Lealtad de la manada Capítulo 10
77%

Capítulo 10

Noah

Estaba tan furioso que los dedos se me habían convertido en garras, y tuve que salir corriendo de la casa para que Amy no me viera perder el control. No quería que la primera vez que viera a mi lobo la asustara.

Por otro lado, estaba confundido y molesto porque no sabía realmente por qué estaba tan cabreado. Vale, me habían ocultado la existencia de mi hija, y eso había que hablarlo, pero ¿era correcto echarle la bronca a Amy justo cuando estaba reconociendo sus errores?

Sobre todo después de lo que había pasado anoche.

Me sentía como un imbécil por haberle hablado así esta mañana. Si quería que se quedara, tendría que averiguar qué demonios eran estos sentimientos que no dejaban de aflorar.

En un momento estaba tan feliz como si hubiera encontrado a mi compañera predestinada y nuestro final feliz, y al siguiente me invadía la rabia y luchaba por evitar que mi lobo saliera a aullarle a la luna.

Solté un gruñido mientras me pasaba la mano por el pelo, obligándome a seguir trabajando: cavando agujeros, construyendo casas. Trabajo físico que debería acallar las voces de mi cabeza.

Pero no funcionaba. Lo único que veía en mi mente era a Amy retorciéndose en la cama debajo de mí.

Lo bien que se había sentido estar cerca de ella, dentro de ella.

Nada me había parecido tan perfecto como la noche anterior.

Pero cada vez que hablaba de quedarse o de irse, la conversación solo giraba en torno a Trixie.

Nunca decía nada sobre lo que sentía por mí. Sobre si debíamos estar juntos. Eso era lo que más me cabreaba.

Mi lobo la había anhelado durante años. Literalmente, años. ¿Había pensado ella en mí aunque fuera una vez en todo ese tiempo? ¿Como algo más que el donante de esperma de Trixie?

Trabajé hasta que me dolieron los hombros y el sudor me chorreaba por la espalda. No me interesaba hablar con nadie. Ni con Ronan, ni con Kit, ni con ninguno de los otros. Me mantuve apartado hasta que sonó la campana de fin de jornada.

El sonido fue un alivio. Hora de volver a casa. A mi casa. Junto a mi mujer y mi hija.

Aunque ella no era mi mujer. Todavía no. Pero, Dios, cómo quería que lo fuera.

Levanté la mano para despedirme de algunos de los chicos con los que había trabajado y eché a andar hacia casa. Me subí la camiseta para limpiarme el sudor de la cara.

Un silbido llegó desde delante. Miré y vi a Lacey caminando por la calle, contoneando las caderas.

Uy, uy.

—Hola, amante —me llamó mientras se acercaba.

—¿Perdona? —dije, mirando alrededor—. ¿Para quién estás montando este espectáculo?

Ignoró mi pregunta y se puso de puntillas para besarme.

Hice una mueca y me eché hacia atrás con el ceño fruncido.

—¿Qué demonios pretendes, Lacey?

Se encogió de hombros.

—Solo te ofrezco algo que estoy segura de que esa humanita no te está dando. Es imposible que pueda seguirle el ritmo a un lobo en fuerza o resistencia. Imposible.

Me sonrió como si ya hubiera ganado la discusión y tuve que reprimir un escalofrío.

—Hace mucho que dejamos de ser amantes, Lacey, así que te sugiero que pases al siguiente de la lista. Ya no estoy disponible.

—¿Disponible? —Se cruzó de brazos sobre el pecho, levantándolos para que el escote asomara por encima de la camiseta de tirantes—. No estás pillado hasta que estés apareado, Noah, y desde luego no veo ningún anillo nuevo en ti.

Apreté la mandíbula para contener las ganas de gritarle.

—Tengo una hija, Lacey. Eso ya es suficiente compromiso para mí. Así que mantente alejada, ¿vale? No me interesas.

Me alejé furioso sin mirar atrás porque sabía que me estaría fulminando con la mirada. Lacey nunca había sido la mujer que yo quería. Había discutido con ella y me había puesto celoso cuando estaba con otros solo porque quería tener a alguien.

