Lecciones para una impostora: Oxford no admite señoritas
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—Londres—
El traqueteo del carruaje parecía ese día más ruidoso de lo habitual, o quizá era simplemente que el corazón de lady Eleanor Pembroke había decidido competir con las ruedas sobre el empedrado de Londres.
Sentada frente a su madre, con la espalda tan recta como exigía la modista y las manos enguantadas y apretadas sobre el regazo, Eleanor procuraba recordar cómo respirar con normalidad, empresa complicada cuando una estaba siendo conducida, adornada y prácticamente sacrificada en su primer baile de la temporada, casi como si fuese una ofrenda social.
—No frunza el ceño, Eleanor —murmuró lady Beatrice Pembroke, observándola con esa precisión temible que solo las madres con ambiciones matrimoniales parecían desarrollar—. Una joven no debe parecer contrariada el día de su presentación.
Eleanor relajó la frente por pura obediencia mecánica, aunque dudaba mucho que su expresión pudiese reflejar otra cosa que no fuese resignación.
Frente a ella, lady Agatha Whitmore, hermana de su madre y gloriosa excepción dentro de la cordura familiar, dejó escapar un sonido sospechosamente parecido a una risa sofocada.
—Querida Beatrice, si la niña parece contrariada, quizá sea porque está siendo enviada al mercado matrimonial.
—¡Agatha! —se quejó su hermana.
—¿Qué? Si van a exhibirla como a una yegua bien criada, al menos podríamos tener la honestidad de nombrarlo.
Lady Beatrice lanzó a su hermana una mirada capaz de agriar el champán francés.
Eleanor, pese a sí misma, casi sonrió, sobre todo cuando su tía Agatha le guiñó un ojo.
Sonreír resultaba difícil cuando el corsé impedía respirar con profundidad y el peso de aquella noche amenazaba con aplastarla más que el satén marfil de su vestido.
A sus dieciocho años, lady Eleanor Pembroke poseía exactamente el tipo de belleza que hacía suspirar a modistas, sonreír a madres ambiciosas y calcular fortunas a hombres insoportables.
Su cabello, de un rubio oscuro que oscilaba entre el color de la miel y el castaño dorado según la luz, había sido dispuesto con esmero en suaves rizos y un elegante recogido.
Sus ojos, de un gris azulado muy claro, eran demasiado expresivos para su propio bien; tendían a revelar una inteligencia aguda incluso cuando ella intentaba parecer dócil, lo que, según su madre, constituía una tragedia considerable.
Lady Agatha, por otro lado, insistía en que aquellos ojos eran “peligrosamente incapaces de fingir estupidez”, y lo consideraba toda una virtud.
Su padre, lord Henry Pembroke, vizconde respetable de antigua familia y con una fortuna sólida en Derbyshire, opinaba poco sobre ojos y mucho sobre alianzas.
Últimamente, todos en su familia parecían compartir un único propósito: casarla, quizá porque, dos años atrás, el futuro de los Pembroke había parecido muy distinto.
Dos años habían pasado de aquel fatídico momento.
Eleanor volvió la vista hacia la ventana, donde la ciudad desfilaba iluminada y elegante.
Por un instante, el reflejo del cristal no le devolvió la imagen de una debutante, sino la de una muchacha sentada en la biblioteca de Pembroke Hall, con un libro abierto sobre las rodillas y una sonrisa mucho más fácil, mucho más suya.
Los recuerdos volvieron a su mente.
—¡Admitido! —Charles, su hermano, había irrumpido entonces como una tormenta luminosa, agitando la carta con una expresión triunfal—. ¡Oxford!
—Déjame verla —había exigido su hermana, arrebatándole el documento entre risas.
Recordaba aún el temblor de emoción al leer aquellas líneas, aunque no fueran para ella.
Christ Church, Oxford.
Charles, con sus ojos brillantes y aquel cabello castaño siempre ligeramente desordenado, parecía incapaz de contener el orgullo.
—Sabía que lo lograrías —lo felicitó Eleanor.
—Naturalmente —había respondido él, con esa arrogancia fraternal que solo era tolerable porque siempre terminaba en sonrisa—. Aunque admito que será aburrido superarlos a todos sin ti.
—Yo lo haría mejor que tú —intentó molestarlo ella.
—Sin duda —dijo Charles y se encogió de hombros.
Eleanor suspiró y miró a su hermano con una sonrisa triste.
—Ojalá pudiese ir yo —susurró.
No había sido una broma.
El silencio posterior sí lo recordaba. Charles había perdido parte de su sonrisa, no por burla, sino por esa impotencia amarga que solo conceden ciertas injusticias demasiado antiguas, demasiado arraigadas.
—Lo harías —le dijo al fin, más suavemente—. Serías una universitaria brillante, Eleanor. Mejor que la mayoría de los hombres que encontraré allí.
Lady Agatha, recostada junto a la chimenea con un libro que probablemente consideraba más inteligente que casi toda Inglaterra, alzó entonces la vista.
—Es una obscenidad intelectual, eso es lo que es —declaró su tía—. Enterrar cerebros femeninos bajo encajes por miedo a lo que podrían demostrar.
—Agatha —la había reprendido su hermana Beatrice.
