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The Castle & Falcon se alzaba en una esquina prominente de la calle, sólida, respetable y mucho más impresionante de lo que Eleanor esperaba de una simple parada de viaje.
La fachada de piedra clara estaba enmarcada por ventanas altas, postigos oscuros y un amplio portal cubierto, bajo el cual se refugiaban algunos viajeros.
Un letrero de hierro forjado oscilaba suavemente con la brisa, mostrando un halcón tallado con sorprendente elegancia.
No era ostentoso, pero sí distinguido. Se trataba, sin duda, de la clase de lugar que prometía camas limpias, buena comida y escasas posibilidades de asesinato.
—Bueno —dijo Eleanor al bajar del carruaje mientras las primeras gotas serias comenzaban por fin a caer sobre el empedrado—, parece más respetable de lo que esperaba.
—Querida, nunca subestimes mi compromiso con una buena almohada.
Un mozo acudió a recoger el equipaje mientras ambas cruzaban el umbral.
Eleanor se detuvo al entrar. Dentro, la posada era cálida, no simplemente por el fuego encendido en la gran chimenea del salón principal, sino por otra clase de calidez: la madera oscura, las vigas robustas, los candelabros dorados, el murmullo de los viajeros cansados y el aroma a pan recién horneado, carne asada y lluvia sobre la piedra.
Después de semanas de perfección londinense, aquel lugar se sentía humano.
Había comerciantes, una pareja mayor, dos caballeros empapados junto al fuego, una mujer con niños pequeños y el posadero, que recibió a lady Agatha con esa mezcla precisa de respeto y alivio reservada para clientas que claramente sabían lo que querían.
—Dos habitaciones —anunció Agatha—. Cenas calientes, sábanas decentes y, si el colchón intenta matarme, lo consideraré algo personal.
—Como siempre, lady Agatha —respondió él con la serenidad de quien ya la conocía.
Eleanor la miró.
—¿Has estado aquí antes?
—Varias veces. Intento no repetir errores… especialmente los de hospedaje.
Su habitación resultó ser pequeña, pero encantadora: una cama con dosel modesto, pero acogedor, colchas limpias, una cómoda de nogal, una jarra con agua, una silla junto a la ventana y una chimenea pequeña donde ya crepitaba el fuego suficiente para ahuyentar cualquier frescor de lluvia.
La ventana daba a la calle, donde las gotas comenzaban a repiquetear con más constancia sobre piedras y tejados.
No era una tormenta violenta, solo lluvia veraniega refrescante. —Admito —dijo Eleanor al dejar sus guantes—, que esto mejora notablemente cualquier salón de baile.
—Naturalmente —respondió Agatha desde la puerta—. Aquí nadie intenta casarte antes del postre.
Bajaron a cenar poco después. El comedor principal estaba más concurrido ahora, pero seguía conservando esa atmósfera acogedora de refugio temporal. La cena fue sencilla y abundante: un estofado, pan, verduras, vino para Agatha y una conversación sorprendentemente tranquila.
—Bien —dijo Agatha, dejando la servilleta sobre su regazo mientras observaban cómo les servían la cena—. Sé sincera, Eleanor… ¿apruebas mi elección o debo sentirme personalmente ofendida?
Eleanor examinó el estofado y el pan aún caliente.
—De momento, hay comida caliente, una silla cómoda y ninguna madre vigilando mis modales… así que diría que esto roza la perfección —bromeó.
Agatha sonrió con satisfacción.
—Excelente. Temía haber perdido facultades —dijo, hundiendo la cuchara en el estofado.
Eleanor probó un bocado y alzó las cejas.
—Además… esta muy bueno, mejor que varias cenas londinenses.
—Ah, pero aquí cocinan para alimentar personas, no reputaciones —le hizo un gesto gracioso su tía.
Eleanor soltó una risa suave, más relajada de lo que había estado en semanas.
—¿Cuántas veces te has hospedado aquí?
Agatha tomó su copa con absoluta calma.
—Las suficientes para saber qué habitaciones evitar, qué sopa merece la pena… y que el posadero tuvo una breve pero desastrosa etapa poética hace seis años.
Eleanor parpadeó.
—¿Poética?
—Terrible. Rimaba “amor” con “ardor” con una frecuencia criminal —sonrió.
Eleanor miró de reojo al posadero.
—¿En serio? —le susurró. Su tía asintió—. Vaya… —luego la miró—, pero eso no responde a mi pregunta.
—No, pero mejora la historia.
—Tía…
Agatha suspiró, como si se enfrentara a una investigación.
—He pasado por aquí varias veces de camino a Bath… y alguna que otra cuando necesitaba salir de Londres antes de estrangular a alguien o a mi difunto esposo.
Eleanor la miró por encima de la copa.
—Excelente razón para abandonar Londres —la señaló con la cuchara.
—Lo es. Te sorprendería la cantidad de decisiones inteligentes que toman forma cuando una se aleja de Grosvenor Square. —Eleanor se quedó callada y Agatha la observó—. ¿Qué ocurre, querida?
Eleanor giró ligeramente la copa entre sus dedos.
—Es extraño.
—¿El qué?
—Marcharme… y sentirme más libre en una posada en mitad del camino que en toda una temporada en Londres. —Agatha no respondió—. Hoy, mientras viajábamos… —continuó, mirando el fuego más que a su tía—, no he dejado de pensar en Charles. —Agatha guardó silencio—. Él habría amado esto.
—Probablemente habría criticado el estado del camino —bromeó ella.
—Sí —admitió Eleanor, sonriendo con tristeza—.
Pero también habría hablado todo el trayecto sobre Oxford.
—Agatha no se movió—. Creo que nunca he deseado casarme ni la mitad de lo que habría deseado aprender…
y no sé qué hacer con eso, porque por mucho que intente convencerme de que debería bastarme con lo que tengo… no me basta.
Agatha sostuvo su mirada un instante más de lo habitual.
—Oh, Eleanor… eso no te convierte en ingrata ni en extraña, solo significa que tu mundo se te ha quedado pequeño. —Agatha sonrió, y había algo profundamente tierno en sus ojos—. Oxford se pierde una gran mente y, lo que quizá sea aún más trágico para ellos, también a una gran mujer.
Durante un segundo, Eleanor no supo qué decir. Algunas frases, cuando tocaban donde más dolía, no parecían ser de consuelo, sino simplemente una revelación de la verdad.
Agatha la observó un momento más, como si aún estuviese pensando algo que no terminaba de decir en voz alta, y luego bajó la vista hacia el plato de su sobrina.
—Bien —dijo, recuperando parte de su tono habitual—. Considerando que has terminado de cenar y mañana aún nos queda bastante camino, creo que por esta noche basta de crisis existenciales. —Eleanor soltó una pequeña risa—. Vamos a descansar.
Se levantaron y cada una se retiró a su habitación mientras la lluvia seguía repiqueteando suavemente contra las ventanas de la posada.
Eleanor se quedó un instante junto a la ventana, mirando la noche, pensando y, por primera vez, aquel viaje no se sintió solo como una despedida de Londres, sino como el posible comienzo de algo mucho más grande, algo que, aunque todavía no comprendía del todo, prometía cambiarla para siempre.