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Lady Agatha, gloriosa mujer, se llevó el abanico a los labios para ocultar lo que claramente era júbilo y Eleanor comprendió, mientras la música crecía y la noche apenas comenzaba, que quizá sobreviviría a aquella temporada después de todo, aunque fuese únicamente por el placer de negarse a hacerlo como esperaban.
Varias horas después, Eleanor había llegado a una conclusión firme e inamovible: sobrevivir a una primera temporada requería una resistencia física comparable a la necesaria para llevar a buen puerto una campaña militar, así como una sonrisa estratégicamente administrada y una capacidad casi sobrenatural para esquivar caballeros con aspiraciones.
La música seguía llenando el salón con una energía impecable, las lámparas continuaban brillando con la ofensiva persistencia de mil soles educados y la aristocracia, lejos de agotarse, parecía fortalecerse con cada nuevo vals, como si el champán y la ambición social fuesen nutrientes legítimos.
Eleanor, por el contrario, empezaba a sospechar que sus zapatillas estaban diseñadas para castigarla.
—No pongas esa cara —murmuró Rosalind, regresando a su lado tras una contradanza con el segundo hijo de un conde cuyo nombre Eleanor ya había olvidado—. Pareces una reina exiliada observando el hundimiento de su imperio.
—Me sentiría más optimista si mi imperio incluyese una silla.
Rosalind soltó una risa y miró hacia el pretendiente que acababa de acompañarla hasta allí, el cual ya se alejaba.
—Ha sido encantador.
—¿El caballero o el hecho de haber sobrevivido a él?
—El caballero, Eleanor.
—Qué novedoso.
Su amiga tomó su brazo y comenzaron a pasear por uno de los laterales del salón, donde grupos de invitados conversaban animadamente.
Eleanor sostenía una copa de limonada con la expresión cautelosa de quien teme que incluso una bebida pueda desembocar en compromiso matrimonial si se sostiene de forma incorrecta.
Rosalind, como siempre, parecía deslizarse por aquel mundo con una facilidad irritantemente natural. Eleanor, en cambio, paseaba como quien cruza territorio hostil con buenos modales.
— Lady Eleanor.
Oh, no.
Eleanor puso su espalda totalmente erguida y ni se atrevió a girarse. Reconocería aquel tono incluso si lo pronunciara un verdugo: joven, educado, ligeramente ensayado y peligrosamente esperanzado.
Apenas giró la cabeza.
El señor Benedict Hale, heredero de una fortuna respetable y con el que había mantenido una conversación previa sobre caballos, que ya había resultado más larga de lo recomendable, se inclinó con una sonrisa cuidadosamente practicada.
—¿Tendría el honor de concederme este baile?
Eleanor lo observó durante un segundo con sincero pesar. No parecía mal hombre, lo cual casi empeoraba las cosas.
—Señor Hale —respondió, con una cortesía tan perfecta que Rosalind, a su lado, reconoció inmediatamente el peligro—, temo que no sería prudente.
Él parpadeó.
—¿Prudente?
—Sí. Me han advertido en repetidas ocasiones que, si bailo demasiado tiempo con un caballero, acabo haciéndole preguntas incómodas. Sería cruel arriesgarnos tan pronto —rio tontamente.
Rosalind se atragantó con su propia respiración.
El señor Hale, pobre criaturita, abrió la boca… y claramente no encontró ninguna respuesta preparada para semejante respuesta.
—Yo… bueno…
—Es usted muy valiente por considerarlo —añadió Eleanor con genuina amabilidad—, pero no me perdonaría causarle ese riesgo.
Y, antes de que el caballero pudiera decidir si aquello había sido un rechazo, una advertencia o una catástrofe intelectual, Eleanor ejecutó una inclinación impecable y continuó caminando.
Rosalind esperó exactamente tres pasos.
—Eleanor.
—Sí.
—Eso ha sido francamente espantoso —la riñó, aunque en realidad parecía divertida con la situación—. No puedes rechazar hombres como si fueses una institutriz decepcionada.
—Claro que puedo. Acabas de presenciarlo —respondió, encogiéndose de hombros.
Rosalind soltó una carcajada tan sonora que una anciana cercana frunció el ceño.
—Si sigues haciendo eso, ninguno querrá sacarte a bailar.
Eleanor bebió un sorbo de limonada con la satisfacción de una mujer que acababa de escuchar excelentes noticias.
—Rosalind, querida, no amenaces con bendiciones.
—Tu madre va a desmayarse —dijo mirando hacia los lados, buscándola.
—Mi madre lleva intentando convertirme en una esposa deseable desde que salimos de casa. Considero justo ofrecer cierta resistencia moral.
—Eso no era resistencia moral, eso ha sido demolición social.
—Y, sin embargo, he sido profundamente cortés… fíjate, creo que mi pretendiente aún no ha sido consciente de mi rechazo —dijo, mirándolo.
Rosalind negó con la cabeza, aunque su sonrisa la traicionaba.
—No entiendo cómo puedes estar tan tranquila.
—No lo estoy. Estoy aterrada —dijo cogiéndose a su brazo—. Pero he descubierto que, si uno habla con suficiente serenidad, los hombres suelen confundir el peligro con educación.
—Eso no puede ser verdad.
—Observa y aprende —dijo, asintiendo.
Como si el universo hubiese decidido poner a prueba su teoría de inmediato, otro caballero apareció ante ella.
— Lady Eleanor, sería un privilegio…
—¿Sabe álgebra? —preguntó ella, interrumpiéndolo.
El pobre muchacho se quedó inmóvil.
—¿Perdón?
—Solo intento evaluar compatibilidad antes de comprometer mis pies —pronunció con una sonrisa delicada.
Rosalind giró bruscamente, fingiendo una tos que sonaba sospechosamente parecida a una risa desesperada.
—Yo… no particularmente… no… no entiendo qué…
—Qué pena —dijo Eleanor, con sincero pesar—. Entonces temo que ambos merecemos parejas más adecuadas.
Y siguió avanzando.
Esta vez, Rosalind tuvo que sujetarse del brazo de una estatua decorativa para no desplomarse.
—Eleanor Pembroke, juro que terminarás siendo leyenda o desterrada.
—Con un poco de suerte, ambas cosas —dijo antes de dar otro sorbo a su limonada.
A su alrededor, el salón continuaba girando entre valses, abanicos y estrategias matrimoniales, pero, por primera vez en toda la noche, Eleanor sintió algo peligrosamente parecido al control; no sobre su destino, desde luego —eso habría sido demasiado optimista—, sino al menos sobre la gloriosa y muy satisfactoria capacidad de volver su presentación social considerablemente más complicada de lo que lady Beatrice, su madre, había planeado.