Lecciones para una impostora: Oxford no admite señoritas 2 #2
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—¿Y de la música? —preguntó con interés.

—Me gusta escucharla, pero jamás me pida que toque el piano… —acabó bromeando.

Su madre interrumpió.

—Eleanor… —susurró y luego sonrió a Anthony disimuladamente. Estaba claro que su madre no estaba de acuerdo con que ella reconociese aquello en público.

Anthony no podía apartar la mirada de ella. Desde luego, aquella muchacha no tenía intención alguna de llamar su atención, lo que hacía que, precisamente, lo consiguiera.

—Debo admitir —dijo él—, que no esperaba tanta sinceridad.

—¿Y qué esperaba? —preguntó de forma delicada.

—Probablemente alguna observación refinada sobre la música o el privilegio de escucharla.

—Ah.

—Sí —confirmó él con una gran sonrisa.

—Lamento decepcionarlo.

—Ni mucho menos, creo que es una de las señoritas más sinceras en esta sala, se lo agradezco.

Lady Beatrice miró a su hija sin saber qué decir ante aquella respuesta, pues no se la esperaba.

Eleanor le sonrió también, esta vez de una forma más sincera.

—También le confieso que detesto hablar del clima —puntualizó ella, esta vez más divertida.

—Qué tranquilizador —rio Anthony.

—Aunque, si lo desea, podría improvisar algo sobre la excelente ventilación del salón.

—Por favor, no. Me vería obligado a reconsiderar toda esta conversación.

Eleanor lo miró y parpadeó. Qué extraño… aquello había sido gracioso.

Lady Beatrice miró de reojo a su hermana, la cual observaba con interés a los dos jóvenes.

— Lady Agatha, creo recordar que prometí saludar a lady Morton —dijo dando un paso atrás.

—¿De verdad? —respondió Agatha, con una inocencia tan falsa que habría avergonzado a un político—. Qué oportuno.

Y, antes de que Anthony pudiera admirar plenamente la maniobra, ambas mujeres se retiraron. Anthony observó cómo se alejaban y luego miró a Eleanor.

—Qué extraordinario —comentó, con admirable solemnidad—. Creo que acabamos de ser gestionados.

Por primera vez, Eleanor pareció cerca de reír de verdad.

—Sí —respondió, mirando también a las culpables—. Y con una eficiencia alarmante.

Anthony bajó ligeramente el tono de voz.

—¿Debo asumir que esto ocurre con frecuencia?

—Si sobrevivo a la temporada, se lo confirmaré —bromeó ella.

Dios, aquella mujer era magnífica.

—En ese caso —dijo, ofreciéndole la mano con elegante decisión—, quizá debería empezar por solicitarle este baile, en nombre de la supervivencia mutua.

Eleanor había estado tranquila hasta ese momento en que sintió cómo se le aceleraba el corazón.

Anthony lo vio en el leve cambio de respiración, en el brillo incierto de sus ojos, en ese brevísimo instante en que pareció recordar, con considerable desventaja, que él estaba peligrosamente cerca.

—Lord Ashbourne… —comenzó ella.

—¿Sí?

—Me temo que debo rechazarlo.

Anthony arqueó una ceja, sorprendido de verdad.

—¿Puedo preguntar por qué?

Eleanor le dedicó una sonrisa suave, casi apologética.

—No tiene absolutamente nada que ver con usted, se lo aseguro. De hecho, sospecho que el problema es precisamente quién es usted.

Aquello, desde luego, logró captar toda su atención.

La miró confundido, ¿realmente lo estaba rechazando?

—No sé si sentirme ligeramente insultado… o extraordinariamente curioso.

—Curioso, espero —respondió ella, con exquisita cortesía—. Bailar con el futuro duque de Ravensmere, en mi muy humilde opinión, tendría el desafortunado efecto de volverme más visible de lo que deseo.

Anthony la observó, claramente divertido.

—¿Visible?

—Mucho más. Y si esta noche me ha enseñado algo, es que cada mirada adicional parece venir acompañada de, al menos, un pretendiente más. Aunque agradezco sinceramente el honor, preferiría no multiplicar riesgos innecesarios.

Por primera vez en toda la velada, Anthony Ashford se encontró ante una joven que rechazaba prestigio social como si fuese una amenaza logística. Aquello le pareció fascinante.

