Lealtad de la manada Mannix
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Mannix

Mi padre era un loco y un imbécil de primera. No me gustaba admitirlo ante nadie ni decir las palabras en voz alta, pero los hechos eran los hechos.

¿Qué clase de hombre, por no hablar de un Alfa cambiaformas, llevaría a su hijo mayor a ciento sesenta kilómetros de casa, lo abandonaría en plena naturaleza y le diría que volviera por su cuenta?

Porque eso fue exactamente lo que mi padre le hizo a mi hermano mayor, Reid, cuando tenía ocho años.

Durante años, la manada creyó que Reid había muerto.

¿Qué niño de ocho años podría sobrevivir a los duros inviernos de nuestro estado?

Al fin y al cabo, mi padre había elegido uno de los días más gélidos del año para abandonar a Reid.

Al menos eso era lo que me habían contado conforme fui creciendo.

En nuestra manada, la gente solía cotillear y especular sobre cómo habría muerto mi hermano.

Era demasiado joven para transformarse. Demasiado joven para cazar.

Entonces, ¿cómo esperaba mi padre que sobreviviera?

La pura verdad era que probablemente no lo esperaba.

Lo que convertía a mi padre en... ¿qué? ¿Un asesino? ¿Un demente? ¿O ambas cosas?

La manada decía que mi padre estaba maldito. Y cuando murió en un incendio más tarde ese mismo año, nadie se sorprendió. Se había suicidado y había matado a mi madre. Yo solo tenía cinco años entonces, así que no recuerdo mucho de aquella época.

Me salvó el mejor amigo de mi padre, el hombre que me crió: Alfred. Un hombre bondadoso. Un beta cariñoso que asumió el papel de Alfa tras la muerte de mi padre, solo porque no había nadie más en la manada que pudiera hacerlo.

Pero la mayor sorpresa de todas llegó la noche antes de que Alfred muriera. Me confesó que había oído rumores de que mi hermano Reid seguía vivo.

No perdí el tiempo. La misma semana en que enterré al hombre que me había criado, partí en la misma dirección en la que mi padre aparentemente había conducido con mi hermano tantos años atrás. Viajé de manada en manada, preguntando a todo el que encontraba por un hombre llamado Reid.

Al final, encontré a alguien que conocía a un hombre con el tamaño, la altura y la fuerza de un Alfa.

Por lo visto era callado, pero un buen líder.

Esa descripción encajaba perfectamente con el hombre que siempre había imaginado que sería mi hermano.

Pero ¿era él? ¿Y qué habría hecho el paso del tiempo con él?

Apagué el motor de mi camioneta y miré por el parabrisas los edificios dispuestos alrededor de la plaza del pueblo. Llevaba un mes conduciendo y por fin había llegado al territorio de la manada Northwood.

El corazón me latía con demasiada fuerza en el pecho y, después de todo aquel tiempo, dudé en salir del vehículo.

De repente, un puño golpeó mi ventanilla y di un salto, fulminando con la mirada al tipo que me observaba.

—¿Puedo ayudarte? —preguntó alzando la voz.

Suspiré y saqué las llaves del contacto antes de abrir la puerta. Se me había pasado la indecisión.

—Hola, tío.

Cerré la puerta y me guardé las llaves en el bolsillo de los vaqueros.

—Hola —repitió—. ¿Estás buscando a alguien?

El corazón volvió a latirme con fuerza, inundándome de estrés.

—Sí. Busco a Reid.

El tipo arqueó las cejas y me recorrió con su mirada de águila.

—¿Ah, sí? Yo iba para allá a charlar con el Alfa. ¿Quieres venir?

Inspiré de golpe. Un dolor como una patada en el estómago me golpeó en pleno plexo solar.

—Claro. Soy Mannix, por cierto.

Le tendí la mano y el otro tipo me la estrechó, zarandeándome el brazo entero con la fuerza de su apretón.

—Soy Jason. Vamos. Deberían estar en casa.

—¿Ellos? —pregunté mientras caminaba junto al tipo, que tenía que ser uno de los betas de la manada. Era corpulento y parecía estar en buena forma, pero aun así era unos centímetros más bajo que yo.

—Sí, el Alfa y su familia.

