Amelie
Prácticamente salí corriendo hacia el lavadero después de que el lobo de Mannix casi me dejara atrapada en su dormitorio.
Lo último que necesitaba era que mi loba se vinculara con el suyo. Estaría jodida, tanto literal como figuradamente. Ya no habría escapatoria del destino.
En cambio, huí de él tan rápido como pude. Lavé las sábanas, me metí en la cama y pasé una noche inquieta tratando de conciliar el sueño.
Para cuando salió el sol, estaba agotada, pero oía a Lacey trajinando por ahí. No quería que se encontrara con un Mannix medio desnudo, así que me arrastré fuera de la cama para prepararle el desayuno.
—Buenos días, cariño —la saludé al entrar en la cocina.
Ya estaba vestida para ir al cole, lo cual era genial.
—¿Qué quieres desayunar? ¿Gofres? ¿Tostadas? ¿Tocino con huevos?
—¿Mannix va a venir a desayunar? —preguntó, con el rostro iluminado de una manera que nunca le había visto.
—¿Por qué, cariño?
—Solo quería verlo antes de irme al cole, nada más.
Ladeé la cabeza, sin saber muy bien cómo abordar aquello.
—Bueno, puede que Mannix duerma mucho hoy, cielo. Ayer tenía mucho dolor. ¿Qué te parece si vienes a desayunar y, si se levanta, genial? Si no, quizás lo veas más tarde.
Siempre y cuando no se montara en su camioneta y se largara sin más, como había dicho que haría cuando hablaron anoche.
—Vaaale —dijo, haciendo pucheros como si le hubiera dicho que tenía que desayunar brócoli.
—¿Qué tal gofres con sirope y fresas? Tengo unas fresas frescas que me dio Tony.
Lacey asintió, pero no dejaba de mirar hacia el pasillo donde estaba el dormitorio de Mannix.
Me volví, sin querer ver la expresión de anhelo en el rostro de mi hija por el extraño hacia el que yo también me sentía atraída. Demasiado atraída. Como hermano menor de Reid, sin duda era varios años más joven que yo, y me resultaba un poco extraño desearlo como lo deseaba.
Pero tenía una excusa, en cierto modo. No había estado con un hombre desde que murió mi marido.
Mi hija, sin embargo, sentía una conexión con él a otro nivel.
Más que nada, esperaba que fuera solo un interés pasajero y no parte del vínculo de compañeros predestinados que yo sentía hacia el macho nacido Alfa.
Como mi sangre corría por las venas de Lacey, era natural que se sintiera atraída hacia Mannix como figura paterna, y eso me parecía de algún modo desleal a la memoria de Evan.
Me apresuré hacia la despensa y saqué la harina, los huevos y el azúcar.
Entonces se abrió una puerta en el pasillo y Lacey chilló:
—¡Mannix! ¡Te has levantado! Mamá está haciendo el desayuno.
No me di la vuelta; de repente tenía el estómago tan encogido que tardé un momento en recomponerme. Me concentré en sacar la cuchara de madera y el bol, y luego levanté lentamente la cabeza para verlo acercarse.
No pude evitar fijarme en que se movía como un Alfa, despacio y con determinación. Irradiaba fuerza y seguridad.
Sería letal en una pelea.
—¿Te apetecen unos gofres? —logré decir mientras Lacey corría hacia Mannix, le agarraba la mano y lo arrastraba hacia uno de los taburetes junto a la encimera.
No podía dejar de observar lo cómoda que estaba Lacey con él. Nunca había mostrado afecto por ninguno de los otros hombres del pueblo. Apenas abrazaba a mi padre, su propio abuelo.
Entonces, ¿qué era esto?
Mannix se sentó en el taburete y se apartó el espeso cabello oscuro de la frente.
—Sí, me apetecen mucho unos gofres.
—¿Te encuentras mejor? —pregunté mientras le servía un vaso de agua y se lo daba antes de volver a preparar la masa de los gofres.
—Sí, mucho mejor —entrecerró los ojos mirándome como si no me hubiera visto bien antes—. Ayer no podía percibir gran cosa. Estaba un poco ido, así que lo siento si dije o hice algo que te molestara.