—Entonces —preguntó, inclinándose hacia ella sin disimular su diversión—, si su intención es pasar desapercibida… ¿para qué está aquí?

Eleanor sostuvo su mirada un instante.

—Créame, lord Ashbourne… no ha sido por voluntad propia. Digamos que mi presencia responde más a entusiasmo materno que a ambición personal.

Anthony tuvo que contener una sonrisa.

—Ah.

—Sí.

—Entonces, ¿debo asumir que está aquí bajo coacción elegante?

—Es la descripción más precisa que he oído en toda la noche —rio ella.

—Qué tragedia —rio él también.

Ambos se miraron unos segundos y, finalmente, Eleanor hizo una reverencia.

—Que tenga una buena velada, lord Ashbourne.

Él asintió y, sin que ella dijera nada más, se alejó, dejando a Anthony completamente sorprendido e hipnotizado por su presencia.

La siguió con la mirada mientras cruzaba el salón, sorteando grupos de invitados con la misma gracia con la que había esquivado, en apenas unos minutos, toda expectativa que él había desarrollado sobre aquella noche.

¿Por qué no había intentado impresionarlo? Ni siquiera había mostrado el más mínimo entusiasmo por su título, su apellido o el considerable desfile de ventajas hereditarias. De hecho, resultaba ofensivo que lady Eleanor Pembroke prefiriese pasar completamente desapercibida. Eso era nuevo para él.

Anthony llevaba horas rodeado de jóvenes ciertamente agradables, cuidadosamente educadas y previsiblemente deseosas de agradar. Eleanor, en cambio, había conseguido, en menos de diez minutos, lo que ninguna otra debutante de la temporada había logrado en semanas enteras: despertarlo.

—Te ves afectado. —La voz de Julian llegó acompañada del leve sonido de cristal.

Anthony aceptó la copa que su amigo le ofrecía, aunque tardó un segundo más de lo normal en apartar la mirada de la dirección en la que Eleanor había desaparecido.

—No sé de qué hablas.

—Ya, por supuesto.

—Cállate —le ordenó Anthony.

—Ah, excelente. Eso confirma mis sospechas.

—No tengo idea de cuáles son tus sospechas —acabó, girándose hacia él.

— Lady Eleanor Pembroke.

Anthony mantuvo una expresión admirablemente neutra.

—¿Qué ocurre con lady Eleanor Pembroke?

Julian lo observó durante un instante, luego sonrió con esa irritante satisfacción que solo poseen los amigos que lo son desde hace demasiados años.

—Que llevas exactamente treinta segundos mirando hacia el mismo rincón del salón, como si temieras que alguien la secuestre… o peor aún, que otro hombre resulte interesado.

Anthony lo miró con fría dignidad.

—Juliaaan —arrastró su nombre.

—Aaanthony —lo imitó antes de girarse y sonreír hacia delante—. Ah, mira… tienes más visitas —ironizó.

Anthony se giró y, en efecto, allí estaba otra madre con otra hija.

—Dios mío, dame paciencia —imploró Anthony en un susurro.

La madre avanzaba con la precisión letal de una estrategia bien ensayada; la hija, encantadora y probablemente inocente, parecía preparada para dar conversación y agradar.

Anthony exhaló por la nariz.

—¿Cuántas van ahora? —Julian hizo un gesto meditativo—. Si sobrevives a esta, diría que trece madres y diez hijas.

Anthony chasqueó la lengua.

—Podría fingir muerte súbita.

—Tu madre insistiría en que mantuvieses una buena postura durante el colapso —bromeó antes de dar un sorbo a su copa.

Anthony sonrió, porque había sido educado para ello desde prácticamente la cuna, pero mientras su expresión impecable se preparaba para otra ronda de conversación, su mirada, completamente por voluntad propia, recorrió el salón una vez más, buscándola, y, cuando por fin volvió a distinguir entre el gentío el destello dorado de su cabello y aquellos ojos grises imposiblemente expresivos junto a Rosalind Whitmore…

—Lord Ashbourne —saludó entonces la nueva madre, alcanzándolo por fin con su hija perfectamente posicionada—, qué placer verle. Permítame presentarle a…

Anthony inclinó la cabeza con impecable elegancia, pero ni los nombres ni las sonrisas que lo rodeaban lograban apartar su atención, que, para su considerable fastidio, seguía anclada en lady Eleanor Pembroke.