Lecciones para una impostora: Oxford no admite señoritas 4
15%

4

El final de la temporada londinense llegó exactamente como Eleanor había sospechado:

con más dramatismo por parte de su madre del estrictamente necesario.

—No digo que haya sido un desastre —declaró lady Beatrice Pembroke desde la escalinata principal de la residencia de Grosvenor Square, con ese tono tan específico que toda hija reconocía como precursor inmediato de una crítica cuidadosamente estructurada—, pero desde luego tampoco ha sido… ideal.

—Qué alivio —respondió Eleanor mientras el mayordomo colocaba otro baúl en el carruaje—. Durante un momento temí haber arruinado tu debut.

Lady Beatrice cerró los ojos con la profunda resignación de una mujer cuya hija había sobrevivido a toda una temporada social sin comprometerse, sin desarrollar entusiasmo matrimonial y, lo que probablemente resultaba aún peor, con un sentido del humor intacto.

Era finales de julio y Londres comenzaba, por fin, a vaciarse de carruajes brillantes, bailes interminables y madres estrategas. Muchas familias regresaban a sus propiedades de campo; otras viajaban por salud, conveniencia o puro agotamiento social.

Los Pembroke, tras una cantidad considerable de discusión, suspiros y argumentos maternales sobre “replantear estrategias futuras”, habían aceptado lo inevitable: lady Eleanor Pembroke pasaría el resto del verano con su tía Agatha en Bath, descansando y descubriendo una forma distinta de tranquilidad.

Extraoficialmente, lady Beatrice sospechaba que un cambio de entorno podría evitar que su hija continuase espantando posibles candidatos en un futuro.

Eleanor, por su parte, consideraba aquello como una victoria tan extraordinaria que había tenido la prudencia de no parecer demasiado satisfecha, solo ligeramente.

—Asegúrate de llevar el chal azul —insistió lady Beatrice por tercera vez, mientras una doncella reorganizaba algo que probablemente ya estaba perfectamente colocado—. Las noches pueden refrescar.

—Madre, voy a Bath, no al Ártico.

—Eleanor.

—Llevaré el chal —contestó, arrastrando las palabras.

—Y escribe.

—Sí.

—Con frecuencia —insistió su madre.

—Sí.

—Y con detalle.

—Madre, volveré antes de que te des cuenta, no me voy a una expedición naval durante años.

Lady Agatha, ya acomodada cerca del carruaje con la tranquilidad de una mujer profundamente satisfecha consigo misma, intervino antes de que Beatrice decidiera prolongar indefinidamente el proceso de despedida.

—Por el amor de Dios, Beatrice, no la enviamos a Constantinopla.

—No estoy dramatizando —pronunció su madre intentando suavizar un puchero.

Lord Henry, observando la escena con admirable serenidad desde el pie de la escalinata, murmuró lo bastante bajo como para que solo Agatha lo oyera.

—Eso es discutible.

Agatha tuvo la decencia de convertir su carcajada en tos.

Lord Pembroke, como hombre sabio y claramente entrenado por años de matrimonio, optó por no ampliar su comentario.

La mañana era luminosa; el carruaje, impecable; y la casa entera parecía funcionar bajo esa mezcla peculiar de eficiencia doméstica y emoción genuina que acompañaba toda partida respetable.

Baúles, sombrereras, cajas de libros: más de las que lady Beatrice consideraba necesarias y, por supuesto, menos de las que Eleanor hubiese preferido.

—Agatha —dijo finalmente lady Beatrice, con la solemnidad de una madre entregando una responsabilidad delicada al miembro más impredecible de la familia—. Confío en ti.

Agatha la miró.

—Hermana, sabes que eso es bastante imprudente, ¿verdad?

—bromeó Agatha. Su hermana la miró con los ojos muy abiertos—.

Sí, sí, no pongas esa cara. Me encargaré bien de ella, no te preocupes tanto.

—Luego se volvió hacia Eleanor con esa expresión traviesa que siempre prometía posibilidades alarmantes—.

La llevaré sana, salva y razonablemente alimentada a Bath.

—Eso último no me tranquiliza —murmuró Beatrice.

—Haremos noche en Marlborough —continuó Agatha, ignorándola con experiencia magistral—, en The Castle aquella despedida despertaba recuerdos demasiado dolorosos de cuando habían tenido que despedirse de su hermano.

Aunque no fuese exactamente lo mismo, estar lejos de ella durante un tiempo también les resultaba difícil.

Poco después, el carruaje recorría las calles de Londres para dirigirse hacia Bath, donde esperaba encontrar la calma y la paz que tanto necesitaba después de su primera temporada londinense.

El trayecto, para sorpresa de Eleanor, no resultó tan insoportable como su madre había predicho.

No fue especialmente cómodo. Desde luego, ningún viaje prolongado en carruaje estaba diseñado para mantener la dignidad de la columna vertebral, pero sí fue infinitamente más llevadero que una temporada completa de bailes, sonrisas estratégicas y conversaciones sobre candidatos “prometedores”, y, lo que era aún mejor…

no había pretendientes. Solo ese hecho ya convertía el día en una mejora sustancial.

Habían partido temprano de Londres, cuando la ciudad aún conservaba parte de esa agitación elegante de finales de temporada: criados cerrando portones, carruajes cargados, damas despidiéndose y familias enteras regresando a sus respectivas vidas más allá del teatro social de Grosvenor Square.

Poco a poco, sin embargo, Londres había quedado atrás.

Sus avenidas ordenadas se transformaron en caminos más amplios, colinas suaves, campos de verano y pueblos salpicados de piedra, posadas y viajeros.

Eleanor pasó buena parte de la mañana observándolo todo con una curiosidad casi infantil, agradecida por la simple posibilidad de mirar algo distinto a salones de baile.

Habían hecho una pausa al mediodía en una posada cerca de Reading, donde Agatha declaró con solemnidad que cualquier establecimiento capaz de ofrecer pan caliente, queso decente y té sin sabor a tragedia merecía respeto.

Eleanor, que llevaba semanas sobreviviendo a desayunos sociales donde cada bocado parecía supervisado, encontró extraordinariamente liberador comer sin tener que preocuparse por posturas, sonrisas o si un vizconde la consideraba “agradable”.

—Esto —declaró, partiendo pan con considerable satisfacción—, es probablemente lo más feliz que he estado en semanas.

—Y solo ha hecho falta sacarte de Londres —respondió Agatha.

Después, continuaron el viaje durante toda la tarde. El cielo había empezado a cambiar, no de forma alarmante, sino gradual, con nubes más densas, luz más gris y aire más fresco.

El calor del verano cedió lo justo para volver el paisaje aún más agradable y, cuando por fin divisaron Marlborough, con sus edificios de piedra, tejados inclinados y ese encanto práctico de lugar acostumbrado a viajeros, el primer indicio de lluvia comenzó a perfumar el aire.

No era tormenta, solo esa llovizna inicial, suave y prometedora, que parecía refrescar el ambiente.

—Justo a tiempo —murmuró Agatha mientras el carruaje avanzaba por la calle principal—. Una entrada dramática siempre mejora una llegada.