Capítulo 11
Amy
Nunca había estado tan aterrorizada en toda mi vida. Ni cuando me puse de parto. Ni el día que descubrí que estaba embarazada. Nunca.
Cuando Lacey se transformó ante mis ojos de mujer humana en una loba negra que gruñía amenazante, y Noah me dijo que cogiera a Trixie y saliera corriendo, hice lo que me pidió.
¿Quién no habría huido cuando una loba enorme quería mi sangre?
Pero en cuanto estuve a salvo, o tan a salvo como se puede estar detrás de una simple puerta de madera, el terror me invadió pensando en Noah.
¿Y si Lacey le hacía daño? ¿Y si moría? ¿Qué haría si le pasaba algo ahora que por fin lo había encontrado de nuevo?
Entonces llamó a la puerta y saber que Noah estaba vivo y bien inundó de alivio mi corazón angustiado. No sabía qué hacer con todas las emociones que me recorrían. Así que rompí a llorar y me desahogué en sus brazos.
Lloré como si tuviera el corazón roto. Como si alguien hubiera muerto de verdad. Lloré por todo el dolor y la miseria, la vergüenza y la tristeza que había soportado durante los últimos dos años, recorriendo este camino sola cuando debería haber estado al lado de Noah todo el tiempo.
Qué desperdicio. Qué estupidez.
—Vamos —dijo—, vamos a ponerte más cómoda.
Me cogió en brazos y me llevó al fondo del dormitorio, donde nuestra hija seguía jugando en el suelo con su lobito de peluche.
—La puerta —logré decir mientras me aferraba a sus hombros—. Trixie.
No quería que anduviera por la casa ni que saliera por la puerta principal. No con esos monstruos merodeando.
Cerró la puerta de una patada y me llevó hasta la cama, donde se sentó conmigo en brazos.
—¿Estás bien? —preguntó mientras me acariciaba el pelo.
Asentí, sorbiéndome los mocos.
—Sí. Estoy bien.
El silencio se prolongó mientras me tenía en brazos, y de repente me di cuenta de que estaba completamente desnudo.
—Eh... —Me incorporé y me sequé la cara—. ¿Dónde está tu ropa?
Se encogió de hombros.
—Hecha trizas en el salón. Por desgracia, transformarse sin previo aviso tiene sus inconvenientes.
—¿Y Lacey? —pregunté mientras me asaltaban imágenes de los dos rodando desnudos por el suelo del salón—. ¿Ella también acabó desnuda?
Los celos estallaron dentro de mí. No es que hubieran tenido tiempo de follar. Me había parecido que llevaba horas encerrada en ese dormitorio, pero estaba bastante segura de que solo habían sido unos minutos.
Se rio.
—¿Tanto te preocupa?
«¿Tú, rodando desnudo por el suelo con otra mujer?». Con ira, quizás, pero la ira y la pasión iban de la mano. Casi me eché a reír, pero en lugar de eso apreté los labios para no decir algo estúpido o mezquino.
—Supongo que no. Es que me resulta tan extraño.
Sonrió.
—¿Te preocupó más lo de la desnudez que lo del lobo?
Negué con la cabeza.
—No, esa parte fue terrorífica, lo admito. Una parte de mí no te creyó cuando me lo contaste. Aunque... —Esta vez no pude contener una risa casi histérica—. Supongo que ahora no me queda más remedio que creerte.
Había albergado la esperanza de que su explicación fuera una metáfora, o quizá algo como... un animal espiritual. Cualquier cosa menos la verdad: que de verdad se transformaba en un lobo enorme e imponente.
—¿Por qué iba a mentir?
Me reí suavemente mientras le dibujaba formas en la piel con el dedo.
—No es que pensara que mentías, pero... no parecía posible. De donde yo vengo, esas cosas son solo mitos y leyendas.
Suspiró y me atrajo la cabeza de nuevo hacia su pecho.
—Menudo desastre.
Asentí mientras las lágrimas me resbalaban por las mejillas, aliviada de haber sobrevivido a aquel estúpido ataque de celos de Lacey.
—Y todo es culpa mía. Nunca debí dejarte.
Si no me hubiera marchado hace dos años, Lacey nunca habría estado con Noah. Toda aquella escenita de celos y rencor que acababa de montar no habría ocurrido.
—No, no deberías haberlo hecho —suspiró Noah, estrechándome con fuerza—. Pero eso ya no se puede cambiar. Así que tenemos que buscar la forma de seguir adelante, ¿no?
Asentí, desolada. Esas no eran palabras de un hombre que de verdad quisiera estar conmigo. Estaba aguantando lo que había hecho, aguantándome a mí, por el bien de Trixie.
Tenía que preguntarlo.