Sonreí y saqué la gofrera.
—No te preocupes, estuviste bien.
Me puse a cortar fresas y preparar el desayuno mientras Lacey charlaba con Mannix.
—¿Quieres venir al cole conmigo?
Casi me eché a reír, pero seguí cocinando, curiosa por ver cómo se las apañaría con una niña de nueve años.
—¿Al cole? ¿En serio? Qué bien que podáis ir a un colegio de verdad. Nosotros no teníamos eso donde yo crecí.
Agucé el oído, atenta a lo que decía.
—¡Qué suerte! —exclamó Lacey.
—Oh, no, no tuve suerte —le dijo Mannix—. Significaba que tenía que salir a trabajar y ayudar a la manada. A tu edad, yo estaba construyendo casas y ayudando en el campo. Habría preferido mil veces estar en el colegio con mis amigos, aprendiendo a leer y escribir.
—¿Por qué no teníais colegio? —preguntó ella.
Una pregunta cuya respuesta yo también quería conocer.
—Bueno, mi manada estaba pasando por un mal momento después de que muriera nuestro Alfa. La gente estaba descontenta y todo se estaba desmoronando. Así que ayudé al nuevo Alfa a poner las cosas en orden. Pero llevó tiempo. Solo tenía cinco o seis años por aquel entonces.
Se me encogió el corazón al oír a Mannix explicar algo que debió de ser tan duro, pero de forma sencilla para que Lacey pudiera entenderlo.
—Bueno, pues a lo mejor deberías venir al cole conmigo —dijo ella—. Mi profesora puede enseñarte a leer y escribir.
Mannix se rio, y su risa profunda y reconfortante inundó la cocina, provocándome un escalofrío.
—Me encantaría, Lacey, pero tengo que irme luego. Quizás si vuelvo a visitar a Reid, ¿podría aceptar tu oferta?
—¿Te vas? —gritó Lacey—. No. Tienes que quedarte.
Serví los gofres cubiertos de fresas y sirope y me giré hacia mi hija.
—Mannix no vive aquí, cariño. Si tiene que irse a casa, no podemos impedírselo.
—Pero tiene que estar aquí, mamá. ¿No lo sientes?
—me suplicó Lacey, con los ojos llenos de una emoción que no alcanzaba a comprender.
Empujé los platos hacia ellos con el estómago revuelto.
—Vosotros dos comed. Tengo que ir al baño. No tardaré.
Y salí corriendo.
Cuando llegué al baño, el corazón me latía con fuerza. ¿Podía Lacey sentir de verdad ese tipo de conexión con Mannix? No tenía ningún sentido. ¿Por qué iba a sentirla?
Me lavé la cara y me cepillé los dientes. Necesitaba desayunar, pero estaba demasiado revuelta por dentro como para plantearme comer nada.
Cuando volví a la cocina, Lacey estaba preparándose el almuerzo y Mannix terminaba poco a poco la pila de gofres que le había puesto delante.
—¿Estás bien? —le pregunté a Lacey mientras me acercaba.
Se zafó de mí, cogió algo de fruta de la mesa y la botella de agua de la nevera.
—Sois estúpidos los dos —dijo.
Y se fue.
Me quedé mirándola boquiabierta. Mi hija nunca me había hablado así. Nunca.
Me volví hacia mi huésped.
—Lo siento mucho, no sé qué mosca le ha picado.
Los ojos de Mannix eran diferentes esa mañana. Claros, brillantes, alertas. Se estaba fijando en cosas en las que no se había fijado el día anterior, lo cual probablemente no era bueno para mí.
—Creo que ella sabe algo que nosotros no —dijo en voz baja.
Me encogí de hombros y me puse a fregar los platos.
—Los niños son así. Bueno, ¿te preparo algo de almuerzo para llevar o qué planes tienes?
Mannix se levantó y me fulminó con la mirada.
—Tienes muchas ganas de quitarme de en medio, ¿eh?
—Oh, no, no es eso —me apresuré a decir, aunque hasta a mí me sonó la voz demasiado aguda.
