Lecciones para una impostora: Oxford no admite señoritas 2
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—Eleanor.

Reconoció aquella voz de inmediato. Un tono ni demasiado alto ni demasiado severo, pero perfectamente calibrado para atravesar la música y una conversación.

Su madre, de la que hasta ese preciso instante había logrado refugiarse junto a Rosalind, iba directa hacia ella.

Eleanor cerró los ojos durante una fracción de segundo, con la resignación de una mártir social.

—Oh, no —murmuró.

Rosalind, que poseía el instinto de supervivencia de alguien mucho más adaptado a aquellas circunstancias, dio un discretísimo paso atrás.

—Oh, sí.

Lady Beatrice Pembroke apareció ante ellas con toda la elegancia impecable de una mujer que no solo había localizado a su hija en una sala abarrotada, sino que además traía intenciones y, a juzgar por su expresión, estas eran estratégicas.

Lady Agatha Whitmore avanzaba a su lado con una serenidad tan sospechosamente entretenida que Eleanor sintió un leve escalofrío.

Nunca era buena señal cuando su tía parecía disfrutar antes de hablar.

—Madre —saludó Eleanor, con la clase de compostura refinada que se le exigía.

— Lady Whitmore —añadió Rosalind, prudentemente.

—Rosalind, querida —respondió lady Beatrice con cortesía antes de volver toda su atención hacia su hija—. Lord Ashbourne está aquí.

Hubo una pausa, una de esas pausas breves, casi imperceptibles, en las que una vida puede deteriorarse socialmente.

Eleanor no respondió de inmediato, simplemente cerró los ojos un instante y exhaló por la nariz con la clase de suspiro que debería haber sido considerado una forma menor de protesta política.

Rosalind se mordió el interior de la mejilla.

Lady Agatha, naturalmente, fue menos misericordiosa.

—Oh, excelente —declaró, con satisfacción casi ofensiva—. Ya solo falta que anuncien sus propiedades, ingresos anuales y excelente dentadura antes de entregarte oficialmente.

—Agatha —advirtió lady Beatrice, sin apartar la mirada de Eleanor.

—¿Qué? Si van a presentarla como candidata distinguida, considero razonable exigir transparencia comercial.

—Empiezo a sospechar —murmuró Eleanor—, que me vais a conducir a algún ritual social del que nadie ha tenido la cortesía de explicarme cómo escapar.

—No seas ridícula —replicó lady Beatrice con impecable paciencia, tomando su mano—. Si existiera forma de escapar, muchas madres habríamos empezado por ahí hace años. —Eleanor resopló—. Eleanor, compórtate. Lord Ashbourne es uno de los partidos más distinguidos de esta temporada.

—Qué alivio. Temía que fuese contrabandista.

Lady Agatha cerró los ojos, probablemente para apreciar mejor el momento.

—Querida —dijo, con emoción casi maternal—, a veces olvido cuánto te admiro —bromeó su tía que, obviamente, seguía en desacuerdo con las normas de la alta sociedad londinense.

—No necesita ser admirada por ti —replicó lady Beatrice con firmeza—. Solo necesita caminar conmigo y recordar cada lección que ha recibido desde los doce años —acabó con una gran sonrisa.

Eleanor observó a su madre, a su tía y luego al salón.

—Sospecho —dijo finalmente, alisando sus guantes con exquisita calma—, que ninguna de mis lecciones incluyó cómo sobrevivir a una inspección aristocrática.

—Entonces, improvisa —respondió lady Agatha.

—Agatha.

—¿Qué? La improvisación ha salvado más vidas femeninas que la obediencia.

Lady Beatrice tiró de su mano con ese gesto irrefutable de madre decidida.

—Vamos.

Y allí estaba, ese pequeño y aparentemente inocente verbo que, en labios maternos, sonaba sospechosamente similar a: “ tu destino social comienza ahora” .

Rosalind ofreció a Eleanor una mirada entre compasiva y divertida y se despidió de ella haciendo un gesto gracioso con la mano.

—Si sobrevives, regresa —le susurró.

—Si no sobrevivo —respondió Eleanor, aceptando finalmente avanzar—, quiero que dejes claro que fui valiente…

Lady Agatha, caminando junto a ellas mientras cruzaban el salón, inclinó la cabeza hacia su sobrina.

—Recuerda, Eleanor.

—¿Sí?

—Si resulta insoportable, siempre puedes mencionar la política.

Eleanor, pese al inminente desastre, sonrió.

—Gracias, tía.

—Para eso estoy, para escandalizar discretamente… y, cuando sea necesario, con entusiasmo.

Anthony Ashford, marqués de Ashbourne, heredero del ducado de Ravensmere y, según una cantidad verdaderamente agotadora de madres londinenses, una de las perspectivas matrimoniales más distinguidas de Inglaterra, llevaba exactamente tres horas y cuarenta minutos sobreviviendo.

No era una cifra simbólica: la había calculado y, cuando un hombre se veía obligado a soportar su duodécima conversación consecutiva sobre clima, bordados o pianoforte ejecutado con “aceptable sensibilidad”, el cerebro, por pura defensa, tendía a buscar refugio en cualquier actividad cuantificable.

—Lord Ashbourne —suspiró la señorita Amelia Sutton, una joven encantadora, decorosa y prácticamente indistinguible de las siete anteriores—, ha sido un verdadero placer.

