5
La lluvia había cambiado durante la noche.
Ya no era aquella llovizna suave y elegante que había acompañado su llegada a Marlborough, sino una lluvia más constante, delicada pero persistente, que golpeaba los cristales de la posada con ese ritmo hipnótico capaz de transformar el sueño en algo más profundo.
Eleanor dormía lo bastante profundo como para que, cuando el sonido llegó, tardara varios segundos en asimilarlo.
Tres golpes suaves en la puerta.
Eleanor abrió los ojos de golpe y, durante un instante confuso, no recordó dónde estaba.
Aquello no era Grosvenor Square ni Londres. No era su habitación habitual. Solo había penumbra, el sonido de la lluvia, el fuego reducido a brasas tenues… y, de nuevo, golpes acelerados en la puerta de su habitación.
Se incorporó, sobresaltada, con el corazón latiendo más deprisa.
—¿Sí? —preguntó medio dormida, apartándose el cabello del rostro—. ¿Quién…?
—No temas, querida. No soy un asesino —respondió la voz de lady Agatha al otro lado de la puerta—. Aunque admito que la iluminación podría resultar dramática.
Eleanor exhaló aliviada.
—Tía…
Se levantó a toda prisa, envolviéndose en una bata ligera, y cruzó la habitación algo desorientada.
Al abrir, encontró a Agatha en el pasillo, descalza bajo su propia bata, con un candelabro en una mano, la expresión extrañamente seria y el aspecto inconfundible de una mujer que había tomado una decisión peligrosa.
—¿Ocurre algo? —preguntó Eleanor, frotándose los ojos—. ¿Ha pasado algo?
—Sí —respondió Agatha, entrando sin esperar invitación—. Llevo una hora intentando no pensar en ello… y claramente ha sido inútil.
Cerró la puerta tras de sí con el pie.
El resplandor cálido de las velas llenó la habitación de sombras temblorosas.
Fuera, la lluvia siguió cayendo; dentro, Eleanor empezó a despertar del todo.
—¿Qué pasa? —preguntó, pasándose los dedos por los ojos—. ¿Estás bien?
Agatha dejó el candelabro sobre la cómoda, pero no se sentó enseguida. Caminó unos pasos, despacio, como si estuviera ordenando pensamientos demasiado grandes para pronunciarlos mal.
—Dime una cosa, Eleanor.
—¿El qué? —preguntó, ocultando un bostezo tras la mano.
Su tía se giró y la observó unos segundos en los que Eleanor enarcó una ceja hacia ella.
—¿Hasta qué punto deseas realmente aprender?
Eleanor frunció ligeramente el ceño.
—¿Cómo?
Agatha dio unos pasos hacia ella.
—No hablo de leer en secreto o discutir con hombres aburridos para conservar la cordura. Hablo de verdad. De estudiar, de entrar donde Charles iba a entrar, de sentarte donde él habría estado… de aprender como siempre has querido.
El nombre de Charles, incluso susurrado en mitad de la noche, tuvo el efecto inmediato de una herida y una caricia al mismo tiempo.
Eleanor tragó saliva.
—No bromees con eso —pronunció, bajando la mirada.
—No estoy bromeando.
La lluvia golpeó más fuerte por un instante.
—Tía…
—Respóndeme —exigió.
Eleanor la observó, confundida, pero también alerta, pues algo en la voz de Agatha había cambiado.
—Lo deseo más que nada —admitió al fin, en voz baja—. Pero da igual cuánto lo desee.
—¿Da igual?
—Sí.
—¿Por qué?
Eleanor soltó una risa débil y triste.
—Porque no soy Charles.
Aquello quedó suspendido entre ambas.
Agatha la miró con una intensidad tan extraña, tan medida, que Eleanor dejó de respirar durante un segundo.
—No —dijo suavemente—. No eres Charles. —Alzó el mentón—. Pero eres un Pembroke. Eres igual de brillante, igual de curiosa y, si me permites decirlo, considerablemente más organizada.
Eleanor parpadeó.
—No entiendo…
Agatha se acercó despacio.
Su expresión había dejado de ser solo seria. Ahora era tierna, dolorosa y decidida.
—Cuando tu hermano murió… todos asumieron que sus libros se cerrarían con él, que sus cartas dejarían de importar y que su lugar, simplemente, desaparecería. —Eleanor sintió cómo el corazón empezaba a latirle con fuerza.—. Pero yo no.
—Agatha…
—Guardé cosas.
Aquellas palabras provocaron que Eleanor ladease su cuello.
—¿Qué cosas?
—Cartas, documentos, correspondencia, la admisión de Charles…
El aire abandonó el pecho de Eleanor.
—¿Qué?
—No hice todo lo que debía hacerse —continuó Agatha y, aunque la situación debería haber parecido escandalosa, su voz sonaba casi reverente—, una parte de mí, quizá absurda e imprudente, no soportaba la idea de cerrar esa puerta del todo.
Eleanor la miraba ahora como si el suelo hubiese desaparecido.
—¿Por qué?
Agatha sonrió con tristeza.
—Porque te veía mirar esa puerta igual que él.
—Las lágrimas acudieron demasiado rápido—.
Lo querías para él —susurró Agatha—, pero también lo querías para ti.
Y yo lo sabía. —Nadie había dicho aquello antes, nadie.
Agatha alzó una mano y apartó con ternura un mechón del rostro de su sobrina—.
