Amelie
El corazón me latía a mil por hora. El olor de Mannix, el sonido de su voz, eran demasiado para mis sentidos privados de él, y ahora todo mi ser estaba en alerta máxima.
—Reid… él… ah…
Temblaba como una hoja en medio de mi cocina, intentando recomponerme. Esto no tenía que haber pasado.
Me llevé la mano a la boca, sintiendo el temblor hasta en los labios.
—Yo…
Demasiado conmocionada para seguir hablando, no sabía qué decir.
Reid, el compañero de mi Alfa, estaba allí en la cocina, mirándome como si no entendiera por qué estaba tan alterada. Ni siquiera yo sabía qué estaba pasando. No del todo. Había oído que esto pasaba, por supuesto. Pero nunca lo había experimentado en persona.
—Amelie —dijo Reid en voz baja, tomando las riendas cuando las palabras me fallaron—. ¿Acabas de… bueno… ni siquiera sé cómo formular esta pregunta.
Me abracé a mí misma y asentí.
—Huele mejor que nada que haya olido en mi vida. Y el sonido de su voz…
Un escalofrío me recorrió al recordar la voz de Mannix. En cuanto lo vi, supe que algo extraño estaba pasando, pero cuando habló… Vaya. Todo dentro de mí —el corazón, el vientre, incluso más abajo— se encendió como las luces de un árbol de Navidad a plena potencia.
—¿Te hace más feliz de lo que jamás creíste posible? —completó Reid.
Asentí antes siquiera de pensarlo. Pero ¿cómo era esto posible? Mannix era un completo desconocido. No tenía ningún derecho a hacerme sentir nada, y mucho menos felicidad.
Levanté la vista y miré a Reid. Sus ojos me dijeron que sabía exactamente de qué hablaba.
—¿Así es como se siente? —pregunté mientras una ola fría me recorría, seguida de otra caliente. Era como si mi cuerpo se hubiera acelerado y no supiera cómo reaccionar.
—¿Cuando encuentras a tu compañero? —preguntó Reid—. Sí. Aunque yo solo tenía ocho años cuando conocí a Allara, así que para mí no fue tan intenso en aquel momento.
Me sacudí y lo miré fijamente.
—¿Acabas de decir compañero? Tuve un compañero, Reid. Lo sabes. Y también sabes que está muerto.
Reid ladeó la cabeza y apoyó las manos en la encimera.
—Sí, lo sé. Estuviste unida a alguien a quien amabas, Amelie. Pero eso no es lo mismo que estar predestinada. Los dos lo sabemos.
Temblé con la adrenalina corriéndome por las venas. Necesitaba correr. Transformarme.
—Tengo preguntas, Reid, pero necesito irme.
—Sí, ve —dijo—. Yo me quedo, por si Mannix despierta y necesita algo.
La transformación se acercaba, y ya sin control alguno, apenas podía hablar.
—Si Lacey vuelve… Dile… yo…
Sacudí la cabeza. Las palabras se me habían escapado. Él lo vio, fue hacia la puerta principal y la abrió para mí.
—Lo haré. Ve.
Dejé que mi loba negra emergiera, brotando desde mi interior y apoderándose de mi humanidad. Caí al suelo mientras el pelaje me brotaba por la piel y las manos se me convertían en patas con largas garras que repiqueteaban contra el suelo.
Mi loba tomó el control y no me resistí, simplemente corrí. Salí por la puerta principal, bajé por el camino y me adentré en el bosque.
Tenía que alejarme.
No podía ser verdad. No podía.
Sabía lo que Reid había intentado decirme. Que Mannix era mi compañero predestinado, igual que Allara lo era de Reid.
Cuando yo era joven, los compañeros predestinados se consideraban un mito. Algo reservado solo para las parejas más excepcionales. Pero se estaba volviendo más común, y se hablaba mucho de ello en nuestra manada y en las vecinas.
Eso estaba bien para ellos, por supuesto. Para personas como Allara y Reid. Pero nunca pensé que a mí me pasaría lo mismo. Yo ya había tenido a mi compañero. A mi esposo. A mi amor de la infancia, Evan.