—Oh, perdóname, Beatrice. Olvidaba que es mucho más razonable permitir que hombres mediocres estudien griego mientras mujeres brillantes practican sonrisas —se burló su tía.
Charles y Eleanor habían reído con la ocurrencia de su tía mientras su madre resoplaba por el comentario. Su tía Agatha siempre había sido diferente: una mujer instruida, con ganas de aprender, viuda…
Seguramente, ella se parecía más a su tía que a su madre, pensó Eleanor.
Durante unos segundos, el comentario de su tía hizo que Oxford doliese menos, pero la felicidad podía ser una criatura cruelmente breve.
La fiebre llegó a finales de otoño, violenta e implacable.
Lo que comenzó como un resfriado preocupante, se convirtió, en cuestión de días, en una infección pulmonar que ni médicos, ni reposo, ni plegarias lograron vencer.
Charles murió antes de cumplir los diecinueve años y Pembroke Hall no volvió a ser el mismo.
Su padre envejeció varios años en una sola estación y su madre transformó el dolor en una necesidad feroz de controlar aquello que aún podía asegurar.
Eleanor aprendió que el silencio podía instalarse en una casa como una segunda arquitectura y lady Agatha, su tía, fue quien sostuvo los pedazos.
Organizó médicos, cartas, lutos, visitas, cuentas, criados y el colapso emocional de toda una familia demasiado rota para funcionar.
Mientras lady Beatrice lloraba a su hijo, empezó también a mirar a su hija como la siguiente responsabilidad urgente. No podía recuperar a Charles, pero sí podía asegurar el futuro de Eleanor, es decir, lograrle un matrimonio impecable.
—Enderécese —ordenó ahora su madre, devolviéndola al presente.
Eleanor se dio cuenta de que ya habían girado hacia la avenida de la mansión donde tendría lugar el baile.
Su primer baile, su primera exhibición y su primera temporada.
Otra muchacha se habría sentido entusiasmada.
Eleanor no. A ella le emocionaba mucho más la llegada de un nuevo libro de manos de su tía o la posibilidad de perderse durante horas entre los estantes de la biblioteca.
Aun así, sintió cómo se le encogía el estómago.
No porque temiera no agradar, sino porque el verdadero horror consistía en agradar demasiado.
—No deseo esto —murmuró.
Lady Agatha, que por desgracia para la sociedad o fortuna para Eleanor siempre escuchaba lo importante, inclinó la cabeza.
—Por supuesto que no.
—Agatha, no empiece —dijo su madre.
—No empiezo, querida. Llevo años correctamente escandalizada con esto. La muchacha no desea un matrimonio ahora mismo… —señaló a su sobrina, que tragó saliva con discreción. Al menos, su tía era la única que parecía comprenderla de verdad.
El carruaje se detuvo y Eleanor miró por la ventana. Allí estaba la gran entrada, las luces, la música filtrándose entre puertas doradas… el comienzo oficial de todo aquello que ella jamás había pedido.
Mientras el carruaje se detenía, lady Beatrice sonrió como una general satisfecha antes de una campaña.
—Recuerda quién eres —pronunció hacia su hija.
Eleanor observó su reflejo por última vez antes de que abrieran la puerta.
Sí, sabía perfectamente quién era: lady Eleanor Pembroke, debutante, hermana de Charles, la hija obediente de la que sus padres se sentían orgullosos.
El carruaje se detuvo frente a la escalinata iluminada cuando el mundo de Eleanor pareció transformarse de golpe en luz, música y escrutinio.
A través de la ventanilla distinguió una sucesión intimidante de faroles dorados, lacayos impecables, carruajes alineados y damas cubiertas de seda descendiendo como si hubiesen nacido para aquel desfile de elegancia perfectamente calculada.
Ella, por desgracia, había nacido con otras aspiraciones.
—No palidezcas ahora —murmuró lady Beatrice, ajustando innecesariamente un pliegue del vestido de su hija—. Tu piel ya es lo suficientemente blanca.
—Tranquila, madre. Si empeoro, procuraré al menos flotar con elegancia.
Lady Agatha emitió un sonido que, traducido socialmente, probablemente equivalía a una carcajada.
Un lacayo abrió la portezuela y el aire nocturno entró primero, fresco y perfumado con lluvia reciente. Después, llegó la realidad.
Lord Henry Pembroke, su padre, aguardaba al pie del carruaje.
Erguido, impecable en negro formal, con la misma dignidad sobria que parecía haber definido a cada generación de hombres Pembroke antes que él.
Su padre ofrecía una imagen de autoridad tan perfectamente contenida que cualquiera habría pensado que el vizconde no sentía nervios, orgullo ni melancolía.
Eleanor, que lo conocía mejor, vio el cansancio en él; no el físico, sino ese otro que había aparecido dos años atrás y jamás terminaba de abandonarlo.
Lord Pembroke alzó la vista hacia ella cuando descendió y, por una fracción de segundo, algo en su expresión vaciló.
Eleanor supo lo que tenía en mente: Charles, no porque se parecieran en exceso, sino porque durante un instante aquella juventud, aquella promesa y aquel futuro vestido para una gran ocasión debió de dolerle, aunque solo fuese un instante.
—Eleanor —dijo finalmente, ofreciéndole el brazo.
—Padre.
Su voz sonó más firme de lo que se sentía.