Lecciones para una impostora: Oxford no admite señoritas 3 #2
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Sus dedos rozaron el lomo con una delicadeza reverente y, entonces, volvió a verlo en su mente.

—¡Admitido! —gritaba Charles irrumpiendo en la biblioteca, agitando aquella carta como si contuviese el mundo entero—. Oxford.

La emoción en su voz, la felicidad pura, el orgullo…

Dios, había estado tan feliz por él, tan absurdamente feliz que apenas podía respirar de alegría mientras leía aquella carta una y otra vez, como si fuera suya por pura proximidad emocional.

Y, bajo toda aquella felicidad…, la punzada amarga de la envidia.

No de Charles, nunca de él; de la posibilidad.

De saber, con una certeza casi física, que ella habría amado aquello del mismo modo… o incluso más.

Los ojos se le llenaron de lágrimas antes de que pudiera impedirlo.

—Lo echo muchísimo de menos —admitió, con una voz más frágil de lo habitual.

Agatha no intentó interrumpirla, solo escuchó—.

Con él podía hablar de cualquier cosa. No tenía que fingir interés por tonterías ni parecer menos curiosa de lo que soy.

Podía preguntarle cosas, discutir, llevarle la contraria…

—sonrió a través de la tristeza—. Siempre decía que yo discutía como un abogado enfadado.

Agatha sonrió también.

—No iba desencaminado.

Eleanor suspiró.

—Me habría dado sus libros. Todos. Latín, griego, matemáticas… hasta sus apuntes horribles.

—¿Horribles?

—Su caligrafía era un crimen —respondió rápidamente.

—Eso sí lo recuerdo.

Eleanor tomó el libro entre las manos.

—Pero me los habría dado, me habría enseñado, habría entendido por qué quiero saber. No habría pensado que es extraño o impropio o… un simple inconveniente.

La última palabra la dijo con rabia contenida.

—Charles nunca pensó que hubiera algo malo en ser como eres —dijo Agatha con calma.

—Porque él era el único, además de ti, que parecía comprenderlo.

—No el único —corrigió Agatha—. Solo uno de los pocos con suficiente cerebro para apreciarlo.

Eleanor bajó la vista, acariciando distraídamente la portada.

—A veces me pregunto si sería distinto si él siguiera aquí.

Agatha guardó silencio un momento.

—Quizá algunas cosas sí lo serían.

—¿Como cuáles? —preguntó, girándose.

—Tu madre seguiría siendo igual de insoportable, claro —respondió con serenidad, provocando que Eleanor riese—, así que no idealices demasiado.

—Tía.

—Es verdad. —Agatha se encogió de hombros. Luego suspiró, pero esta vez había algo distinto en su voz—. No merece la pena torturarse demasiado con ciertas injusticias.

—Eso es resignación.

—No, es experiencia. —Eleanor la miró. Agatha observaba también los libros con amor—. Yo también quise cosas que no me correspondían según el mundo.

—¿La universidad?

Agatha sonrió, aunque no con humor.

—Por supuesto. Habría dado años de mi vida por sentarme en una biblioteca universitaria y aprender exactamente igual que cualquier hombre mediocre con apellido respetable.

Eleanor parpadeó porque, aunque siempre había sospechado ciertas cosas sobre su tía, oírlo era muy distinto.

—¿De verdad?

—Oh, querida… —Agatha soltó una risa despojada de alegría—. Si hubiese nacido hombre, probablemente sería insoportable.

—Ya eres bastante insoportable.

—Sí, pero con acceso a educación formal habría sido devastadora —acompañó sus palabras con un gesto de sus manos.

Eleanor sonrió, esta vez de verdad.

—Entonces… ¿cómo dejaste de pensar en ello?

Agatha la miró con una honestidad serena.

—No lo hice. Solo aprendí que, si ciertas puertas no iban a abrirse, tendría que encontrar ventanas… o forzar cerraduras de maneras más discretas.

Eleanor sostuvo su mirada y algo pequeño, peligroso y todavía sin forma definida empezó a moverse dentro de ella.

—Eso suena ilegal —pronunció su sobrina con una sonrisa.

—Las mejores ideas femeninas suelen parecerlo al principio —la señaló.

Eleanor suspiró y miró de nuevo hacia el escritorio, hacia la carta de Oxford de Charles… hacia todo lo que no podía tener por el simple hecho de ser mujer.

—No quiero pasar mi vida preguntándome cómo habría sido —susurró.

Agatha no respondió de inmediato. Cuando lo hizo, su voz sonó extrañamente precisa.

—Entonces deberías procurar que algún día no tengas que hacerlo.

Eleanor se quedó observando a su tía sin saber qué responder a eso.

Agatha también la observó, aunque no como lo hacía lady Beatrice, su madre, evaluando posibilidades, ni como lo hacía el resto del mundo, intentando encajarla en algún molde respetable.

La miraba como si Eleanor fuese exactamente lo que era: una mente demasiado inquieta para aceptar con docilidad el estrecho espacio que le ofrecían.

Se acercó a la mesa y pasó su mano por el lomo del libro de Charles.

—Cuando esta agotadora temporada termine, y dado que tu pobre madre probablemente tendrá que aceptar el escándalo insoportable de no verte comprometida antes de Navidad… podrías venir a visitarme a Bath.