—¿Su familia? —repetí—. ¿Vuestro Alfa es... una mujer?

¿Cómo funcionaba eso? ¿No había dicho Jason que íbamos a ver a Reid?

Jason frunció el ceño.

—Creía que habías dicho que conocías a Reid.

—Lo conozco... más o menos —murmuré mientras nos acercábamos a una gran casa de troncos. Era de dos plantas y estaba rodeada de jardines.

Miré a mi alrededor. Era la única casa de dos plantas de la zona.

—Esta es la casa del Alfa —dije, seguro de estar en lo cierto sin necesidad de que Jason lo confirmara.

Jason me miró con el ceño fruncido, ahora receloso de aquel desconocido, lo que lo convertía en un buen beta.

—Creo que vas a tener que explicarme qué haces aquí antes de que te deje entrar a ver a Allara y Reid.

—¿Allara? —repetí—. ¿Es la compañera de mi hermano?

—¿Hermano? —exclamó Jason boquiabierto, con el ceño desfruncido por la sorpresa.

Me dieron ganas de darme de cabezazos contra la pared.

—Mira, yo...

La había cagado pero bien. No quería que saliera así.

—Mi hermano desapareció hace veinte años. Se llamaba Reid. Todos pensamos que había muerto, pero hace solo una semana me dijeron que seguía vivo.

—Entonces, ¿estás aquí para averiguar si nuestro Reid es tu hermano? —preguntó Jason, esbozando una amplia sonrisa.

—Sí. Más o menos.

Miré la casa y luego volví a mirar a Jason.

—¿Cómo es este Reid?

Jason me evaluó con los brazos cruzados sobre el pecho, mirándome fijamente. Debí de pasar algún tipo de prueba, porque se relajó un poco.

—Te pareces un poco a él, ¿sabes?

—¿De verdad?

Jason asintió.

—Sí. Los mismos ojos y ese hoyuelo en la barbilla. En fin, Reid es un tío genial. Es el compañero de nuestra Alfa, Allara.

—¿Nació en la manada? —pregunté, con la esperanza de que no, y dando por hecho que Jason no me habría hecho perder el tiempo de ser así.

Jason negó con la cabeza.

—No. Era un expósito. Una mujer de la manada lo encontró en el bosque, medio muerto, famélico y deshidratado, cuando tenía unos diez años.

¿Diez? Joder. ¿Había sobrevivido dos años ahí fuera, solo?

—O eso pensábamos todos porque era alto. Nunca averiguaron de dónde venía, y él se negó a hablar del tema. Estuvo mudo durante meses después de que lo encontraran, pero salió adelante.

Cada palabra era como un puñetazo en el corazón.

—Ellos... vosotros... —tragué con dificultad, con las lágrimas atoradas en la garganta—. ¿Lo encontrasteis?

—Yo no —dijo Jason, negando con la cabeza—. Emma. Ella lo crió.

Me quedé mirando la casa grande, con demasiadas emociones bullendo en mi cabeza como para nombrarlas.

—¿Cómo es ahora?

—¿Por qué no vienes a conocerlo tú mismo? —dijo Jason, dándome un golpecito en el hombro al pasar junto a mí camino a la entrada—. Venga.

Me había quedado clavado en el sitio. ¿Cómo iba a acercarme al hombre que debería ser mi Alfa? Al hombre que mi padre había tirado como si fuera basura.

—Yo...

Jason gruñó, se dio la vuelta y llamó a la puerta.

Joder.

La puerta se abrió y apareció una mujer con un bebé en brazos.

Se me encogió el estómago, la adrenalina disparada por las venas. Quería salir corriendo. Lejos, a ser posible. Y sin embargo, no podía moverme. La indecisión me tenía paralizado.

Jason habló con la mujer. Supuse que sería la tal Allara, y entonces los dos echaron a andar hacia mí.

Cambié el peso de un pie a otro y me alegré de comprobar que aún podía moverme.

—Hola —dijo la mujer al acercarse. El bebé que llevaba en brazos parecía tener solo unas semanas, pero estaba tranquilo y dormido—. Soy Allara, la Alfa de la Manada Northwood. Jason dice que buscas a Reid.

Asentí y tragué saliva con dificultad.

—Soy Mannix.

