Lealtad de la manada Capítulo 8
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Capítulo 8

Noah

Despertar una hora más tarde y encontrar a Amy todavía debajo de mí me dejó atónito. Nunca me había quedado inconsciente durante el sexo, pero había sentido como si ella prácticamente me arrancara el alma del cuerpo en ese último encuentro.

Respiraba suavemente, profundamente dormida, y mi miembro saciado descansaba sobre las sábanas entre nosotros. Me apoyé en los brazos y me aparté de ella despacio, sin querer despertarla. Luego le di un empujoncito suave en el hombro hasta que se giró y pude acurrucarme contra su espalda.

Gimió un poco, se acurrucó y volvió a dormirse.

Miré hacia la puerta, todavía abierta de par en par. Así oiríamos a la bebé si nos necesitaba.

Sonreí mientras cerraba los ojos y apoyaba la cabeza en la almohada junto a la suya. La bebé... nuestra bebé. Por muy nueva que fuera la idea, era algo a lo que podía acostumbrarme.

Cuando me desperté de nuevo, el sol brillaba y el cuerpo cálido de mi cama había desaparecido.

Se me cayó el alma a los pies y me incorporé de golpe, reviviendo por un momento la última noche de pasión que habíamos compartido. Y sus consecuencias.

Mierda. Llamé: —¿Amy?

No podía haberse ido muy lejos. ¿Verdad?

Por favor, no me digas que has vuelto a huir.

No respondió, así que salté de la cama y me puse los vaqueros a toda prisa antes de ir a buscarla, con el corazón latiéndome desbocado. No me habría dejado otra vez, ¿verdad? No después de todas sus promesas.

El miedo me atenazó, así que me apresuré hacia la habitación de la bebé para asegurarme de que seguía allí.

—Ah, ahí estáis —dije, soltando un suspiro al ver a Amy en el dormitorio de invitados, que en mi cabeza ya era la habitación de Trixie. Estaba tumbada en la cama junto a nuestra bebé, que tomaba un biberón.

—Oh, hola. No quería despertarte —dijo Amy, incorporándose en el colchón.

—No lo has hecho. —Me acerqué hasta donde estaba, vestida con una camiseta enorme—. ¿Se volverá a dormir o deberíamos llevarla a la cama con nosotros?

—Oh, ya no se dormirá más —dijo Amy, balanceándose en el sitio con los ojos medio cerrados—. Pero yo desde luego sí podría. Después de lo de anoche...

Me lanzó una sonrisa algo tímida, y luego se espabiló e hizo ademán de levantarse.

Le puse la mano en el brazo, deteniéndola.

—¿Por qué no vuelves a dormir? —dije—. Llevaré a Trixie a ver el pueblo, ¿te parece bien?

Amy frunció el ceño. —Oh, no lo sé. Nunca ha estado aquí antes.

Y Amy nunca me había confiado a la niña antes. Esa parte la entendía.

—¿Qué te parece si solo la llevo a dar un paseo hasta la tienda, compro leche y vuelvo? ¿Te regalo una hora más? ¿Está alimentada y bien abrigada?

Trixie le entregó el biberón a su madre, se dio la vuelta y gateó directamente hacia mí.

Amy se frotó los ojos. —Está bien con el pijama. Y tiene el pañal cambiado y la barriga llena. Estará bien durante una hora más o menos. Pero... no la dejes en el suelo. Se escapará corriendo y es muy rápida.

Casi me eché a reír. Por supuesto que Trixie era rápida. Era hija de un cambiaformas. Aunque, siendo yo el cambiaformas en cuestión, sabía que estaría a salvo conmigo.

—Estoy seguro de que puedo atraparla, cariño, pero no me importa llevarla en brazos. Pesa poco —dije, cogiendo a la pequeña y dirigiéndome hacia la puerta. Apagué la luz—. Quédate a dormir ahí. Volveremos en una hora.

—Vuelve enseguida si te da algún problema —dijo Amy, aunque ya estaba tapándose con una manta—. Dormir un poco más sería maravilloso. Gracias.

Cerré la puerta sin hacer ruido y volví sigilosamente a mi habitación con Trixie para terminar de vestirme y ponerme unas botas.

—¿Qué te parece, pequeña? —le pregunté a mi hija mientras la dejaba en el suelo y buscaba una camiseta limpia y una sudadera—. ¿Quieres ir a conocer a tu abuela?

Mi madre se volvería loca cuando descubriera que tenía una nieta de la que yo no había sabido nada.

Probablemente era mejor que se lo dijera yo primero, si es que no lo sabía ya.

Este pueblo era como la mayoría de los pueblos pequeños.

Los cotilleos, especialmente los jugosos, corrían como la pólvora.

Mientras me ponía la ropa y los zapatos, Trixie jugaba feliz con su lobito de juguete.