Eleanor parpadeó.

—¿A Bath?

—Sí. Mi casa sigue siendo perfectamente respetable, pese a mis esfuerzos, y el aire allí resulta mucho menos denso que en Londres. Además, podríamos tener conversaciones tan instructivas e impropias como esta sin que tu madre intente corregir tu postura cada tres minutos.

La imagen, por sí sola, ya resultaba tentadora. Bath, su tía, distancia… respirar.

—Es muy tentador.

—Naturalmente. También podríamos dedicarnos a actividades de alto riesgo. Podríamos leer libros interesantes, cuestionar estructuras sociales centenarias… o, si nos sentimos especialmente salvajes, escandalizar a las viudas locales opinando sobre política durante el té.

Eleanor soltó una carcajada.

—Qué audaz, tía.

—También podríamos hacer algo realmente temerario: entrar en una librería y comprar lo que quisiéramos sin fingir que buscamos poesía decorativa.

Eleanor se llevó una mano al pecho.

—En ese caso —respondió Eleanor, entrando en el juego—, yo propongo que visitemos alguna conferencia masculina y nos sentemos delante solo para incomodar.

Agatha se giró lentamente hacia ella y sonrió.

—Dios mío…

—¿Qué?

—Estoy muy orgullosa de ti.

Luego sonrió abiertamente.

—Incluso podríamos hacer preguntas.

—No seas imprudente, Eleanor. Podrían expulsarnos por exceso de pensamiento.

—Entonces huiríamos con dignidad…

—Con decenas de libros —respondió su tía.

—Por supuesto —le dio la razón.

—Y con la plata familiar —propuso más seria.

—¡Tía!

—¿Qué? Si vamos a huir, necesitaremos algo con lo que sobrevivir.

Eleanor rio abiertamente. No era una risa de cortesía, sino una risa de verdad, como cuando Charles aún estaba allí.

—Gracias.

Agatha la miró con ternura inmediata, como si comprendiera perfectamente que Eleanor no hablaba de Bath, ni de bromas, ni siquiera de posibles conspiraciones literarias.

—No tienes que agradecerme por pensar —dijo con sencillez—. Es lo menos que alguien debería permitirte.

Eleanor tragó saliva.

—A veces siento que eres la única persona que realmente entiende cómo me siento.

Aquello, por fin, borró todo rastro de ironía del rostro de lady Agatha.

Se acercó y la abrazó. Eleanor cerró los ojos un instante, sorprendida por el alivio de sentirse comprendida sin necesidad de explicarse más.

—Oh, querida niña… —murmuró Agatha, apartándose solo lo suficiente para mirarla bien—. Siempre me tendrás.

Eleanor intentó sonreír mientras las manos de su tía descansaron un momento sobre el rostro de Eleanor, apartándole un mechón con una suavidad casi maternal.

—Si dependiera de mí, créeme… muchas cosas serían distintas.

Eleanor supo, por la forma en que lo dijo, que hablaba completamente en serio.

—Lo sé.

—Pero, por desgracia —continuó Agatha, y allí estaba de nuevo esa honestidad serena—, no puedo cambiar el mundo entero.

—Aún.

Agatha sonrió, y sus ojos brillaron.

—Ah. Esa es exactamente la clase de respuesta que me impide perder toda esperanza.

—Eleanor bajó la mirada—. Algún día todo cambiará, aunque probablemente no con la rapidez que mereces.

—Aquello dolió más por la sinceridad que por la certeza—.

Hasta entonces… no permitas que nadie te convenza de que querer más de la vida es un defecto.

—Luego, acarició de nuevo su mejilla—. Descansa un poco, revolucionar Inglaterra resulta agotador si una no duerme.

Agatha abandonó la habitación con la misma calma con la que había entrado, como una tormenta perfectamente vestida e ilustrada.

Eleanor se quedó de nuevo sola en su habitación, con sus dedos posándose sobre la cubierta del libro de su hermano.

Sus dedos recorrieron la cubierta gastada con una ternura dolorosa, deteniéndose en una esquina ligeramente doblada que él jamás había conseguido mantener intacta, por mucho que su madre insistiera en que tratase mejor sus pertenencias.

Charles siempre decía que un libro demasiado perfecto era señal de que nadie lo había querido lo suficiente.

Cómo lo echaba de menos.

Una lágrima silenciosa resbaló antes de que Eleanor pudiera impedirlo.

La apartó con rapidez, aunque no había nadie allí para verlo.

—Te habría encantado esto —susurró, sin estar segura de si hablaba del caos de Londres, de lady Agatha, de Oxford… o simplemente de ella. Su voz sonó demasiado pequeña en aquella habitación—. Te habrías reído muchísimo.

Y eso fue casi lo peor: imaginarlo riendo, vivo; imaginarlo allí, sentado en la silla junto a la ventana, lanzándole alguna observación tendenciosa mientras corregía su latín o se burlaba de sus pretendientes con una crueldad fraternal, casi merecida.

En aquel instante, habría cambiado cualquier baile, cualquier temporada, cualquier pretendiente y cualquier absurda expectativa social solo por escuchar una vez más su voz llamándola.