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La casa londinense de los Pembroke, en Grosvenor Square, era exactamente el tipo de residencia que lady Beatrice consideraba imprescindible para una temporada respetable: elegante sin resultar ostentosa, perfectamente situada entre familias de posición adecuada, con salones luminosos, escalinatas impecables y una cantidad absurda de criados silenciosos capaces de hacer que hasta el té pareciese una declaración de intenciones.
A Eleanor, en cambio, le parecía una prisión bien decorada.
Aquella mañana, la luz de finales de junio se colaba por las altas ventanas del comedor privado, iluminando porcelana fina, plata reluciente y la expresión cada vez menos paciente de lady Beatrice Pembroke.
—No lo entiendo, Eleanor.
—Eso explica tu tono de voz —bromeó su hija, untando mantequilla en una tostada con una serenidad que, según su madre, empezaba a parecer ofensiva.
—Han pasado semanas.
—Sí, madre. Yo también sé contar.
—No bromees.
—No bromeo… intento sobrevivir —acabó susurrando.
Lady Beatrice dejó su taza con esa precisión peligrosa que toda hija inteligente aprendía a temer.
—Han sido al menos ocho bailes.
—Nueve —corrigió lady Agatha desde el otro extremo de la mesa, sin alzar la vista de su libro.
Eleanor chasqueó la lengua ante la intervención de su tía.
—Así no me ayudas —le susurró ella.
—Siempre procuro aportar precisión cuando reina el drama.
Eleanor resopló y lady Beatrice inhaló aire lentamente, como quien recordaba que el asesinato entre hermanas seguía siendo socialmente problemático.
—Nueve bailes —repitió, con visible irritación—, tres cenas, dos musicales, una recepción en Hyde Park y una velada en casa de los Mortimer… y sigues exactamente igual que al principio.
Eleanor alzó la vista.
—¿Con zapatos dolorosos y escasa fe en la humanidad?
—Sin un solo pretendiente serio —sentenció su madre.
—Créame, madre, si hubiese encontrado al hombre de mi vida, sería la primera en agradecer que me lo señalasen, pero hasta ahora el panorama ha sido desalentador.
—Eleanor —se quejó su madre.
—Madre.
—Esto no puede continuar —sentenció.
—Coincido plenamente. —Asintió Eleanor. La mirada de su madre adoptó un matiz de intriga—. Personalmente, yo también preferiría dejar de asistir.
Lady Agatha sonrió por lo bajo mientras lord Henry, oculto tras el periódico como un hombre que había aprendido a valorar la invisibilidad durante el desayuno, decidió en ese preciso instante que la sección política merecía toda su atención.
—No es gracioso —insistió lady Beatrice—. No has mostrado el menor interés por ninguno.
—Eso no es del todo cierto.
Su madre parpadeó.
—¿No?
—Claro que no. Aquel joven del martes me interesó muchísimo durante casi cuatro minutos.
—¿Cuál? —preguntó su madre con interés.
—El que habló veinte segundos seguidos sobre perros de caza.
—Era el hijo de un barón.
—Y también, por desgracia, era insoportable.
Lady Agatha bajó lentamente el libro.
—La niña tiene un punto —la felicitó su tía.
—No necesito que tenga un punto —replicó Beatrice—. Necesito que tenga criterio y un prometido.
—Tiene criterio —respondió Agatha, defendiéndola—. Ese parece ser precisamente el problema.
Eleanor mordió su tostada para ocultar una sonrisa.
Grosvenor Square, con toda su perfección social, estaba llena de casas como aquella: familias respetables, hijas elegibles, madres estrategas y suficientes cortinas caras como para ocultar generaciones enteras de frustración femenina.
En pocas semanas, la temporada terminaría, Londres comenzaría a vaciarse y lady Eleanor Pembroke, debutante oficialmente presentada, seguiría sin un solo compromiso prometedor, lo cual, para su madre, era una tragedia.
—Quizá —dijo lady Beatrice con peligrosa calma—, el problema sea que respondes a los hombres como si estuvieses intentando espantarlos —pronunció con los dientes apretados.
Eleanor dejó la taza.
—Madre, si un hombre puede ser espantado solo por una conversación, quizá merece profundamente ser espantado.
Lord Henry carraspeó detrás del periódico y lady Agatha cerró los ojos, como quien agradece personalmente a Dios ciertos momentos.
—Voy a perder la razón —murmuró Beatrice agitando los brazos.
—No, querida —respondió Agatha—. Solo tienes una hija inteligente —recalcó—. Históricamente, se suelen confundir los términos.
Eleanor decidió, con admirable instinto de conservación, que era el momento ideal para retirarse antes de que alguien sugiriera otro baile.
—Si me disculpáis, me retiro antes de que alguien considere oportuno casarme con un vizconde antes del almuerzo.
—Eleanor.
—Era una broma, madre —dijo, levantándose.
—Eso es precisamente lo que me preocupa. —Alzó las manos—. Oh, lord Henry, ¡esta niña va a volverme loca! —dijo alzando el tono de voz.
Lord Henry bajó su periódico y miró a su esposa sin comprender qué ocurría en aquel momento.
—¿Qué?
Su esposa resopló mientras Agatha sonreía por la desesperación de su hermana.
Eleanor subió la escalera antes de que pudieran detenerla, conteniendo una sonrisa hasta alcanzar por fin el alivio de su habitación.