Mannix se cruzó de brazos, y los músculos de los antebrazos se le marcaron ante mis ojos.
—Entonces, ¿qué pasa, Amelie?
—Nada.
Negué con la cabeza.
—Fuiste tú quien dijo que tenía que irse. Que Reid no te quería aquí.
Una expresión de dolor le cruzó el rostro, y al instante me sentí culpable.
—No quería decirlo así.
Mannix suspiró.
—Me iré. La única que quiere que me quede es tu hija de nueve años. No es precisamente un gran aval para quedarme.
Se fue a su habitación, supuse que a recoger sus cosas y marcharse.
El corazón me pedía a gritos que no lo dejara marchar, y mi loba merodeaba furiosa dentro de mi pecho. Quería hacerle caso, pero todas las alarmas de autoprotección sonaban en mi cabeza advirtiéndome que no lo hiciera.
Tenía que mantenerme alejada de Mannix. Estaba claro que era peligroso para mí.
Cuando salió unos minutos después, se había puesto una sudadera con capucha y llevaba la bolsa en la mano.
—Gracias por lo de ayer —logró decir, y dejó unos billetes de cincuenta dólares en la encimera.
—Oh, eso es demasiado —dije, y fui corriendo a coger el dinero para devolvérselo.
—No. No lo es.
Caminó hacia la puerta.
—Adiós, Amelie.
Luego salió por la puerta principal y la cerró tras de sí. Me quedé allí, con doscientos dólares en la mano y un dolor en el pecho del tamaño de Texas.
—Vaya mierda.
¿Y ahora qué hacía?
De repente sonó un móvil con un tono que no había oído nunca.
Me metí el dinero en los bolsillos de los vaqueros y salí corriendo a buscar el teléfono. El sonido venía de la habitación de invitados. Cuando entré, el ruido se hizo más fuerte, pero seguía sin ver el teléfono.
Entonces empezó a vibrar de forma extraña, traqueteando sobre la madera.
Me dejé caer de rodillas, miré debajo de la cama y ahí estaba, iluminado y vibrando.
El timbre dejó de sonar antes de que llegara a cogerlo. Metí la mano debajo de la cama y lo agarré, apretándolo con fuerza. Tony. Probablemente alguien de su manada.
Mierda. Ahora tenía que llevárselo, justo cuando creía haberme librado de él.
Apreté el teléfono con fuerza y me dirigí con paso decidido hacia la puerta principal.
Podía llamar a Allara. Pedirle que viniera a recogerlo.
Pero no estaba llamando a Allara, ni aminoraba el paso. Mi cuerpo había emprendido una misión por su cuenta y me llevaba directa hacia la casa del Alfa.
Era una casa grande de dos plantas al final de mi calle, y con cada paso que daba, la opresión en el pecho se me hacía más intensa. La camioneta de Mannix seguía aparcada en la entrada.
¿Era realmente posible escapar de tu pareja predestinada?
¿Sería capaz de olvidarlo cuando se marchara?
¿Y mi hija?
Ya estaba a solo unos metros de la puerta de Allara. Oía voces dentro, voces graves y guturales que indicaban que Reid también estaba en casa.
Respiré hondo y el pecho se me estremeció con el esfuerzo.
Entonces la puerta se abrió de golpe y Mannix bajó los escalones a trote, con los ojos destellando en plata y amarillo al verme, su lobo claramente sintonizado con mi presencia.
—¿Qué quieres?
Su tono rozaba lo agresivo, y parpadeé al mirarlo.
—Tú, eh... te dejaste el teléfono en mi casa.
Miró el móvil que tenía en las manos y me lo quitó.
—Gracias.
Miró la pantalla.
—Es mi manada. Deben de necesitarme.
Asentí y metí las manos, ahora vacías, en los bolsillos de mis vaqueros para disimular la incomodidad.
—Por supuesto. Deberías irte si te necesitan.
Asintió, fue hacia su camioneta, subió de un salto, la arrancó y metió la marcha.
Esta vez no hubo despedida, ni un gesto con la mano. Nada. Simplemente dio marcha atrás, salió de su sitio y se fue, llevándose con él toda esperanza de un futuro.