Lealtad de la manada Mannix
87%

Mannix

El silencio a mi alrededor era denso y sofocante. Como un día con demasiado sol, algo de lluvia y nubes que lo atrapaban todo.

Allara carraspeó.

Suspiré. Realmente no tenía un plan.

—No lo sé. Las probabilidades de encontrar a Reid eran tan escasas que... no pensé más allá de ese punto.

Y si lo hubiera hecho, probablemente habría querido que mi hermano volviera a casa conmigo.

Ahora que lo analizaba bien, era evidente que aquel plan a medio formar ni siquiera era una opción.

—Bueno, hay mucho de qué hablar —dijo Allara, irguiéndose aún más en su asiento, si es que eso era posible.

—¿Como qué? —pregunté, cambiando de posición en la silla.

Debí de hacerlo mal porque el bebé empezó a retorcerse, con la carita arrugada en un gesto de enfado.

El pánico se apoderó de mí y extendí los brazos hacia la Alfa.

—Creo que te quiere a ti.

Allara se levantó de la silla y cogió al bebé con un movimiento experto.

—Gracias. Ya le estará entrando hambre.

Se acercó a Reid en la cocina y le susurró tan bajo que ni siquiera con mi oído de lobo pude captar sus palabras.

—Vuelvo enseguida —me dijo—. Voy a darle de comer en el dormitorio.

Luego desapareció de mi vista y me quedé a solas con mi hermano.

Me dejé caer contra el respaldo del sillón reclinable, sintiendo por fin el agotamiento de la semana de viaje. Las altas expectativas y la decepción que vino después. ¿Qué había esperado realmente? ¿Que Reid me recibiera en su nueva familia con los brazos abiertos?

Me puse de pie, agotado hasta los huesos.

—¿Hay algún sitio donde pueda quedarme esta noche? Volvería a mi manada ahora mismo si pudiera, pero apenas he dormido esta semana.

Y, sinceramente, no estaba seguro de poder conducir en ese momento. Lo último que mi manada necesitaba era otro Alfa muerto.

—Debería haber algo. Hay un par de personas en el pueblo que alquilan habitaciones a visitantes de la manada.

—Tengo dinero, puedo pagar —confirmé, alzando la barbilla—. No necesito caridad. O, si lo prefieres, puedo buscar un motel por aquí cerca.

—No.

Reid negó con la cabeza como si luchara consigo mismo.

—Allara... eh, quiere que te quedes hoy para que podamos aclarar algunas mierdas.

—¿Qué mierdas?

¿Por qué seguían pensando que había venido con segundas intenciones?

Reid me miró frunciendo el ceño.

—Supongo que tendré que firmar algo para renunciar a la sucesión del título. No quiero ser Alfa. Es todo tuyo.

Ah, eso. Sí. Lo que sea.

Asentí.

—Seguramente exista, pero no lo traje conmigo.

Ni siquiera lo había pensado. No realmente. Simplemente me había subido a la camioneta y me había largado. Alfred siempre decía que era demasiado impulsivo, pero yo nunca había estado de acuerdo. Hasta ahora.

Reid cruzó los brazos sobre su enorme pecho.

—¿Has venido hasta aquí para encontrarme y no has traído nada que me permita cederte el cargo?

Me apreté el puente de la nariz e inspiré hondo. Llevaba un par de días con un dolor de cabeza sordo, pero se estaba convirtiendo en una migraña de mil demonios.

—Mira, hermano, me da igual lo que creas o dejes de creer. Mañana volveré a casa, con o sin tu estúpida firma. Solo dime dónde hay una cama y un sitio donde pueda descansar unas horas. Te lo agradecería.

Tuve que hacer acopio de toda mi paciencia para no arrancarle la cabeza a Reid. Puede que a él le diera igual tener o no un hermano, pero a mí no. Ni siquiera uno tan cabezota como Reid. Su rechazo resultaba extraño y doloroso, por decirlo suavemente.

—Vale. Sí. Deja que te acompañe a casa de Amelie. Le vendría bien el dinero extra si estás dispuesto a pagar la comida y eso.

—Claro —dije con un suspiro pesado—. Vamos.

Me giré hacia la puerta mientras mi hermano pasaba a mi lado. Luego seguí a Reid al exterior, a la luz del sol, parpadeando sin parar mientras el dolor me estallaba en la cabeza. Debí de gemir o algo porque Reid se dio la vuelta.

—¿Qué pasa?

Bajé la mirada, incapaz de abrir los ojos del todo.

—Migraña. No puedo... ver bien.

Mierda. Los destellos de luz, la visión de túnel. Ahora sí que estaba jodido.

Reid me agarró del codo.

—La casa de Amelie está a unos treinta metros carretera arriba. Tú camina, que yo te guío.

Asentí y dejé que me guiara, aunque el pánico me retorcía las tripas. Odiaba esto. La vulnerabilidad. No tenía ni idea de adónde iba ni de quién podía estar viéndome tropezar por la carretera como un idiota.

Era la peor sensación para un cambiaformas lobo, y más aún para un Alfa. Alguien podría atacarme en ese mismo instante y no tendría forma de defenderme.

—Ya casi estamos —dijo Reid con voz ronca.

—Para. Estoy bien —le gruñí.

Me estaba compadeciendo, lo notaba en su tono. Pero no quería su maldita compasión.

—¿Te pasa a menudo? —preguntó.