—Gris, además —dije riéndome—. Igual que yo.

Una vez vestido del todo, la cogí en brazos y salí sigilosamente de la casa. En cuanto cerré la puerta principal, le sonreí a mi pequeña. —Tu mami está cansada. ¿Qué le has estado haciendo este último año y pico?

Trixie me dio palmaditas en la cara y señaló el camino que teníamos delante.

—¿Quieres ir a caminar? ¿Explorar? Sí, apuesto a que sí. Vamos.

Nunca había tenido que hablar solo de esa manera, pero resultaba extrañamente normal charlar mientras Trixie escuchaba.

Era temprano, incluso para los lobos. Apenas las seis de la mañana.

Caminé por el pueblo señalándole cosas según avanzábamos.

Los pájaros en los árboles. Las casas y la gente.

Incluso las tiendas que todavía estaban cerradas, excepto la pequeña panadería.

Allí llevaban horneando pan desde antes de las cuatro de la mañana.

—¿Entramos, cariño? —le pregunté, y ella alargó la mano hacia el tirador de la puerta.

—Lo tomaré como un sí, y le compraremos pan fresco a tu mami y a la mía.

Entré y me quedé paralizado al ver a la mujer detrás del mostrador.

Mierda.

—Lacey. No sabía que trabajabas aquí.

Lacey estaba reponiendo los estantes cuando su mirada oscura se posó en mí y luego se deslizó hacia mi hija. Arqueó las cejas de una forma que habría resultado cómica si no me hubiera invadido de pronto la preocupación por Trixie y Amy.

—¿Quién es esa? —dijo.

—Esta es Trixie —dije, aunque tenía la boca seca—. ¿Nos pones un par de barras de pan blanco? Apúntalo en mi cuenta.

No solíamos llevar mucho efectivo por el pueblo, pero yo saldaba mis cuentas a final de cada mes.

Lacey se dio la vuelta haciendo ondear su coleta oscura y cogió el pan que quería del estante que tenía detrás.

Cuando me acerqué para coger las bolsas, Lacey dejó escapar un jadeo de sorpresa.

—Tiene tus ojos.

Su mirada chocó con la mía al preguntar:

—¿Por qué coño tiene tus ojos?

Trixie se retorció un poco en mis brazos y luego empezó a llorar, aferrándose a mí para acurrucarse más cerca. La subí más alto contra mi pecho; sus manitas se agarraron a mi cuello y hundió la cara en el hueco de mi cuello, probablemente para alejarse de la mirada y el tono vitriólicos de Lacey.

—Gracias por eso —le murmuré a Lacey.

Me di la vuelta y salí de la panadería, medio temiendo que Lacey me siguiera. No es que me preocupara por mí, pero Trixie seguía sollozando y no quería que se alterara más.

—Ven aquí, pequeña. Tranquila.

La coloqué de cara a mí y la estreché con más fuerza.

—Solo es una chica mala que no vas a volver a ver. No te preocupes.

Trixie se calmó a medida que nos alejábamos de la panadería. Sabía leer una situación, eso seguro, incluso a su edad. Una habilidad muy útil.

—Vamos a ver si la abuela está despierta.

Mi madre iba a estar... no estaba muy seguro. ¿Furiosa? ¿Sorprendida? ¿Eufórica? No tenía otros nietos, ya que yo no tenía hermanos, así que quizás esto sería algo bueno. No tenía ni idea, y solo había una forma de averiguarlo.

El intenso aroma del café recién hecho me envolvió en cuanto me acerqué a la puerta principal.

—Hmmm.

Llamé suavemente.

—¿Quién es? —gritó mi madre.

—Soy yo, mamá.

La puerta se abrió y mi madre apareció en el umbral con una vieja bata floral.

—Noah, ¿qué haces aquí tan temprano?

Trixie gorjeó y la mirada de mi madre se dirigió directamente a la niña en mis brazos.

Los ojos de mamá se abrieron de par en par y su boca se entreabrió. Ambos nos quedamos allí, incómodos, durante un minuto, hasta que mamá parpadeó un par de veces y sacudió la cabeza como para despejarse. Empujó la puerta mosquitera.

—¿Quién es esta?

Había algo en su tono que no supe descifrar. ¿Era... esperanza?

—¿Podemos entrar? Traje pan.

Levanté las barras.

—Por supuesto. Entrad. ¡Y no solo por el pan!

Mamá nos hizo pasar.

—¿Tiene hambre?

—Puede que sí. Tomó un biberón hace un rato, pero todavía no ha desayunado.

Seguí a mamá a la cocina, donde enseguida empezó a sacar platos y comida.

Parecía más ajetreada de lo habitual. Me pregunté si serían los nervios por lo que probablemente sabía que estaba a punto de anunciar. Cualquiera que mirara a Trixie sabría que estábamos emparentados.