Charles te adoraba, Eleanor, y si hay algo que sé con absoluta certeza es que no habría soportado que todo aquello muriera con él, si existía la más mínima posibilidad de que tú pudieras hacerlo tuyo.
Eleanor sintió que algo en su interior se rompía.
—No puedes estar diciendo…
—Escúchame bien —dijo Agatha y, por primera vez en toda su vida, Eleanor obedeció sin mediar palabra—.
No te propongo reemplazar a tu hermano. —Sus ojos brillaban—.
Te propongo honrarlo. —El silencio fue absoluto, incluso la lluvia pareció contenerse—.
Charles iba a ir a Oxford —continuó Agatha, con una voz tan suave que dolía—.
Y quizá el mundo sea demasiado ciego para imaginar que una hermana pueda merecer ese mismo destino… pero yo no lo soy.
Eleanor negó con la cabeza.
—Es imposible.
—No.
—Es una locura.
—Sí —admitió Agatha, con sorprendente tranquilidad—. Pero las mejores decisiones de esta familia rara vez han parecido prudentes al principio.
—Tía… —su voz se quebró—. ¿Qué estás diciendo exactamente?
Agatha respiró hondo y, entonces, bajo la lluvia, la luz temblorosa de las velas y el eco de todo lo que Charles había sido, pronunció las palabras que cambiarían la vida de Eleanor para siempre.
—Digo que, si aún existe una puerta abierta para Charles Pembroke, quizá sea hora de decidir si eres lo bastante valiente como para cruzarla.
El mundo no se detuvo, sin embargo, Eleanor habría jurado que sí. La lluvia seguía golpeando el cristal, el fuego aún respiraba en brasas tenues y la luz de las velas titilaba, pero algo en el aire había cambiado tan por completo que incluso respirar parecía distinto.
Eleanor permaneció inmóvil junto a la cama, mirándola. No exactamente a su tía, sino a la posibilidad imposible que acababa de depositar entre ambas, como si no fuera, sencillamente, la idea más escandalosa, peligrosa y profundamente absurda que Eleanor había oído jamás.
—Eso… —comenzó, pero su propia voz sonó extraña, demasiado pequeña para todo lo que intentaba contener—, eso es una locura.
Agatha asintió con sorprendente serenidad.
—Sí.
—Una locura enorme.
—Sin duda —confirmó su tía.
—Una locura que podría destruirnos socialmente.
—Muy probablemente.
—¿Y esa es tu propuesta? —preguntó asombrada.
—No exactamente —respondió Agatha, acomodándose por fin en la silla junto al fuego, como si estuviesen hablando de algo tan razonable como el clima—. Mi propuesta es considerablemente peor.
Eleanor la miró fijamente.
—No sé si eso me tranquiliza o debería hacerme saltar por la ventana.
—No lo hagas. —La señaló con el dedo—. Estamos en el primer piso, sería un gesto dramático, pero poco eficaz.
—Tía…
Agatha sonrió con disimulo, pero la ternura seguía ahí.
—Escúchame. —Eleanor tragó saliva—. No estoy diciendo que esto sea fácil —continuó Agatha—. Ni seguro, ni siquiera particularmente sensato.
—Gracias por tu honestidad.
—Pero sí creo que es posible ejecutarlo con preparación e inteligencia.
Los ojos de Eleanor bajaron, involuntariamente, hacia sus propias manos, pequeñas y delicadas, femeninas según todo el mundo.
—No parezco Charles.
Aquella apreciación salió más rota de lo que pretendía.
Agatha guardó silencio un instante y, cuando habló, lo hizo con una dulzura tan inesperada que Eleanor sintió un nudo doloroso en la garganta.
—No, querida. Gracias a Dios. —Eleanor alzó la vista—.
Charles era brillante —continuó Agatha—, bondadoso, curioso, y te habría entregado sus libros con una sonrisa sincera.
Pero tú… —Se inclinó un poco hacia ella—, tú eres Eleanor.
—Por alguna razón absurda, eso dolió más, porque toda su vida había sentido que “ser Eleanor” era precisamente el problema.
Agatha, como siempre, leyó demasiado bien su silencio—.
No quiero que desaparezcas dentro de tu hermano —dijo con firmeza—.
No se trata de borrarte, se trata de abrir una puerta que jamás debió cerrarse solo porque naciste mujer.
Las lágrimas acudieron otra vez, furiosas e inoportunas.
—¿Y si no puedo?
—Entonces, al menos, habrás vivido intentando algo que deseabas de verdad.
—¿Y si nos descubren?
Agatha suspiró.
—Entonces, con toda probabilidad, yo seré recordada como una influencia escandalosa y tú como una amenaza académica. Hay destinos peores —acabó, encogiéndose de hombros.
Pese a todo, Eleanor sonrió tímidamente.
—Hablas como si eso fuese una excursión ligeramente arriesgada.
—Oh, no… será agotador.
—Eso mejora muchísimo las cosas.
Agatha se levantó y cruzó lentamente la pequeña habitación hasta quedar frente a ella.
—Mírame. —Eleanor obedeció—. ¿Sabes qué creo de verdad?
—Agatha alzó una mano y tomó su rostro con una ternura que desarmó cualquier intento de bromear—.
Creo que has pasado demasiado tiempo pidiendo disculpas, aunque sea en silencio, por querer más de lo que este mundo decidió ofrecerte.
—La respiración de Eleanor vaciló—. Y Charles…
—Agatha sonrió con tristeza—, Charles te habría empujado a esto con entusiasmo criminal.
Eleanor soltó una risa quebrada porque era verdad.