—Nunca vas a perdonarme, ¿verdad?
—No es que no te perdone... —dijo, y luego soltó un gruñido de frustración—. Es que...
—¿Solo qué? —pregunté mientras me bajaba de su regazo para sentarme a su lado en la cama. Le pasé una almohada, que miró confundido un momento, hasta que cayó en la cuenta. Se la puso sobre el regazo, tapando aquella vista tan tentadora.
Trixie seguía sentada en el suelo tan tranquila, jugando con su lobo. La niña gruñía y bufaba imitando a Lacey.
Solté una risita y señalé a Trixie con la cabeza.
—Ya sabe qué sonidos hacen los lobos.
Noah ni siquiera esbozó una sonrisa.
—Sí. Espero que no se haya asustado.
—Está bien —dije, y le eché otro vistazo rápido—. No se me está pegando ni está llorando. Yo diría que está perfectamente.
De hecho, no parecía alterada en absoluto. La que estaba hecha un manojo de nervios era yo.
Noah se levantó. La almohada cayó y traté de no mirar. Bueno, miré un poco. Era imposible no hacerlo, con aquel cuerpazo justo delante de mí.
—Puede que me haya equivocado.
—¿Qué decisión? —pregunté, esperando que no fuera nada grave.
—Pediros a las dos que os vinierais a vivir aquí.
Joder. Eso sí que era gordo.
Se me encogió el corazón.
—¿Qué quieres decir?
¿Nos estaba rechazando ahora que había visto la verdad y no había reaccionado como debía?
Vale, se transformaba en un lobo gris enorme y aterrador, pero podía con ello.
¿No? Había acudido en nuestra ayuda al instante, y una parte de mí sabía que jamás dejaría que nos pasara nada malo ni a Trixie ni a mí, si estaba en su mano.
Solo me había pillado por sorpresa, nada más. La próxima vez lo haría mejor.
—Sé que no encajo del todo aquí, pero Trixie os va a necesitar. Y Kara dijo que podía hablar con su cuñada humana, Tammy. Quizá eso nos dé las respuestas que necesitamos sobre cómo se va a desarrollar Trixie y... todo eso.
Noah se pasó la mano por la mandíbula y luego por el pelo.
—¿Qué pasa, Noah? Háblame.
Ahora sí que me estaba preocupando.
—Es solo que... quizá Lacey tenía razón y deberíamos llevaros de vuelta al pueblo. No puedo protegeros a todas horas, y Trixie todavía es muy pequeña. Quizá sea mejor que volváis cuando sea mayor.
¿Habíamos estado en peligro unos segundos y ahora nos apartaba? No era justo. No era culpa mía que no me hubieran criado para tratar con lobos. Ni con aquella arpía que se había transformado en uno.
—Espera un momento —dije, poniéndome de pie—. ¿Qué pasa con nosotros?
—¿Qué pasa con... nosotros? —repitió Noah—. Tú ni siquiera mencionas lo nuestro.
Claro que sí. Estaba segura de que sí.
—Cuando volví aquí —empecé, preocupada por haber sumado dos más dos y que me hubiera dado siete—, dijiste que me querías. A mí y a Trixie.
Me miró fijamente.
—Así es. Y tú no has dicho ni una sola vez qué es lo que quieres.
—Oh. —Quizá todavía estaba intentando averiguar qué quería. O quizá lo sabía, pero no creía que fuera posible—. Hace mucho que no pienso en lo que yo siento. Trixie ha sido todo mi mundo durante tanto tiempo...
Noah cruzó los brazos sobre el pecho y me miró fijamente.
—Bueno, pues ahora también me tiene a mí. Y te lo estoy preguntando, Amy: ¿qué quieres tú que pase entre nosotros?
Me estaba poniendo entre la espada y la pared, y no me gustaba.
—No lo sé —respondí, evasiva, porque era verdad. Sabía que en la cama éramos fantásticos, pero ¿se podía construir una vida sobre eso?—. Apenas hemos pasado tiempo juntos de verdad, así que ¿cómo vamos a saberlo?
Noah se dio la vuelta con un gruñido.
Fui directa hacia él y lo abracé por detrás, rodeándole la cintura desnuda.
—Por favor, no te apartes de mí. Lo estoy intentando. Te lo prometo. Es solo que...
Se apartó de mí y fue al armario a sacar ropa. No dijo nada mientras se ponía unos vaqueros negros y una camisa gris.
—Simplemente no lo sabes. Ya. Así que, como siempre, estoy atrapado en tierra de nadie. El último de tu lista de prioridades.
Ay. Flecha directa al corazón.
—Eso no es verdad.
Terminó de abrocharse los botones de la camisa y me fulminó con la mirada.