Anthony ejecutó una inclinación impecable, heredada de generaciones de Ashford y perfeccionada por años de práctica social.

—El placer ha sido enteramente mío, señorita Sutton.

Era mentira, por supuesto, pero una mentira excelente, pulida y socialmente imprescindible.

La joven se retiró con una sonrisa tan satisfecha como previsible, probablemente para comunicar a su madre que lord Ashbourne no solo sabía bailar, sino también escuchar comentarios sobre flores prensadas con una expresión convincentemente humana.

Anthony observó cómo desaparecía mientras suspiraba disimuladamente.

—Ashbourne.

Su amigo Julian Cavendish, segundo hijo de un conde y una de las pocas personas en aquel salón con quien podía intercambiar más de tres frases sin perder la voluntad de vivir, apareció a su lado con una copa en la mano y una sonrisa contenida.

—¿Cuántas van?

Anthony exhaló lentamente.

—Doce madres, nueve debutantes, tres viudas estratégicamente optimistas y una abuela que me interrogó sobre la estabilidad de mis propiedades en Sussex.

Julian hizo una pausa respetuosa.

—La abuela gana.

—Con diferencia —le dio la razón Anthony.

Julian siguió su mirada hacia otro extremo del salón, donde una nueva formación de seda, plumas y ambición maternal parecía reorganizarse con alarmante precisión.

—Oh, Dios.

—Sí —respondió Anthony, con la resignación de un hombre contemplando su destino—. Creo que esa lleva perlas, eso nunca significa nada bueno.

Anthony sabía perfectamente por qué ocurría aquello.

No era exclusivamente por su aspecto, aunque a sus veintidós años poseía esa clase de presencia serena y peligrosa que hacía a las madres considerarlo una inversión excelente, no ya por su conversación, sino por su título.

Siempre el título. Marqués de Ashbourne y heredero del ducado de Ravensmere.

Tierras, influencia, renombre y seguridad.

El problema era que no ayudaba el hecho de que las debutantes de aquella temporada, al menos hasta el momento, parecieran compartir una educación sospechosamente uniforme: sonreír, admirar, coquetear con prudencia, mencionar música y, bajo ninguna circunstancia, decir algo remotamente inesperado.

—Si una persona más me pregunta si disfruto de Londres en primavera —murmuró—, comenzaré a responder con absoluta sinceridad, y eso sería desastroso para todos.

Julian soltó una carcajada.

—Admito que pagaría por verlo.

—Lord Ashbourne —escuchó una voz femenina.

Anthony cerró brevemente los ojos e intentó calmarse.

Giró con la misma cortesía inevitable y se detuvo en seco al verla.

Lady Beatrice Pembroke avanzaba hacia él con toda la precisión social de una mujer con una misión perfectamente definida. Nada nuevo… lo nuevo era la joven a su lado.

Durante un instante, Anthony olvidó su respuesta automática.

Lady Eleanor Pembroke no se parecía en absoluto a lo que esperaba, no porque no fuese hermosa, Dios sabía que lo era, pero no de esa forma excesivamente calculada que el salón llevaba horas exhibiendo.

Había dulzura en sus rasgos, una claridad luminosa en su piel, el refinamiento delicado de su boca, la elegante suavidad de su cabello recogido en oro oscuro y aquellos ojos que tenían una tonalidad gris claro, casi plateado bajo la luz, con una expresión demasiado inteligente como para ser simplemente decorativa.

No parecía asustada exactamente, tampoco impresionada, más bien… alerta, como si hubiese entrado en territorio enemigo y estuviese decidida a sobrevivir con educación. Y eso era infinitamente más cautivador.

—Lord Ashbourne —lo nombró lady Beatrice, con sonrisa impecable—, qué fortuna la mía encontrarle. Permítame presentarle a mi hija, lady Eleanor Pembroke.

Anthony inclinó la cabeza.

— Lady Eleanor.

—Lord Ashbourne —respondió ella, realizando una reverencia, con voz suave y correcta.

—Confío en que esté disfrutando de la velada, lady Eleanor —dijo Anthony.

—Estoy haciendo un esfuerzo muy respetable, lord Ashbourne —respondió ella directamente, sin mucha animosidad en la voz.

Aquella respuesta llamó la atención de Anthony, que la miró sorprendido.

—¿Solo respetable?

—Considerando que llevo dos horas sonriendo a desconocidos sin motivo alguno, me parece una hazaña notable, sí —confesó, lo que provocó que su madre la mirase de reojo y le diese disimuladamente un golpecito con el brazo en el costado.

Anthony tuvo que disimular una sonrisa. Aquella muchacha parecía más agotada que él y no se esforzaba en ocultarlo.

—Entonces Londres está siendo más exigente de lo habitual —la señaló con la mano.

—Oh, no, Londres está siendo exactamente como me temía. Creo que el problema es que mi imaginación, por una vez, no fue lo bastante pesimista.

—Eso resulta inquietante para una debutante —respondió, escudriñándola con la mirada.

Eleanor tuvo que bajar la vista un instante para ocultar una sonrisa, lo cual resultó profundamente inconveniente, porque cuando volvió a mirarlo seguía siendo igual de irritantemente atractivo.

Anthony se quedó observándola.

—¿Qué… qué aficiones tiene, lady Eleanor? —preguntó, interesado.

—Leer —respondió directamente—. Disfruto mucho de ello.