Sacó un trozo de pan, le quitó la corteza y le dio la rebanada a Trixie.

—Aquí tienes, preciosa —arrulló mamá.

Trixie cogió el pan encantada, le dedicó a mi madre una enorme sonrisa y se metió la comida directamente en la boca.

—¿Cómo se llama? —preguntó mamá, sin dejar de mirar a Trixie como si temiera que fuera a desaparecer.

—Se llama Beatrix, pero su madre la llama Trixie.

—Trixie... —repitió mamá—. Es preciosa, Noah. Pero... ¿de dónde ha salido?

—Bueno.

Cambié el peso de un pie a otro.

—Es mía.

Mamá se rio.

—Sí, eso es bastante obvio, Noah —dijo cuando se calmó—. Entonces, ¿por qué no he conocido a esta preciosa niña hasta hoy?

Se sirvió una taza de café.

—¿Quieres una?

—No, estoy bien. Y solo la conocí ayer. No sabía que existía hasta entonces.

Mamá se sentó con su café.

—Empieza desde el principio. Y cuéntamelo todo.

Le conté a mamá lo de la noche en que conocí a Amy y lo que había pasado después de que huyera.

—Entonces, ¿crees que Amy es tu compañera predestinada? ¿Esta... humana?

Mamá parecía sorprendida, y no la culpaba. Los compañeros predestinados no eran tan comunes, y tener una compañera humana, al menos en nuestra manada, era algo inaudito.

Asentí.

—Sí. Aunque no sé cómo es posible. Una humana y un cambiaformas. Compañeros predestinados. ¿Sabes algo de eso, mamá?

Apretó los labios.

—No lo sé, pero Kara me contó que su cuñada es humana.

—¿En serio?

Kara y Ronan se habían conocido hacía unos meses, y desde el momento en que se vieron había sido obvio para todos que estaban destinados a estar juntos.

—Sí, y tuvo un bebé con el hermano de Kara, así que obviamente es posible.

Hacía saltar a mi bebé sobre la rodilla, encantado con sus risitas y carcajadas. —Obviamente.

—¿Y qué vas a hacer? —preguntó mamá mientras untaba mantequilla en un trozo de pan y lo cortaba en cuadraditos para Trixie.

—¿A qué te refieres?

—Me refiero a Amy y a Trixie. ¿Vas a convencer a la madre de Trixie de que se quede? ¿O vas a dejar que se vaya y conformarte con verla un fin de semana sí y otro no?

Un gruñido me brotó del pecho. —Se quedarán.

No soportaba la idea de verla solo un par de días al mes. Mi lobo se volvería loco.

Trixie alzó la vista hacia mí con el ceño fruncido. Luego me dio palmaditas en la cara, como si dijera: «cálmate».

Me obligué a respirar despacio, con calma. No podían irse; no lo llevaría bien. No lo llevaría en absoluto. —Si Amy quiere que me mude para estar con ella, lo haré.

—Pero odias la ciudad —me recordó mamá, como si lo hubiera olvidado.

—Así es, pero me mudaré si eso significa mantener a mi familia unida. —No había otra opción. No podía soportar estar tan lejos de Amy, ni de Trixie. No otra vez. Los últimos dos años habían sido bastante duros echando de menos a Amy. Pero echar de menos también a mi hija... No podría soportarlo.

Mi madre me observó con ojo crítico y luego asintió. —Tienes buen aspecto, Noah. Más feliz de lo que te he visto en mucho tiempo.

Miré a Trixie y un torrente de emociones desconocidas me inundó el pecho. —Me faltaba algo vital.

Una mirada de complicidad asomó al rostro de mamá y su expresión se relajó.

—Mamá —dijo Trixie mientras me daba palmaditas en la cara otra vez—. Mamá.

—Está bien, cariño —le dije mientras me ponía de pie—. Será mejor que la lleve de vuelta. Seguro que Amy la echa de menos.

Y estaba bastante seguro de que Trixie sabría cuándo era hora de volver. Era muy intuitiva, la pequeña.

Mamá se levantó y empezó a guardar comida en tápers. —Os prepararé unos sándwiches. Dame dos minutos.

Dejé que Trixie correteara por ahí, y cuando el picnic estuvo listo, volvimos a casa.

Esto era lo que había anhelado durante más años de los que me gustaba admitir. De joven había disfrutado tonteando con mujeres, pero aquello había dejado de interesarme enseguida. Quería una familia, una mujer y un verdadero hogar.

Lo que no había sabido durante los últimos dos años era que ya tenía una familia. Una mujer, una hija. Solo que se habían olvidado de decírmelo.

Pues ahora había vuelto, y no iba a dejar escapar a Amy, no sin luchar. Ya la había perdido una vez y no pensaba perderla de nuevo.