Lecciones para una impostora: Oxford no admite señoritas 1 #2
4%

1 #2

—Tu madre ha puesto demasiadas expectativas en esta noche —murmuró él mientras la conducía hacia la escalinata.

Lady Beatrice, justo detrás, fingió no oírlo con admirable hipocresía.

—¿Y usted?

Lord Pembroke no respondió de inmediato.

—Espero sensatez.

No era afecto, no exactamente, pero tampoco crueldad: era la tragedia silenciosa de querer lo correcto para alguien dentro de un mundo profundamente incorrecto.

—Recuerda quién eres —añadió.

Las mismas palabras que su madre, como si ser una Pembroke significara algo importante. No era así; en realidad pasaban bastante desapercibidos en la sociedad londinense.

Eleanor sostuvo su brazo con elegancia impecable y una punzada de ironía secreta.

Las puertas se abrieron y Londres, aparentemente, decidió observar.

La sala principal resplandecía bajo una constelación de candelabros tan imponentes que el techo parecía suspendido en luz.

Mármol, música, seda, joyas y conversaciones se mezclaban en una armonía tan ensayada que, por un momento, Eleanor se sintió menos persona y más pieza recién colocada sobre un tablero.

La orquesta tocaba, las madres evaluaban, los caballeros calculaban y las hijas sonreían como si aquello fuera un privilegio en lugar de un examen.

Y entonces llegó la sensación más incómoda de todas: notó las miradas, decenas de ellas, recorriendo su vestido, su postura, su cabello, su rostro… midiendo su belleza y su fortuna, sus conexiones, sus posibilidades.

—Oh, Dios mío —susurró.

—Sí —dijo lady Agatha, avanzando a su lado con absoluta calma—. Lo peor de la aristocracia suele empezar con esa misma expresión.

Lady Beatrice sonrió a un grupo de mujeres al otro lado del salón con la ferocidad de un general divisando territorio conquistable.

—Compórtate —dijo su madre, situándose a su lado con el cuello erguido.

—¿Como ganado distinguido o como mercancía prometedora? —preguntó Eleanor, como si aquello le aburriera.

—Eleanor —susurró, molesta por aquella respuesta.

—Solo intento precisar —pronunció, encogiéndose de hombros.

—Eleanor —insistió de nuevo su madre para que guardase silencio.

Cuando Eleanor cruzó el umbral, tuvo la desconcertante impresión de no haber entrado en un salón de baile, sino en el interior de una joya desmesuradamente iluminada.

La luz fue lo primero. No una simple claridad, sino un resplandor casi teatral, derramado desde gigantescos candelabros de cristal que pendían del techo como constelaciones domesticadas.

Sus destellos dorados se deslizaban sobre cada superficie pulida, haciendo que el mármol, los espejos y la seda parecieran competir entre sí por reflejar mejor la opulencia.

Las paredes, altas e impecables, estaban revestidas en crema, oro suave y molduras tan elaboradas que probablemente habrían bastado para alimentar a una familia durante meses, aunque la aristocracia —sospechaba Eleanor— jamás había considerado ese tipo de comparación particularmente elegante.

Los espejos, enormes, ornamentados y estratégicamente ubicados, multiplicaban el espectáculo hasta el infinito, de modo que cada lámpara se convertía en veinte, cada dama en una procesión interminable de plumas, perlas y sonrisas estudiadas, y cada reverencia parecía ensayada por generaciones.

El suelo de parqué brillaba como miel barnizada bajo el movimiento constante de zapatos de satén, botas pulidas y pasos calculados.

Sobre él flotaba el murmullo de cientos de conversaciones, el roce de telas costosas, el ocasional estallido de risas demasiado agudas y, por encima de todo, la música.

La orquesta, situada en una galería elevada, desplegaba violines y acordes de pianoforte con una precisión que hacía que lo imposible pareciera sencillo. Las notas descendían sobre la multitud como una orden elegante: sonrían, giren, deslícense, sean admirables. Y la multitud, en efecto, obedecía.

Había damas jóvenes envueltas en gasas, tul y satén, tan cuidadosamente adornadas que Eleanor tuvo la absurda impresión de que algunas podían haber sido construidas por modistas particularmente ambiciosas en lugar de madres.

Sus cuellos lucían perlas discretas o diamantes estratégicos, sus cabellos, recogidos en rizos imposibles, parecían desafiar tanto la gravedad como el sentido común.

Todas sonreían con distintos grados de entusiasmo, nerviosismo o desesperación bien educada.

Las madres, sin embargo, eran otra clase de criatura. Distribuidas por el salón con precisión militar, observaban tras abanicos de plumas como generales en campaña, evaluando fortunas, apellidos y títulos. Cada mirada calculaba alianzas futuras con la frialdad de un tratado comercial.

Los caballeros mayores se reunían en corrillos donde la política, el patrimonio y la reputación se mezclaban con vino excelente y una vigilancia constante.

Los más jóvenes, herederos, oficiales y segundos hijos, se movían por el salón con distintas combinaciones de encanto, aburrimiento o confianza heredada.