—Vale, pues dímelo ahora mismo. ¿Qué sientes por mí? ¿Qué quieres de mí? ¿Un padre para Trixie? ¿Una relación entre nosotros? ¿Qué?
Me tapé los ojos con las manos. Quería llorar y salir corriendo de la habitación. Todo aquello me superaba.
—No me pongas entre la espada y la pared así. No es justo.
—No. Lo que no es justo es que, si fueras loba, sabrías lo que es esto. Lo que somos el uno para el otro. Y no le tendrías miedo.
Me aparté las manos de los ojos y le devolví la mirada furiosa.
—¿Lo dices en serio? ¿Estás diciendo que sería mejor si fuera loba? Pues lo siento mucho por no ser una bestia gruñona y asquerosa como Lacey. Solo soy una pobre, débil y estúpida humana que no sabe nada de nada.
Noah abrió los ojos de par en par y luego los entrecerró, mirándome fijamente.
—¿Asquerosa? ¿Bestia gruñona? ¿Así es como me ves?
—Bueno, eh... —Claro que no lo veía así. Estaba hablando de Lacey, no de Noah. De Lacey, que acababa de intentar atacarnos a mi hija y a mí.
—Supongo que así es como verás también a nuestra hija cuando se transforme por primera vez. —Noah parecía hablar más para sí mismo que para mí, y había una nota de tristeza en su voz que no auguraba nada bueno.
—No... no es lo que quise decir. No seas ridículo.
—¿Ridículo? —Noah fue hacia la puerta del dormitorio y la abrió de golpe—. Tenía razón. Tienes que volver al pueblo y estar con los tuyos.
Me apresuré hacia nuestra hija y la cogí en brazos.
—Pero vine aquí a pedir ayuda con ella. Todavía no tengo ninguna respuesta.
Noah apartó la mirada. Un músculo le latía tenso en la mandíbula.
Luego se volvió hacia mí.
—Vale. Te conseguiremos las respuestas que viniste a buscar. ¿A quién dijo Kara que podías consultar?
—Eh... —Me mordí el labio, rebuscando el nombre en mi memoria. Estaba tan alterada por Noah y por toda aquella situación que no conseguía acordarme. Entonces me vino—. Su cuñada. Tammy, dijo.
Asintió. —Voy a hablar con Kara. Hay comida en la nevera. Encárgate de la cena y de acostar a Trixie, y volveré cuando pueda. No me esperes despierta.
Se encaminó hacia la puerta principal y yo lo seguí a toda prisa, con Trixie gruñendo e intentando bajarse de mis brazos para ir con su padre.
—¿Eso es todo? —exclamé, sorprendida de que se fuera así, de repente, después de una conversación tan intensa.
Abrió la puerta y se volvió a mirarme.
—¿A qué te refieres?
—¿Nos dejas así, sin más? ¿Ahora mismo?
Suspiró hondo.
—No os estoy dejando. Voy a buscar a alguien que pueda ayudarte.
—Pero no hemos terminado de hablar.
Las heridas estaban abiertas y en carne viva, ¿y él quería marcharse sin más? Era justo el momento de atravesar lo difícil y salir adelante.
Al final murmuró:
—Creo que ya has dicho bastante.
—Y tú no has dicho nada —le espeté—. No me has dicho cómo te sientes tú, ni qué quieres tú.
Su rostro se tornó frío e inexpresivo.
—Te lo he dicho todo, Amy. Y si no puedes oír lo que te digo, o sentir lo que siento, entonces no somos compañeros predestinados como yo creía.
¿Compañeros predestinados? ¿Qué quería decir con eso? Pero antes de que pudiera preguntarle, se fue y cerró la puerta tras de sí.
Trixie chilló cuando la dejé en el suelo. Corrió hacia la puerta entre sollozos.
—¡Papá! ¡Papá!
—Ay, cariño —dije llorando, mientras las lágrimas me resbalaban por las mejillas—. Papá volverá pronto. No te preocupes.
Se había perdido las primeras palabras que ella le dedicaba, y eso me destrozó. Se había perdido tantas cosas, y si no conseguíamos arreglar esta mierda, se perdería muchísimas más.
Acuné a Trixie contra mi pecho mientras ella sollozaba y yo lloraba. Tanto dolor, tanto rechazo, tanto sufrimiento. Por todas partes.
—Tranquila, cariño. Tranquila. Mami encontrará una salida.
Aunque en ese momento no tenía ni la menor idea de cómo. Conseguí contener las lágrimas y me centré en mi hija. Sus necesidades eran lo único que importaba. Le preparé la cena, la limpié rápidamente con toallitas y la acosté.
Después me senté en el sofá con una taza de té y esperé a que el padre de mi hija volviera a casa.