Aunque esa persona no encajara conmigo.

Sabía quién encajaba conmigo y con mi lobo, y ella me había dejado. Ahora había vuelto. Entonces, ¿cuánto iba a luchar por retener a la mujer adecuada?

Mucho. Esa era la respuesta.

Subí los escalones de mi casa de dos en dos y abrí la puerta.

Y ahí estaba mi pequeña familia, en el suelo jugando con muñecas. Amy estaba sentada en la alfombra con las piernas cruzadas, rodeada de los juguetes rosas de Trixie.

—¡Oh, hola! —dijo, poniéndose de pie de un salto—. No sabía a qué hora ibas a llegar, así que acabo de poner la cena. Lo siento.

Negué con la cabeza.

—No estoy acostumbrado a que me atiendan, Amy. No tienes que preocuparte por esas cosas.

Aunque era agradable llegar a casa y que la cocina oliera a carne y especias.

Trixie se levantó y corrió hacia mí con los bracitos regordetes abiertos.

—¡Hola! —Me agaché para cogerla en brazos.

Me respondió con un ruidito, y me di cuenta de que no tenía forma de llamarme.

—Oye, Amy. ¿Cómo me va a llamar Trixie?

Se acercó desde la nevera con una cerveza y una botella de agua en la mano.

—¿Cómo quieres que te llame?

Me ofreció las dos, y cogí el agua.

—Solo esto, gracias.

¿Cómo había llamado yo a mi padre? ¿Simplemente... papá?

—No lo he pensado.

—Bueno, la mayoría de sus amiguitos del grupo de madres llaman a sus padres papi, o algo parecido. Pero si prefieres otra palabra, o algo que se use en tu familia, adelante.

—Papi.

Me gustó cómo sonaba. El corazón se me llenó de alegría y una amplia sonrisa me iluminó la cara.

—Hecho —dijo Amy, como si fuera lo más sencillo del mundo—. Así te llamaré cuando hable con Trixie de ti, y seguro que lo pilla enseguida. Ahora, la cena. ¿Cuánto quieres esperar para comer? Trixie necesita cenar pronto para que pueda acostarla.

—Pronto me viene bien —dije—, aunque necesito ducharme. ¿Puedes quedarte con ella? En diez minutos vuelvo.

Le pasé a mi niña a su madre y fui corriendo hasta el baño. Quería volver con mi pequeña familia cuanto antes.

Me lavé, me cambié y volví al salón para encontrarme de frente con Lacey. En mi casa.

Estaba plantada en medio de la habitación, visiblemente enfadada, con las cejas fruncidas y las mejillas encendidas. La puerta principal estaba cerrada y Amy se encontraba a su lado, como si hubieran estado hablando. De qué, no quería ni imaginármelo.

—¿Qué haces aquí? —exigí.

Amy desvió la mirada y se fue hacia la cocina sin mirarme. Trixie vino corriendo hacia mí con lágrimas en los ojos.

—Tranquila, cariño. Ven aquí.

La cogí en brazos y se acurrucó contra mi pecho. Lancé una mirada asesina a Lacey.

—No eres bienvenida aquí.

Lacey se rio como si hubiera contado un chiste.

—Eso no es lo que sueles decir cuando vengo, Noah. ¿Qué pasa? ¿Te preocupa que tu pequeña humana se ponga celosa si nos metemos juntos en la cama?

Se me encogió el pecho, pero decidí ir de frente con la verdad.

—Amy, ¿puedes venir un momento, por favor?

Amy se dio la vuelta y volvió hacia mí, aunque con los brazos cruzados y manteniéndose a una distancia que me impedía tocarla. Necesitaba aclarar esto y zanjar el asunto cuanto antes.

—Amy, esta es Lacey. Salimos durante años, aunque con idas y venidas, mientras ella se acostaba con quien le daba la gana en la manada. No estamos juntos y llevamos meses sin estarlo. Así que no dejes que te afecte.

—Oh, no seas así, Noah.

Lacey sonrió.