Su dormitorio era su refugio. Luminoso, elegante, decorado en tonos suaves que lady Beatrice consideraba apropiados para una joven distinguida, pero lo suficientemente alejado del salón principal como para permitirle pensamientos propios.
Había libros, más de los que su madre aprobaba, una ventana amplia con vistas parciales a la plaza y, sobre el escritorio, varios volúmenes que Charles, su hermano, había amado.
Eso siempre dolía.
Eleanor cerró la puerta, se apoyó en ella un instante y exhaló.
Silencio, al fin.
Caminó hacia la ventana, observando el movimiento ordenado de carruajes y paseos de una sociedad perfectamente estructurada bajo el sol de Londres.
Todo parecía diseñado como si la vida de una mujer hubiese sido escrita de antemano: nacer, aprender modales, casarse, repetir y, cuanto más lo pensaba, menos podía soportarlo.
Ella no quería limitarse a existir dentro de una estructura que jamás había ayudado a construir.
Quería entender, aprender, saber por qué ciertas leyes eran inamovibles; por qué unas mentes podían entrar en universidades y otras no; por qué la curiosidad masculina era virtud… y la femenina, un inconveniente.
—Esa cara suele significar una de dos cosas —dijo una voz familiar desde la puerta—. O estás a punto de reformar Inglaterra… o de cometer una imprudencia brillante.
Eleanor giró y observó a su tía, lady Agatha, entrar por la puerta de su habitación lentamente, como si pidiese permiso.
—Aún no he decidido cuál —respondió, encogiéndose de hombros.
Agatha entró y se sentó con elegancia junto a la ventana.
—Tu madre sigue dramatizando —rio ella.
Eleanor sonrió, pero esta vez su sonrisa se desvaneció más rápido.
—Tía…
Agatha la observó con esa mirada aguda y demasiado perceptiva.
—¿Sí?
Hubo un silencio breve.
—¿Eres feliz?
—Vaya. Eso suena más serio que el desayuno.
—Lo pregunto de verdad —dijo, girándose hacia su tía.
Agatha apoyó la cabeza ligeramente hacia atrás, pensativa.
—Sí —respondió al fin—. La mayoría del tiempo, sí.
—¿La mayoría?
—No voy a mentirte, Eleanor. A veces la independencia también puede ser solitaria.
Hay noches en que una desearía tener compañía…
o haber elegido un destino distinto. Después de la muerte de tu tío, ser viuda se me hizo muy cuesta arriba.
Tenía la posibilidad de un nuevo matrimonio…
—Eleanor guardó silencio. Aquello no era exactamente lo que esperaba y, precisamente por eso, significaba más—, pero —continuó Agatha—, también hay una paz inmensa en pertenecerme a mí misma.
En pensar lo que quiero, leer lo que quiero, irme cuando quiero y no pasar la vida pidiendo permiso para existir.
Ese era el asunto.
Eleanor bajó la vista hacia sus manos.
—Quizá algún día quiera casarme.
—Quizá.
—Pero ahora… —su voz se quebró, no por debilidad, sino por frustración—, ahora siento que me están empujando hacia una vida que ni siquiera he tenido tiempo de cuestionar.
Agatha no respondió enseguida, solo la miró.
—Entonces no permitas que decidan demasiado deprisa quién eres antes de que tengas ocasión de descubrirlo tú misma —respondió con lentitud y de una forma sincera.
Cuando lady Agatha se quedó en silencio, Eleanor volvió la vista hacia la ventana.
Abajo, Grosvenor Square seguía funcionando con esa perfección irritante tan propia de Londres: carruajes avanzando con puntualidad impecable, damas paseando, caballeros saludando, criados cruzando aceras y una ciudad entera moviéndose como si cada persona supiese exactamente cuál era su lugar. Quizá ese era precisamente el problema.
Eleanor apoyó una mano en el cristal.
—A veces creo que lo peor no es que intenten decidir por nosotras —murmuró, casi más para sí misma que para su tía—. Es que todos parecen asumir que tiene sentido.
Agatha no respondió enseguida porque, como ocurría pocas veces, Eleanor no estaba siendo ingeniosa, solo honesta.
—Lo sé —dijo al fin.
Eleanor tragó saliva y, entonces, quizá porque ya no tenía sentido fingir con la única persona de aquella casa que realmente podía entenderla, dejó escapar aquello que rara vez admitía en voz alta.
—Los envidio.
Agatha alzó una ceja.
—¿A quiénes?
—A los hombres.
La palabra quedó suspendida en el aire con una claridad incómoda.
—Qué confesión tan escandalosa —pronunció con voz aguda. Sin embargo, al terminar, sonrió como si, en el fondo, estuviera de acuerdo con ella.
—Lo sé.
—Continúa —la instó con la mano.
Eleanor soltó una risa débil y triste.
—Ellos pueden irse, estudiar, elegir, equivocarse incluso. Pueden ser mediocres y, aun así, recibir oportunidades que a nosotras ni tan siquiera nos permiten imaginar.
Sus ojos regresaron, inevitablemente, al escritorio; luego a los libros y, por último, se detuvieron en uno en particular: el volumen de Homero en griego que había pertenecido a Charles.
La cubierta estaba desgastada en una esquina y Eleanor sabía exactamente por qué: él tenía la desesperante costumbre de leer mientras caminaba.