Algunos resultaban sinceramente agradables; otros habían sido educados exclusivamente para inclinarse con elegancia y pronunciar trivialidades.

Los perfumes de rosa, lavanda, ámbar y violetas se entremezclaban con la cera caliente y el aliento humano, creando una atmósfera tan densa y refinada que Eleanor podía sentir el peso social de cada respiración.

No estaba observando un baile; estaba contemplando un mercado magníficamente decorado, donde las mercancías sonreían, bailaban y fingían entusiasmo mientras eran evaluadas.

Sintió decenas de miradas deslizarse hacia ella con esa curiosidad inmediata reservada a los rostros nuevos, a las jóvenes presentadas y a las posibles novedades de la temporada.

Cada movimiento importaba, así como cada sonrisa.

A su lado, lady Agatha observó el salón con serenidad.

—Bienvenida, querida —murmuró, con ese tono deliciosamente irreverente que siempre lograba sonar a conspiración—. Ya puedes contemplar el gran espectáculo de Inglaterra: seda, diamantes… y desesperación por formar matrimonios —acabó bromeando.

Eleanor logró contener una sonrisa. Al menos, su tía siempre sabía cómo provocarla. Aun así, sintió la incómoda certeza de que acababa de entrar en un mundo diseñado para decidir su futuro… sin haberse molestado jamás en preguntarle qué deseaba.

Lady Rosalind Whitmore apareció entre un grupo de debutantes vestida de azul pálido y mostrando entusiasmo genuino, con las mejillas sonrosadas y la clase de energía encantadora que solo poseen quienes no desean huir de un salón abarrotado.

—Estás preciosa —declaró Rosalind, tomándole ambas manos—, y también ligeramente aterrada, lo cual agradezco profundamente, porque significa que no soy la única.

Lady Rosalind Whitmore formaba parte de su vida desde una época en que ambas aún llevaban las rodillas manchadas de hierba y tenían la irritante costumbre de trepar donde ninguna institutriz consideraba apropiado.

Sus madres, unidas por temporadas compartidas y esa peculiar insistencia aristocrática de relacionar familias compatibles, habían propiciado desde la infancia una amistad que sobrevivió a lecciones de bordado, visitas formales, veranos en casas de campo y una cantidad considerable de reprimendas por comportamientos impropios.

Mientras Rosalind había crecido convirtiéndose en exactamente el tipo de joven encantadora que las madres describían con orgullo, Eleanor había desarrollado una peligrosa inclinación por pensar en voz alta, cuestionar normas y considerar los libros una compañía infinitamente menos agotadora que gran parte de la sociedad.

Aun así, o quizá precisamente por ello, Rosalind jamás había dejado de adorarla.

Donde otras jóvenes encontraban a Eleanor demasiado franca, demasiado curiosa o ligeramente alarmante, Rosalind veía a la niña que años atrás la había convencido de escapar de una clase de danza para investigar si la biblioteca de verano de Pembroke Hall ocultaba mapas antiguos, y que luego había asumido por completo la culpa cuando fueron descubiertas.

Rosalind comprendía, mejor que la mayoría, que bajo aquella agudeza elegante y esa lengua ocasionalmente peligrosa se ocultaba una lealtad feroz, un corazón herido por la pérdida de Charles y una frustración demasiado grande para caber cómodamente en un corsé.

Era, en muchos sentidos, la prueba viviente de que una joven podía entender perfectamente las reglas de su mundo…

y seguir queriendo a alguien que deseaba romperlas.

Eleanor la abrazó.

—Rosalind, si me ves sonriendo demasiado, asume que he perdido la razón.

—O que has encontrado un duque.

—Ambas posibilidades me parecen alarmantes —bromeó Eleanor.

Rosalind reprimió una risa.

Ambas se giraron y miraron el enorme salón, lleno de gente, con mesas donde había copas.

La nueva voz llegó envuelta en miel… si la miel hubiese desarrollado juicio social y una tendencia irritante a la condescendencia.

Se trataba de la señorita Prudence Bellamy, hija de una familia excelente, cuya sonrisa impecable y perfección social bastaban para que Eleanor deseara desarrollar fiebre de inmediato.

Prudence inclinó la cabeza con una gracia estudiadísima.

—Qué emoción verla por fin presentada. Su madre debe de estar… aliviada.

Rosalind tensó ligeramente la mandíbula, lady Agatha sonrió con una peligrosidad deliciosa y Eleanor, en cambio, reconoció el golpe exactamente por lo que era: no “qué alegría”, sino “qué bien que por fin hayan conseguido colocarla”.

—Señorita Bellamy —respondió Eleanor, con cortesía exquisita—. Y yo que temía pasar desapercibida.

Prudence sonrió más.

—Oh, imposible. Con su reputación intelectual.

Eleanor sonrió entonces, dulce, perfecta y peligrosamente correcta.

—Qué alivio —dijo—. Temía que solo se valorasen aquí los atributos visibles.

Rosalind se atragantó y Prudence parpadeó.