—Que esta tía haya tenido a tu bebé no significa que tengáis que estar juntos. Ella nunca encajará aquí. Tiene que volver a su casa. Y tú tienes que quedarte aquí con los tuyos.

Abrí la boca para replicar, pero Amy se me adelantó.

—¿No tienes dignidad? —dijo, fulminando a Lacey con la mirada—. Ha dejado bastante claro que no te quiere. Así que vuelve a la pocilga en la que vivas y deja en paz a mi familia.

Lacey se volvió bruscamente hacia Amy, con los ojos transformándose en los de su loba.

—No sois una familia —escupió—. Pariste a su bastardo. Cualquier mujer podría haberlo hecho.

—Pero cualquier mujer no lo hizo —le gruñó Amy—. ¡Yo lo hice! Así que lárgate y déjanos en paz.

Vi el cambio en Lacey antes de lo que la mayoría habría podido.

Salté delante de mi compañera y le puse a Trixie en los brazos. La niña gimoteaba.

—Cógela. Rápido.

La humanidad de Lacey desapareció y en su lugar apareció una gran loba negra.

—A mi dormitorio. Ve —logré decir mientras mi propio lobo me desgarraba por dentro.

Amy gritó, pero bloqueé el dolor que me provocó su grito. Primero tenía que protegerla. Ya le explicaría después. Enseñé los dientes y gruñí a Lacey.

Se lanzó contra mí.

Levanté la pata delantera y le di un zarpazo en la cara que la alcanzó de lleno en un lado de la cabeza.

Se tambaleó. Me abalancé sobre ella y le clavé los dientes en la garganta.

Ella me mordía, luchaba y arañaba intentando agarrarse.

Sus garras rasgaron el suelo de madera con un chirrido terrible.

Era una loba pequeña comparada conmigo, así que no aflojé.

Nunca había tenido un motivo mejor por el que luchar que la mujer a la que Lacey acababa de intentar atacar.

Apreté la mandíbula y presioné más fuerte contra su cuello, saboreando la sangre mientras mis dientes se hundían en la garganta de Lacey.

Lacey cayó al suelo y se quedó quieta, con el pecho agitándose por la respiración frenética.

Solté un último gruñido de advertencia desde lo más profundo de la garganta, luego abrí las mandíbulas y retrocedí para dejarle espacio para levantarse. Si volvía a atacar, le abriría un agujero.

Lacey volvió a su forma humana, ahora desnuda y prácticamente sollozando en el suelo.

—No es justo, Noah. Tú y yo siempre estuvimos destinados a estar juntos. Este no era el plan. Ella no estaba en el plan.

Volví a mi forma humana y cogí mis vaqueros rotos, pero los solté en cuanto vi que estaban destrozados.

—Tú nunca estuviste en mis planes. Amy es mi compañera. Siempre lo ha sido.

—¿Tu compañera? —repitió Lacey con los ojos muy abiertos por el miedo—. No, no puede ser.

Me reí, y hasta a mí me sonó áspero.

—Lo es, y en cuanto acepte ser mía oficialmente, verás el anuncio por todo el pueblo. Ahora lárgate de aquí antes de que haga algo que los dos lamentemos.

Lacey agarró su ropa y salió corriendo hacia la puerta principal.

Me di la vuelta y fui por el pasillo hasta mi dormitorio, cuya puerta estaba cerrada.

¡Mierda! ¿Y si la pelea había asustado tanto a Amy que se había ido? No era así como había querido que mi compañera conociera a mi lobo.

Me acerqué y pegué la oreja a la madera. No oía nada dentro, pero esperaba que siguiera ahí.

No quería asustarla, así que la avisé por si acaso.

—Ya está. Ya ha pasado todo.

La puerta se abrió de golpe y me recibió el rostro bañado en lágrimas de Amy.

—¡Noah!

Se lanzó a mis brazos y lloró desconsoladamente.

La abracé y la estreché con fuerza contra mí.

—Tranquila, cariño. Tranquila. Nunca dejaré que nadie te haga daño. Estás a salvo.

Consolé a Amy mientras nuestra hija jugaba contenta en el suelo, gruñendo y ladrando con su lobito de peluche entre los brazos.