—Rodeada de hombres.
Agatha hizo una pausa.