Me encogí de hombros y tropecé con algo en el suelo, pero Reid me sujetó con firmeza y no me fui al suelo.

—Qué va. Una o dos veces al año.

A veces más si estaba estresado.

—Estamos aquí. Dos escalones hasta el porche, ¿vale?

Forcé los ojos a abrirse apenas una rendija y subí las escaleras. Joder, el martilleo había empezado como si un duendecillo se hubiera instalado dentro de mi cerebro y lo aporreara como si mis neuronas fueran un yunque.

Reid llamó con fuerza a la puerta y me apoyé un poco en él. Menuda mierda. Y de las gordas.

Habló una mujer con la voz más dulce que había oído en mi vida.

—Reid. ¿Quién es?

Me habría reído de lo desconfiada que sonaba, de no ser por el dolor de cabeza.

—Es Mannix —dijo Reid, y se detuvo.

Esperé. ¿Iba a presentarme como era debido o a quitarle importancia a nuestra conexión? Probablemente lo segundo.

—Es mi hermano —dijo, lo que me sorprendió, aunque la rabia que destilaban sus palabras dejaba claro que no le hacía ninguna gracia ese vínculo.

Amelie ahogó un grito.

—Dios mío. Cómo... Por qué...

—Lo explicaré después, pero necesita tu ayuda. ¿Puede quedarse aquí esta noche?

—Claro. Tengo la habitación de invitados preparada. Pero ¿qué le pasa?

—Puedo hablar por mí mismo —gruñí. Acto seguido gemí, echando por tierra cualquier ilusión de estar bien—.

Migraña —logré articular, y Amelie volvió a jadear, esta vez con más fuerza.

Fruncí el ceño en su dirección, aunque no tenía ninguna esperanza de verla—.

¿Estás bien? Lo siento, me duele tanto la cabeza que ahora mismo no puedo abrir los ojos.

Lo que significaba que no podía calibrar su reacción ante la llegada de un desconocido a su casa.

—Mételo dentro, Reid —su tono resuelto me resultaba muy familiar. Me recordaba un poco a Allara—. Voy a cerrar las persianas y a traerte agua. Por aquí, Mannix.

Di un traspié y Reid volvió a sujetarme. Entre los dos consiguieron meterme dentro: Amelie iba dando indicaciones mientras Reid impedía que me cayera de bruces. Estar dentro, lejos del sol, alivió un poco el dolor, al menos.

Me llevaron a una habitación a oscuras y me senté en una cama mullida.

Suspiré y dejé de apretar los ojos. El dolor no mejoró, pero tampoco empeoró, lo cual era una buena señal.

Amelie se sentó a mi lado y me puso un vaso de agua en la mano.

—Bebe esto y tómate un par de Advil —me puso las pastillas en la palma de la mano y las apreté para que no se me cayeran.

—En realidad no sirven de mucho —le dije mientras aspiraba su aroma.

—Tómalas de todos modos. Te ayudarán a dormir.

Olía de maravilla. Incluso sumido en aquel dolor, no pude evitar percibir su aroma a miel y canela.

—¿Has estado horneando? —pregunté por decir algo, y acto seguido me llevé la mano a la boca y me tragué los analgésicos.

—No. ¿Por qué preguntas? ¿Tienes hambre?

Sí que la tenía, pero no podía comer estando así. No me duraría mucho en el estómago.

—No. No quería decir eso. Es que huelo a miel y canela. Muy intenso.

Se hizo el silencio. No tenía ni idea de por qué. ¿La habría ofendido de algún modo?

—Es un olor agradable —le aseguré. Entonces me tambaleé en el sitio—. Lo siento, pero creo que voy a tener que tumbarme —antes de hacer alguna estupidez como caerme o vomitar delante de ella.

—Esperaré en la cocina —dijo Reid, y fue como si se esfumara; de pronto la habitación parecía más grande.

Amelie se levantó de un salto y me apoyó suavemente la mano en el hombro.

—Ya puedes tumbarte.

Lo hice y gemí. Toda la cama olía a pasteles de miel recién hechos. Debía de ser el detergente o algo así.

—Gracias.

Levanté las piernas y Amelie me quitó los zapatos.

—Siento que no estén limpios —me disculpé—. Y gracias por esto. No he elegido el mejor momento, ¿verdad?

Me sentía como un completo idiota y debía de parecer débil ante los dos. ¿Qué clase de Alfa se dejaba tumbar por un simple dolor de cabeza?

—Mi padre solía tener migrañas. De las fuertes —dijo Amelie, y su dulce voz pareció envolverme—. Así que sé lo malas que pueden llegar a ser. El agua está en la mesita de noche, a tu lado.

Oí pasos y me giré de lado para acurrucarme en la almohada. El aroma se fue desvaneciendo a medida que Amelie se alejaba.

—Gracias de nuevo —logré decir. La intensidad palpitante de mi cabeza iba remitiendo mientras el sueño me reclamaba.

—Si necesitas algo, llama y vendré inmediatamente —dijo—. Duerme un poco.

—Gracias.

La puerta se cerró y solté un suspiro profundo. Menudo día de mierda. Tenía sus ventajas, claro. Mi hermano estaba vivo, lo que significaba que mi padre no lo había matado hacía tantos años. Eso era una gran noticia.

Pero Reid quería que me largara. Eso, desde luego, no era lo mejor del día.

Dejé que el sueño me venciera. Cuanto antes me recuperara, antes podría volver a casa y retomar mi antigua vida.

Tal como era.