Llevábamos cinco años casados cuando lo mataron en una guerra de manadas. Se me había roto el corazón sin remedio, pero nuestra hija Lacey solo tenía cuatro años entonces, y me necesitaba. Mi amor por ella era lo único que me impedía seguir a mi esposo a una tumba temprana.
Mi hija me había necesitado. Y aún me necesitaba. Ahora tenía nueve años y era el amor de mi vida. Era todo lo que necesitaba. Me lo había repetido durante años, y estaba segura de que seguía siendo verdad a pesar del aroma del hermano de Reid, que me atraía como nada lo había hecho jamás.
Corrí y corrí, hasta que la respiración se me volvió trabajosa y el corazón me latía aún más rápido que cuando conocí a Mannix y me di cuenta de lo especial que era para mí.
Cuando por fin quedé exhausta, di media vuelta y me dirigí a casa. No sabía qué iba a hacer, pero tener otro compañero no me interesaba en absoluto. Y mi hija no necesitaba un padrastro.
Para cuando llegué a mi casa —la casa que mi esposo había construido para mí— estaba tranquila. Bueno, tranquililla. Mannix no necesitaba saber que éramos compañeros predestinados, y podía volver por donde había venido sin enterarse de nada.
Subí los escalones del porche trotando, todavía en forma de loba, y me encontré a Reid de pie en el vestíbulo, esperándome.
—Oye, ¿estás bien?
No quería volver a transformarme y tener que responderle, así que pasé rozándole la pierna de camino a mi habitación. Aunque sí agradecía que se hubiera quedado para ver si estaba bien.
En cuanto llegué a mi habitación, volví a transformarme y cerré la puerta. Tenía la piel cubierta de sudor, así que me metí en la ducha y me lavé. Podía ser hospitalaria, ¿no? Al fin y al cabo, Mannix probablemente seguía fuera de combate si sus migrañas eran como las que solía tener mi padre.
Me vestí rápido, con unos vaqueros viejos y un jersey de manga larga. Por alguna razón, pensé que si iba más tapada, Mannix no podría percibir la verdad. Al salir de la habitación, me miré el pelo y me lo recogí en una coleta alta.
Cuando por fin me convencí de que tenía un aspecto presentable, pero para nada sexy, salí de mi dormitorio y volví a la sala de estar. El compañero de la Alfa seguía de pie en mi cocina.
—Muchas gracias por quedarte, Reid. ¿Ha vuelto ya Lacey a casa?
Negó con la cabeza.
—No. He estado aquí solo. Bueno, aparte de Mannix, claro, pero fui a ver cómo estaba hace un rato. Sigue durmiendo.
Le sonreí.
—¿Solo? Lo dices como si fuera algo terrible.
A mí, la verdad, me gustaba bastante estar sola.
Se cruzó de brazos.
—Nunca me ha gustado estar solo. No desde que era un crío.
Asentí con un suspiro.
—Sí, lo entiendo.
A Reid lo había abandonado su familia y nuestra manada lo encontró. Había pasado mucho tiempo solo, vagando mientras intentaba sobrevivir a la intemperie y al hambre. Seguramente tratando de volver a su manada, el pobre.
—¿Seguro que no te importa que Mannix se quede aquí? —preguntó Reid—. Si no te sientes cómoda…
—No, tranquilo. Estaré bien. No será por mucho tiempo.
Seguro que querría volver a casa pronto, ¿no?
Reid asintió.
—En cuanto se recupere, firmaré lo que haga falta y podrá volver a su manada para ser el Alfa legítimo.
Se me hizo un nudo en la garganta.
—¿Es el Alfa de su manada?
Reid gruñó.
—Sí, lo es.
Estaba claro que había una historia detrás, pero no era algo de lo que Reid quisiera hablar.
—Vale, pues lo dejaré dormir y cuidaré de él hasta que se recupere. Tú vete a casa con tu compañera y el bebé.
Reid se dirigió a la puerta principal.
—De acuerdo. Pero ven a buscarme si me necesitas.
—Lo haré.
Lo acompañé hasta la puerta.
En cuanto Reid se marchó, llevándose su energía tensa, pude respirar un poco más tranquila. Poco después, oí un golpecito en la puerta.
—Mami.