Sonrió con suavidad.

—¿Y buscas a Reid? —repitió.

—¿Te lo ha dicho Jason?

Allara miró a su beta.

—Sí. Me dijo que podrías ser de la familia de Reid. Él nunca habló de su vida antes de que mi manada lo encontrara, así que la verdad es que no sé qué decir ni qué hacer.

—Mi padre era el Alfa de nuestra manada —solté de golpe, con ganas de sacarlo todo cuanto antes—. Tu marido es mi hermano mayor, si tu Reid es el mismo Reid que busco.

Parecía un idiota balbuceando, pero me daba igual. Bueno, no del todo, pero mi orgullo era un precio menor si con eso recuperaba a mi hermano.

Esta vez Allara sonrió abiertamente.

—Diría que sí lo es. ¿Cuántos hombres hay del tamaño de un Alfa que aparecieran solos en el bosque siendo niños?

Jason frunció el ceño de pronto.

—¿Tu padre estaba enfermo?

—¿Enfermo? —Ladeé la cabeza, fingiendo que lo pensaba. ¿Enfermo mental? Probablemente. Pero ¿cómo iba a explicar eso ahora? De momento, ignoré la pregunta—. Mis padres murieron en un incendio.

—Dios mío —Allara se llevó la mano a la boca—. Lo siento mucho.

—No pasa nada —me encogí de hombros, quitándole importancia—. Fue hace mucho tiempo.

Toda una vida atrás, para mí. Apenas recordaba a mis padres, y por lo que me habían contado de mi padre, me alegraba de no recordar mucho.

—Bueno, Reid debería volver en cualquier momento. Salió a por la cena hace un rato. No tardará.

La mirada de Allara pasó por encima de mi hombro y se le iluminó la cara como si fuera mañana de Navidad.

—¡Ahí está! ¡Reid!

Agitó el brazo libre en el aire como si llamara a un taxi.

Me giré despacio y me quedé mirando cómo un hombre enorme se acercaba. Me habían dicho que tenía el tamaño de un Alfa, pero este hombre era aún más grande de lo que esperaba.

Tenía los ojos oscuros, igual que el pelo, y en la barbilla vi el hoyuelo familiar del que ninguno de los dos nos habíamos librado.

Este hombre era mi hermano. Estaba seguro.

Se acercó y fue directo hacia su compañera, le rodeó la cintura con una mano en gesto posesivo y le dejó un beso en la coronilla.

Solo entonces se fijó en mí.

—Hola, soy Reid —se presentó con una sonrisa relajada, sin el menor atisbo de reconocimiento en la cara.

—Hola —le devolví el saludo con un gesto de cabeza, seguramente con cara de tonto y los ojos como platos.

Allara me miró con el ceño fruncido y luego se volvió hacia Reid.

—Cariño, este es Mannix.

No supe si fue mi nombre o si de pronto reconoció algo en mis rasgos, pero la cara de Reid se transformó. Frunció el ceño y se le abrió la boca.

—Man... ¿Has dicho Mannix?

Ahora me miraba con la sospecha marcada en cada línea de la cara.

Asentí.

—Sí. Soy yo.

—Jason, lleva a Allara y al bebé dentro —dijo Reid, con un tono que no admitía discusión.

Era un Alfa de pies a cabeza, desde la voz autoritaria hasta la espalda erguida y las aletas de la nariz dilatadas.

Ni siquiera miró a su compañera ni a Jason; simplemente empujó a Allara hacia los brazos de Jason y se interpuso entre ellos y yo.

Allara me lanzó una mirada preocupada antes de obedecer y volver a entrar en la casa.

La agresión de su postura despertaba al Alfa que también llevaba en la sangre. Reprimí a mi lobo cuando se alzó en mi pecho. Quería protegerme de la amenaza que suponía Reid. Alfred me había criado para ser el Alfa de mi manada, y todo en mí quería responder a la ira que Reid me dirigía.

Pero no lucharía contra él, pasara lo que pasara. Obligué a mi lobo a calmarse a pura fuerza de voluntad.

Reid se cruzó de brazos y me sostuvo la mirada, como si percibiera la lucha en mi interior.

—¿Qué coño haces aquí, Mannix? ¿Qué quieres?