—¡Oh!
Me di la vuelta y le abrí a mi pequeña.
—Hola, cariño.
Puso los ojos en blanco.
—No soy un bebé.
Me reí.
—Lo sé. Pero eres mi bebé, y siempre serás mi bebé. Ahora dime, ¿qué tal el cole?
Lacey parloteó sin parar mientras le preparaba la merienda, y agradecí que llenara el silencio. Al menos sirvió para calmar un poco la tormenta de emociones e incertidumbre que rugía en mi interior.
—¿Mamá? —preguntó Lacey de repente.
—¿Sí, cariño?
—¿Hay alguien aquí?
Me giré, dejando de cortar las verduras para la cena. Se me revolvió el estómago y me recordé que no había hecho nada malo.
—Sí, cielo. El hermano pequeño de Reid se va a quedar con nuestra manada unos días, y le dijeron que podía alquilar una habitación aquí.
Lacey ladeó la cabeza, claramente confundida.
—¿El hermano de Reid? No sabía que Reid tuviera familia.
—Sí, Reid tampoco lo sabía, al parecer —dijo una voz grave desde el pasillo.
Lacey y yo nos giramos y vimos a Mannix en la entrada de la cocina, con los ojos tan entornados que apenas podía distinguirle los rasgos.
Tragué el repentino nudo en la garganta y forcé una sonrisa por el bien de mi hija.
—Lacey, este es Mannix. Mannix, no sé si puedes verla, pero esta es mi hija Lacey, tiene nueve años.
Le mencioné su edad por si necesitaba moderar el lenguaje.
Sonrió e inclinó la cabeza.
—Encantado de conocerte, Lacey. Siento tener esta pinta, pero todavía no puedo abrir bien los ojos.
Lacey saltó de su asiento y fue hacia él. Le cogió la mano tan rápido que Mannix y yo dimos un respingo.
—No pasa nada. ¿Necesitas ayuda? —preguntó.
Se me llenaron los ojos de lágrimas. Lacey nunca había mostrado afecto hacia ningún hombre que no fuera su padre. No podía creer que hubiera ido hacia él así, sin más.
—Estoy bien, Lacey. Solo necesito que tu madre me enseñe dónde está el baño. Luego volveré a la cama.
Me acerqué a él, ansiosa por separar a mi hija de él.
—Yo te lo enseño.
—Puedo enseñárselo yo, mamá.
Lacey hizo girar a Mannix.
—¿Qué te pasa?
Alargué la mano hacia ella.
—Oh, cariño, eso no se pregunta.
—Tengo migraña, Lacey —le dijo Mannix con suavidad, sin mover los pies a pesar de la insistencia de Lacey—. Pero preferiría que me llevara tu madre. ¿Te parece bien?
Arrugó la cara.
—Si no queda más remedio.
Se me encogió el corazón al ver su decepción.
—¿Qué te parece si le preparas un sándwich a Mannix y nos vemos en la habitación de invitados?
—¡Oh, sí! —dijo Lacey, dando saltitos—. ¿Te gusta la mantequilla de cacahuete con mermelada?
—Me encanta —dijo Mannix, con una mueca más que una sonrisa.
—¡Vale!
Salió corriendo.
Le cogí la mano a Mannix y me estremecí al sentir la descarga eléctrica que me recorrió el cuerpo con solo rozarlo.
—Gracias por ser tan amable con ella.
Se encogió de hombros.
—Parece buena niña. Siento ser una molestia.
Lo guié por el pasillo.
—El baño está aquí, a tu izquierda. Sigue recto. El váter está justo delante.
Por un instante pensé en preguntarle si necesitaba ayuda con los pantalones, pero retrocedí hacia la puerta tan rápido que me di con el hombro en el marco, con la cara ardiendo. —Te espero fuera. Después te ayudo a volver a la cama, ¿vale?
Asintió, forcejeando con los vaqueros. —Muchas gracias, Amelie.
Me di la vuelta y me abracé, con una especie de gritito extraño atrapado en el pecho.
Cuando estaba con Mannix me sentía más viva de lo que me había sentido en años, más de los que podía contar. Y aunque era jodidamente aterrador, tenía que admitir que también era emocionante.